En Islandia, tú planificas y ella decide. Tras mi fracaso del día previo intentando recorrer la F946, mi intención era tantear por segunda vez la misma carretera. Pero la mañana amaneció aún más nubosa y gris que la tarde anterior. Una densa borrasca, que llevaba días jugando al gato y el ratón con el este de Islandia, parecía haber cogido cariño a la isla. La previsión meteorológica era nefasta, al menos durante una semana. En esas condiciones, intentar articular cualquier plan alternativo en la región no tenía mucho sentido. A cuatro días de tener que subir a un avión en Keflavik, en el extremo opuesto de la isla, lo más razonable sería ir pensando en regresar hacia el oeste, buscando un clima más propicio.

Niebla en el Borgarfjörður

Niebla en el Borgarfjörður.

Aún así, me resistía a abandonar una de las regiones más mágicas de Islandia. Atrasé todo lo que pude mi marcha, esperando que uno de los frecuentes cambios de humor del clima de los Fiordos del Este me permitiera retomar el plan inicial. Desayuné tranquilamente, recogí la maleta sin prisas, consulté varias veces la previsión meteorológica… Sin el menor éxito. Desde la terraza de la habitación, podía ver las nubes al otro lado del fiordo, aún más bajas que el día anterior, casi rozando las aguas del Borgarfjörður. A las nueve y media, tiré la toalla.

Cisnes junto a Borgarfjarðarvegur

Cisnes junto a Borgarfjarðarvegur.

Atravesé Vatnsskarð, uno de los pasos de montaña más hermosos de Islandia, en medio de una densa niebla. Tan solo cuando descendí por su cara occidental y llegué a la amplia llanura creada por el Lagarfljót pude comenzar a disfrutar mínimamente del paisaje. No es que fueran visibles las montañas que rodean la llanura, pero al menos logré ver varios grupos de aves en los márgenes de la carretera. Sobre todo, pequeños grupos de cisnes, posados sobre la tundra otoñal.

El viejo puente del Jökulsá á Dal

El viejo puente del Jökulsá á Dal.

Después, estuve un rato zigzagueando por la llanura, recorriendo carreteras secundarias sin asfaltar, rumbo al último puente que hay sobre el Jökulsá á Dal. Precisamente el de la Ring Road, construido en 1994. En realidad hay otro puente, de 1931, unos 800 metros más al norte. Pero en la actualidad solo se utiliza como puente peatonal, convertido en un recuerdo de la complicada historia de las infraestructuras viarias de Islandia.

Cisnes junto a Hlíðarvegur

Cisnes junto a Hlíðarvegur.

Al oeste del río, giré hacia el norte, por la 917, rumbo al paso de Hellisheiði eystri. Otro de los puertos de montaña más hermosos de Islandia, que había atravesado en sentido contrario, entre una densa niebla, cinco días atrás. Tampoco es que las perspectivas aquella mañana fueran muy buenas, pero decidí probar suerte. La alternativa era atravesar Möðrudalsöræfum, donde con toda seguridad también habría niebla. Al menos, por Hellisheiði no encontraría tráfico.

La niebla resultó ser un poco menos densa y estaba un poco más alta que en mi anterior recorrido por la 917. Pero en cualquier caso tampoco logré disfrutar de los espectaculares paisajes que, según dicen, se divisan desde el puerto. A pesar de haberlo atravesado un par de veces, sigo sin poder decir que conozco Hellisheiði eystri. Tan solo en el último tramo de bajada, pude disfrutar del extraño espectáculo de las nubes, danzando al ritmo del viento.

La iglesia de Skeggjastaðir

La iglesia de Skeggjastaðir.

Pero la niebla parecía estar agarrada al Vopnafjörður. Pasé junto a la costa de Skjólfjörur sin lograr ver nada. En mi siguiente destino, Fuglabjarganes, a la niebla se unió un intenso chaparrón. Ni tan siquiera intenté acercarme a los acantilados. Mi suerte pareció cambiar en la hermosa iglesia de Skeggjastaðir. Por primera vez, pude dar la vuelta completa a la iglesia, fotografiándola desde diversos ángulos. Pero la fortuna no me duró mucho. Según regresaba al coche, comenzó a diluviar.

Atravesando Raufarhöfn

Atravesando Raufarhöfn.

Finalmente, tanto la niebla como la lluvia desaparecieron según me adentraba en Melrakkaslétta. Mi nuevo destino era Rauðinúpur, otro lugar famoso por la cantidad de aves. Decidí ir por el este, aprovechando para recorrer la carretera 870 desde Raufarhöfn. Otra ruta que tan solo había logrado atravesar en un día de niebla.

En el norte de Melrakkaslétta

En el norte de Melrakkaslétta.

El norte de Melrakkaslétta es una amplia llanura, salpicada por una asombrosa cantidad de pequeños lagos, lagunas y charcas. La carretera zigzaguea cerca de la costa, convertida a veces en la única separación entre las aguas dulces y las saladas. La orografía de la zona hace que sea un paraíso para las aves. Aunque, una vez más, era evidente que la mayor parte había decidido emigrar. Algunas, hacia latitudes más cálidas, otras a pasar el invierno sobre el océano, sin el menor contacto con la tierra firme.

