Segundo día en Islandia, de nuevo sin la menor prisa. Aún disponía de 48 horas para llegar a Stykkisholmur, donde tenía previsto embarcar en el ferry rumbo a Brjanslaekur, en los Fiordos del Oeste. Mi plan para la jornada era muy simple. Llegar a Langaholt, en el sur de la península de Snæfellsnes, apenas a 126 kilómetros de distancia. De camino, visitaría unos cuantos lugares. Siempre que los dioses nórdicos estuvieran de acuerdo.

Hraunfossar y Barnafoss en invierno.

Antes de emprender mi ruta rumbo al oeste, me adentré otros 18 kilómetros hacia oriente, remontando el valle del río Hvitá, para visitar las cascadas de Hraunfossar y Barnafoss. La primera, una de las más extrañas de Islandia. La segunda, el escenario de una trágica leyenda.

Poco después de las 11, estaba de regreso en Reykholt. Un lugar muy poco conocido fuera de Islandia, pero con un importante papel en su historia medieval. Aunque en la actualidad apenas tiene 60 habitantes, llegó a ser uno de los centros intelectuales de la isla. De alguna forma, lo vuelve a ser, pues en 1995 se inauguró Snorrastofa, una mezcla entre museo y centro de estudios medievales, que debía haber sido mi segunda visita del día. Pero tuve la habilidad de ir a elegir para mi visita el mes en que cierran por vacaciones. Pese a que lo había averiguado el día anterior, durante un breve paseo al atardecer, esa mañana volví a intentarlo. Quizá tuviera un golpe de suerte, como en mi visita al museo de Garðskagi. No fue el caso. Durante el rato que estuve paseando por Reykholt, no logré ver un alma.

Snorri Sturluson

Snorri Sturluson.

La importancia de Reykholt se debe principalmente a Snorri Sturluson. Nació en 1179 en una granja de Dalir, en el seno de una de las familias más poderosas de la Mancomunidad Islandesa. Aquella peculiar critarquía, que rigió los destinos de Islandia entre los años 930 y 1264. Snorri recibió una educación tan exquisita como poco común en la Islandia de su época. Pero también era un mujeriego empedernido. Llegó a Reykholt en 1206, tras separarse de facto de su primera esposa, con la que había tenido dos hijos. En la todavía católica Islandia, no existía el divorcio.

Antiguo pasaje a Snorralaug

Antiguo pasaje a Snorralaug.

En Reykholt, Snorri no perdió el tiempo. Además de tener otros cinco hijos, con tres mujeres diferentes, mejoró la granja, dotándola de algunas comodidades, como la piscina hidrotermal que todavía se conserva. También comenzó a adquirir fama como poeta y hombre de leyes. En 1215 se convirtió en lagman del Alþingi. Puesto que dejó tres años más tarde, para viajar a Noruega, invitado por Haakon IV. Aquel fue el comienzo de su etapa más oscura, en una época dominada por las ambiciones noruegas sobre la isla. Regresaría a Islandia en 1220, para recuperar un puesto en el Alþingi durante una década, entre 1222 y 1232. No está claro su papel durante aquellos años. Tampoco lo estaba para sus contemporáneos, pues logró hacer enemigos tanto en Islandia como en Noruega. Al final, acabó siendo asesinado en 1241, aparentemente por orden del mismo rey que le había invitado a viajar a Bergen. Tan solo 21 años más tarde, Islandia caería bajo el dominio de Haakon IV, perdiendo su independencia durante casi 7 siglos.

Snorrastofa

Snorrastofa.

Quizá fue su muerte a manos de un autoproclamado agente de Haakon IV, en un episodio que bien podría estar sacado de una de las sagas que ayudó a inmortalizar, lo que reconcilió a los islandeses con Snorri. Aunque tampoco deberíamos olvidar su impresionante legado cultural. Autor de obras tan importantes como la Edda prosaica o la Heimskringla, su trabajo se considera fundamental para comprender la historia medieval de Escandinavia y la antigua mitología nórdica. En la actualidad, miles de islandeses y algún que otro turista acuden todos los años a visitar el museo de Snorrastofa.

Caballos junto a Borgarfjarðarbraut

Caballos junto a Borgarfjarðarbraut.

Reemprendí la ruta, con la idea de no detenerme hasta llegar a las inmediaciones de Borgarnes, donde volvería a consultar el estado de las carreteras. La mañana era todavía más fría y gris de lo habitual en Islandia. Hasta el extremo de que, mientras conducía hacia el oeste por Borgarfjarðarbraut, me encontré con una estampa que, sin ser insólita, resulta inusual. Un grupo de los duros caballos islandeses formando un círculo, intentando protegerse de los rigores atmosféricos. Fue una lástima que las condiciones me impidieran hacer una fotografía decente.

El sol ilumina Eldborg fugazmente

El sol ilumina Eldborg fugazmente.

