Lo he comentado más de una vez en este blog: desde el punto de vista del viajero, más que una realidad geográfica, las Tierras Altas de Islandia son un estado de ánimo. Un cúmulo de sensaciones, en las que el camino y el reto de recorrerlo generalmente son más importantes que el propio destino. Uno de los mejores lugares en los que poder comprobarlo es en la península de Flateyjarskagi, que se extiende entre el Eyjafjörður y la bahía de Skjálfandi. En las dos pistas que recorren su extremo septentrional, a pesar de no alcanzar mucha altura y morir casi al nivel del mar, la experiencia que tendrás será muy similar a recorrer cualquiera de las complicadas pistas del corazón de Islandia.

En el valle del Fnjóská

En el valle del Fnjóská.

Flateyjarskagi era otra de mis tareas pendientes en Islandia. Nunca había estado en la península al norte del trazado antiguo de la Ring Road. La ocasión llegó, de forma un tanto caótica, en el otoño de 2025. El mal tiempo acabó venciéndome, obligándome a regresar hacia el oeste de la isla un par de días antes de lo previsto. Una vez más, tocaba improvisar. Tras visitar el área geotermal de Þeistareykir y dar un breve rodeo por el Mývatn, poco antes de las dos de la tarde dejaba la Ring Road para adentrarme en la 835. Ni tenía un plan concreto, ni demasiadas referencias de la zona. En cualquier caso, la carretera avanzaba por un hermoso valle, teñido de colores otoñales, al este del río Fnjóská.

Estado de las carreteras en Flateyjarskagi

Estado de las carreteras en Flateyjarskagi.

Fascinado por el paisaje y la luz, sobre la marcha me animé a explorar una de las dos pistas. La duda era cuál de ellas. Ambas salían en umferdin.is como practicables. Por lo que había oído, la F939 era algo más corta y sencilla. La F899 más escénica. El día era espléndido y aún tenía seis o siete horas de luz por delante. No me costó mucho decidirme por los 32.400 metros del trazado oficial de Flateyjardalsvegur. A las dos y diez arrancaba mi recorrido de la carretera de montaña.

Carretera que era bastante más complicada de lo que inicialmente había previsto. Estrecha, con un firme bastante irregular, llena de charcos y con desniveles bastante pronunciados, todo ello aderezado con varios vados que, si bien no eran excesivamente difíciles de superar, en algunos casos eran lo suficientemente complicados para obligarme a descender del coche y estudiar con detalle la forma de atravesarlos. El resultado era un avance bastante más lento de lo que había previsto. Aunque, todo hay que decirlo, también más divertido. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto conduciendo por una carretera de montaña.

La F899 adentrándose en Flateyjarskagi.

La F899 adentrándose en Flateyjarskagi..

Disfrute al que ayudaba el entorno que estaba recorriendo. Agreste, salvaje y con un precioso colorido otoñal, que pocas veces había visto en Islandia con tal intensidad. El cielo, cada vez más nublado, creaba hermosos contrastes de sombras y luces que lograban hacer el paisaje aún más interesante.

Finalmente, tras otra subida y otro descenso, la pista avanzaba decididamente por el valle del río Dalsá. En lugar de ceñirse a una de sus orillas, Flateyjardalsvegur saltaba de un lado a otro del río, llegando a realizar algún breve trayecto directamente por su lecho. En cualquier caso, el Dalsá es un pequeño río fluvial, que nace en la propia península. De momento, la mayor complicación eran las grandes piedras que, ocasionalmente, había en los vados. Aunque el agua bajaba muy clara, en ocasiones la primera señal de su existencia eran los gemidos del coche, al tener que superarlas.

Un vado en el camino

Un vado en el camino.

