Patreksfjörður es el tercer núcleo urbano más poblado de los Fiordos del Oeste. Pese a contar con tan solo 721 habitantes, se podría decir que es la capital no oficial del sur de la región. De la mano de la industria pesquera y un incipiente turismo, últimamente parece estar logrando esquivar el declive generalizado que azota a una de las zonas menos pobladas de Islandia. Un par de hoteles (de los que tan solo uno permanece abierto todo el año), varios comercios, un banco y una gasolinera, forman un pequeño oasis de civilización, cerca del extremo meridional de la región habitada más salvaje de la Tierra de Hielo.

Patreksfjörður al atardecer

Patreksfjörður en verano de 2021.

Conocí Patreksfjörður en el verano de 2021, en compañía de Olga, durante nuestro periplo de seis días por los Fiordos del Oeste. Entonces, pasamos un par de noches en el Fosshotel Westfjords. Aunque, en realidad, apenas habíamos dado un breve paseo por la diminuta ciudad, que nos había servido de base para una excursión por el extremo suroccidental de los fiordos y, al día siguiente, de punto de partida para una larga ruta por el tramo oriental de la carretera 60, rumbo a Vesturland. Patreksfjörður me había parecido un lugar tranquilo y agradable, en una localización que, en casi cualquier otro lugar del mundo, destacaría por su belleza salvaje. En el noroeste de Islandia, tan solo era uno más de sus impresionantes fiordos. Hermoso, pero en absoluto excepcional.

Llegando al Patreksfjörður

Entre Brjánslækur y Patreksfjörður.

En mi viaje invernal de 2023, no tenía intención de visitar Patreksfjörður. Durante el invierno, la ciudad es una especie de callejón sin salida. Hay dos carreteras que la comunican con Ísafjörður, la principal ciudad de la región. Ambas confluyen en Dynjandisheiði, un páramo helado y completamente despoblado, muy propenso a los cortes invernales. Tampoco es sencillo acercarse a Látrabjarg o Rauðisandur, las dos joyas de la naturaleza que están a escasos kilómetros de Patreksfjörður. Incluso el Fosshotel Westfjords cierra sus puertas durante la temporada invernal. Pero, en Islandia, la última palabra suele tenerla su salvaje naturaleza. Mi empeño en llegar a los Fiordos del Oeste en el ferry que comunica Stykkishólmur con Brjánslækur, hizo inevitable que acabase durmiendo en el hotel West. Un pequeño hotel familiar, bastante más modesto que el de la cadena Íslandshótel, pero que permanece abierto todo el año.

Alarma en safetravel.is

Alarma en safetravel.is.

Llegué a Patreksfjörður poco después de las dos de la tarde, tras un incierto trayecto desde Brjánslækur. La situación era complicada. Más allá del ferry, que al día siguiente no tenía servicio, mi única vía de escape era la carretera 60, zigzagueando por el sur de los fiordos. Una ruta larga, tan solo parcialmente asfaltada y atravesando zonas virtualmente despobladas. Aunque, en realidad, éste no era el problema. La auténtica complicación era el temporal invernal que se esperaba para el sábado. El pronóstico hablaba de vientos por encima de los 100 kilómetros a la hora y safetravel.is no paraba de lanzar mensajes, aconsejando cancelar todos los desplazamientos durante la siguiente jornada. Si se cumplía la previsión, estaría al menos un día bloqueado en Patreksfjörður. Quizá más. En el fondo, no me importaba. Tras mi «fracaso» del año anterior, cuando falló el pronóstico y no me quedé aislado en Siglufjörður, parecía haberse incrementado mi apetito por disfrutar de la cara más dura e inclemente de Islandia. En cualquier caso, la tarde era relativamente benigna y aún tenía alguna hora de luz por delante. Tras pasar por el hotel, decidí dar una vuelta en coche hasta el puerto.

En el puerto de Patreksfjörður

En el puerto de Patreksfjörður.

Patreksfjörður fue fundada en el siglo X por Örlygur Hrappson. Un vikingo cristiano, procedente de las Hébridas, que bautizó el asentamiento en honor de San Patricio. Algo poco común, en una Islandia donde la mayor parte de sus habitantes seguía siendo pagana. Patreksfjörður languideció hasta el siglo XVIII, cuando comenzó a cobrar cierto auge como puerto comercial.

Tarde de invierno en el puerto

Tarde de invierno en el puerto.

La pequeña ciudad alcanzó su pico de población a mediados de la década de 1970, gracias a su próspera industria pesquera. En su máximo esplendor, logró superar los 2.000 habitantes. Patreksfjörður fue pionera en la introducción en Islandia de los barcos arrastreros. Poco después, comenzó un lento declive, paralelo al de las capturas. En 2015, su población se había reducido a 682 personas. Un descenso todavía más acusado que el de la media de los Fiordos del Oeste. La leve recuperación de los últimos años ha venido principalmente de la mano del turismo. Aunque carece de atractivos propios, su emplazamiento y la proximidad de varios de los lugares más interesantes de la región la han convertido en el principal centro turístico del sur de los Fiordos del Oeste. Pese a las limitaciones de su puerto, también logra atraer cruceros de reducidas dimensiones. Entre mayo y septiembre de 2023, se espera la llegada de 24 buques.

