Jan Mayen era nuestra única escala durante los tres días de singladura entre Svalbard y el norte de Islandia. Una escala en un lugar remoto y difícilmente alcanzable, que no estaba en absoluto garantizada. La niebla, el viento o el oleaje podían arruinar nuestros planes. Según nos acercábamos a Jan Mayen desde el noreste, la espesa niebla era mi principal preocupación. Mientras charlaba con uno de los miembros del equipo de expedición, miraba continuamente de reojo por una de las ventanas del salón principal del SH Vega. Para no ver más que un persistente muro grisáceo. De pronto, salimos del banco de niebla, adentrándonos en un gran claro. Por encima de la niebla, un enorme cono blanco se elevaba hasta perderse entre las nubes. Apenas podíamos ver una franja de la ladera nevada del volcán, pero fue suficiente para que ambos saliéramos precipitadamente a cubierta, olvidando nuestra conversación.
Si alguien hubiera coreografiado la llegada a Jan Mayen, difícilmente podría haberlo hecho mejor. La isla se presentó ante nosotros de de forma súbita, envuelta entre brumas y nubes. Una enorme montaña, en gran parte cubierta de nieve, que aparecía y desaparecía según nos movíamos entre los bancos de niebla. Bancos que, por otra parte, mutaban continuamente, añadiendo aún más dinamismo al entorno. Todo ello entre un cielo y un mar intensamente azules, que enmarcaban una escena digna de una novela de Julio Verne.
Nuestro destino estaba en la orilla occidental de la isla. Pero el panorama era tan impresionante, que el capitán decidió dar un rodeo frente a su extremo nororiental. Si, desde la distancia, la isla era imponente, según nos acercábamos no hacía más que mejorar. Aunque las nubes nos impedían ver por completo el cono volcánico, la niebla parecía disiparse lentamente, permitiéndonos observar una llamativa franja blanca. Se trataba del glaciar Prins Haralds Bre, descendiendo desde las alturas hasta la misma orilla del mar.
Las laderas estaban surcadas por varios glaciares, entremezclados con la negra roca volcánica. En cambio, el hielo y la nieve eran de un blanco tan intenso como limpio. Por su color, podía parecer que hubiera caído una gran nevada hacía escasas horas. En la parte baja de la isla, una franja libre de nieve se repartía entre oscuras rocas y zonas cubiertas por una precaria vegetación, con tonos que oscilaban entre el pardo y un intenso verde. Mirando con atención, era posible apreciar varias cascadas, descolgándose por los acantilados. En cambio, no había la más mínima señal de presencia humana. La escena era tan perfecta que parecía irreal.
Jan Mayen se ubica en la misma dorsal oceánica que Islandia, con la que comparte numerosas características geológicas. Se podría decir que es una versión en miniatura, aún más joven, salvaje y boreal, de la Tierra de Hielo. Aunque, al contrario que Islandia, Jan Mayen no se encuentra justo sobre la dorsal. La isla está situada junto a un punto caliente de la corteza, en una zona de fractura a la que da nombre. Algunos geólogos afirman que formaría una especie de micro-placa independiente, con una extensión de 500 por 160 kilómetros, entre las grandes placas tectónicas americana y euroasiática.
Noventa minutos después de avistar Jan Mayen por primera vez, cuando estábamos frente al Prins Haralds Bre, el SH Vega viró en redondo. De pronto, varios fulmares comenzaron a seguirnos, recortándose contra la silueta de la isla. Aunque pudiera parecer imposible, aquello no hacía más que ir a mejor. Una vez rectificado el rumbo, comenzamos a describir un gran arco, rodeando el extremo septentrional de la isla. Los bancos de niebla iban y venían, ocultando y mostrando diversas zonas de la isla, en una danza tan hermosa como mágica.
Puede que la isla fuera alcanzada en la Edad Media por navegantes noruegos. Hay quien dice que incluso el legendario Samborondón la habría avistado en el siglo VI. En cualquier caso, la primera referencia documentada sobre su existencia procede de Henry Hudson, quien dijo haberla descubierto en 1607, aunque no llegó a desembarcar. Tras otro par de posibles avistamientos, finalmente sería el holandés Jan Jacobs May van Schellinkhout quien desembarcaría por primera vez en su orilla, dando nombre a la isla. De la noche a la mañana, Jan Mayen se convirtió en una de las bases desde la que operaba en el norte profundo la pujante industria ballenera. Ingleses, franceses, vascos y holandeses la utilizaron como punto de apoyo, aunque ninguna nación afianzó un dominio efectivo. En medio siglo, la feroz sobreexplotación acabó con la población de ballenas y Jan Mayen quedó olvidada, en un rincón poco frecuentado del Atlántico Norte.
