Las pequeñas ciudades de Islandia no suelen estar entre mis destinos favoritos cuando viajo por la isla. Menos aún aquellas que, como Grindavík, carecen del menor atractivo y son más parecidas a urbanizaciones, un tanto destartaladas, de viviendas unifamiliares, que a pequeñas poblaciones tal como las entendemos más al sur. Sin embargo, tenía una antigua deuda pendiente con Grindavík. En las últimas horas de mi segundo viaje otoñal por la Tierra de Hielo, por fin encontré el momento de saldarla.

Puerto de Grindavík

Puerto de Grindavík en 2020.

A pesar de alojar la principal fuente de ingresos turísticos de Islandia, Grindavík permanecía ajena a la creciente oleada de visitantes que, cada vez más aceleradamente, iba inundando buena parte de la isla. Más allá de la Laguna Azul, apenas contaba con algún alojamiento y había pocos lugares donde comer, mientras su actividad económica seguía centrada en la pesca. Esta representaba aproximadamente el 4% de las capturas de todo el país y generaba unos 700 empleos directos. Destacaba en la producción de saltfiskur, un producto principalmente destinado a la exportación. Entre otros lugares a España, donde el 36% del bacalao salado que se consume procede de Islandia.

Yo mismo era una buena muestra. Mi aversión natural al tráfico, las rotondas y los semáforos de Reikiavik hacía que, siempre que fuera posible, saliera de Keflavik por Grindavík. Allí paraba en la pequeña tienda de conveniencia que había junto a la gasolinera, tomaba un café, compraba algunas chocolatinas y barritas energéticas y seguía mi camino hacia el este. Tan solo una vez, en julio de 2020, había dado un brevísimo paseo por su puerto. Con el único interés de buscar un lugar en el que comer algo, en una extraña Islandia afectada por la pandemia.

Mirando atrás hacia el volcán

Mirando atrás hacia el volcán.

La situación empezó a cambiar en marzo de 2021. El día 19 comenzó a brotar lava por una fisura, en un desconocido valle con el curioso nombre de Geldingadalir (topónimo que se podría traducir como «el valle de los castrados»), unos 10 kilómetros al noreste de Grindavík. Al principio, causó cierta inquietud. Pero según se vio que la erupción tendría una intensidad limitada y los flujos de lava se dirigían principalmente hacia el sur, la ciudad recuperó su tranquilidad.

Atasco en la ruta al volcán

Atasco en la ruta al volcán.

Mientras la erupción avanzaba y el turismo de Islandia comenzaba a recuperar lentamente su pulso, empezó a surgir un incipiente sector turístico en el propio núcleo urbano, convertido en la mejor base desde la que explorar el fascinante entorno del nuevo volcán. Recuerdo haber comido en un restaurante recién inaugurado, a finales de agosto de 2021, mientras esperábamos el momento propicio para realizar una excursión al valle de Nátthagi, por donde en aquel momento avanzaban las coladas de lava. Las dos siguientes erupciones se produjeron cada vez más lejos de Grindavík, en Meradalir y Litli-Hrutur, aunque la ciudad seguía siendo un buen lugar desde el que acceder a las sendas que permitían contemplarlas. Cada nueva erupción ponía a Islandia, y más en concreto a Grindavík, en el epicentro del turismo. La economía del lugar parecía ir viento en popa.

Evacuando Grindavík

Evacuando Grindavík.

Todo cambió en octubre de 2023. Los temblores que presagiaban una nueva erupción trajeron malas noticias: el flujo de magma se había desplazado hacia el oeste. Nadie sabía dónde se abriría la tierra: el monte Þorbjörn, la antigua cadena de cráteres de Eldvörp… Había quien decía que la erupción se acabaría produciendo en la zona de la Laguna Azul o incluso en el mismo centro de Grindavík. El 9 de noviembre se decidía cerrar la Laguna Azul. Un día más tarde, el gobierno de Islandia ordenaba evacuar la ciudad. Finalmente, la erupción se produjo el 18 de diciembre, en una cadena de cráteres al norte de Grindavík conocida como Sundhnúkagígar. Apenas duró tres días, pero fue el comienzo de una nueva era para la pequeña localidad.

La erupción desde Grindavík

La erupción desde Grindavík.

Desde entonces, se ha producido un total de ocho erupciones adicionales. Alguna duró menos de un día. La cuarta, hasta ahora la más larga, llegó a prolongarse durante 54 jornadas. La séptima se produjo completamente por sorpresa, sin temblores previos. La última, según escribo esta entrada, tuvo lugar entre el 16 de julio y el 5 de agosto de 2025. El resultado ha sido un estado de incertidumbre que ha dejado Grindavík prácticamente desierto. La actividad económica ha regresado parcialmente, aprovechando los periodos de calma, pero no así la población. Parte de la ciudad permanece clausurada y muchas viviendas abandonadas, incluso en las zonas abiertas de Grindavík.

