Monacobreen, el glaciar de Mónaco, fue bautizado en honor de Alberto I. El príncipe monegasco lideró la expedición que, entre 1906 y 1907, cartografió la zona del Liefdefjorden. Con una longitud cercana a los 40 kilómetros, Monacobreen desciende desde la meseta de Isachsenfonna, a una altitud aproximada de 1.000 metros sobre el nivel del mar, hasta llegar al fiordo, donde forma un frente glaciar de casi 4 kilómetros de ancho.

Llegando a Monacobreen

Llegando a Monacobreen.

El glaciar era nuestro primer destino del día. Cuando desperté, el SH Vega se aproximaba a su extremo septentrional, navegando lentamente por el Liefdefjorden. Una vez más, el día era plomizo y una leve llovizna se descolgaba desde las nubes. Aunque éstas cubrían completamente el cielo, hacia el suroeste aún era posible adivinar una sucesión de agrestes cimas. Entre sus laderas, avanzaban varios glaciares, alimentando la gran masa del Monacobreen. El relieve contrastaba con las montañas, duramente erosionadas, que habíamos visto los días anteriores. Por contra, la sensación de estar en un lugar increíblemente remoto y aislado, seguía siendo la misma.

Zódiac junto al SH Vega

Zódiac junto al SH Vega.

Mientras desayunábamos, el barco fondeó frente al Seligerbreen, otro de los glaciares que desembocan en el Liefdefjorden. Tan pronto como se detuvo, comenzó el trasiego habitual, que a esas alturas del viaje ya nos sabíamos de memoria. Desembarcar las lanchas, enviar una avanzadilla del equipo de expedición a inspeccionar el entorno y preparar el «campo base» para la excursión. Esta vez, íbamos en la primera zódiac. Aun no eran las ocho y media de la mañana, cuando abordábamos la lancha y emprendíamos la ruta hacia el glaciar.

En el Liefdefjorden

En el Liefdefjorden.

Entre tanto, las nubes seguían descendiendo, comenzando a ocultar los agudos picos que dominaban el paisaje, más allá del glaciar. Por una parte, restaban espectacularidad al entorno. A cambio, aumentaban el aura de misterio, de extraña calma, que nos envolvía. Personalmente, siempre he preferido el Ártico brumoso y gris sobre el soleado. Una vez más, éste parecía empeñado en complacerme.

Hielo azul

Hielo azul.

Enseguida comenzamos a navegar entre icebergs. Éstos eran mucho mayores que los que habíamos podido contemplar la mañana anterior en el Bråsvellbreen. También eran distintos. Menos sutiles en sus formas y colores. Aquí dominaban los azules, en ocasiones de una intensidad asombrosa, realzada por las oscuras paredes de roca contra las que se recortaban. El cielo tampoco presentaba las texturas y tonalidades que tanto nos habían asombrado apenas 24 horas atrás. Ahora la capa de nubes era mucho más monótona y compacta.

Glaciar sobre el Liefdefjorden

Glaciar sobre el Liefdefjorden.

De alguna forma, lo que habíamos perdido en belleza sutil lo compensábamos con grandiosidad. Nos movíamos por el paisaje más montañoso que habíamos contemplado en Svalbard, en el fondo de un hermoso fiordo rodeado de impresionantes glaciares. Al menos cuatro de ellos lograban llegar hasta sus aguas. Otros, se quedaban cerca, alcanzando lagunas glaciares o yendo a morir en una llanura pedregosa. Algunos, preferían permanecer en las alturas, colgando de sus valles como bestias acechantes, esperando pacientemente su oportunidad.

Frente glaciar del Monacobreen

Frente glaciar del Monacobreen.

La pared de hielo también era distinta a la del Bråsvellbreen. Aunque su longitud apenas era una fracción de la de éste, parecía algo más alta y sobre todo más caótica. En lugar de un muro blanco, relativamente homogéneo, teníamos al frente una auténtica vorágine de hielo. Salientes, grietas, picos, fisuras, cuevas, formaban un espectáculo tan anárquico como hipnotizante.

Cueva en el hielo

Cueva en el hielo.

