La carretera 428, también conocida como Vigdísavallavegur, se separa de la 42 aproximadamente 3.200 metros al norte del lago Kleifarvatn, para reunirse con la 427 unos 10 kilómetros al oeste del lugar en que lo hace la carretera 42. Por tanto, sus escasos 24 kilómetros avanzan prácticamente en paralelo a ésta. Podría parecer un sinsentido recorrer la pista de tierra, cuando al otro lado de las montañas tenemos una carretera asfaltada, avanzando por la orilla del hermoso lago Kleifarvatn. Nada más lejos de la realidad. En un día propicio y con el vehículo adecuado, Vigdísavallavegur puede ser una buena forma de experimentar algunas de las sensaciones que trasmite la conducción por las Tierras Altas de Islandia. Sin tantas complicaciones y a tan solo 25 kilómetros del centro de Reikiavik.

Móhálsadalur

Móhálsadalur.

Llevaba tiempo queriendo recorrer Vigdísavallavegur. Es difícil encontrar información sobre la carretera, aunque la poca que había visto apuntaba a un recorrido interesante. Una pista de tierra que recorre Móhálsadalur. Un valle deshabitado de la península de Reykjanes, también conocido como Miðhálsadalur, ubicado en una de las zonas geológicamente más activas del mundo. Justo en el lugar donde se entrecruzan el sistema volcánico de Krýsuvík y la dorsal mesoatlántica. Hacia occidente, Vesturháls lo separa del sistema volcánico de Fagradalsfjall, donde en los últimos años se han producido tres erupciones consecutivas. Hacia oriente, al otro lado de Sveifluháls, encontraremos el área geotermal de Seltún. Entre ambas crestas, avanza la tortuosa carretera 428, tan solo transitable durante el corto verano islandés.

Llegando a Vigdísavallavegur

Llegando a Vigdísavallavegur.

Llegamos al extremo septentrional de Vigdísavallavegur unos minutos después de las nueve de la mañana. Allí nos recibió la clásica señal de Illfær vegur (carretera complicada), prohibiendo el paso a cualquier coche sin tracción a las 4 ruedas y, apenas unos metros mas allá, otro cartel advirtiendo de la estricta prohibición de conducir campo a través. La pista desaparecía tras una loma, camino de las desoladas montañas del sur de Reykjanes.

Charcos en Vigdísavallavegur

Charcos en Vigdísavallavegur.

Vigdísavallavegur no tiene calificación de carretera de montaña. Lo cual implica que, a priori, no vas a encontrar ningún vado, ni un firme o trazado especialmente difíciles. Tras varios días sin lluvia, deberías poderla atravesar incluso con un SUV pequeño. En cualquier caso, afrontamos la pista con cierta precaución. En menos de 5 horas, teníamos que devolver el coche y emprender el regreso en avión a Madrid. Aunque no teníamos margen para imprevistos, tampoco los encontramos. El principal escollo estaba cerca del principio de la ruta. Un par de grandes charcos, ocupando la pista de lado a lado, que atravesamos sin mayor problema.

Paisaje volcánico en Móhálsadalur

Paisaje volcánico en Móhálsadalur.

Avanzábamos entre las dos crestas de colinas, enmarcando un valle relativamente llano. Pese a carecer de la majestuosidad de los grandes espacios abiertos de Sprengisandur, o la irreal belleza de Fjallabak, el paisaje que recorríamos no estaba falto de interés. La carretera se adentraba en un terreno volcánico donde, a pesar de la cercanía de la única zona de Islandia relativamente poblada, era difícil ver huellas de civilización. La sensación de soledad era absoluta. En las casi dos horas que duró nuestro recorrido, tan solo acertamos a encontrarnos con otro vehículo.

En la orilla del Djúpavatn

En la orilla del Djúpavatn.

En menos de una hora, llegábamos junto al Djúpavatn. Un pequeño lago, encajonado entre las colinas de Vesturháls. La pequeña cadena de montañas de hialoclastita, aparentemente se originó en alguna erupción durante la última era glaciar. Al otro lado de esas colinas, fuera de nuestra vista, estaban la extraña silueta piramidal del monte Keilir y la erupción, entonces todavía activa, de Meradalir. Lo que sí podíamos ver era la pequeña cabaña de pescadores que hay en la orilla del lago. La única señal de civilización en todo el valle, más allá de la pista que recorríamos.