El hotel a la mañana siguiente

El hotel a la mañana siguiente.

En cualquier caso, aún sabiendo que existía la remota posibilidad de acabar viviendo una evacuación en primera persona, decidí pasar la última noche de mi segundo viaje otoñal a Islandia en un hotel de Grindavík. En línea recta, a unos 70 metros de la gasolinera en la que solía parar antiguamente y que ahora permanece cerrada. Llegué al hotel a las siete y media, coincidiendo con el atardecer. Con el tiempo justo de registrarme e ir a cenar a Papas’ Restaurant. El único local que quedaba abierto a esas horas y en el que parecía concentrarse buena parte de la escasa población local. Después, me limité a ir a dormir. El plan era aprovechar la mañana siguiente para dar un tranquilo paseo por Grindavík.

El puerto de Grindavík en 2025

El puerto de Grindavík en 2025.

Al día siguiente, estaba en pie antes de las siete de la mañana. En vivo contraste con el clima que había «disfrutado» en el noreste de la isla, el día era espléndido, sin nubes ni el menor indicio de viento. Perfecto para, después de desayunar, recorrer el lugar con calma. Grindavík parecía una ciudad fantasma. Encontré algo de tráfico, en su mayor parte de personas que acudían a trabajar desde fuera de la ciudad. La actividad económica intenta recuperarse, pero sufre otro mazazo con cada nueva erupción, por breve que esta sea. La Laguna Azul ha perdido su aparcamiento, sepultado bajo coladas de lava, aunque sigue operando gracias a un servicio de autobuses organizado desde Reikiavik. Algunos hoteles y restaurantes han reabierto, aunque otros, como aquel en el que comimos en el año 2021, tenían daños estructurales tan severos que son prácticamente irrecuperables. Varios buques de pesca han regresado a los muelles de Grindavík, aunque la mayor parte de la industria de procesado, la principal fuente de empleo en el sector, se ha trasladado a otras localidades cercanas.

Vivienda vacía en Grindavík

Vivienda vacía en Grindavík.

Respecto a la población, la solución que ofreció el gobierno de Islandia fue comprar su vivienda a todo aquel que quisiera vender. Una respuesta pragmática, típicamente islandesa, que permitió a muchas familias rehacer sus vidas en otros lugares, contando con liquidez para hacerlo. Pero que también ha tenido facetas negativas, como un incremento generalizado del precio de la vivienda en todas las zonas adyacentes. Además, de cara a la posible supervivencia de Grindavík, ha terminado propiciando el éxodo de buena parte de sus habitantes. Algo que, más allá de las calles desiertas, era fácilmente visible en el gran número de casas completamente vacías.

Construyendo taludes

Construyendo taludes.

Otro de los aspectos más llamativos de la lucha de Islandia contra la lava fue el sistema de taludes, al que Grindavík debe agradecer su supervivencia. El cambio de actitud de la isla respecto a los fenómenos volcánicos viene de lejos. En concreto de la erupción del Eldfell, en Heimaey, en enero de 1973. En aquella ocasión, cuando el avance de la colada amenazó con bloquear la bocana del puerto, se decidió arrojar millones de toneladas de agua marina sobre la lava, logrando ralentizar su avance lo suficiente para salvar una infraestructura vital para la pequeña población.

Nátthagi desde lo alto del talud

Nátthagi desde lo alto del talud.

En Geldingadalir se optó por construir taludes, intentando desviar el flujo de lava. Los dos primeros, levantados entre el 14 y el 20 de mayo de 2021 en Syðri-Meradalir, fueron superados por la lava el 22 de mayo y el 6 de junio. El 15 de junio, cuando el sur de Geldingadalir había sido colmatado y la lava comenzaba a rebosar hacia Nátthagakriki, se levantaron otros dos taludes. El inferior estaba a punto de ser superado cuando cesó el flujo de lava. Flujo que, por unos metros, no llegó a alcanzar el último talud, levantado el 25 de junio en el sur de Nátthagi. Aunque el resultado no fue del todo el deseado, aquellos taludes demostraron que era posible intentar manejar un flujo de lava y fueron decisivos para lo que vendría a continuación.

El talud de la Laguna Azul

El talud de la Laguna Azul.

Con las lecciones aprendidas en Geldingadalir, tan pronto como se detectó la posibilidad de que la erupción tuviera lugar al oeste del Fagradalsfjall, comenzó la construcción de grandes taludes, formados por una mezcla de material volcánico, tierra y grava, convenientemente compactados. Las primeras defensas se levantaron en torno a la planta geotérmica de Svartsengi y la Laguna Azul. Ambas situadas en una depresión, donde era muy probable que fluyera la lava, y fundamentales para la economía de Islandia. Sobre todo Svartsengi, origen de buena parte de la electricidad y agua caliente de Reykjanes.

