Dyrhólaey es, sin duda, uno de los lugares más visitados del sur de Islandia. A su propia belleza, une las numerosas colonias de aves, entre las que, en verano, podemos encontrar una nutrida presencia de frailecillos, y unas vistas espléndidas sobre parte de la costa meridional de Islandia. Dicen que, en días claros, es posible divisar hacia el oeste Vestmannaeyjar. Al norte, la imponente mole blanca del Mýrdalsjökull domina el paisaje. Hacia el este, la vista es más limitada, pero la presencia de la hermosa playa negra de Reynisfjara, rematada por las rocas de Reynisdrangar, lo compensa con creces.

Tóin y Reynisdrangar

Tóin y Reynisdrangar.

El promontorio de Tóin, en el sur de Dyrhólaey era, hasta hace poco mas de un siglo, el extremo meridional de Islandia. En una isla que, si por algo se caracteriza, es por su actividad geológica, el Jökulhlaup generado por la erupción del Katla del 12 de octubre de 1918 cambió la orografía de su costa meridional. La gran cantidad de material sólido arrastrado por el hielo fundido hizo avanzar Mýrdalssandur entre 3 y 4 kilómetros hacia el sur, con el resultado de que, en la actualidad, el punto mas meridional de la isla es Kötlutangi. Al menos de momento, pues la erosión marina hace retroceder la costa de Kötlutangi nada menos que 10 metros cada año. En menos de 5 décadas, Dyrhólaey recuperará su destacado lugar en la geografía de Islandia.

Escollos frente a Dyrhólaey

Escollos frente a Dyrhólaey.

Se piensa que Dyrhólaey tuvo su origen en dos erupciones distintas. La primera, en una fisura donde actualmente se encuentra Skorpunef, en su extremo oriental. Posteriormente, hubo otra erupción, más al oeste, que daría lugar a la mayor parte del actual promontorio. Esta secuencia, tendría como resultado las dos partes diferenciadas en que se divide Dyrhólaey. Háey, la parte alta, situada a occidente, estaría formada por hialoclastita, mientras Lágey habría sido creada por coladas de lava. Pronto comenzó el lento proceso de degradación. Primero, de la mano de los glaciares, que entonces llegarían hasta la costa. Cuando éstos se retiraron, tomó el relevo la erosión marina.

El Katla, más allá de Dyrhólaós

El Katla, más allá de Dyrhólaós.

La antigua isla acabó perdiendo buena parte de su perímetro, que hacia el sur se ha visto reducido a los diversos escollos y agujas de roca que podemos ver sobresaliendo entre las olas. Por otra parte, diversos aportes glaciares colmataron el mar entre Dyrhólaey y el resto de Islandia, convirtiéndolo en un simple promontorio, unido a la Tierra de Hielo por un istmo y el estuario de Dyrhólaós. El proceso de erosión continua en nuestros días. Uno de los últimos derrumbes se produjo en 2012, cuando se precipitó sobre la playa de Lágey una sección de acantilado de 100 metros de largo y entre 4 y 5 de ancho. Fue seguido por dos desprendimientos menores en 2015.

Reynisfjara

Dyrhólaey desde Reynisfjara, en febrero de 2019

Dyrhólaey es un buen ejemplo de lo que podemos esperar de Islandia. Si tienes la suerte de visitarlo en un buen día, es un lugar espectacular. Pero también entra dentro de lo posible que lo encuentres rodeado de bruma o niebla. Nuestra primera visita al lugar, en el verano de 2017, fue un auténtico desastre. La espesa niebla nos impidió contemplar las playas de arena negra y apenas logramos entrever la roca de Arnardrangur. Como si el lugar quisiera compensarme de aquel fracaso, durante el invierno de 2019 me regaló un atardecer tan sereno como sublime. El recuerdo de aquella hermosa jornada me empujó a repetir la visita, tres años más tarde.

Oleaje frente a Lágey

Oleaje frente a Lágey.

