Comenzaba mi tercer viaje invernal a Islandia. Esta vez, al menos había conseguido llegar a Keflavik sin retrasos, aunque las malas condiciones atmosféricas estuvieron a punto de obligar a desviar el vuelo y, una vez aterrizamos, hacía tanto viento que fue imposible aproximar el avión a una de las pasarelas. Tuvimos que desembarcar mediante una escalera. En cualquier caso, tras pasar la noche en el hotel Aurora, junto al aeropuerto, y recoger el coche de alquiler, a las 10 de la mañana lograba ponerme en marcha. De momento, todo transcurría más o menos según lo previsto.

Las carreteras de Reykjanes el 7 de febrero

Las carreteras de Reykjanes el 7 de febrero.

El plan era aún más difuso que en mi anterior viaje invernal, apenas 12 meses atrás. Lo único que tenía claro era el objetivo prioritario: cumplir mi viejo sueño de visitar los Fiordos del Oeste en invierno. Todo el viaje giraba en torno a este anhelo. Además, quería llegar en ferry. Durante los meses de invierno, el Baldur zarpa de Stykkishólmur a las 15:00. Desembarcar a las 17:30 en Brjánslækur, que básicamente consiste en un muelle con un par de barracones en medio de ninguna parte, no parecía lo más razonable. Pero los viernes había un trayecto adicional, que llega a los Fiordos del Oeste a las 11:30. Por tanto, disponía prácticamente de 3 días completos para llegar a Stykkishólmur. De momento, no tenía ninguna prisa. Mi primer destino en Islandia sería Reykholt, desde donde intentaría visitar las cascadas de Hraunfossar y Barnafoss. Por el camino directo, apenas estaba a 148 kilómetros de distancia. Pero mi intención era dar un rodeo por el sur de Reykjanes, intentando evitar la anodina periferia de Reikiavik. Viendo el estado de las carreteras, en ese momento parecía una misión imposible.

En cualquier caso, me puse en marcha sin mayor dilación. El día era gris y había algo de nieve en la carretera. Para ser una mañana de invierno islandés, se podía decir que las condiciones eran favorables. La situación comenzó a complicarse en apenas 15 minutos, según me adentraba en la carretera 44, al sur del aeropuerto. Al frente, una amenazante nube negra cubría el horizonte. Poco antes de llegar al desvío de Hafnir, el coche que me precedía desapareció entre los primeros embates de la tormenta. Apenas tardé unos segundos en seguirlo, adentrándome entre el viento y el granizo. Ahora, si había llegado a Islandia.

Invierno en Stampar

Invierno en Stampar.

Como tantas veces en la Tierra de Hielo, las condiciones atmosféricas eran asombrosamente cambiantes. Cuando quise llegar a la cadena de cráteres de Stampar, el viento, la nieve y el granizo habían decidido darme una tregua. Aunque, probablemente, ésta sería pasajera. En cualquier caso, el paisaje era todavía más irreal de lo habitual. Tenía delante una escena más propia de un remoto mundo alienígena que de nuestro planeta.

Ola en Brimketill

Ola en Brimketill.

Decidí dirigirme directamente a Brimketill, uno de mis lugares favoritos de Reykjanes. La marea y la fuerza del oleaje auguraban unas condiciones óptimas para disfrutar de las olas desde su pasarela. Con lo que no había contado era con el viento. Éste venía del suroeste, haciendo completamente imposible acercarse a la costa. Mi único intento acabó en un remojón.

La costa de Staðarberg desde Reykjanestá

La costa de Staðarberg desde Reykjanestá.

Quizá tendría mas suerte en Reykjanestá, el extremo sudoccidental de Islandia, aunque la lógica me decía lo contrario. En cualquier caso, desde Brimketill, apenas tendría que retroceder 8 kilómetros hacia occidente. Y, al oeste, el día parecía estar aclarando. O al menos lo intentaba. Cuando quise llegar a Reykjanestá, el vendaval resultó ser todavía más intenso que en Brimketill. Pero, al encontrarme en una posición más elevada, al menos estaba a salvo de la espuma de las olas. Y el espectáculo era impresionante. Una vez más, la salvaje naturaleza de Islandia, completamente desatada.

El sol ilumina fugazmente Karlinn

El sol ilumina fugazmente Karlinn.