Al sur del Djúpavatn, el valle parecía agrandarse. La pista lo atravesaba recta como una flecha. Era el lugar perfecto para volar el dron. Además, las condiciones eran óptimas, en uno de los pocos días sin viento que tiene Islandia. Mientras Olga conducía, yo gasté una batería haciendo cabriolas alrededor del coche.

Fisuras en Móhálsadalur

Fisuras en Móhálsadalur.

Poco después, llegamos al borde meridional de la llanura. La pista zigzagueaba entre unas cuantas colinas, antes de comenzar el descenso hacia la franja costera meridional de Reykjanes. Hicimos una pausa, que aprovechamos para remontar una de las laderas. La escasa altura fue suficiente para distinguir con mayor claridad las peculiaridades del paisaje que recorríamos. Un entorno atormentado, en el que los pequeños conos volcánicos se alternaban con innumerables fisuras, rompiendo el terreno en varias direcciones. Aunque no pudiéramos apreciarlo, bajo nuestros pies, dos continentes se estaban separando milímetro a milímetro.

Musgo y roca

Musgo y roca.

La pista comenzó a descender, adentrándose en una vaguada. Hacia el oeste, nos llamaron la atención las curiosas formaciones volcánicas. Retorcidas rocas de colores rojizos, destacando sobre el verde amarillento del musgo. Por encima de las rocas, se elevaban unas extrañas nubes. Estaban justo encima de Meradalir, donde en ese mismo instante la tierra seguía expulsando lava y gases. ¿Serían fruto de la actividad volcánica?

Formaciones volcánicas junto a la 428

Formaciones volcánicas junto a la 428.

Otras cuantas curvas, varias cuestas, una nueva formación volcánica a nuestra derecha y, poco después de las 11, alcanzábamos el límite meridional de la carretera. Aunque era imposible reconocer el lugar, no era la primera vez que lo visitábamos. En realidad, habíamos intentado atravesar Vigdísavallavegur un par de años atrás, al final de nuestro segundo periplo veraniego por Islandia. En aquella ocasión, la niebla nos había impedido dar con el comienzo de la pista. Acabamos pasándonos de largo, mientras avanzábamos hacia el este por el antiguo trazado de Sudurstrandarvegur. Un buen ejemplo de lo complicada que puede llegar a ser la conducción en Islandia, incluso en pleno verano.

Vigdísavallavegur

Vigdísavallavegur.

Al final, Vigdísavallavegur logró sorprendernos. A pesar de su escasa longitud y de encontrarse en la trastienda de la parte mas civilizada de Islandia, la carretera tuvo su interés. Desde luego, aquí no experimentarás la sensación de reto e incertidumbre que caracteriza cualquier recorrido por las Tierras Altas «de verdad», mientras atraviesas sus complicadas carreteras de montaña. Pero si tienes un rato libre en Reykjanes y te preguntas si las Tierras Altas son para ti, puede ser una buena forma de averiguarlo, empleando poco más de un par de horas. Aunque deberías ser precavido. Una vez descubras la poderosa magia de la Islandia más salvaje, te será muy difícil escapar de su embrujo. Luego no digas que no estabas avisado.

Para ampliar la información.

Quien no tenga experiencia conduciendo por Islandia, puede encontrar ayuda en https://depuertoenpuerto.com/conducir-en-islandia-la-guia-completa/.

En inglés, la web oficial de turismo de Reykjanes tiene una brevísima reseña sobre la carretera: https://www.visitreykjanes.is/en/moya/news/road-no-248-open-vigdisavallavegur.

Dentro de YouTube, en https://www.youtube.com/watch?v=4-8zCmDV0HU se puede ver cómo es Vigdísavallavegur durante un complicado día de lluvia.

En https://www.youtube.com/watch?v=JtQjb_r8Duw hay otro recorrido, en bastante mejores condiciones y en sentido contrario al que hicimos nosotros.