Mientras tanto, la jornada se había convertido en la clásica montaña rusa meteorológica, tan habitual en Islandia. Tras atravesar un breve tramo de la Ring Road en medio de una intensa nevada, el cielo comenzó a abrir mientras me adentraba por Snæfellsnesvegur hacia el noroeste. La aparente mejoría me llevó a desviarme hacia la granja de Snorrastöðum. Por la cantidad de nieve que había en el campo, era imposible llegar hasta Eldborg. Pero al menos logré unas cuantas fotografías interesantes del cráter más hermoso de Islandia.

Mañana de invierno en Snæfellsnesvegur

Mañana de invierno en Snæfellsnesvegur.

Después, reemprendí mi ruta, ahora hacia el norte, recorriendo un campo de una desolación rabiosamente hermosa. Es difícil describir las sensaciones que suelo experimentar conduciendo en invierno por las habitualmente solitarias carreteras islandesas. Una experiencia extraña, que simultáneamente empequeñece y exalta mi espíritu. Más allá de los impresionantes paisajes, lo que realmente me fascina es avanzar durante kilómetros, sin cruzarme con ningún otro vehículo, por páramos aparentemente infinitos. Siempre al albur de las condiciones atmosféricas, que en cualquier momento pueden complicarme la vida, o llevarme a lugares de una belleza tan extraña como fugaz.

Aquella tarde, los dioses nórdicos decidieron complicarme la vida. Tras virar nuevamente hacia el oeste, mi siguiente parada debería haber sido la playa de Ytri Tunga. Un lugar que, al menos en verano, es famoso por sus focas. Cuando llegué a la altura del desvío, la mezcla entre nieve y granizo, en una tarde que se cerraba por momentos, me hizo desistir. En cualquier caso, aun no eran ni las tres y estaba a cuatro kilómetros del hotel. Mucho se tendría que complicar el día para impedirme llegar. Seguí avanzando lentamente hacia el oeste.

Búðakirkja en invierno.

Según llegaba al hotel, el día comenzó a mejorar. Sobre la marcha, decidí acercarme hasta Búðakirkja, de la que tan solo me separaban 16 kilómetros. A pesar de que la iglesia negra de Búdir es uno de los edificios mas fotografiados de Islandia, tan solo lo había visitado, fugazmente, en una ocasión.

La tarde había cambiado tanto, que decidí hacer un segundo intento en Ytri Tunga. Mala idea. Según me reincorporaba a la carretera 54, volví a meterme en una intensa nevada. Era el momento de rendirse. Si Odín había decidido que aquel día no visitaría la playa, ¿quién era yo para llevarle la contraria? A las cuatro y media, estaba en el hotel, con tres objetivos claros: una ducha de agua hirviendo, cenar y reponer fuerzas.

Aurora sobre las montañas

Aurora sobre las montañas.

Quizá fue mi capitulación ante los deseos del dios nórdico lo que le hizo apiadarse de mí. Estaba en la cama, con las cortinas abiertas de par en par, revisando las fotos que acababa de copiar al iPad. Unos minutos antes de las once, comenzó a vencerme el sueño. Al ir a dejar la tableta en la mesilla, me sorprendió un resplandor verdoso en la ventana. Durante una décima de segundo, lo tomé por un reflejo. Después, salté de la cama como impulsado por un resorte. Contra todo pronóstico, las nubes habían comenzado a abrirse, mostrando una aurora boreal.

Aurora entre las nubes

Aurora entre las nubes.

Las luces del norte me habían encontrado, literalmente, en pelotas. Lo fácil en estos casos es ponerse nervioso y acabar con un principio de hipotermia, una cámara averiada, o ambas cosas a la vez. Con toda la paciencia del mundo, monté el trípode, configuré la cámara, me puse cuatro capas de ropa y salí a la calle. Sin resultar extremadamente brillante, la Aurora acabó siendo bastante prolongada. Duró casi una hora, desde el momento en que logré hacer la primera foto. En cualquier caso, aquel no acababa de ser mi mejor día. Prácticamente estrenaba una nueva cámara, bastante mejor que la anterior, pero con la que todavía no estaba familiarizado. Cometí el error de configurarla con los mismos parámetros que usaba en su antecesora, que resultaron no ser los adecuados. Error al que se unió el de no revisar sobre la marcha las fotos que iba tomando. Acabé con una colección de fotografías con escasa nitidez. En cualquier caso, fue un hermoso epílogo para el día y una magnífica lección de cara a la siguiente aurora, que aún tardaría varias noches en llegar.

Para ampliar la información.

Quien no tenga experiencia en la conducción invernal en Islandia, encontrará ayuda en https://depuertoenpuerto.com/conducir-en-islandia-el-invierno/.

En https://depuertoenpuerto.com/de-stykkisholmur-a-borgarnes/ se puede ver otro itinerario en invierno, que coincide parcialmente con este.

Mi primer recorrido invernal por la zona, en un día mucho más apacible, está en https://depuertoenpuerto.com/un-dia-en-snaefellsnes/.

Por contra, en https://depuertoenpuerto.com/de-saelingsdalur-a-reykholt/ muestro un itinerario en verano, truncado por el mal tiempo.

En inglés, la web oficial de Snorrastofa está en https://www.snorrastofa.is/en.