¿Cuántos «fines del mundo» hay? En Europa, tenemos unos cuantos. Algunos son modestos, como el portugués cabo de San Vicente. Otros, como nuestro Finisterre o el Land’s End de Cornualles, proclaman su condición a los cuatro vientos. Si, al menos en el Viejo Continente, hubiera que elegir al más pretencioso de todos, creo que el título le correspondería al cabo Norte, en Noruega. El presunto extremo septentrional de Europa, ni está propiamente en el continente, ni tan siquiera ocupa el lugar más boreal de la isla de Magerøya. Además, Noruega sigue extendiéndose hacia el norte. Casi 350 kilómetros más cerca del polo, encontraremos Bjørnøya, la Isla del Oso. Pero ésta no es más que el extremo meridional de un archipiélago, que se adentra otros 700 kilómetros en latitudes septentrionales, hasta quedarse a 1.024 kilómetros del polo norte.

Adventelva

Adventelva.

Habíamos visitado brevemente Svalbard en el verano de 2015. Una escala en Longyearbyen, de apenas 14 horas, nos permitió conocer fugazmente su capital. De camino, pudimos observar, desde cierta distancia, la descarnada costa suroccidental de Spitsbergen, la isla principal del archipiélago. La parte que vimos de Svalbard no se caracterizaba por su belleza. Un páramo desolado, montañas erosionadas por el hielo durante millones de años, viviendas formando monótonas hileras de barracones, restos oxidados de explotaciones mineras abandonadas . . .

Casas de Longyearbyen

Casas de Longyearbyen.

Sin embargo, el lugar tenía un extraño atractivo. El encanto de estar en un fin del mundo «de verdad». Si, ya lo sé, hay tierra al norte de Longyearbyen. Incluso algún asentamiento científico, como Ny-Ålesund, habitado a lo largo de todo el año. Pero Longyearbyen es la «ciudad» más septentrional del planeta. Un lugar que, pese a estar a 78º13′ de latitud norte y a que las motos de nieve son mucho más abundantes que los vehículos con ruedas, respira cierto aire de normalidad. Un asentamiento con casas, tiendas, hoteles, museos, bares y hasta una universidad. Una pequeña ciudad en la que sería posible llevar una vida relativamente normal. Al menos en verano, pues el invierno de Longyearbyen trae consigo 111 días consecutivos, entre el 27 de octubre y el 15 de febrero, en los que el sol no se eleva sobre el horizonte. La temperatura media en marzo, el mes más frío, desciende hasta los -12ºC, habiéndose alcanzado mínimas de -46ºC. Y las calles suelen permanecer cubiertas de nieve entre noviembre y marzo.

Mina abandonada en Sarkofagen

Mina abandonada en Sarkofagen.

Curiosamente, Longyearbyen debe su existencia al turismo. En 1896, la naviera noruega Vesteraalens Dampskibsselskab comenzó a ofrecer itinerarios turísticos en Spitsbergen. Para acomodar a los viajeros, se construyó un hotel en el promontorio desde entonces conocido como Hotellneset y en el que hoy se ubica el aeropuerto. Aquel intento fracasó, pero fue el comienzo del asentamiento en Svalbard. Cinco años más tarde, pasó por allí John Munro Longyear, un industrial estadounidense, también en viaje de placer. Regresaría en 1903, para adquirir poco a poco terrenos en la zona del Adventfjorden. Tras construir alojamientos y algunas instalaciones portuarias, en tres años comenzó la explotación comercial de las minas de carbón. Había nacido Longyearbyen, la Ciudad de Longyear.

La presencia noruega en la isla, al menos desde el punto de vista oficial, aún se haría esperar unos cuantos años. El archipiélago sería terra nullius hasta el 9 de febrero de 1920, cuando se firmó el Tratado de Svalbard. Aunque quizá la fecha correcta sea el 14 de agosto de 1925, cuando el tratado entró en vigor. En él, se reconocía la soberanía noruega sobre las islas, aunque con ciertas restricciones. Básicamente, se permitía el derecho de acceso y establecimiento, en las mismas condiciones que un noruego, a los ciudadanos de cualquiera de los países firmantes, la desmilitarización del archipiélago y la limitación de los impuestos a los estrictamente necesarios para mantener el funcionamiento de la administración local. En teoría, cualquier ciudadano argentino, chileno, español o venezolano, podría emigrar a Svalbard y quedarse a vivir allí.

Longyearbyen

Longyearbyen.

