Amanecía en Húsavík. En mi décimo día recorriendo la Tierra de Hielo, el objetivo era seguir avanzando hacia el este, intentando ceñirme lo más posible a la costa septentrional de la isla. Algo que, en invierno, puede ser complicado. Al norte de la Ring Road suele estar abierta la carretera 85, también conocida como Norðausturvegur, al ser el único vínculo de comunicación de las remotas poblaciones desparramadas por la sección oriental de la costa ártica de Islandia. La había recorrido, en sentido contrario, durante el invierno anterior. Esta vez, contaba con un mes de febrero excepcionalmente benigno para intentar explorar, aunque fuera parcialmente, alguna de las carreteras locales que se adentran todavía más al norte.

Amanece en Húsavík

Amanece en Húsavík.

Recordando el mágico amanecer que había disfrutado un año atrás en el puerto de Húsavík, decidí comenzar el día dando un rodeo hasta sus muelles. Aunque la mañana era serena, no se acercaba, ni de lejos, a la escena increíblemente hermosa que atesoraba en mis recuerdos. Con un largo trayecto por delante, no me pareció oportuno demorarme en exceso.

Granja de Hringver

Granja de Hringver.

Mi siguiente escala no estaba demasiado lejos, de nuevo en un lugar conocido. Ya había fotografiado Hringver, pero nunca había recorrido el camino que conduce hasta la granja. Esta vez, aproveché la falta de nieve para llegar hasta la cadena que, a escasos metros de la casa, cierra el paso a los vehículos. Hringver es otra más de las innumerables granjas abandonadas de Islandia. Aparentemente, sus últimos habitantes fueron dos hermanos, que heredaron la propiedad a mediados del siglo XX. En 1975 se trasladaron a una residencia de ancianos en Húsavík. Desde entonces, la granja se descompone lentamente, expuesta al inclemente clima de la costa ártica islandesa.

Granja de Hringver

Hringver y Flateyjarskagi.

Más allá de la granja, las vistas sobre Skjálfandi, la fachada oriental de Flateyjarskagi y el islote de Lundey formaban una escena irresistible. Al menos para mí, pues esa misma costa fue la primera que divisé de Islandia, desde una de las cubiertas del MS Rotterdam, en una lejana mañana de julio de 2017. Desde entonces, la deshabitada costa este de Flateyjarskagi ha sido una de mis eternas tareas pendientes en Islandia. Incluso en verano, las dos únicas pistas que la recorren son complicadas. En invierno, tan solo es accesible por mar.

Entre Skjálfandi y el Öxarfjörður

Entre Skjálfandi y el Öxarfjörður.

Seguí avanzando hacia el noreste, mientras recorría un paisaje de una belleza tan sutil como etérea, entre Skjálfandi y el Öxarfjörður. Una carretera sin tráfico, apenas cubierta por un delgado manto de nieve. Un paisaje áspero y desolado, iluminado por la difusa luz de un tardío amanecer subártico. Y, al norte, sobre un mar de plata asombrosamente sereno, la misma luz del alba, tiñendo las lejanas nubes de salmón. Una vez más, conducía por el paraíso.

Öxarfjörður

Öxarfjörður.

Nueva pausa, en el mirador que hay sobre los acantilados occidentales del Öxarfjörður, cerca de la desembocadura de Lónslón. Nunca me ha parecido un lugar especialmente interesante, pero la mañana era tan hermosa que decidí probar suerte. Acerté. La vista sobre el amplio fiordo, enmarcada por la costa occidental de Melrakkaslétta, de puro minimalista parecía un cuadro abstracto. Hacia el sur, un banco de niebla se extendía más allá de Lónslón. En la distancia, un gran penacho de vapor destacaba sobre la niebla. ¿Kröflustöð? ¿Hverir? No logré averiguarlo.

Más allá de Lónslón

Más allá de Lónslón.

Mi siguiente parada debía haber sido en Melrakkaslétta. Pero el paisaje más allá de Lónslón era tan hermosamente extraño, con el sol iluminando oblicuamente las cimas nevadas, que cuando pasé junto a uno de los clásicos carteles azules con información sobre los accesos a las granjas cercanas, tan habituales en las carreteras de Islandia, no pude resistir la tentación. Sin tener muy claro dónde acabaría, tomé un desvío a la derecha, por la carretera 8877.

Camino a Fjöll

Camino a Fjöll.

Tras rodear Lónslón por el sur, mi desvío acabó conduciéndome hasta la pista que lleva a la granja de Fjöll. En los escasos minutos que tardé en llegar, el sol había levantado y ahora también iluminaba la parte baja del paisaje. Más allá del desvío, unas rodadas recientes rompían el manto blanco, adentrándose hacia las colinas. El lugar trasmitía una extraña mezcla entre misterio y serenidad. La pista parecía invitarme a explorarla, pero eran más de las diez y media de la mañana y apenas había logrado avanzar 40 kilómetros hacia el este. Debía reemprender mi camino.