Acababa de comenzar un nuevo periplo invernal por una Islandia mas vacía de lo habitual, incluso para ser febrero. Los últimos coletazos de la pandemia del COVID 19 aun se hacían notar. Apenas encontré un par de coches en el aparcamiento oriental, en Lágey. Como suele pasar en invierno, la pista que conduce a Háey era intransitable. En cualquier caso, mi accidentado viaje en avión tuvo como resultado que llegara a las cinco de la tarde, con apenas hora y media de luz por delante. Solo disponía de tiempo para una visita rápida.

Atardecer en Reynisfjara

Atardecer en Reynisfjara.

En teoría, llegaba en plena hora dorada, pero la luz era un tanto decepcionante. Los últimos restos de la borrasca que había complicado mi viaje desde Madrid, parecían empeñados en impedir que el atardecer fuera memorable. Aunque, todo hay que decirlo, esos mismos nubarrones, avanzando lentamente desde el sur, daban al lugar un aspecto tan duro como salvaje. Sobre todo hacia el este, donde un intenso chubasco invernal cubría buena parte del horizonte, más allá de las rocas de Reynisdrangar.

Oleaje frente a Dyrhólaey

Olas rompiendo frente a Dyrhólaey.

El mar también estaba bastante más agitado. El oleaje golpeaba incesantemente las rocas y escollos que forman los restos exteriores de las antiguas calderas volcánicas. Además, barría continuamente la gran playa de Reynisfjara, reduciendo su arena negra a una delgada banda entre la nieve y la espuma de las olas. Kirkjufjara había desaparecido completamente bajo la furia del oleaje.

El sol sobre Lundadrangur

El sol sobre Lundadrangur.

Hacia el oeste, el sol intentaba infructuosamente abrirse camino entre las negras nubes, por encima de las rocas de Háidrangur y Lundadrangur. Pero, al menos aquella tarde, los nubarrones parecían tener todas las de ganar. Pronto se hizo evidente que no lograría encontrar nuevamente la luz de aquel atardecer de 2019.

Roca bajo la espuma en Lágey

Roca bajo la espuma en Lágey.

A pesar de lo cual, acabé quedándome en Dyrhólaey mucho más de lo previsto inicialmente. No sé si por culpa de la falta de turismo o de las nubes, aquella tarde no había una turba de fotógrafos en el mirador de Kirkjufjara. En realidad, las únicas personas que encontré por la zona se fueron al poco de mi llegada, dejándome como completo dueño del lugar, tan solo acompañado por unas cuantas aves. Sus graznidos y el continuo rugir de las olas eran el único sonido que escuchaba.

La luna sobre Arnardrangur

La luna sobre Arnardrangur.

Entre tanto, hacia el este, la tormenta parecía haber pasado, dejando tras de sí un cielo bastante más despejado. Los últimos rayos del sol teñían de sutiles tonos rosáceos las nubes más cercanas, mientras la luna, casi llena, brillaba con fuerza por encima de Arnardrangur. Quizá no me acompañó la hermosa luz de mi anterior visita invernal, pero no sabría decir cuál de los dos momentos fue más mágico.

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Para ampliar la información:
Visité la parte alta de Dyrhólaey en el verano de 2020. La entrada en el blog está en https://depuertoenpuerto.com/dyrholaey/.

En https://depuertoenpuerto.com/diez-dias-de-invierno-en-islandia/ se puede ver todo mi segundo recorrido invernal por Islandia.

En Sombras de Tinta se puede encontrar una buena reseña: http://sombrasdetinta.blogspot.com/2018/10/dyrholaey-una-visita-extraordinaria.html.

También interesante el artículo en Viajablog: https://www.viajablog.com/que-ver-reynisfjara-vik-islandia/.

En inglés, Guide to Iceland tiene un par de posts sobre Dyrhólaey en https://guidetoiceland.is/travel-iceland/drive/dyrholaeyhttps://guidetoiceland.is/connect-with-locals/jorunnsg/dyrholaey-the-arch-with-the-hole.

Dyrhólaey forma parte del Katla Geopark. Su página sobre el promontorio está en https://www.katlageopark.com/geosites/geology-culture/dyrholaey/.