Aunque, como suele pasar, las cosas no son tan sencillas. El archipiélago apenas tiene lugares habitados. En Ny-Ålesund tan solo viven científicos y personal de apoyo, en edificios de propiedad estatal. De los antiguos asentamientos soviéticos, el único que, mal que bien, se mantiene activo es Barentsburg, donde todas las instalaciones son propiedad de la compañía rusa Arktikugol. En la capital, la situación no es mucho mejor. Apenas hay suelo de titularidad privada y los permisos de construcción son muy limitados. Además suelen darse sobre terrenos arrendados, pues el estado noruego mantiene la propiedad de los mismos. Según escribo estas líneas, tan solo parece haber una vivienda en venta en Longyearbyen, con una superficie de 149 m² y un precio de 7.950.000 coronas noruegas. Al cambio, algo más de 670.000 €. Eso sí, tiene una amplia terraza desde la que contemplar las auroras boreales.

Aguja de roca en Bjørnøya

Aguja de roca en Bjørnøya.

Tardamos 7 años en regresar a las islas. Esta vez, en un crucero de expedición, a bordo del SH Vega. Un barco recién construido, con capacidad para 152 pasajeros. No teníamos una idea muy clara de los lugares concretos que visitaríamos. Como en todo crucero de este tipo, las circunstancias que nos fuéramos encontrando marcarían el ritmo y el itinerario del viaje. Cuando zarpamos de Tromsø, lo único que sabíamos a ciencia cierta era nuestro primer destino: Bjørnøya, la Isla del Oso. Con una superficie de 178 km² y una población de 9 habitantes, todos ellos científicos residentes en la estación meteorológica de Herwighamna, al norte de la isla. Nosotros fondeamos cerca de su extremo meridional, en la ensenada de Sørhamna. Un lugar que nos encontramos envuelto entre la niebla y en el que fue imposible desembarcar. Al final, nos tuvimos que limitar a recorrer sus acantilados en zódiac.

Morsas entre los troncos

Morsas entre los troncos.

A la mañana siguiente, despertamos al este de Spitsbergen, aproximándonos a la reserva natural de Søraust-Svalbard. Nuestro siguiente destino era Edgeøya, una isla deshabitada, que es la tercera en extensión del archipiélago, con 5.073 km². Logramos desembarcar en las proximidades del promontorio de Dolerittneset, donde nos esperaba un grupo de morsas, descansando tranquilamente sobre la playa. Comenzaba así nuestro recorrido por el lado más salvaje de Svalbard. Un territorio sin población estable, en el que las únicas señales de civilización eran los restos de las antiguas cabañas utilizadas por los cazadores y los pocos barcos con los que acertamos a cruzarnos.

Texturas en el hielo

Texturas en el hielo.

También intentamos desembarcar en Barentsøya, la Isla de Barents. Otra isla deshabitada, con una superficie de 1.288 km², bautizada en honor de Willem Barents, el descubridor del archipiélago. Pero encontramos Kapp Waldburg bajo un manto de niebla, descolgándose desde las montañas cercanas. Para colmo, un miembro del equipo de expedición avistó un oso polar moviéndose a media ladera, entre la bruma. Ante la imposibilidad de desembarcar en esas circunstancias, nos adentramos en el estrecho de Freemansundet, donde acabamos haciendo un recorrido en zódiac frente al glaciar Freemanbreen.

Agua y hielo

Agua y hielo.

Nuestro tercer día en Svalbard comenzó en el extremo meridional del estrecho de Hinlopen, entre las dos islas principales del archipiélago. En concreto, fondeados al sur de Nordaustlandet, con una superficie de 14.443 km² y una población de 0 habitantes. Frente a nosotros, se extendía el muro blanco del Bråsvellbreen, el mayor frente glaciar del hemisferio norte. Intentar desembarcar, o incluso acercarse, a una inestable pared de hielo de aproximadamente 20 metros de altura estaba completamente descartado. A cambio, hicimos un precioso recorrido en zódiac frente al muro helado, navegando entre icebergs que rivalizaban entre sí por mostrarnos las formas y tonalidades más atractivas.

Morsas en Torellneset

Morsas en Torellneset.

A continuación, seguimos bordeando la costa sur de la isla, adentrándonos en Hinlopen. Navegábamos frente a un lugar llamado Torellneset, cuando avistamos un oso polar, tumbado en la tundra. En la misma orilla, un grupo de morsas descansaba sobre la arena, aparentemente indiferentes a la presencia del oso. El resultado fue una parada imprevista, que acabo durando casi un par de horas, trastocando nuestros planes para el resto del día.

