Séptima jornada en Islandia. Si, hasta ese momento, mi devenir por la isla había estado influenciado por las condiciones atmosféricas, a partir de ese día éstas se convertirían en el factor determinante. Aunque invierno y mal tiempo suelen ser sinónimos en Islandia, durante mis seis primeras jornadas había logrado, más o menos, ir sorteando los peores temporales. Con una profunda borrasca aproximándose, la situación se complicaba por momentos. Más aun recorriendo la mitad occidental de la Carretera de la Costa Ártica, en el norte de la Tierra de Hielo.

Sereno amanecer en Siglufjörður

Sereno amanecer en Siglufjörður.

El día anterior, me acosté sin tener un plan concreto. Aunque, en realidad, tenía tres. Elegiría uno de ellos en función de lo que viera por la ventana al despertar. Contra todo pronóstico, el día amaneció completamente sereno y despejado. La mañana más apacible que había visto en lo que llevaba de viaje. La temperatura era baja (-6ºC), pero la ausencia de viento la hacía perfectamente soportable. Con la ropa adecuada, incluso llegaba a ser agradable. La borrasca parecía haber frenado su avance y ahora se esperaba su llegada a la isla a lo largo de la tarde. Con esa previsión, lo razonable era continuar avanzando hacia el oeste, intentando llegar a Stykkishólmur, en el norte de la península de Snæfellsnes.

Un breve paseo invernal por Siglufjörður.

Antes de partir, aproveché la tranquila mañana para dar un breve paseo por el puerto de Siglufjörður. El amanecer avanzaba lentamente, en medio de un paisaje increíblemente hermoso. En esas condiciones, era difícil imaginar que, tan solo un siglo atrás, ese mismo fiordo era uno de los lugares más ajetreados de Islandia.
Al norte del túnel de Strákagöng

Al norte del túnel de Strákagöng.

Tras emprender mi ruta, no tardé demasiado en detenerme por primera vez, apenas superado el angosto túnel de Strákagöng. A una altitud de 105 metros sobre el nivel del mar y a 42 kilómetros del círculo polar ártico, que por tanto permanecía oculto tras la nítida linea del horizonte. Aunque aquel no era el punto más septentrional de mi periplo invernal, de alguna forma marcaba el comienzo de mi lento retroceso hacia el sur. En aquel viaje, no volvería a mirar hacia el norte sabiendo que lo único que me separaba de la banquisa ártica era una extensión de agua.

Faro de Saudanes

Faro de Saudanes.

Mucho más cerca, estaba el faro de Saudanes, uno de los más septentrionales de Islandia. Pintado de un llamativo color naranja, que permite a aquellos que navegan frente a su costa identificarlo claramente durante el día, pues destaca tanto sobre el verde que tapiza las montañas en verano como sobre la nieve que las cubre en invierno. Una empinada pista llega hasta su misma puerta, pero aquel día no parecía muy prudente intentarlo. Bajar sería complicado, pero volver a subir sobre una superficie congelada podía ser imposible. Incluso con neumáticos de invierno.

Hacia el oeste de Tröllaskagi

Hacia el oeste de Tröllaskagi.

Volví a parar unos metros más al oeste. Me resistía a abandonar la costa septentrional de Tröllaskagi. Hacia occidente, mas allá de la amplia boca del Skagafjörður, podía ver el extremo septentrional de la península de Skagi. Una costa que no podría recorrer en este viaje. Me faltaba tiempo y su única carretera permanecía cerrada. Aun más lejos y todavía más inaccesible, se adivinaba la blanca superficie del Drangajökull, el único glaciar de los Fiordos del Oeste. Los 925 metros de altitud del Jökulbunga apenas bastaban para que despuntara sobre la linea del horizonte.

Fljót, la Islandia escondida.

A continuación, atravesé la comarca de Fljót. Poco poblada y mal comunicada, pero con cierta relevancia en los primeros años de historia de Islandia. Y con fama de ser una de las regiones en las que más nieva de toda la isla. Aquel día, su reputación estaba completamente justificada, con sus campos cubiertos por un inmaculado manto blanco.
Málmey

Málmey.