La colada dentro de Grindavík

La colada dentro de Grindavík.

Cuando el 18 de diciembre de 2023, la lava comenzó a fluir en una antigua cadena de cráteres, conocida como Sundhnúkagígar, las barreras estaban casi finalizadas. Aquella erupción apenas duró tres días. En cualquier caso el 12 de enero, ante la inminencia de una segunda erupción, comenzó la construcción alrededor de Grindavík. Justo a tiempo. El 14, ante la intensidad de los temblores, se evacuaba Grindavík. Unas horas más tarde arrancaba una nueva erupción, apenas 900 metros al norte de la ciudad. Poco después, se abría una segunda fisura, al sur del talud defensivo. La lava comenzó a fluir hacia la pequeña ciudad, devorando tres casas. Afortunadamente, tan solo duró un par de días.

Información de seguridad

Información de seguridad.

La tercera, el 8 de febrero de 2024, tan solo duró un día, pero destruyó varias infraestructuras, como las tuberías que distribuían el agua caliente de Svartsengi por todo Reykjanes, sumiendo la península en un pequeño caos. Algo que pude comprobar personalmente, pues aterricé en Keflavik apenas cuatro días después de su finalización. A esas alturas, lo más preocupante para Grindavík era la sensación de incertidumbre. Nadie sabía cuánto duraría el nuevo ciclo eruptivo. La división de opiniones llegaba a los vulcanólogos más prestigiosos de Islandia. Algunos apostaban por una finalización rápida. Otros afirmaban que quizá estuviéramos asistiendo al nacimiento de un enorme volcán de escudo, en un proceso que podía prolongarse hasta 400 años y que cambiaría radicalmente la fisonomía de la península. Según escribo estas líneas, aunque el primer escenario parece el más probable, aún es pronto para descartar el segundo.

Ruta de evacuación

Ruta de evacuación.

La siguiente, entre el 16 de marzo y el 8 de mayo, fue la más prolongada. Y aquella que sirvió para poner a prueba el sistema de defensas de Grindavík. La mayor, en volumen de lava, fue la sexta, entre el 22 de agosto y el 5 de septiembre. A pesar de lo cual, no destruyó ninguna infraestructura. La novena, que comenzó el 16 de julio de 2025, duró 20 días. Destacó por la intensa emisión de gases, que crearon un serio problema de polución en la península. De momento ha sido la última, aunque, según escribo estas líneas, la oficina meteorológica islandesa espera una décima erupción de forma inminente.

Gasolinera abandonada

Gasolinera abandonada.

Carreteras cortadas, viviendas abandonadas, negocios cerrados, vidas rotas. Mi recorrido por Grindavík, que realicé en parte caminando y en parte con el coche, no fue en absoluto agradable. Pero me sirvió para comprobar hasta qué punto una pequeña ciudad que, aparentemente, había logrado salir casi indemne de las coladas de lava, se había visto afectada por otro factor que, a la larga, puede acabar siendo casi tan destructivo como estas: la incertidumbre. Una gangrena que va devorando lentamente sus opciones de futuro y, sin grandes titulares, a la larga puede ser mucho más negativa que, por ejemplo, la erupción de Heimaey. Diezmando aquello que, en el fondo, es el mayor activo de cualquier grupo humano: su espíritu de comunidad.

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Para ampliar la información.

En https://depuertoenpuerto.com/otono-en-el-norte-de-islandia/ describo todo mi segundo viaje otoñal por Islandia.

El blog de Lava Show tiene una buena entrada sobre el ciclo eruptivo en Reykjanes: https://www.lavashow.com/es/blog/lava-academy/reykjanes-a-rift-between-two-worlds.

En inglés, también es interesante la página de Perlan: https://perlan.is/articles/reykjanes-peninsula-volcano-overview.

Muy completo el artículo de la Wikipedia centrado en las erupciones de Sundhnúkagígar: https://en.wikipedia.org/wiki/2023–2025_Sundhnúkur_eruptions.

Si pretendes recorrer la zona, es fundamental que antes visites la web de safetravel.is en https://safetravel.is/eruption-in-reykjanes/.

También es aconsejable que consultes las noticias sobre la erupción en la web oficial de turismo de Reykjanes: https://www.visitreykjanes.is/en/volcano-eruption/eruption-news.

Algunas de las fotos están hechas en la pequeña exposición, con instantáneas hechas por Sigurður Ólafur Sigurðsson, que hay en el aparcamiento junto al Geo Hotel Grindavík. Puedes ver una breve reseña en https://www.visitreykjanes.is/en/blogg/book-exhibition-set-up-in-grindavik.