La primera vez que escuché mencionar Alkefjellet fue a bordo del SH Vega. En la charla de introducción al itinerario que teníamos por delante, alguien preguntó a Óscar Dunn, el jefe del equipo de expedición, cuál era su lugar favorito de Svalbard. Óscar se tomó un tiempo para contestar, mientras buscaba en su ordenador una imagen con la que ilustrar la respuesta. Entre tanto, mi mente comenzó a divagar. ¿Un impresionante glaciar? ¿Algún fiordo insondable? Cuando, finalmente, nos mostró una fotografía de Alkefjellet, su elección me sorprendió. ¿Un acantilado lleno de pájaros? ¿Qué tendría aquel lugar de especial?

Frente a Alkefjellet

Frente a Alkefjellet.

Dos días más tarde, tenía ante mis ojos la solución al misterio. El SH Vega navegaba por el estrecho de Hinlopen, entre la isla de Nordaustlandet y la península de Lomfjordhalvøya, en el este de Spitsbergen. Una vez más, la tarde era fría y gris. Y, una vez más, íbamos con retraso sobre nuestros planes. En esta ocasión, por culpa del encuentro fortuito con un oso polar en Torellneset. Por encima de la amura de babor, un acantilado de aproximadamente 100 metros de altura, con su pared horadada por grandes fisuras, se extendía sobre varios centenares de metros de costa, entre una pequeña lengua glaciar y unas raquíticas cascadas. El lugar era sin duda extraño y remoto, pero seguía sin encontrar la respuesta.

En zódiac hacia Alkefjellet

En zódiac hacia Alkefjellet.

Finalmente, poco después de las cinco de la tarde, llegó nuestro turno de subir a una zódiac. Ésta enfiló hacia el pequeño glaciar, para aproximarse a Alkefjellet desde el norte, navegando en paralelo a la línea de costa. Según nos acercábamos a la pared de roca, podíamos ver con mayor detalle sus características. Desde el nivel del mar, sus contrafuertes parecían los torreones de un castillo primigenio, desgastado por los siglos. Las paredes de roca tenían extrañas tonalidades blanquecinas y sobre éstas, en el cielo, una constelación de puntos negros se movía incesantemente.

Llegando a Alkefjellet

Llegando a Alkefjellet.

En un instante, nos vimos trasladados a otro mundo. Las paredes estaban pobladas por decenas de miles de pájaros, cuyas deposiciones conferían a la roca su extraña coloración. Miles de aves volaban sobre nuestras cabezas, yendo y viniendo entre sus nidos y el mar. Del cielo se descolgaba una sutil llovizna, aunque no todo lo que caía desde las alturas eran gotas de agua. Mientras tanto, el griterío de las aves era incesante. Un sonido continuo, formado por la unión de miles de graznidos, saturaba el ambiente. Apenas tardé unos minutos en comprender a Óscar.

Aves en las paredes de Alkefjellet

Araos en las paredes de Alkefjellet.

Pronto estuvimos frente a una de las paredes verticales. El espectáculo era asombroso. Hasta el último resquicio entre las rocas parecía estar ocupado por las aves. Principalmente araos de pico ancho, cuyo número se estima en 60.000. Con razón los noruegos bautizaron el acantilado como Alkefjellet, topónimo que se traduciría al español como «Montañas del Arao». Aunque también era posible ver otras especies, sobre todo diversos tipos de gaviotas.

El lugar era un hervidero de vida. Y, en la naturaleza, vida y muerte van siempre de la mano. Estábamos observando las paredes de roca, cuando una de las chicas que iba en la zódiac gritó «¡a fox!». En efecto, un zorro ártico bajaba por la ladera, recorriendo la estrecha franja de tierra qua había justo frente a nuestra posición. Llevaba algo en la boca. No pudimos verlo con claridad, pero por su tamaño y color, con toda probabilidad era la cría de alguna de las aves de Alkefjellet. El zorro tan solo nos dedicó una fugaz mirada. Decidió que no éramos peligrosos y siguió su camino hacia el norte.

Pero el juego entre la vida y la muerte también se desarrollaba en las alturas. Cuando emprendimos de nuevo nuestra lenta ruta hacia el sur, pudimos ver cómo una gaviota intentaba atacar a los araos. Éstos actuaron con cierto nivel de coordinación y, pese a la diferencia de tamaño, lograron repeler a la gaviota, que se fue volando, también hacia el norte, imagino que buscando una presa más fácil.

Gaviota junto al mar

Gaviota junto al mar.

Poco después vimos otra gaviota, en este caso más afortunada. Entre las rocas próximas al mar, picoteaba tranquilamente un bulto, que tenía todo el aspecto de ser el cadáver de un polluelo. El Ártico es un lugar extremo y Alkefjellet no es la excepción. En estas latitudes, el ciclo de vida y muerte se comprime a los meses del corto verano boreal. Los ritmos se aceleran y, en los largos días sin noche, no hay tiempo que perder. Nacer, alimentarse, reproducirse, matar, morir. Todo debe hacerse antes de que regresen las largas y gélidas noches del paréntesis invernal.

Parte inferior de los acantilados

Parte inferior de los acantilados.