Dejé atrás Fljót para dirigirme a la costa oriental del Skagafjörður. Un fiordo, con 40 kilómetros de longitud y 15 de anchura máxima, que se interpone entre las penínsulas de Skagi y Tröllaskagi. En su interior hay tres islas. Aunque en la actualidad la más visitada sea Drangey, famosa por sus colonias de aves, históricamente la más importante siempre fue Málmey. Más allá de tener un papel en la Saga Sturlunga, la isla estuvo habitada hasta 1950. Ese año, un incendio destruyó los edificios de la granja, que quedó abandonada. Tampoco vive nadie en su faro, construido en 1937.

Columnas basálticas en Hofsós

Columnas basálticas en Hofsós.

Poco después de las 11 llegaba a Hofsós, en la orilla oriental del fiordo. El lugar es famoso en Islandia por su piscina hidrotermal, con unas vistas espléndidas sobre el fiordo y la costa oriental de Skagi. Pero mi interés estaba en las formaciones de basalto que hay junto al mar, justo a los pies de la piscina. Sin ser tan espectaculares como las de Kálfshamarsvík, tienen la ventaja de estar mucho más a mano. Lo cual no implicaba que fueran accesibles. La escalera que desciende hacia el mar estaba completamente congelada, hasta tal punto que ni con los crampones puestos me pareció razonable recorrerla. Me tuve que conformar contemplándolas desde las inmediaciones de la piscina.

No me fue mucho mejor en Grafarkirkja, una diminuta iglesia construida en el siglo XVII. Antes de acceder a su aparcamiento, decidí explorar el terreno con el dron. La iglesia estaba parcialmente cubierta por la nieve. La puerta de la valla de piedra y turba que la rodea, cerrada. Con toda seguridad, la nieve me impediría abrirla. En el mejor de los casos, tampoco podría entrar a la iglesia, cuya fachada estaba literalmente tapiada por un amontonamiento de nieve. De todos modos, la pista que llevaba al aparcamiento estaba razonablemente despejada, por lo que me animé a entrar con el coche. Para comprobar que la nieve en los campos era en algunos lugares bastante más profunda de lo que podía aparentar a vista de pájaro. No tenía sentido intentar llegar a la iglesia.

En el sur de Skagafjörður

En el sur de Skagafjörður.

Seguí avanzando hacia el sur. El fiordo se prolonga tierra adentro en un amplio valle, de tierras bajas y llanas, creando una de las regiones agrícolas mas ricas de Islandia, en la que también abunda el ganado. Se dice que es la única zona de la isla en la que hay más caballos que personas. La riega el río Héraðsvötn, cuyas aguas nacen en el glaciar Hofsjökull, el tercero en tamaño de Islandia. La carretera 76 avanza por la orilla oriental del río, hasta unirse con la Ring Road al este de Varmahlíð. Esa habría sido mi vía de escape en el caso de que la situación se complicara. Pero la mañana seguía sin dar signos de empeorar. Mantendría mi plan inicial de recorrer la ruta septentrional, atravesando Sauðárkrókur para acabar incorporándome a la Ring Road en Blönduós.

Caballos junto a la carretera 76

Caballos junto a la carretera 76.

Antes de tomar la carretera 75 hacia el oeste, hice una breve pausa, justo en su desvío. Un numeroso grupo de caballos pastaba tranquilamente por un amplio campo vallado. Lograr buenas fotografías de los caballos islandeses es más difícil de lo que puede parecer. Sobre todo si buscas planos abiertos, en los que se vea el paisaje. Tan pronto como te ven andando por las inmediaciones, se acercan a curiosear. Como suelen estar en terrenos cercados, las propias vallas te arruinan la composición. Aquel día, había tantos caballos que, a base de jugar con ellos al despiste, cambiando continuamente de ubicación, logré alguna fotografía satisfactoria. Aunque ninguna excepcional.

Alarma de fuertes vientos

Alarma de fuertes vientos.

Decidí repostar en Sauðárkrókur, antes de atravesar el interior de Skagi. De paso, consulté el SMS que me había llegado unos minutos antes. Un nuevo mensaje del servicio de emergencias de Islandia, recordando que, para esa misma tarde, se esperaban vientos por encima de los 100 km/h. Aun tenía una vía de escape. La carretera 75 gira hacia el sur, para encontrarse con la Ring Road en el centro de Varmahlíð. De momento, seguía sin haber señales del temporal. Mantuve mi plan inicial.