El glaciar estaba en movimiento. Como atestiguaban los sonidos que, con cierta frecuencia, nos llegaban desde el hielo. En algunos lugares, el muro parecía al borde del colapso, haciendo poco recomendable acercarse en exceso. Creo que, en la lancha, todos estábamos esperando ver un desprendimiento. No hubo suerte. Pudimos oír alguno en la distancia, hacia el oeste del glaciar. Pero, tal como nos dijo David, un doctor en glaciología con el que tuvimos la suerte de compartir zódiac, si lo escuchas, ya es tarde para verlo.

Monacobreen y Nyholmen

Monacobreen y Nyholmen.

Nuestro errático vagar frente a la pared del glaciar acabó llevándonos junto a un extraño islote rocoso, maltratado por la erosión. Apareció entre los hielos del Monacobreen en 2005, por lo que fue bautizado como Nyholmen, que en noruego significa «islote nuevo». Aunque, en realidad, había sido estudiado previamente por un equipo de geólogos en 1991. Al año siguiente, el glaciar avanzó de forma brusca, adentrándose aproximadamente 2.000 metros en el fiordo. Después, comenzó nuevamente a retroceder, perdiendo 2.500 metros de lengua. Como es habitual en Svalbard, no se conoce con detalle la dinámica del Monacobreen. Aunque la opinión mas extendida en la actualidad afirma que sus episodios de avance rápido se producirían aproximadamente una vez por siglo, no todos los científicos parecen estar de acuerdo.

Monacobreen y Seligerbreen

Monacobreen y Seligerbreen.

A pesar de dichos episodios, el glaciar parece estar retrocediendo, como buena parte de los del archipiélago. En la actualidad, su lengua se encuentra 500 metros más atrás que en 1992, justo antes del último avance. Hasta 2015, el frente del Monacobreen se unía con el del cercano Seligerbreen, formando entre ambos un muro de hielo que rozaba los 5 kilómetros de longitud. Según escribo estas líneas, todavía hay mapas que reflejan dicha situación. Aunque, durante nuestra visita, era claramente visible una negra pared de roca, descendiendo desde las nubes hasta las mismas aguas del fiordo.

Hielo sucio en el Liefdefjorden

Hielo sucio en el Liefdefjorden.

Terminado nuestro recorrido frente a la pared de hielo, emprendimos el regreso al barco, zigzagueando tranquilamente entre los grandes icebergs. Apreciando sus formas y texturas y asombrándonos con los tonos azulados que presentaban. Tan solo unos cuantos mostraban una coloración distinta, aparentemente creada por el roce del hielo contra el fondo del glaciar. Todo parecía indicar que, después de haberse desprendido de éste, el bloque se había girado. La extraña pared que contemplábamos, sucia y relativamente lisa, había sido anteriormente la parte inferior del Monacobreen.

Monacobreen desde la cubierta del SH Vega

Monacobreen desde la cubierta del SH Vega.

Regresamos al confort del SH Vega 90 minutos después de haber zarpado. Seguía lloviznando, desde unas nubes que cada vez estaban más bajas, y el frío era intenso. En cualquier caso, poco después de las diez estaba nuevamente en cubierta, disfrutando una vez más del espectacular paisaje desde una perspectiva más elevada. Haber viajado en la primera lancha significaba que tenía un par de horas por delante para contemplar las vistas desde cubierta, en un lugar que, para cualquier enamorado del Ártico, era el paraíso en la Tierra.

Para ampliar la información.

Ha sido imposible encontrar información relevante en español.

En inglés, aunque carece de una entrada específica sobre el glaciar, la interesante web Spitsbergen / Svalbard tiene una sobre el Liefdefjorden: https://www.spitsbergen-svalbard.com/spitsbergen-information/islands-svalbard-co/spitsbergen-northern-part/raudfjord-liefdefjord-woodfjord.html.

En https://www.swisseduc.ch/glaciers/svalbard/monacobreen/index-en.html hay una buena galería fotográfica, una vez más centrada en toda la zona.

Aunque esté enfocada a promocionar la naviera, la página de Quark Expeditions puede ser una buena guía sobre qué esperar de un crucero de expedición al Monacobreen: https://www.quarkexpeditions.com/blog/best-way-to-visit-monacobreen-glacier.

Quien quiera profundizar en la dinámica del glaciar, puede descargar un PDF en https://tc.copernicus.org/preprints/tc-2018-10/tc-2018-10-manuscript-version5.pdf.