Raufarhöfn en invierno.

Visité Raufarhöfn y el Arctic Henge, el punto más septentrional de Islandia en el que jamás he estado, rodeado por una intensa nevada. Con el mundo reducido a un etéreo paisaje blanco, en el que tenía bastantes posibilidades de quedar bloqueado, no tardé en regresar a la relativa seguridad de la carretera 85.
Nieve y sol

Nieve y sol.

De nuevo en ruta hacia el este. Afortunadamente, la nevada no fue a más. Según me reincorporaba a Norðausturvegur, se había reducido a unos cuantos copos, descolgándose lánguidamente desde un manto gris, que parecía estar perdiendo consistencia. Hacia el este, el sol intentaba romper entre las nubes, creando un paisaje de ensueño, en el que la luz jugaba entre la nieve y las colinas. Si, apenas tres horas atrás, conducía por el paraíso, me había quedado sin palabras para describir las sensaciones que tenía en ese momento.

La pista de Rauðanes

La pista de Rauðanes.

Poco antes de la una y media, llegaba al cruce con la pista que se interna hacia la península de Rauðanes. No había logrado visitarla el año anterior y, en esta ocasión, tampoco pudo ser. Una gran nube, oscura y amenazante, se aproximaba rápidamente desde el norte, devorando el paisaje a su paso. En esas condiciones, ni era seguro ni tenía sentido intentar realizar una excursión por un lugar tan apartado.

Llegando a Sauðanes

Llegando a Sauðanes.

En cambio, si me animé a hacer un breve desvío por la península de Langanes. Recorrer la carretera 869 es otra de mis tareas pendientes en Islandia. Sabía que, aquel día, tampoco sería posible. Pero al menos conocería Þórshöfn. Al final, el buen estado de la carretera me animó a seguir hasta Sauðanes, siete kilómetros más al norte. El lugar contiene un par de edificios históricos. El más notable es Sauðaneshús, la antigua residencia del vicario. Construida en 1879 utilizando dolerita, es el edificio de piedra más antiguo del noreste de Islandia. Para fabricar la puerta se utilizó un gran tronco, que llegó flotando a Langanes. La casa estuvo habitada hasta 1955. En la actualidad, aloja un pequeño museo que, como era de esperar, estaba cerrado.

Sauðaneskirkja

Sauðaneskirkja.

Todo indica que hubo una iglesia en el lugar desde el siglo XII. El edificio actual fue levantado en 1889, aunque en su interior se conservan varias piezas más antiguas, como el púlpito, aparentemente procedentes de las iglesias anteriores. Sauðaneskirkja ha sido renovada recientemente y, pese a su localización en un lugar extremo y aislado, presentaba un aspecto excelente. Al menos exteriormente, pues tampoco pude acceder a su interior.

Al norte de Sauðanes

Al norte de Sauðanes.

En las inmediaciones, podemos encontrar otro de los numerosos aviones abandonados que se reparten por toda Islandia. En este caso, un Douglas DC-3 que sufrió graves desperfectos tras un aterrizaje en 1969. Sus restos son visibles desde la iglesia, pero no me pareció prudente visitarlos. Un nuevo frente de nieve se acercaba desde el norte, ocultando las montañas de la península. Me encontraba en una carretera secundaria en la que, una vez más, corría el riesgo de quedar aislado. Comencé el regreso hacia el sur.

Þórshöfn

Þórshöfn.

Antes de reincorporarme a la carretera 85, hice una breve pausa en Þórshöfn. El lugar parece haber sido un puesto comercial desde el siglo XVI, aunque pasó por diversos avatares hasta ser reconocido oficialmente como tal en 1846. Aún debería esperar hasta 1880 para tener sus primeros habitantes permanentes. En la actualidad, su población no llega ni a 370 personas, dedicadas principalmente a la pesca y su industria auxiliar. Como tantas localidades de Islandia, Þórshöfn era poco más que una acumulación de casas, a la que tan solo la nieve lograba dar cierto encanto. Retomé mi ruta, justo cuando comenzaban a caer los primeros copos de un nuevo temporal.

Þorvaldsstaðir

Þorvaldsstaðir.

Temporal que me alcanzó según llegaba a Bakkaflói. Hubo un momento en que nevaba tanto que comencé a preocuparme. Estaba en uno de los lugares más remotos de Islandia, recorriendo una carretera sin tráfico. Afortunadamente, la nube se marchó tan bruscamente como había llegado. Aproveché la tregua para detenerme frente a la granja de Þorvaldsstaðir. El lugar ofrecía un aspecto todavía más desolado que en mi anterior visita, apenas un año atrás. Con la luz de su puerta apagada, sin rodadas en el camino, ni el menor rastro de ovejas en sus alrededores, esta vez sí tenía aspecto de granja abandonada.