Amanece en Patreksfjörður

Amanece en Patreksfjörður.

Al día siguiente, desperté sobre las 8 de la mañana. Ni el sol ni el temporal daban señales de vida. Mientras desayunaba tranquilamente, en un comedor donde era el único cliente, evaluaba mis posibilidades en umferdin.is. El paso de Kleifaheiði estaba marcado en morado: extremadamente resbaladizo. Por supuesto, la carretera 60 hacia el norte estaba cerrada. Hacia el este, entre Flókalundur y el cruce con la F66, en gris. Lo cual quería decir que todavía no había ido nadie a comprobar su estado. Aunque aún faltaban dos o tres horas para la llegada del vendaval, lo más prudente era seguir los consejos de safetravel.is y quedarse en Patreksfjörður. De todos modos, decidí dar un paseo por la pequeña población. Esta vez iría andando, con la idea de regresar al hotel tan pronto como hubiera indicios de la inminencia del temporal.

Mañana invernal en Patreksfjörður

Mañana invernal en Patreksfjörður.

No me costó mucho elegir mi destino. Patreksfjörður es poco más que un par de calles, recorriendo la ladera inferior del Lambeyrarháls en paralelo al tramo final de la carretera 62, que va a morir junto al puerto. Comencé a caminar hacia el oeste, por una ciudad fantasmal, en la que no se veían ni peatones ni vehículos circulando.

Aðalstræti

Aðalstræti.

Sin embargo, la diminuta ciudad estaba viva. Mirando con atención, era posible observar escenas de una cotidianeidad asombrosa. Alguien cocinando tranquilamente, niños viendo dibujos animados en una enorme pantalla de televisión, una vivienda en reforma, los ladridos de un perro jugando. Las ventanas de sus casas mostraban breves retazos de una vida muy similar a la que, en un día de mal tiempo, podríamos encontrar en cualquier ciudad de Europa. Con la diferencia de que, rozando el Ártico y a 400 kilómetros de Groenlandia, el concepto de mal tiempo en los Fiordos del Oeste está a un nivel desconocido en nuestras latitudes.

Entre el banco y correos

Entre el banco y correos.

Esa extraña mezcla entre lo extremo y lo cotidiano es uno de los motivos de mi fascinación por Islandia. Conozco lugares mucho más duros. Pero, en todos ellos, es imposible llevar una vida «normal». En alguno, ni tan siquiera sería posible vivir. En cambio, en muchos lugares de la Tierra de Hielo podrías desenvolverte casi como en cualquier otra pequeña ciudad occidental. Ir al banco, comprar en el supermercado, llevar los niños al colegio, salir a tomar una pizza o hacer una excursión por los alrededores. En Patreksfjörður, hasta podrías ir al cine. Todo ello, en medio de una naturaleza rabiosamente bella y salvaje. Una curiosa combinación, sobre todo en invierno.

Patreksfjörður desde la orilla del fiordo

Patreksfjörður desde la orilla del fiordo.

Mi errático paseo acabó llevándome a la orilla del fiordo, en las proximidades del puerto. El mar comenzaba a embravecerse, mientras el viento arrastraba el agua de las olas tierra adentro. Hacia el este, el fondo del fiordo permanecía velado por una oscura nube. Aunque tan solo estaba a un kilómetro del hotel, cuando me salpicó la espuma de una ola, empujada por un golpe de viento inusualmente intenso, decidí que iba siendo hora de empezar el regreso.

Hotel West

De vuelta al hotel.

A las diez y media estaba de vuelta a la seguridad del hotel. El plan era sencillo. Pasaría el día entre mi habitación, con una ventana que daba al fiordo, y el pequeño salón de la planta baja, donde había varios libros sobre Islandia con aspecto interesante. Además, podía escuchar música con los cascos, leer alguna de las sagas islandesas que llevaba descargadas en la tableta o repasar las fotos de mis primeros días en la isla. Antes, decidí comprobar el estado de las carreteras. Tenía curiosidad por saber si me había equivocado quedándome en Patreksfjörður. El único cambio parecía estar en el tramo oriental de la carretera 60, que había pasado de gris a azul claro: resbaladizo, con hasta un 20% de su superficie cubierta por hielo o nieve dura. También comenzaban a notarse los primeros embates del temporal. La velocidad del viento en Kleifaheiði oscilaba entre 72 y 108 kilómetros a la hora. En la parte alta de la carretera 63, entre Patreksfjörður y Tálknafjörður, las ráfagas alcanzaban los 144.

