La península de Reykjanes es un lugar extraño. Una de las zonas geológicamente más activas del mundo, sometida a un proceso de cambio continuo, que incluso llega a ser apreciable en la corta escala temporal de un ser humano. Dentro de un entorno tan atípico, el lago Kleifarvatn, el mayor de la península, no iba a ser una excepción. Un lago sin desagüe superficial, que nunca llega a congelarse completamente y cuyo nivel oscila, sin que sepamos a ciencia cierta las causas.

El lago Kleifarvatn

El lago Kleifarvatn en verano.

En verano, es sencillo visitar la orilla occidental del lago. La carretera 42, también conocida como Krísuvíkurvegur, lo recorre de extremo a extremo. Una ruta muy recomendable, si vas a visitar las recientes erupciones en Geldingadalir y Meradalir, a menos de 10 kilómetros en línea recta del extremo suroccidental del lago, o el área geotermal de Seltún, tan solo a 2.000 metros de distancia.

Vista aérea de Kleifarvatn en invierno

Vista aérea del Kleifarvatn en invierno.

Resulta mucho más complicado visitar el lago en invierno. La carretera suele estar cerrada al tráfico durante varios meses. Durante mis dos anteriores viajes invernales a Islandia, pasé junto a su extremo meridional, donde recordaba haber visto la clásica barrera que utilizan en la isla para cortar las carreteras. Me había hecho a la idea de que, en invierno, tan solo podría contemplar el lago desde el cielo, durante algún despegue desde Keflavik. Siempre que las nubes bajas no lo impidieran, como es habitual.

Las carreteras de Reykjanes el 7 de febrero

Las carreteras de Reykjanes el 7 de febrero.

En el comienzo de mi tercer periplo invernal por la isla, la situación era similar. El mapa de umferdin.is indicaba que Krísuvíkurvegur estaba cerrada. En rojo y con el símbolo de circulación prohibida, el máximo nivel de restricción en cualquier carretera de Islandia. La sorpresa vino cuando, tras realizar un par de visitas en el extremo suroeste de Reykjanes, al comprobar nuevamente el estado de las carreteras, Krísuvíkurvegur había cambiado a blanco. Aunque en condiciones complicadas, estaba abierta. De inmediato, reconfiguré mi ruta hacia Reykholt. Aunque supondría tener que rodear posteriormente toda la periferia de Reikiavik, la posibilidad de recorrer la orilla del Kleifarvatn en pleno invierno era una tentación demasiado fuerte para intentar resistirse. En realidad, no estaba seguro de si finalmente sería capaz de atravesar la carretera de sur a norte, desde el cruce con la 427, en el sur de Reykjanes, hasta la 41, en las inmediaciones de Hafnarfjörður. En cualquier caso, decidí intentarlo. Si la situación se complicaba, siempre podría dar media vuelta.

Tras tomar el desvío, me adentré en un mundo etéreo. En contra de lo que indicaba el mapa, la calzada no estaba completamente cubierta de nieve. Ésta se entrelazaba con el asfalto, dando a la carretera un aspecto irreal. Los campos blancos se difuminaban entre la ventisca. Al frente, según avanzaba, se iban dibujando las rocas desnudas de las montañas del interior de Reykjanes.

Finalmente llegué al lago, donde me encontré una paisaje aún mas increíble. Prácticamente toda su superficie estaba congelada, formando extraños dibujos. A lo lejos, la orilla opuesta estaba desdibujada por la ventisca. Como tantas veces en Islandia, parecía que había llegado a otro planeta.

Llegando al lago Kleifarvatn

Primera pausa junto al lago Kleifarvatn.

Continué mi lento peregrinar por la orilla occidental del lago, de mirador en mirador. El tráfico era casi inexistente. Tan solo me crucé con un par de coches, procedentes del norte. Mientras tanto, la ventisca iba amainando lentamente, dejando paso a un día gris, pero increíblemente sereno. Todo indicaba que podría atravesar la carretera sin demasiados problemas.

Mirando hacia el sur

Mirando hacia el sur.

El Kleifarvatn tiene en la actualidad una superficie de 8 km² y una profundidad máxima de 97 metros. No hay ningún río que salga del lago, por lo que se supone que sus aguas deben drenarse por alguna fisura subacuática. Tras un terremoto, en el año 2000, el nivel del lago comenzó a descender, llegando a perder un 20% de su superficie. Nadie sabe el motivo, pero debió subsanarse por sí mismo, pues poco después comenzó a elevarse nuevamente, hasta recuperar su antiguo volumen. En cambio, conocemos varias corrientes de agua que lo alimentan. Una de ellas procede de los cercanos manantiales hidrotermales de Seltún. Otra, también de agua caliente, alimenta el lago directamente bajo su superficie, cerca de su límite suroriental. La combinación de ambas, hace que una pequeña zona, en el extremo sur del lago, nunca llegue a congelarse.

El lago Kleifarvatn desde su extremo septentrional

El lago Kleifarvatn desde su extremo septentrional.

Mi última parada fue en el extremo septentrional del Kleifarvatn, en la lengua de tierra que lo separa de Lamhagatjörn. Una pequeña laguna, que también suele intercalar periodos en los que se seca completamente. Aquel día, el hielo y la nieve cubrían completamente su superficie. Hacia el sur, podía ver la extensión congelada del Kleifarvatn, fundiéndose en la distancia con un mundo blanco. En la orilla opuesta, las montañas nevadas ahora eran perfectamente visibles, bajo negros nubarrones que presagiaban la llegada de otro temporal.

La carretera 42 junto al lago

La carretera 42 junto al lago.

Mi visita al lago fue un magnífico resumen de lo que suele suponer un viaje invernal a Islandia. El paisaje del Kleifarvatn, normalmente lleno de extraños colores, se había reducido a un suave mundo en blanco y negro. Más monótono, pero increíblemente hermoso y mágico. Con el clásico clima variable de Islandia, que en unos pocos minutos pasó de un duro temporal invernal a una mañana gris, aunque asombrosamente serena. Todo mientras conducía por una carretera solitaria, con la incertidumbre de no estar seguro de poderla atravesar.

Un mundo hostil

Un mundo hostil.

Un mundo hostil, en el que el ser humano parece estar fuera de lugar. Pero esa misma hostilidad forma parte del encanto oculto de la Tierra de Hielo, sobre todo en su duro invierno. Una isla en la que, más allá de sus hermosos paisajes y los extraños fenómenos geológicos, el auténtico atractivo reside en las intensas sensaciones que transmite. Soledad, insignificancia, recogimiento, vulnerabilidad, reto, sorpresa, superación. Islandia, en invierno, es un paraíso para aquellos que, en el fondo, llegamos a sus orillas buscando conocernos a nosotros mismos.

Para ampliar la información.

En este mismo blog, se puede encontrar una guía práctica sobre la conducción invernal en Islandia, visitando https://depuertoenpuerto.com/conducir-en-islandia-el-invierno/.

Mi primera visita al lago, en verano, está en https://depuertoenpuerto.com/el-lago-kleifarvatn/.

En inglés, se puede visitar la entrada sobre el Kleifarvatn en Hit Iceland: https://hiticeland.com/places_and_photos_from_iceland/lake-kleifarvatn.

Por último, Guide to Iceland tiene una larga entrada sobre el lago (https://guidetoiceland.is/travel-iceland/drive/kleifarvatn).