Finalizaba nuestro viaje del verano de 2022. Tan solo restaba llegar desde Reikiavik al aeropuerto de Keflavik. Pero el vuelo despegaba a las cinco de la tarde, lo que nos dejaba toda la mañana libre para hacer alguna excursión por la península de Reykjanes, de camino al aeropuerto. A pesar del cansancio acumulado en la espectacular visita al volcán del día anterior, no estábamos dispuestos a desperdiciar la ocasión. La premisa, tras la larga caminata, era dar prioridad a recorridos en coche, en los que no tuviéramos que andar mucho.

Vigdísavallavegur, en las «Tierras Altas» de Reykjanes.

Comenzamos atravesando Vigdísavallavegur, la carretera 428. En realidad, una pista de tierra que recorre el valle de Móhálsadalur. Pese a su proximidad a la zona más civilizada de Islandia, el lugar nos trajo recuerdos de las remotas Tierras Altas.
Al final, el recorrido por Vigdísavallavegur fue mejor de lo inicialmente previsto, por lo que aún teníamos tiempo para una nueva excursión. Había leído algo sobre una cadena de cráteres poco conocida, cerca del extremo suroccidental de la península. Decidimos que sería nuestro siguiente objetivo. Para llegar, nos tuvimos que adentrar por la pista que nace de la carretera 426, al sur del aparcamiento de la Laguna Azul. Aparentemente, se trata un camino de servicio para las numerosas instalaciones geotermales que se reparten por la zona. De momento, el entorno no parecía demasiado atractivo.

Llegando a Eldvörp

Llegando a Eldvörp.

Todo cambió según llegábamos a Eldvörp. La cadena de cráteres se extiende por 10 kilómetros sobre la lava de las erupciones del siglo XIII. El episodio volcánico, conocido como los Fuegos de Reykjanes, había sido el último en la península, hasta que comenzó la actual serie de erupciones junto al Fagradalsfjall. Aquel episodio, además de crear la hermosa cadena de cráteres, dio lugar a un campo de lava con una superficie de 20 km².

Junto a Eldvörp

Junto a Eldvörp.

El entorno aún mantiene cierto grado de actividad geológica. El olor a azufre llenaba la atmósfera y era posible ver gases manando de las entrañas de la tierra. En algunos lugares, el vapor alcanza los 280ºC. Según dicen, hubo un tiempo en el que las mujeres de la zona acudían al lugar para hornear el pan. Aunque hoy pueda parecer increíble, todo indica que antiguamente Eldvörp estuvo habitado, pues se han encontrado huellas de actividad humana en las inmediaciones. Más recientemente, ha habido algún intento de aprovechar el calor de la tierra para generar energía, como atestigua la pequeña construcción de hormigón que hay al final de la pista. Afortunadamente, la zona forma parte del Geoparque de Reykjanes, protegido por la UNESCO.

Hacia el suroeste de Eldvörp

Hacia el suroeste de Eldvörp.

Subimos al cráter más cercano. Había que moverse con cuidado. La roca volcánica suelta podía hacerte resbalar. Pero la vista mereció el esfuerzo. A pesar de la escasa altura, podíamos apreciar con mayor claridad la cadena de cráteres, extendiéndose por la península de Reykjanes. Al noreste, distinguíamos perfectamente la gran columna de vapor de la planta de Svartsengi, junto a la Laguna Azul. En dirección contraria, era más complicado averiguar si veíamos los gases que expulsa Gunnuhver, o los de alguna de las plantas de energía de las inmediaciones de Reykjanestá. O quizá una mezcla de todo.

Tras descender, aprovechamos la ausencia total de viento para volar el dron, intentando captar la cadena de cráteres desde el cielo. En cualquier caso, fue un vuelo corto. Comenzaba a hacerse tarde y no teníamos margen para un accidente, que nos obligase a buscar el dron en un terreno increíblemente intrincado, por el que sería muy difícil caminar.

Frente a Stampar

Frente a Stampar.

Tampoco teníamos tiempo para aventuras con el coche. Aunque aparentemente había una pista que llevaba hacia el oeste, preferimos ir sobre seguro, dando un rodeo hacia el este, hasta las inmediaciones de Grindavík. Sesenta minutos antes de la hora en que teníamos que devolver el vehículo, estábamos frente a Stampar. Otra hilera de cráteres, esta vez a escasos metros del asfalto de la carretera 425. Habíamos pasado numerosas veces junto a los cráteres. Incluso recordaba haber estado parado en el aparcamiento. Pero nunca habíamos recorrido el pequeño sendero que lleva hasta el primer cono volcánico. Parecía un buen momento.

Desde Stampar

Desde Stampar.

Stampar se creó en dos fases. La primera, hace al menos 1.800 años. La segunda, entre 1210 y 1240, durante los Fuegos de Reykjanes. El resultado fue una doble cadena de cráteres, extendiéndose 4 kilómetros en dirección noreste – suroeste. El ángulo más habitual en las numerosas fisuras que recorren la península. Desde la cima de Stampar podíamos ver el siguiente cráter y, más allá, el mar. Incluso era posible distinguir, entre la incipiente bruma, el islote de Eldey, recortado sobre el horizonte. Sin tener la irreal belleza de Eldvörp, tampoco parecía un mal lugar para despedirnos de Islandia. Tres horas y media más tarde, un avión de Icelandair se adentraba entre las nubes, camino de Madrid.

Para ampliar la información.

Quien busque cosas que hacer en Reykjanes, puede encontrar unas cuantas en este mismo blog: https://depuertoenpuerto.com/category/europa/escandinavia/islandia/reykjanes/.

En inglés, la web oficial de información turística de la península está en https://www.visitreykjanes.is/en.

La página del geoparque de Reykjanes tiene entradas sobre Eldvörp (https://reykjanesgeopark.is/destination/eldvorp/) y Stampar (https://reykjanesgeopark.is/destination/stampar/).