Se acerca el temporal

Se acerca el temporal.

El viento venía del sur, por lo que Patreksfjörður permanecía relativamente resguardado por los 548 metros de altura del Stakkafell, al otro lado del fiordo, rodeado a su vez por varias cimas que superan los 400 metros. En cualquier caso, la vista desde mi ventana era hipnótica. El vendaval azotaba el fiordo, creando un oleaje poco común en sus aguas. Las aves que pueblan la zona intentaban desplazarse por la costa, no siempre con éxito. Aprovechaban los remolinos creados por los edificios para vencer la fuerza del viento, haciendo extrañas cabriolas frente a mi ventana. Apenas había tráfico. Tan solo los vehículos de emergencia. Sobre todo, una máquina quitanieves, que pasaba de un lado a otro de la ciudad con una cadencia regular. En algún momento, llegó a parecerme un enorme péndulo, marcando el ritmo del reloj de aquel pequeño mundo en el que me había quedado atrapado.

Al final, ni escuché música, ni leí las sagas. El espectáculo de la naturaleza desatada que tenía al otro lado de los cristales acabó acaparando toda mi atención. Bajé un par de veces al salón, a la altura de la carretera, buscando una perspectiva distinta. Sobre todo hacia el este, dónde parecían aglomerarse buena parte de los pájaros de Patreksfjörður, en su particular batalla contra el viento.

También salí en dos ocasiones al exterior, aprovechando algún amago de mejoría. Quería hacer alguna fotografía y, sobre todo, videos, sin un cristal por delante. En mi primer intento, el viento tumbó el trípode sin tan siquiera darme tiempo a montar la cámara. Afortunadamente. En el segundo, justo cuando comenzaba el atardecer, ni siquiera saqué el trípode. En ambas ocasiones, la tregua acabó siendo extraordinariamente breve.

Estado de las carreteras por la tarde

Estado de las carreteras por la tarde.

En realidad, el temporal iba a más. Tal como, por otra parte, estaba previsto. Poco después de las seis, las ráfagas en Kleifaheiði alcanzaban los 97 kilómetros a la hora. La situación era mucho peor en la carretera 63, al norte de Patreksfjörður. En el tramo meridional, que salta a Tálknafjörður, la velocidad del viento oscilaba entre 122 y 158 kilómetros por hora. Al principio, pensé que se trataría de algún fallo en el instrumento de medida. Pero en el siguiente tramo, entre Tálknafjörður y Bíldudalur, era prácticamente la misma: 122 kilómetros de viento sostenido, con ráfagas de 151. Lo que no parecía funcionar muy bien era el detector de vehículos. Era imposible que, en las últimas 24 horas, hubieran pasado 689 entre Patreksfjörður y Tálknafjörður.

Un par de horas más tarde, hubo una mejoría, tan brusca como inesperada. Decidí salir a cenar. Aunque, en pleno invierno, mis opciones eran bastante limitadas. Acabé tomando algo en Albina. Una extraña mezcla de panadería, supermercado y «restaurante», a 450 metros del hotel. Contra todo pronóstico, el local estaba casi lleno, aunque buena parte de su clientela parecía estar formada por los operarios de los vehículos de emergencia, que aprovecharon la calma para hacer una pausa.

Regresé al hotel, con un único propósito para lo que quedaba de noche. Tenía que decidir si, por la mañana, intentaría salir de Patreksfjörður. Disponía de una estrecha ventana de oportunidad, entre el final del vendaval y el comienzo de la intensa nevada que se esperaba para última hora de la tarde. Podía aprovechar la tregua para ir a Ísafjörður, dando un largo rodeo de 442 kilómetros por el este, o aceptar mi derrota y regresar a Stykkishólmur en el ferry de las seis de la tarde. Personalmente, lo tenía bastante claro. El plan era llegar a Ísafjörður a toda costa. Pero, mirando por la ventana, podía ver los copos de una nevada imprevista, arrastrados por el viento. Al final, sería el clima de Islandia el que, al día siguiente, tomaría la decisión. Como siempre.

Para ampliar la información.

Se puede ver nuestra anterior visita a Patreksfjörður en https://depuertoenpuerto.com/una-excursion-desde-patreksfjordur/.

En https://depuertoenpuerto.com/invierno-en-los-fiordos-del-oeste/ está todo mi viaje invernal por los Fiordos del Oeste.

En inglés, la web oficial del puerto está en https://www.patreksfjordurport.is.

La página del hotel West está en https://www.hotelwest.is/.

En Guide to Iceland hay una larga entrada sobre Patreksfjörður, centrada en el hotel: https://guidetoiceland.is/connect-with-locals/regina/an-interview-with-johann-svavarsson-the-owner-of-hotel-west-in-patreksfjordur-in-the-westfjords.