Salí del hotel de Húsavik pasadas las ocho y media de la mañana. En principio, no tenía la menor prisa. Además, comencé mi ruta conduciendo hacia el norte. Quería averiguar, de una vez por todas, si era sencillo visitar el extremo septentrional de la península de Tjörnes. Un lugar a priori interesante, tanto por la abundancia de aves como desde el punto de vista geológico. Como ya sospechaba, no fui capaz de dar con un lugar donde aparcar. Acabé teniéndome que conformar con hacer una foto a su faro, desde una granja cercana, aprovechando una pausa entre dos chubascos.
Después, comencé mi avance hacia el sur. Mi siguiente objetivo era un área geotermal poco frecuentada, conocida como Þeistareykir. Para llegar, tenía que dar con una carretera sin número, en la zona sur de Húsavik. Tras encontrar el desvío y dejar atrás las últimas casas de Húsavik, hice una breve pausa en un mirador. Mirando atrás, podía ver la propia ciudad, iluminada por un rayo de sol, entre el lago Botnsvatn y la amplia bahía de Skjálfandi. Húsavik está justo encima de una larga zona de fisuras que se extiende diagonalmente entre Þeistareykir y la costa septentrional de Flateyjarskagi. Las mismas fisuras parecen estar en el origen del Botnsvatn.
Reanudé mi avance hacia el sur. La carretera sin número iba tomando altura progresivamente, atravesando paisajes cada vez más ásperos y desolados. No tardé mucho en divisar a lo lejos un par de grandes penachos de vapor, elevándose majestuosamente hacia las nubes. Estaba llegando a la primera visita del día.
Þeistareykir.
La carretera sin número parecía seguir hacia el sur, rumbo al lago Mývatn. No sabía si seguiría estando asfaltada, pero decidí probar suerte. Me permitiría recorrer una zona de Islandia, al oeste de las grandes coladas del Krafla, que no conocía. Y que fue tal como esperaba: una sucesión de páramos descarnados, fruto de sucesivas erupciones en una de las zonas geológicamente más activas de la isla. Todo ello bajo un cielo encapotado, desde el que se descolgaban incesantes chubascos. El paisaje era todo lo apocalíptico que uno puede esperar de la Tierra de Hielo.
Media hora pasado el mediodía, llegaba a las inmediaciones del Mývatn. Un paisaje de sobra conocido y que, en comparación con el yermo entorno que acababa de atravesar, casi me pareció un vergel. El lago es uno de los lugares más fascinantes de Islandia, rodeado de numerosas maravillas. Pero aquella tarde no entraba en mis planes, más centrados en explorar nuevos territorios. Me limité a intentar llegar a uno de los pocos lugares que no conocía en sus orillas: el museo de aves de Sigurgeir. Sigo sin conocerlo. Me encontré sus puertas cerradas.
Tras mi segundo fracaso del día, enfilé decididamente hacia el oeste, atravesando la Ring Road. Sobre la marcha, había trazado un nuevo plan, consistente en explorar la zona septentrional de la península de Flateyjarskagi. Nunca la había recorrido al norte del antiguo trazado de la Ring Road, actualmente convertido en la carretera 84. Apenas unos minutos antes de las dos de la tarde, tomaba el desvío de la carretera 835 y me adentraba nuevamente en terreno desconocido.
Flateyjardalsvegur.
La pequeña localidad, con apenas 300 habitantes, es la más septentrional en la orilla este del Eyjafjörður. Como tantos asentamientos de Islandia, Grenivík no tiene nada de especial, más allá de una hermosa localización, desde la que se puede contemplar tanto la isla de Hrísey, que da nombre al fiordo (Eyjafjörður significa «el fiordo de la isla»), como la boca de este, flanqueada por las penínsulas de Flateyjarskagi y Tröllaskagi. Por lo demás, el lugar apenas tiene historia, pues antiguamente tan solo era un punto de atraque para las granjas cercanas. A cambio, ofrecía una atmósfera asombrosamente tranquila. Niños jugando en la calle, tráfico inexistente, algún ave dejándose mecer por las aguas del fiordo…
Tras dar un paseo por su diminuto espigón, tan solo quedaba recorrer los 25 kilómetros que me separaban del hotel Natur, también en la orilla oriental del Eyjafjörður. Mientras tanto, la tarde había girado decididamente hacia el otoño. Según avanzaba hacia el sur, podía ver grandes chubascos, probablemente de nieve, velando parte de la orilla opuesta del fiordo. Llegué al hotel justo a tiempo de cenar, mientras un hermoso y sereno crepúsculo se adueñaba del Eyjafjörður.
Para ampliar la información.
Si te interesa la zona del Mývatn, puedes ver todas las entradas del blog sobre el lago y su mágico entorno en https://depuertoenpuerto.com/category/europa/escandinavia/islandia/ring-road/myvatn/.
Otro de los lugares emblemáticos que me salto en este recorrido es Goðafoss. En https://depuertoenpuerto.com/fotografiando-godafoss-en-invierno/ encontrarás mi jejor visita a la cascada de los dioses.
En inglés, la web oficial de la Carretera de la Costa Ártica, que en parte coincide con este recorrido, está en https://www.arcticcoastway.is.