Rauðinúpur

Rauðinúpur.

Cerca de las cuatro de la tarde llegaba a Rauðinúpur, donde resulté ser el único visitante. La tarde, gris y cada vez más ventosa, avanzaba decididamente. Comenzaba a escasear la luz. El aparcamiento de Rauðinúpur se encuentra aproximadamente a 1.700 metros de la roca. Al principio, un cómodo paseo por una pradera empapada por la lluvia de los días pasados. Pero no tardé en llegar al final de la pradera, donde la única opción era seguir por una playa, formada por cantos rodados de un tamaño notable. El avance era tan lento como incómodo. Al final, me vi obligado a tirar la toalla. Para cuando quisiera llegar a Rauðinúpur, apenas quedaría luz.

Un alcatraz frente a Rauðinúpur

Un alcatraz frente a Rauðinúpur.

En cualquier caso, el lugar me pareció muy interesante. En plena temporada, encontrarás en la zona charranes, fulmares, diversos tipos de araos, gaviotas, alcas y frailecillos, entre otras especies. A lo que deberemos añadir una de las principales colonias de alcatraces de Islandia. La mayor del norte, por encima de Stóri Karl, en Langanes. En septiembre algunas especies, como los frailecillos, se habían marchado, dejando como indudable estrella del lugar la nutrida colonia de alcatraces, con una población que quizá oscile entre los 500 y los 900 ejemplares. Habrá que volver en mejores circunstancias.

Húsavíkurkirkja

Húsavíkurkirkja.

Mientras tanto, la tarde había vuelto a cambiar. Al viento, cada vez más intenso, se unieron varios chaparrones. A esas alturas del día, había decidido dormir en Húsavik, del que aún me separaban 122 kilómetros. No volví a detenerme. A las siete de la tarde, me había registrado en el Fosshotel Húsavik. La tarde había vuelto a mejorar, por lo que decidí dar un tranquilo paseo. Tras dejar a un lado Húsavíkurkirkja, uno de los pocos edificios históricos de la pequeña ciudad, me acerqué hasta Salka. Un restaurante del que tenía buenas referencias y no me decepcionó.

Atardecer en el puerto de Húsavik

Atardecer en el puerto de Húsavik.

Cuando salí de cenar, justo una hora más tarde, el ocaso se adueñaba lentamente del cielo. El día se había vuelto increíblemente sereno, cumpliendo el pronóstico que me había empujado a ir hacia el oeste. Antes de ir a dormir, daría un paseo por el puerto. Aunque difícilmente podría superar el mágico amanecer invernal que había disfrutado en febrero de 2022, el puerto de Húsavik quizá sea el más fotogénico de Islandia. Estando apenas a unos metros, no perdía nada por probar suerte.

El Ópal en Húsavik

El Ópal en Húsavik.

Fue todo un acierto. El mayor atractivo del puerto es la amplia flota de embarcaciones tradicionales que amarra en sus muelles. Naves principalmente dedicadas al avistamiento de ballenas que, en su mayor parte, pertenecen a North Sailing, una pequeña naviera local, fundada en 1995. En verano, algunos de sus barcos zarpan rumbo a Groenlandia, donde realizan cruceros de expedición en la fascinante Scoresby Sund. Como el Ópal, una preciosa goleta construida en 1951. En 2015 se instaló un sistema híbrido, con capacidad regenerativa. Lo cual quiere decir que en la actualidad puede navegar a vela, motor de explosión o motor eléctrico. Además, cuando navega a vela es capaz de cargar el conjunto de baterías.

Ocaso en Húsavik

Ocaso en Húsavik.

La noche comenzaba a adueñarse del cielo y yo estaba cansado. Tras un agradable recorrido por el puerto, regresé al hotel satisfecho. En una jornada muy complicada, condicionada por la niebla y las lluvias, aquel paseo fue todo un acierto. Además de servirme para despejar la mente, había sido un buen broche para el día, que me hizo olvidar los anteriores sinsabores. Y, lo que era más importante, también me sirvió para comprobar que, por fin, había logrado dejar atrás la intensa borrasca que me había acompañado en los Fiordos del Este. Todo apuntaba a que me despediría de Islandia con un clima razonable.

Para ampliar la información.

Si no tienes experiencia conduciendo en Islandia, te interesará este vínculo: https://depuertoenpuerto.com/conducir-en-islandia-la-guia-completa/.

Al igual que este otro, si piensas alojarte en hoteles: https://depuertoenpuerto.com/islandia-de-hotel-en-hotel/.

En https://depuertoenpuerto.com/de-egilsstadir-a-husavik/ puedes ver un recorrido invernal, que en gran parte coincide con el que acabas de leer.

Mi paseo invernal por el puerto de Húsavik está en https://depuertoenpuerto.com/amanecer-en-el-puerto-de-husavik/.