Puerto de Bakkafjörður

Puerto de Bakkafjörður.

Reanudé mi ruta hacia el este, con mucha más tranquilidad. Parecía que finalmente había dejado atrás las nubes más densas. Aprovecharía la relativa mejoría para desviarme hasta Bakkafjörður, en el extremo oriental de la Carretera de la Costa Ártica. Otra pequeña población destartalada, en este caso con apenas 72 habitantes. Y uno de los lugares de Islandia más alejados de Reikiavik. Tan remoto, que hasta 1949 no estaba conectado por carretera con el resto del país. El diminuto puerto no es mucho más antiguo. Su único muelle comenzó a construirse en 1945, siendo ampliado en la década de 1970. Un viejo almacén de madera y una gasolinera automatizada marcaban el comienzo de la ruta turística más septentrional de Islandia.

Repostando en Bakkafjörður

Repostando en Bakkafjörður.

Había llegado el momento de decidir dónde pasaría la noche. Egilsstaðir, a 163 kilómetros de distancia, o Möðrudalur, a 109. Aunque esta última significaba retroceder algo hacia el oeste, tenía cierto interés en visitar la granja situada a mayor altitud de Islandia. Waze daba un tiempo estimado de viaje cercano a los 86 minutos, pero eran más de las cuatro de la tarde. Tenía que darme prisa, si quería llegar antes del ocaso.

El atardecer no tardó en mostrar sus primeros compases, mientras yo atravesaba Sandvíkurheiði. El sol se unió a la nieve que el viento arrastraba sobre la carretera, creando una escena onírica, por la que conducir era una delicia. Más allá del cruce de Vopnafjörður, comencé el ascenso hacia Möðrudalsöræfum, donde me reincorporaría a la Ring Road.

Carretera que alcancé a las 17:35, con el atardecer mutando en ocaso. Mi plan era hacer una pausa para fotografiarlo desde un mirador sin nombre cerca de Jökulkinn, en la bajada desde Möðrudalsöræfum hacia Útland. Recordaba la espléndida vista de la única vez que había recorrido ese tramo de la Ring Road, en el verano de 2020. No pudo ser. Se me echaba encima la noche y los últimos 7.600 metros de mi ruta eran por una pista poco transitada, al sur de la Ring Road. De hecho, en la carretera 901 tan solo estaba abierto el tramo que lleva a Möðrudalur. El resto del trazado, hasta su reincorporación a la Ring Road cerca del Jökulsá á Dal, suele permanecer cortado durante los meses de invierno.

Hotel Fjalladýrð en Möðrudalur

Hotel Fjalladýrð, en Möðrudalur.

Llegué a Möðrudalur a las seis en punto de la tarde, con los últimos estertores del ocaso. La débil luz todavía me permitía contemplar el monte Herðubreið, coronado por un fotogénico manto de nubes. Pero, al igual que en Jökulkinn, las fotos deberían esperar al siguiente amanecer. Tras acomodarme en un hotel del cual era el único cliente, regresé a cenar al edificio que hace las veces de recepción. La antigua granja de Möðrudalur se ha convertido en un conjunto de establecimientos turísticos, un tanto anárquico, justo en el límite septentrional de las Tierras Altas.

Aurora en Möðrudalur

Aurora en Möðrudalur.

En cualquier caso, el día no había terminado. Poco después de las diez y media, una luz verdosa comenzó a danzar hacia el noroeste. No era una gran aurora, pero las demás condiciones eran optimas. Un lugar apartado, con una mínima contaminación lumínica, un cielo casi despejado y un entorno tranquilo, en el que podía desenvolverme sin trabas. Además, estaba mucho más familiarizado con el uso de la nueva cámara que en las anteriores luces del norte, en Langaholt. Fue una lástima que esta aurora acabara siendo mucho menos intensa y, al final, volviera a terminar con unas cuantas fotos mediocres.

Para ampliar la información.

Se puede ver un itinerario parecido, realizado un año antes de este a oeste, en https://depuertoenpuerto.com/de-egilsstadir-a-husavik/.

Quien no tenga experiencia conduciendo en Islandia durante el invierno, debería visitar https://depuertoenpuerto.com/conducir-en-islandia-el-invierno/.

En inglés, la web de la Carretera de la Costa Ártica está en https://www.arcticcoastway.is/.

Encontrarás la página del museo de Sauðaneshús en https://www.husmus.is/en/saudaneshus.

En https://www.urbex.nl/saudaneskirkja/ hay alguna fotografía del interior de Sauðaneskirkja.