Mi suerte se acabó quince minutos antes de las cuatro de la tarde. Un afluente llegaba al río desde la izquierda, procedente de un angosto cañón. El caudal del río era bastante intenso, imagino que fruto de las recientes lluvias. A esas alturas de la tarde, había recorrido casi 21 kilómetros de la pista, a una media cercana a los 14 kilómetros a la hora. De seguir con ese ritmo, tardaría otros tres cuartos de hora en alcanzar la playa. Y luego tendría que regresar. Aunque probablemente tardaría algo menos, apenas tendría tiempo para disfrutar del lugar. Pero lo peor era el lecho del pequeño río que debía atravesar, lleno de grandes piedras. Sin cobertura y a más de 20 kilómetros de cualquier posible ayuda, no parecía razonable seguir adelante. Más aún teniendo en cuenta que la tarde comenzaba a empeorar y no había avisado a nadie de mi ruta.

Una cascada junto a Flateyjardalsvegur

Una cascada junto a Flateyjardalsvegur.

Otra ventaja de iniciar el regreso anticipadamente era disponer de tiempo de sobra para realizarlo con toda la calma del mundo. Si a esto añadimos que ya sabía lo que tenía por delante y un paisaje que, según avanzaba la tarde, no hacía más que mejorar, bajo una luz y unas nubes cada vez más sugerentes, es fácil adivinar que, durante la vuelta, disfruté aún más que en mi infructuoso avance hacia el mar.

El valle del Dalsá

El valle del Dalsá.

A lo que me ayudó un paisaje que, si cabe, me pareció aún más hermoso mientras conducía hacia el sur, de vuelta a la carretera 835. Aunque no me detuve a estudiar los vados que acababa de cruzar apenas unos minutos antes, mi avance siguió siendo extraordinariamente lento. Esta vez, por culpa de las continuas paradas fotográficas. Una de las ventajas de recorrer carreteras de montaña, con un tráfico casi inexistente, es que puedes detenerte prácticamente en cualquier lugar. Si se aproxima otro vehículo, lo escucharás con varios minutos de anticipación.

Caballos en Flateyjardalsvegur

Caballos en Flateyjardalsvegur.

También me encontré con un par de caballos islandeses que, como suele ser su costumbre, tan pronto como me detuve decidieron acercarse a curiosear. Con la diferencia de que, al no haber ninguna valla separándonos, acabaron literalmente junto al coche. Después, les pareció divertido seguirme. Tan solo desistieron cuando superé el siguiente vado. No debían tener ganas de mojarse las pezuñas.

Mientras tanto, el cielo seguía llenándose de nubes. A mi izquierda, una de ellas descargaba lo que parecía ser una intensa nevada. La primera del otoño islandés. Quince minutos después de las cinco, regresaba a la 835. Otra carretera sin asfaltar, pero con buen trazado y un firme bastante razonable. Lo habitual en una carretera secundaria de Islandia. Terminaba así mi exploración de Flateyjardalsvegur. Podría parecer un fracaso. Al fin y al cabo, me había quedado a un tercio del final de la pista. Y eso sin tener en cuenta que aún sería posible seguir otros 2.600 metros, hasta la siguiente playa hacia el norte. A pesar de lo cual, mi recorrido parcial me dejó muy buenas sensaciones. Había conocido un paisaje de una belleza extraordinaria, en la más absoluta de las soledades, mientras disfrutaba de la conducción. Y, cuando tenga ocasión de repetir el intento, lo haré con una idea mucho más precisa de aquello a lo que debo enfrentarme.

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Para ampliar la información.

Si no tienes experiencia conduciendo en las carreteras de montaña de Islandia, te interesará leer esta entrada del blog: https://depuertoenpuerto.com/conducir-en-islandia-las-tierras-altas/.

En inglés, la web campsire tiene un artículo sobre la carretera: https://www.campsire.com/f-roads-in-iceland/f899-flateyjardalsvegur.

Epic Iceland no dedica ninguna entrada exclusivamente a la F899, pero podrás encontrar información en https://epiciceland.net/tag/flateyjardalsvegur/.

En https://www.youtube.com/watch?v=XXed79SiQXk podrás ver un recorrido completo de la ruta a vista de dron.