En algunos lugares, como la Wikipedia, se puede leer que el Eyjafjörður es el fiordo más largo del norte de Islandia. Una información errónea, pues el gran Ísafjarðardjúp, en los Fiordos del Oeste, lo supera ampliamente en longitud y tamaño. En cualquier caso, con 60 kilómetros de longitud, no deja de ser un fiordo imponente, flanqueado a occidente por la hermosa península de Tröllaskagi y a oriente por la casi despoblada Flateyjarskagi. Además, junto a su extremo meridional encontraremos Akureyri, la capital extraoficial del norte de Islandia, cabeza de la segunda zona más poblada de la isla.

Costa noreste de Islandia

Avistando la costa de Islandia en 2017.

No deja de ser curioso cómo las circunstancias pueden cambiar nuestras percepciones. La primera vez que recorrí el Eyjafjörður, en julio de 2017, me pareció un lugar áspero y remoto. Entonces, no conocíamos Islandia. Llegábamos a su costa septentrional desde las islas Shetland, en el norte de Escocia, a bordo del MS Rotterdam. Al avistar Islandia por primera vez, frente a Flateyjarskagi, me impresionó la fuerza de un paisaje en el que era imposible adivinar cualquier rastro de civilización. En aquel mismo instante, comenzó mi fascinación por Islandia.

Cinco años más tarde, navegábamos de nuevo por el fiordo. Esta vez, procedentes de la remota Jan Mayen. La isla que aloja al único volcán activo de Noruega, 550 kilómetros al noreste del extremo septentrional de Islandia. Pese a su tamaño, las abruptas laderas que flanquean el fiordo no eran rivales para el espectacular cono, de 2.277 metros de altura, cubierto por nieves perpetuas. Y el clima, a pesar de encontrarnos en plena madrugada, se nos antojaba agradablemente templado, en comparación con el que llevábamos «disfrutando» varios días.

Entrando en el Eyjafjörður

Entrando en el Eyjafjörður.

Debimos entrar al Eyjafjörður un par de horas después de la medianoche. Cuando quise salir a cubierta, pasadas las tres de la madrugada, navegábamos lentamente por sus aguas. A popa, sobre el horizonte, una franja de cielo amarillento indicaba que aun estábamos muy al norte, rozando el círculo polar ártico. El momento era de una serenidad asombrosa, realzada por la absoluta soledad en que me encontraba. A esas horas, casi con completa seguridad, los únicos miembros despiertos de la tripulación estarían en el puente de mando, gobernando el SH Vega. Y, por supuesto, no había ningún otro loco entre el pasaje dispuesto a darse semejante madrugón.

Navegando frente a Hrólfssker

Navegando frente a Hrólfssker.

Al filo de las cuatro, navegábamos frente al islote de Hrólfssker. Su faro, construido en 1951 y pintado de un llamativo color naranja, destacaba a estribor sobre las pardas laderas de Tröllaskagi. Laderas que, en todo caso, hacían parecer diminuta su torre de 16 metros de altura.

Amanece en la costa oriental de Tröllaskagi

Amanece en la costa oriental de Tröllaskagi.

Al contrario que en mi anterior singladura por el fiordo, el paisaje me era de sobra conocido. Desde la navegación en 2017, había recorrido su orilla occidental por carretera en varias ocasiones, tanto en invierno como en verano. Sobre la ladera del Múlakolla, podía distinguir los restos del trazado de la antigua pista entre Dalvík y Ólafsfjörður. En servicio entre 1966 y 1991, era tan peligrosa como propensa a los cortes por deslizamientos de tierra. Para reemplazarla, en 1991 se abrió el túnel de Múlagöng, con 3.400 metros de longitud. Pese a tener tan solo un carril para ambos sentidos, representó una gran mejora en las comunicaciones de Tröllaskagi.

Amanece tras Flateyjarskagi

Amanece tras Flateyjarskagi.

Mientras nos adentrábamos en el fiordo, a popa «rompió» el amanecer. Durante casi media hora, los tonos rojizos y anaranjados se apoderaron del mar, el cielo y las nubes, mientras las laderas de las montañas permanecían en la oscuridad. No fue un alba especialmente hermosa ni prolongada, pero tras siete jornadas navegando siempre de día, entre las nubes y las brumas del Ártico profundo, volver a ver amanecer fue, en cierto modo, una clara señal de nuestro regreso a un mundo más cotidiano, donde el sol se ocultaba todas las noches tras el horizonte.

Hrísey y montañas de Tröllaskagi

Hrísey y montañas de Tröllaskagi.

Poco después, llegábamos a la altura de la isla de Hrísey. La segunda más extensa en la costa islandesa, con una superficie de 7,67 km². El fiordo, debe su nombre a Hrísey, pues Eyjafjörður se traduciría al español como «el Fiordo de la Isla». Con una población que apenas supera los 150 habitantes, Hrísey ha cambiado su tradicional actividad pesquera por el turismo. La ausencia de predadores y una estricta prohibición sobre la caza, han convertido la isla en uno de los lugares más populares de Islandia para el avistamiento de aves.

Orilla del Eyjafjörður

Orilla oeste del Eyjafjörður.