Emprendiendo el regreso

En Alkefjellet.

Finalmente, a primera hora de la tarde llegamos a Alkefjellet. Un acantilado de aproximadamente 100 metros de altura, en la costa oriental de Spitsbergen, la isla principal del archipiélago, con 39.044 km². El lugar era un auténtico espectáculo de la naturaleza, habitado por decenas de miles de aves. Un espacio mágico, donde por primera vez pudimos ver una Svalbard más agreste, distinta al relieve romo que habíamos conocido anteriormente.

Oso polar en Hingstsletta

Oso polar en Hingstsletta.

Terminamos el día navegando por el Lomfjorden. Nuestro destino era Faksevagen, donde daríamos un paseo por la tundra. Ya íbamos con cierto retraso, por culpa del oso polar de Torellneset. Nuestros nuevos planes saltaron definitivamente por la borda frente a Hingstsletta. Lo que inicialmente parecía ser el avistamiento de un oso polar, acabó siendo el de seis ejemplares. Uno de ellos, entretenido en merendarse lo poco que quedaba del cadáver de un cachalote. Esta vez, además de detenernos durante cerca de tres horas, acabamos haciendo una breve excursión en zódiac, con el fin de intentar ver los osos más de cerca.

Familia de osos

Familia de osos.

Nadie tiene muy claro el número de osos polares de Svalbard. Es bastante común escuchar cifras por encima de los 3.000 ejemplares, que superarían por tanto a la población de humanos. Algunas estimaciones dan un rango entre 1.900 y 3.600, oscilando con los años y las estaciones. Un recuento en 2004 arrojó la cifra de 2.650 osos, aunque es bastante probable que alguno acabara pasando desapercibido. Pero hay que tener en cuenta que todas estas cifras incluyen la población en el conjunto del mar de Barents: Svalbard, la Tierra de Francisco José y la banquisa ártica. En 2015, la estimación realizada por el Instituto Polar Noruego daba una cifra de 264 ejemplares solo para Svalbard. Una población que tampoco sería fija y que, en la actualidad, se vería afectada por dos fenómenos contrapuestos. Por una parte, la progresiva retirada de los hielos dificultaría las migraciones de los osos entre la banquisa y los dos archipiélagos, amenazando con menguar la diversidad genética del subconjunto de Svalbard, el más reducido de los tres. Por contra, la prohibición de caza de osos en Svalbard, en vigor desde 1973, parece favorecer la recuperación de su población en el archipiélago.

Señal peligro osos

Peligro de osos en el Adventfjorden.

En cualquier caso, los osos de Svalbard representan un peligro real para los humanos que habitan o visitan el archipiélago. Está estrictamente prohibido salir de los núcleos urbanos sin la debida protección. Aunque sea raro ver osos en las inmediaciones de Longyearbyen, el último avistamiento de un ejemplar en las calles de la ciudad se dio en diciembre de 2019. El oso estaba curioseando entre los edificios y acabó siendo considerado un riesgo para los residentes, por lo que las autoridades noruegas decidieron abatirlo. Al año siguiente, en las afueras de la ciudad, otro oso atacó un camping al amanecer, matando a un turista holandés. La población de osos es mayor cuanto más al norte y al este nos desplacemos. Aunque, al ser zonas completamente despobladas, los encuentros entre osos y humanos son menos frecuentes.

Llegando a Monacobreen

Llegando a Monacobreen.

La última mañana en el archipiélago nos encontró en el Liefdefjorden, al norte de Spitsbergen. Un paisaje aún más agreste que el del día anterior, con las montañas elevándose hasta rozar las nubes. Fue precisamente en las inmediaciones de esta costa donde, en junio de 1596, Barents descubrió el archipiélago, mientras buscaba infructuosamente el Pasaje del Noreste. Al ver las montañas puntiagudas (spitse bergen, en holandés), bautizó la isla como Spitsbergen. Al principio, no estaba claro si había descubierto una isla, un archipiélago, o el extremo oriental de Groenlandia. Durante siglos, el nombre se utilizó para designar a todo el archipiélago. Cuando los noruegos comenzaron a reclamar sus derechos sobre el mismo, impulsaron el nombre actual. Al final, Svalbard quedó como el nombre del archipiélago, mientras su isla principal mantendría el de Spitsbergen.