Había recorrido la península de Skagi en verano, por la costa. Por tanto, no conocía la mayor parte de la carretera 744. Tan solo sabía que estaba completamente asfaltada y que las montañas que debía atravesar no eran especialmente abruptas. A priori, no parecía un tramo muy complicado. En realidad, no lo fue. Aunque sí fue donde el temporal comenzó a enseñar los dientes. Según llegaba a la zona más elevada, empezó a arreciar el viento. La carretera estaba prácticamente limpia, pero la ventisca comenzaba a hacer de las suyas, amontonando nieve en el asfalto. Montones que hay que tomar con mucha precaución, pues están formados por nieve en polvo, extraordinariamente fina, en la que incluso los neumáticos de invierno tienen problemas.

Llegué a la Ring Road en medio de un intenso vendaval. Poco después de las dos, atravesaba Blönduós. El último lugar de cierta entidad antes de Stykkishólmur y por tanto una de mis últimas oportunidades de encontrar alojamiento en lo que quedaba de ruta. Pero el viento se había reducido a niveles aceptables, estaba en la principal carretera de Islandia, con el pavimento completamente limpio y me parecía demasiado pronto para dar el día por finalizado. Sobre todo, en una localidad sin demasiados atractivos. Seguiría hasta Laugarbakki, donde también podría quedarme a dormir, en caso de necesidad.

La situación no tardó en complicarse. Apenas salí de Blönduós, el viento volvió a arreciar. Parecía que la población se encontraba en una ubicación especialmente protegida. ¿Sería el motivo por el que la eligieron sus primeros pobladores?. Unos minutos después, me encontré con una excavadora parada en la Ring Road, limpiando la nieve que el viento acumulaba junto a un puente. Quizá debería haber abandonado en ese momento, regresando a la seguridad de Blönduós, pero algo me empujó a seguir.

Puede que fuera la arrebatadora fuerza que el entorno me trasmitía, en medio de un intenso temporal, que tan solo estaba mostrando sus primeros embates. En cualquier caso, no me encontraba en una de las remotas rutas de la costa ártica de Islandia. Tanto el trazado como el asfalto eran impecables, la cobertura de móvil óptima y, aunque el tráfico era escaso, no avanzaba por una carretera solitaria. A pesar de las circunstancias, me sentía razonablemente seguro. Dejé atrás Laugarbakki y, poco después de las tres, llegaba al extremo sur del Hrútafjörður. Allí estaba el cruce de la carretera 68, que gira 180 grados hacia el norte, para recorrer la orilla occidental del fiordo camino de Ísafjörður.

Pero no iba a la capital de los Fiordos del Oeste. Apenas 9 kilómetros al norte del cruce, volví a desviarme, para tomar la carretera 59 camino de Búðardalur, en la costa del Hvammsfjörður. Al igual que en mi breve travesía por el interior de Skagi, volvía a internarme en una carretera desconocida, aunque esta vez era una ruta aun menos transitada y con su mitad oriental sin asfaltar. En cualquier caso, creo que a esa hora de la tarde ya no era dueño de mis actos. Había entrado en una especie de intoxicación emocional, de la que mi cerebro parecía no saciarse, por mucha adrenalina que mis glándulas le suministraran. Mientras tanto, el viento arreciaba, los campos cada vez eran más desolados y las huellas de presencia humana más escasas. En mi delirio, aquello parecía el paraíso.

Quince minutos antes de las cuatro llegaba a la carretera 60, en la orilla del fiordo. De nuevo en zona conocida. Mientras me incorporaba a la carretera en sentido sur, el viento parecía haberse calmado. En menos de diez minutos, me desvié nuevamente, esta vez para tomar la carretera 54, que debía llevarme hasta las inmediaciones de Stykkishólmur. Una ruta que tan solo estaba asfaltada en sus primeros kilómetros y que atravesaba una región virtualmente despoblada. No esperaba encontrar demasiado tráfico, pero parecía que había pasado lo peor del temporal y estaba a tan solo 76 kilómetros de mi destino. Tras llevar buena parte de la tarde sufriendo el azote del viento y en comparación con los duros paisajes que había recorrido días atrás en el noreste de la isla, casi tenía la sensación de avanzar por un entorno dulce. Contra todo pronóstico, incluso llegué a cruzarme con dos o tres coches.

