Llegué a Hafnarhólmi poco después de las tres de una tarde otoñal, con el cielo cubierto por una densa capa de nubes bajas. En realidad, mi visita era fruto de esas mismas nubes, que me habían impedido llegar al Loðmundarfjörður, el fiordo más remoto de aquellos que son accesibles con un vehículo en el este de Islandia. Cuando la niebla hizo aconsejable dar media vuelta, me acordé de un breve recorrido que había realizado por la zona durante el invierno de 2023. De inmediato, pasó a convertirse en mi plan B para lo que quedaba de tarde.
Hafnarhólmi tiene sus lejanos orígenes en las erupciones de dos antiguos volcanes centrales, el Dyrfjallaeldstöðin y el Breiðavíkureldstöðin, que estuvieron activos hace 12 o 13 millones de años. La roca se originó por una intrusión ígnea tabular, lo que en inglés se denomina un sill. En 1973, la construcción de un nuevo puerto en Borgarfjörður eystri convirtió el antiguo islote en una península.
La nueva facilidad de acceso tuvo como consecuencia un aumento en el número de visitas. En la década de 1990 se instaló un primer conjunto de pasarelas, con el doble propósito de preservar el entorno y aumentar la seguridad de los visitantes. Las instalaciones fueron mejoradas en el año 2000. En 2020 se inauguró Harbour House, un moderno edificio de hormigón que, entre otros espacios, contiene un café, aseos y salas de exposiciones. Aunque normalmente solo permanece abierto durante la temporada alta de avistamiento de aves, entre el 1 de abril y el 31 de agosto.
La fama de Hafnarhólmi es más que merecida. De las especies que anidan entre sus rocas y praderas destacan el fulmar boreal (de 100 a 150 parejas), el eider común (1.800 parejas), la gaviota tridáctila (de 200 a 300 parejas) y la estrella del lugar: 7.700 parejas de frailecillo atlántico. También pueden verse gaviotas plateadas, cuervos, ánsares comunes, motacillas albas, agachadizas comunes, araos aliblancos, zorzales alirrojos y chochines comunes, aunque no todos aniden en Hafnarhólmi, o no lo hagan con regularidad.
En cualquier caso, bien entrado el mes de septiembre, la mayor parte de las especies migratorias se habían marchado, por lo que debería conformarme con los fulmares, anidando entre las rocas y en las praderas más cercanas a los acantilados. Los polluelos también habían emigrado, pero aún quedaban algunas parejas por la zona.
El fulmar boreal (Fulmarus glacialis) es un ave de la familia de los proceláridos, propia de mares fríos. Tradicionalmente se alimentaban de gambas, peces, calamares, medusas y plancton. Pero también se han adaptado a sacar partido de los despojos de los barcos pesqueros, por lo que es muy común verlos deslizarse a escasos centímetros del agua, en la popa o los costados de los cruceros. Sus alas rígidas les permiten mantenerse prácticamente inmóviles, aprovechando las corrientes de aire creadas por los grandes buques. Quizá no sean las aves más hermosas, pero ver cómo se deslizan junto a la cubierta de un barco, aparentemente ingrávidos, durante largos periodos de tiempo, no deja de ser un hermoso espectáculo.
En Hafnarhólmi sacaban partido de las corrientes térmicas creadas por los acantilados, regalándome hermosas oportunidades fotográficas. Que los acantilados del antiguo islote sean bastante pequeños (apenas 10 ó 15 metros) tiene el efecto positivo de hacer muy sencillo captar instantáneas de las aves, que tendrás asombrosamente cerca. La contrapartida es su escaso número, ya que apenas encuentran lugares en los que anidar. Problema que, en gran parte se debe a su propia anatomía. Los fulmares son buenos nadadores y excelentes voladores, pero muy torpes como caminantes.
En gran parte, Hafnarhólmi es fruto de los esfuerzos de Magnús Þorsteinsson, un granjero del Höfn de Borgarfjörður eystri. Vivió entre 1936 y 2017, siendo el máximo representante del consejo local entre 1974 y 2002 y del distrito entre 2002 y 2006. Bajo su mandato se comenzó a construir el puerto, solventando uno de los principales problemas que tenía Bakkagerði. También diseñó el sistema de pasarelas y previamente había donado los terrenos del islote que eran de su propiedad (aproximadamente el 70%) a Fuglaverndarfélag Íslands, una organización dedicada a la preservación y el estudio de las aves de la isla. El 30% restante pertenece al municipio de Borgarfjörður eystri.
Llevaba algo más de una hora en Hafnarhólmi cuando comenzó a llover. No era un gran chaparrón, pero comenzaba a estar cansado y, todo hay que decirlo, parecía haber agotado las posibilidades del lugar. Que, al menos fuera de temporada, no eran tantas. La principal ventaja del antiguo islote es la asombrosa proximidad con la que podrás observar las aves. Pero esa misma proximidad y, sobre todo, las infraestructuras creadas para permitirlo y proteger a los pájaros, acaban limitando mucho tus opciones. Y tu propia posición baja, hará muy complicado lograr fotos picadas o con el ave volando a tu misma altura. Puestos a elegir, seguiría quedándome con los no tan lejanos Skálanes o Stóri Karl.
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Para ampliar la información.
La web de Go Car Rental tiene una buena entrada sobre el lugar: https://www.gocarrental.is/es/naturaleza/fauna/hafnarholmi/.
Si quieres ver Hafnarhólmi en temporada de frailecillos, puedes visitar el blog Descubre Sin Límites: https://www.descubresinlimites.com/europa/islandia/frailecillos.
En inglés, la sección sobre el islote en la web oficial de Borgarfjörður eystri está en https://www.borgarfjordureystri.is/en/puffins.
Parece que van a comenzar a cobrar por el acceso, como puedes ver en https://www.icelandreview.com/tourism/hafnarholmi-to-begin-charging-for-access-next-summer/.