Al sur de Hrísey, el fiordo comenzaba a presentar un aspecto más dulce y civilizado. En ambas orillas, aparecían las primeras granjas, repartidas entre campos de cultivo, mientras el paisaje se tornaba más suave. Precisamente en esa zona, durante nuestra anterior travesía, nos habíamos cruzado con un grupo de ballenas. Esta vez, no hubo suerte. Nos tuvimos que conformar con unas cuantas medusas, flotando indolentemente en las aguas del fiordo, mientras el cielo recuperaba lentamente sus colores habituales.

El Seifur a babor

El Seifur a babor.

Veinte minutos antes de las siete, apareció un barco por la amura de babor. Era el Seifur, un remolcador con base en Akureyri, en el que venía el práctico del puerto. Señal inequívoca de que nos acercábamos a nuestro destino. Tras la habitual maniobra de aproximación y el abordaje del práctico, recuperamos nuestro derrotero hacia el mayor puerto del norte de Islandia.

Frente a Akureyri

Frente a Akureyri.

Llegamos frente a Akureyri poco antes de las siete de la mañana. El día era espléndido. El poco viento que quedaba servía para alejar las nubes hacia el interior de la isla, dejando un cielo predominantemente azul. Una jornada perfecta para nuestros planes, que básicamente consistían en realizar un recorrido en coche por el interior de la península de Tröllaskagi. Teníamos el vehículo de alquiler reservado para las 8 de la mañana, por lo que desayunamos tranquilamente en el SH Vega, mientras la tripulación aseguraba el buque en el muelle.

Pequeña cascada en el Eyjafjörður

Pequeña cascada en el Eyjafjörður.

Antes de bajar a tierra, aún tuvimos tiempo de contemplar la que simultáneamente es la cascada más joven de Islandia y una de las más calientes. Su caudal se originó en 2014, durante las obras del túnel de Vaðlaheiðargöng, en la Ring Road. En la perforación, se encontró un río subterráneo, con el agua a 50ºC de temperatura. La mejor solución fue dejar que el río fluyera libremente hacia el fiordo. En 2017 se realizó un concurso de ideas. Ganó la propuesta de aprovechar una parte del caudal para el suministro de agua caliente en Akureyri y con el resto crear una zona geotermal, bautizada como Forest Lagoon. Desde su inauguración, el agua de la cascada tan solo alcanza los 30ºC.

Zarpando de Akureyri

Zarpando de Akureyri.

Terminada la excursión, regresamos a puerto a las cinco de la tarde. En teoría, sesenta minutos antes de la hora de zarpar. Aunque el SH Vega acabó soltando amarras antes de la hora prevista, tan pronto como verificaron que todo el pasaje se encontraba a bordo. El día había cambiado y la tarde era cada vez más gris y lluviosa. Lo normal en Islandia. A las seis, el Seifur recogía al práctico y comenzábamos la singladura hacia el norte. Mientras, en los muelles meridionales de Akureyri, zarpaba el MV Artania. Un crucero botado en 1984 como Royal Princess y que actualmente está especializado en la clientela de lengua alemana.

El MV Artania en el Eyjafjörður

El MV Artania en el Eyjafjörður.

La eslora del MV Artania era mayor que la nuestra. Además, su destino estaba mucho más lejos, por lo que parecía tener más prisa. No tardó en alcanzarnos, para después sobrepasarnos por nuestro costado de estribor, mientras se dirigía a Longyearbyen, en Svalbard. Entre tanto, nosotros debatíamos sobre qué hacer a continuación. Cenar, mientras navegábamos por el Eyjafjörður, o esperar a salir del fiordo. Al final, nos decidimos por la primera opción, valorando la posibilidad de contemplar la costa septentrional de Tröllaskagi desde el barco.

Navegando al norte de Tröllaskagi

Navegando al norte de Tröllaskagi.

No fue buena idea. Cuando quisimos regresar a cubierta, poco antes de las nueve, navegábamos frente a Siglufjörður. Aunque, siendo sincero, tan solo pudimos reconocer la costa por haberla recorrido por tierra en varias ocasiones. La última, esa misma tarde. El día se había vuelto extraordinariamente gris y, pese a que navegábamos al filo del círculo polar ártico, era evidente que la luz desaparecía por momentos. Al fin y al cabo, estábamos a principios de agosto, lejos ya del solsticio de verano. Cansados, tras un día tan largo como fructífero, nos fuimos a dormir mientras navegábamos frente al faro de Saudanes.

Para ampliar la información.

En este mismo blog, mi anterior travesía por el fiordo está en https://depuertoenpuerto.com/en-el-eyjafjordur/.

En https://depuertoenpuerto.com/del-lago-myvatn-a-siglufjordur/ puede verse un recorrido en coche por la zona.

En inglés, en la web de Whale Safari se puede encontrar una página con información sobre la fauna del fiordo: https://www.whalesafari.is/the-nature-of-eyjafjoerdur.

La isla de Hrisey tiene página web oficial: http://www.hrisey.is/en.

La web Iceland on the Web tiene una página dedicada a Eyjafjörður: https://www.icelandontheweb.com/articles-on-iceland/iceland-regions/north-iceland/eyjafjordur.

La web oficial de la península de Tröllaskagi está en http://www.visittrollaskagi.is.