Hielo en el Hvammsfjörður

Hielo en el Hvammsfjörður.

Me animé a hacer una parada, para intentar fotografiar el paisaje que recorría. Entonces descubrí lo equivocado que estaba. Al igual que yo, el viento venía del este, por lo que el avance del coche lo minimizaba. La poca nieve que había en el terreno estaba completamente congelada, imposibilitando que la ventisca la levantara. Y la ausencia de vegetación alta, hacía más difícil observar cómo se agitaba, sobre todo desde un coche en movimiento. Tan pronto como me detuve, pude apreciar que el vendaval, aunque no era tan intenso como en la Ring Road, seguía haciendo de las suyas. Hasta tal punto que, en una pequeña ensenada del fiordo, completamente congelada, había arrastrado el hielo hacia la orilla, quebrándolo y creando un extraño amontonamiento.

La pista seguía avanzando, cada vez mas cerca de las montañas que forman la espina dorsal de Snæfellsnes. La anterior ocasión en que había recorrido esa misma carretera, durante el verano, había sido bajo un intenso chaparrón, con una visibilidad nefasta. En cierto modo, el paisaje me era completamente nuevo. La carretera cada vez tenía más nieve, completamente congelada. Avanzaba lentamente, sin ninguna prisa, ensimismado por la áspera belleza del entorno, mientras el hielo crujía bajo el peso del coche.

Llegando al Breiðafjörður

Llegando al Breiðafjörður.

Poco después, llegaba al punto en el que el Hvammsfjörður se une al amplio Breiðafjörður. Tenía ante mi un auténtico laberinto de islas y, al fondo, la lejana costa meridional de los Fiordos del Oeste, velada por lo que parecían ser varios frentes de nieve. Aparqué y bajé del coche, pero el viento era infernal. Hasta tal punto, que resultaba imposible andar. Afortunadamente, había tenido la previsión de aparcar de forma que el propio vehículo me protegía. Aún así, no fue fácil volver a entrar en el coche.

Aquello fue la señal más evidente de que el temporal estaba regresando con toda su furia. Seguí avanzando hacia el oeste, cada vez en condiciones más difíciles. El viento arreciaba y comenzó a nevar. La visibilidad era tan mala, que ni la cámara que llevaba adherida al parabrisas era capaz de enfocar correctamente. Tan solo disfruté de una breve tregua mientras recorría la parte interior del Álftafjörður, a sotavento del Eyrarfjall y sus 399 metros de roca.

Llegué a Stykkishólmur a las cinco y media, rodeado por una intensa ventisca, que había oscurecido el cielo hasta crear un anticipado crepúsculo. Cuando entré en el hotel, la recepcionista me miró con cara de asombro. A pesar de que tenía varias reservas pendientes, no esperaba recibir más clientes esa tarde. Después de darme una ducha de agua hirviendo, bajé a cenar. Los ventanales del restaurante crujían y se combaban bajo el viento. Acababan de servirme la cena, cuando se fue la luz. No solo en el hotel. Todo Stykkishólmur se había quedado a oscuras. Acabé de cenar a la luz de una vela, sin saber si, a la mañana siguiente, podría continuar mi ruta.

Para ampliar la información.

En este mismo blog, se puede ver un recorrido por la misma zona, en verano, en https://depuertoenpuerto.com/de-siglufjordur-a-vididalstunga/.

Quien no tenga experiencia conduciendo en invierno por Islandia puede encontrar consejos útiles en https://depuertoenpuerto.com/conducir-en-islandia-el-invierno/.

En inglés, la web oficial de la Carretera de la Costa Ártica está en https://www.arcticcoastway.is/.

La web Iceland The Beautiful tiene una entrada sobre las columnas de basalto de Hofsós (https://icelandthebeautiful.com/hofsos-basalt-columns-north-iceland/) y otra sobre Grafarkirkja (https://icelandthebeautiful.com/grafarkirkja/).