Las nubes iban y vendían, permitiendo, de vez en cuando, el paso de algún tímido rayo de sol. Al frente, las olas rompían contra la roca de Karlinn. A lo lejos, era posible distinguir la silueta de Eldey, difuminada entre la bruma. Ambas forman parte de Fuglasker, la cadena volcánica, en su mayor parte sumergida, por la que Islandia se intenta prolongar hacia el suroeste. Una zona asombrosamente cambiante, en la que los islotes aparecen y desaparecen con relativa frecuencia, y que además fue el hogar de la última colonia de alcas gigantes. Un pájaro con una triste historia, cuyo antiguo nombre en galés (pen gwyn) dio origen a la actual denominación de los pingüinos. Aunque, más allá de su aspecto, ambas especies no tengan mucho en común. Al menos, desde el punto de vista taxonómico.

Oleaje frente a Reykjanestá

Oleaje frente a Reykjanestá.

El día volvió a girar a peor, hasta el punto de que era casi imposible permanecer a la intemperie. Me tuve que refugiar en el coche, desde donde, entre granizada y granizada, contemplaba el impresionante oleaje. Un oleaje que parecía ir a más, realzado por el viento y unas nubes que se oscurecían por momentos.

En la orilla del lago Kleifarvatn

En la orilla del lago Kleifarvatn.

Entonces llegó la sorpresa del día. No tenía en absoluto claro por dónde iría finalmente hasta Reykholt. Al volver a consultar la web de información de carreteras de Islandia, me encontré con que Krísuvíkurvegur, la carretera 42, que recorre la orilla occidental del lago Kleifarvatn, había cambiado de estado. Aparecía en el mapa en blanco: completamente cubierta de nieve, pero transitable. La posibilidad de visitar el mayor lago de Reykjanes en pleno invierno fue irresistible. Aun a riesgo de que, mientras recorría los 43 kilómetros que me separaban de su extremo meridional, la carretera pudiera volver a cambiar de estado, me puse en marcha de inmediato.

El lago Kleifarvatn en invierno.

Al final, la carretera no estaba en tan malas condiciones. Además, según avanzaba hacia el norte, el temporal comenzó a remitir, dando paso a una tarde tan serena como etérea. Recorrí la costa oeste del lago lentamente, sin la menor prisa, disfrutando de la soledad y del extraño paisaje que se desplegaba ante mí.

Cuando quise superar el extremo septentrional del lago, eran las dos y media de la tarde. Y aun me encontraba a 128 kilómetros de mi destino. Emprendí el camino sin mayor dilación, con la idea de no detenerme hasta que llegase a Reykholt.

Tras atravesar la periferia de Reikiavik y el interior de la península de Akranes, en una tarde plomiza pero apacible, el temporal volvió a alcanzarme unos minutos antes del desvío de la Ring Road. Llegué a pensar en desviarme a Borgarnes y pasar allí la noche, pero los dos coches que me precedían tomaron la carretera 50. Me animé a seguirlos. Al final, acabé conduciendo en solitario, en medio de una nevada cada vez más intensa. Pero estaba a menos de 30 kilómetros de mi destino y sabía que la carretera atravesaba una zona llana, sin ningún puerto de montaña. Apenas había viento y, de vez en cuando, me cruzaba con algún que otro coche. Suficiente para avanzar con confianza.

Ocaso en Reykholt

Ocaso en Reykholt.

Llegué a Reykholt sobre las 5 de una tarde que, entre la nubes y el incipiente ocaso, se había vuelto oscura y plomiza. En el hotel, apenas estaríamos alojadas 10 personas. Ninguna de las cuales parecía tener mucho interés en pasear por sus alrededores. Antes de cenar, aprovechando una breve pausa en la nevada, salí a dar una vuelta. El atardecer avanzaba, mientras los edificios de Reykholt, uno de los lugares con mayor relevancia cultural de Islandia, se iban mimetizando con las nubes, adoptando sus mismos tonos cenicientos. El frío, la sensación de soledad y el silencio, invitaban al recogimiento. Mi paseo me llevó hasta la estatua de Snorri Sturluson, quizá el personaje más destacado de la Edad Media islandesa y uno de los motivos de que me hubiera decidido a ir hasta Reykholt. Entonces, comenzó nuevamente a nevar. Buen momento para regresar al confort y la seguridad del hotel. Reykholt seguiría allí a la mañana siguiente.

Para ampliar la información.

En https://depuertoenpuerto.com/conducir-en-islandia-el-invierno/ hay una guía útil para todo aquel que no esté acostumbrado a conducir en Islandia durante el invierno.

En https://depuertoenpuerto.com/islandia-de-hotel-en-hotel/, otra sobre los hoteles de la isla.

Quien quiera ver un recorrido parecido, durante un apacible día de verano, puede visitar https://depuertoenpuerto.com/de-madrid-a-selfoss/.

Se puede ver mi primera visita invernal a Reykjanestá en https://depuertoenpuerto.com/reykjanesta/.

En https://depuertoenpuerto.com/brimketill/ hay una entrada sobre Brimketill en unas condiciones óptimas.