Seguimos avanzando hacia el sur. Ahora, las rocas llegaban hasta la misma orilla. Los araos ocupaban hasta los contrafuertes más bajos del acantilado, a poco más de un metro de la línea de pleamar. Otros, se dejaban mecer por el escaso oleaje. El arao de pico ancho, también conocido como arao de Brünnich, es una especie propia de los mares circumpolares del hemisferio norte. Pasan el verano criando en las repisas de acantilados similares a Alkefjellet y el invierno en alta mar, siendo raro avistar algún ejemplar en esta época del año.

A los pies de Alkefjellet

A los pies de Alkefjellet.

Al dirigir la vista al cielo, el panorama era todavía más impresionante. Las torres de roca se elevaban desde las aguas, desafiando la gravedad. Su extraña geometría revelaba tanto sus orígenes como los cientos de millones de años de continua erosión. Desde sus cimientos, la perspectiva magnificaba las ya de por sí imponentes dimensiones de los pilares. Los cientos de pájaros que, como vigías de una vetusta fortaleza, nos observaban desde las alturas, acentuaban si cabe las dimensiones del entorno.

Límite entre dolomita y dolerita

Límite entre dolomita y dolerita.

Más allá de sus aves, Alkefjellet es un lugar con indudable interés geológico. No es difícil distinguir la linea que separa la dolomita de la dolerita. La primera, con un característico color blanco, una roca sedimentaria más antigua, que cristalizó con el calor hasta formar mármol. Sobre ésta, grandes torres de oscura dolerita, fruto de intrusiones magmáticas, que se introdujeron entre las fallas y fisuras del material preexistente, entre 100 y 150 millones de años atrás. Se piensa que la intrusión se produjo en el centro de la actual península y lo que vemos en la actualidad es el borde erosionado de las rocas resultantes. La existencia de hierro y magnesio, que da a Alkefjellet una difusa tonalidad rojiza, sería responsable de su relativa vulnerabilidad. El resultado es una extraña estructura, horadada por profundas grietas y llena de recovecos.

Grieta en Alkefjellet

Grieta en Alkefjellet.

Grietas que creaban zonas de sombra, en las que todavía subsistían algunos restos de nieve del pasado invierno. Una nieve increíblemente sucia, con tonos que oscilaban entre el rosa y el verde, seguramente fruto de los excrementos que los pájaros dejaban caer sobre su superficie. Por las mismas grietas, se descolgaban varias pequeñas cascadas, alimentadas por el glaciar que, más allá de las rocas, ocupa la parte central de Lomfjordhalvøya. El lugar estaba lleno de rincones y recodos, que podríamos haber pasado horas explorando.

Emprendiendo el regreso

Emprendiendo el regreso.

Desgraciadamente, nuestro tiempo se agotaba. Habíamos llegado a Alkefjellet con retraso y todavía nos quedaba una visita por realizar esa tarde, en principio prevista para después de la cena. Tras superar uno de los recodos del acantilado, marcado por una columna de roca que desafiaba la gravedad, dimos media vuelta y emprendimos el regreso al SH Vega.

Desciende la niebla en Alkefjellet

Desciende la niebla en Alkefjellet.

En cualquier caso, la tarde estaba cambiando. Según nos alejábamos del acantilado, pudimos apreciar cómo la niebla lentamente ocultaba su parte superior. En cierto modo, el paisaje se había vuelto todavía más imponente, al ser imposible apreciar la auténtica altura de los pilares de roca. Y, desde luego, también era más enigmático. Una vez más, apenas tardé unos minutos en desembarazarme del chaleco salvavidas y la ropa impermeable, para salir a cubierta. Quería llenar mis sentidos de aquella experiencia, tan extraordinaria como fascinante.

Lengua glaciar lindando al norte con Alkefjellet

Lengua glaciar lindando al norte con Alkefjellet.

Mientras el barco emprendía lentamente su ruta hacia el norte, los jirones de niebla iban y venían, jugando con el espectacular paisaje. Cientos de pájaros regresaban a sus nidos, volando ahora a menor altura, entre la niebla y el mar. El entorno era tan irreal, tan extremo, que resultaba imposible resistirse a su embrujo. De nuevo parecía que hubiéramos alcanzado el fin del mundo. A esas alturas del viaje, ya había perdido la cuenta del número de ocasiones que, desde que dejáramos atrás Nord-Fugløya, en la boca del Ullsfjorden, había sentido esa sensación. Pero nuestra singladura seguía avanzando, adentrándonos entre fiordos y montañas, mientras recorríamos un paisaje parcialmente velado por la niebla. ¿Qué nos esperaba más allá? ¿Otro lugar, aún más salvaje y remoto?

Para ampliar la información.

Imposible encontrar información relevante en español.

En inglés, la web Spitsbergen / Svalbard tiene una entrada sobre los acantilados, con una buena galería fotográfica: https://www.spitsbergen-svalbard.com/spitsbergen-information/islands-svalbard-co/hinlopen-strait/alkefjellet.html.

También interesante la reseña sobre el lugar en la página de Silversea: https://discover.silversea.com/destinations/arctic/why-alkefjellet-is-an-arctic-eden-for-birds/.

En la web de Rayann Elzein exploran las posibilidades fotográficas del lugar: https://rez-photography.com/alkefjellet-bird-cliff/.