Iceberg en el Liefdefjorden

Iceberg en el Liefdefjorden.

La elección del nombre de Svalbard no era fortuita. Los derechos noruegos sobre el archipiélago tendrían su origen en su supuesto descubrimiento por los vikingos en 1194. Los anales islandeses mencionan la existencia de un lugar, al norte de Langanes, que denominan Svalbarði (la Orilla Fría) y se encontraría a 4 «dagr» de navegación de la costa septentrional de Islandia. Pero, en el noruego antiguo, 4 dagr pueden significar tanto 48 horas como 96. En consecuencia, la tierra descubierta también podría ser la isla de Jan Mayen. En cualquier caso, en ninguno de los dos lugares se han encontrado restos arqueológicos que arrojen alguna luz sobre la cuestión. Las afirmaciones rusas de que los pomory llegaron a Svalbard antes que Barents se enfrentan al mismo problema. Aunque se hayan encontrado vestigios de asentamientos de caza construidos con madera del siglo XVI, es imposible asegurar que dicha madera no procede de construcciones anteriores, que posteriormente fueron transportadas a Svalbard. Incluso Portugal podría reclamar el descubrimiento de las islas, basándose en su supuesta aparición en el planisferio de Cantino, un oscuro mapa de origen luso, que se llevó a Italia en 1502.

Cueva en el hielo

Cueva en el hielo.

Tras recorrer en zódiac el frente helado del Monacobreen, nuestra última excursión en Spitsbergen fue una corta caminata hasta las inmediaciones del Hannabreen, otro de los numerosos glaciares que descienden desde las abruptas laderas que rodean al Liefdefjorden. Un fiordo de una belleza salvaje, acentuada por las nubes y brumas que, el día de nuestra visita, se entremezclaban con las cumbres cercanas. Después, tan solo restó navegar hacia mar abierto, por el Woodfjorden, y rodear los contrafuertes septentrionales de la Tierra de Alberto I, antes de enfilar hacia el suroeste, rumbo a Jan Mayen.

Un mundo extraño

Un mundo extraño.

Terminaba así nuestra segunda estancia en Svalbard. Mucho más prolongada que la anterior y recorriendo un entorno mucho más salvaje, en el que pudimos ver osos polares, ballenas, morsas y zorros árticos. Además de miles de aves. En 2015, Svalbard nos había parecido un lugar remoto y extraño, pero no especialmente hermoso. Su principal atractivo había sido precisamente su rareza y la sensación de estar cerca de uno de los auténticos «fines del mundo». En cambio ahora, nos fascinó. Aunque acabamos superando los 80º de latitud norte, a poco mas de 1.100 kilómetros del polo, lo realmente interesante fue el entorno que pudimos conocer. Lugares duros y extremos, en los que la vida se abría paso en las condiciones mas adversas, mostrando sin tapujos la crueldad de la lucha por la supervivencia. Todo ello, rodeado de paisajes tan extraños y fuera de lo común, que en muchas ocasiones parecían propios de otro planeta. Una experiencia inolvidable, que intentaremos repetir.

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Para ampliar la información.

En este mismo blog, todas las entradas sobre Svalbard están en https://depuertoenpuerto.com/tag/svalbard/.

Se puede consultar la entrada en la Wikipedia sobre el archipiélago en https://es.wikipedia.org/wiki/Svalbard.

En inglés, la web Spitsbergen / Svalbard es una auténtica mina de información: https://www.spitsbergen-svalbard.com/.

Los mapas online de las islas no suelen ser muy buenos. Mucho mejor el mapa oficial del Instituto Polar Noruego, en https://toposvalbard.npolar.no/.

La misma institución tiene páginas dedicadas a la geología de las islas (https://www.npolar.no/en/themes/the-geology-of-svalbard/), su fauna (https://www.npolar.no/en/themes/fauna-svalbard/) y su flora (https://www.npolar.no/en/themes/vegetation-svalbard/).

En https://svalbardi.com/blogs/news/how-many-polar-bears-are-in-svalbard hay un interesante artículo sobre el número de osos polares en el archipiélago.

Quien quiera información más detallada sobre la misma materia, puede consultar https://polarresearch.net/index.php/polar/article/view/2660/6078.

El estado de la banquisa es determinante en cualquier crucero por el Ártico profundo. En https://cryo.met.no/en/latest-ice-charts se pueden consultar los mapas actualizados del Instituto Meteorológico Noruego.