Habría que esperar hasta la segunda mitad del siglo XIX, para que recibiera la atención de algunas expediciones científicas. A principios del XX, comenzaron a llegar partidas de caza desde la recién independizada Noruega. Una vez más, la sobreexplotación acabó en pocos años con todos los mamíferos de la isla. Pero, en esta ocasión, una Noruega con cierta nostalgia por su antiguo pasado «colonial» decidió tomarse más en serio la existencia de una de las últimas terra nullius que quedaban en el planeta. En 1921 instaló una primera estación meteorológica. Ocho años más tarde, reclamaba formalmente la soberanía sobre la isla.
El SH Vega seguía navegando alrededor de Jan Mayen, rodeando la mole del Beerenberg. Su flanco noroeste, orientado al mar de Groenlandia, era de una belleza etérea, realzada por una gruesa capa de nubes. Una increíble sucesión de lenguas glaciares se descolgaba desde las nubes, para después adentrase en un gran banco de niebla, que flotaba a media altura. Volvían a aparecer a los pies de éste, camino del gélido mar. No todas lo conseguían, pero tampoco sabría decir cuál de los dos resultados creaba escenas más fotogénicas.
Durante años, se pensó que el Beerenberg era un volcán inactivo. Hasta que, en 1970, entró en erupción. Volvió a erupcionar en 1985, despertando el interés de los geólogos. Siendo un lugar tan remoto, sabemos poco de su anterior actividad. Si fuera la isla avistada por Samborondón, habría estado en erupción en el siglo VI, pues en su relato afirma que llegó a una gran montaña que escupía fuego. Desde su descubrimiento, a principios del siglo XVII, tenemos constancia de otras tres erupciones, además de las del siglo XX. Aunque han podido ser más y pasar completamente desapercibidas. En cualquier caso, cada vez se presta más atención a la evolución del volcán. Parte de los vuelos entre Europa y Norteamérica pasa por sus inmediaciones. Una erupción de cierta entidad podría llegar a emular el caos aéreo provocado por el Eyjafjallajökull en 2010.
Poco antes de las cuatro, nos aproximábamos al istmo que separa las dos partes de la isla. La mole del Beerenberg iba quedando atrás, mientras ante nosotros se desplegaba un paisaje diferente, compuesto por una sucesión de colinas de origen volcánico perdiéndose a lo lejos entre la bruma. En su parte más estrecha, la isla apenas alcanza los 2.400 metros de anchura. Por unos momentos, pudimos observar entre la niebla lo que parecían ser las antenas de comunicaciones de Gamle Metten, la antigua base meteorológica. En la actualidad, Olonkinbyen es el único asentamiento estable de Jan Mayen. Fundado en 1962, tiene 18 habitantes, todos ellos a sueldo del estado noruego. 14 militares y 4 meteorólogos.
También nos acercábamos a nuestro punto de desembarco, en una playa solitaria enmarcada por un antiguo cráter volcánico. La isla carece de puertos, por lo que, dependiendo del estado de los vientos y el oleaje, se utiliza Båtvika, en la costa del mar de Noruega, o Kvalrossbukta, en el de Groenlandia. Una pista une ambos, pasando por Olonkinbyen. Una precaria pista de aterrizaje, también de tierra, es el otro vínculo de Jan Mayen con el exterior.
Kvalrossbukta, una bahía en el fin del mundo.
En cierto modo, tras nuestra espectacular llegada a la isla, la despedida de Jan Mayen fue un anticlímax. Una vez superamos Sjuhollendarbukta, la niebla regresó, para quedarse con nosotros lo poco que quedaba de tarde. Nos alejamos de Jan Mayen, rumbo al sur, navegando por un mundo reducido a los estrechos límites de un etéreo muro gris. Aunque, visto con perspectiva, creo que fuimos asombrosamente afortunados durante nuestro breve paso por la isla. No logramos desembarcar, pero pudimos disfrutar de la navegación frente a uno de los paisajes más espectaculares que he logrado ver en mi vida, seguida por una interesante excursión en zódiac, a los mismos pies de sus extraños acantilados. No podemos quejarnos.
Para ampliar la información.
En https://depuertoenpuerto.com/de-tromso-a-reikiavik-un-crucero-por-el-artico-profundo/ puedes ver el itinerario completo de nuestro crucero de expedición por el Ártico.
En inglés, muy recomendable visitar la web de Rolf Stange sobre Jan Mayen: https://www.jan-mayen.com/.
Quien esté interesado en las consecuencias para el tráfico aéreo de una posible erupción, encontrará un extenso ensayo en https://nhess.copernicus.org/articles/22/139/2022/.
Más centrado en el vulcanismo, también es interesante https://www.frontiersin.org/articles/10.3389/feart.2022.730734/full.
La web sobre vulcanismo del Smithsonian tiene una entrada sobre Jan Mayen: https://volcano.si.edu/volcano.cfm?vn=376010.
La isla tiene una página oficial, aunque en su mayor parte está en noruego: http://jan.mayen.no/.
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