Aunque ambos accesos no son iguales. Había visitado su orilla noroeste en el verano de 2020, con la plataforma metálica recién abierta al público, aunque las obras aún no estaban finalizadas. Regresé en el invierno de 2023, para encontrarme con que la única ruta abierta volvía a ser la noroccidental, esta vez por culpa de la nieve. En ambas ocasiones, la vista me había parecido decepcionante, por lo que Stuðlagil seguía en mi lista personal de lugares pendientes de Islandia. Acabó siendo el plan B para el cuarto día de un viaje otoñal por el noreste de Islandia, cuando el intenso viento, la lluvia y un río crecido frustraron mi idea inicial, consistente en visitar el cráter del Askja.
Entretanto, el acceso a la orilla suroriental había cambiado. Antiguamente, había que aparcar justo antes del puente sobre el Jökulsá á Dal, para luego realizar una caminata que, entre ida, vuelta y lo que trastearas por el cañón, fácilmente se iría por encima de los diez kilómetros. En 2023 se abrió un nuevo aparcamiento, que acorta el paseo a poco más de la mitad. Pero en este mundo, nada es perfecto. A las 1.000 coronas que deberás pagar para poder aparcar, se une el hecho de que la orilla sureste del río, antes bastante tranquila, ahora parece ser casi tan popular como la noroccidental.
Tras dejar el coche, diez minutos después del mediodía estaba frente a Stuðlafoss. La hermosa cascada, rodeada de columnas basálticas, que hay apenas unos metros más allá del aparcamiento. Con 25 metros de altura, en cualquier otro lugar sería una atracción destacada. Aquí, casi todo el mundo pasaba de largo. Como mucho, dedicaban a la cascada el tiempo justo de hacer una foto, antes de reanudar la ruta rumbo al cañón.
Ruta que, por lo demás, es amplia, cómoda y en su mayor parte prácticamente plana. A pesar de tomármelo con calma, en unos 30 minutos tenía a la vista el tramo angosto del cañón, con una nueva sorpresa. La escalera y la plataforma que había recorrido en mis anteriores visitas, ambas de un hierro oxidado que se mimetizaba razonablemente bien con el entorno, ahora estaban acompañadas por varios miradores adicionales, entrelazados por una pequeña red de caminos. Con unos puentes blancos que, al igual que los nuevos miradores, destacaban notablemente sobre el verde de la ladera. ¿A quién se le habría ocurrido aquel adefesio?
En cualquier caso, no era el único cambio. El Jökulsá á Dal (también conocido como Jökulsá á Brú) no era el río azulado, de apariencia tranquila, de mis dos últimas visitas. Por contra, sus tumultuosas aguas, de un intenso color terroso, retumbaban contra las paredes de basalto. Era evidente que el río bajaba crecido. Posiblemente, debido a las intensas lluvias de los días anteriores. O quizá la presa de Kárahnjúkar rebosaba por su aliviadero y Hverfandi, la efímera cascada creada por este, se encontrara en todo su esplendor. Acabaría descubriéndolo un par de días más tarde, durante mi segundo intento de llegar al Askja.
Sin Kárahnjúkar, Stuðlagil no existiría. O, siendo más precisos, estaría en su mayor parte oculto bajo las aguas del que fue uno de los mayores ríos glaciares de Islandia. En 2002 el gobierno de la isla y Alcoa llegaron a un acuerdo para instalar una planta de aluminio en la orilla del Reyðarfjörður. Para alimentar sus voraces necesidades de energía, al año siguiente comenzó la construcción de una gran presa en el curso alto del Jökulsá á Dal. El llenado del embalse comenzó en 2006 y solo entonces, con el caudal del río reducido a una fracción del habitual, fueron plenamente visibles las extrañas formaciones de Stuðlagil.
En lo que se podría calificar como la «nueva normalidad» de Stuðlagil, es posible descender hasta la orilla del río y, con la debida prudencia, recorrer una sección de la parte más angosta del cañón, donde el río va encajonado entre dos paredes verticales apenas separadas diez metros entre sí. Aquella tarde, las aguas del Jökulsá á Dal chocaban impetuosamente contra ambas laderas. Por una parte, el lugar era menos accesible de lo normal. A cambio, podía adivinar cómo habría sido unos años atrás. Aunque, con toda seguridad, una parte sustancial del caudal seguía fluyendo por los túneles, rumbo a la central hidroeléctrica y el Jökulsá í Fljótsdal.
Por lo demás, como ya imaginaba viendo la cantidad de coches que encontré en el aparcamiento, había gente por todas partes. No llegaba a ser agobiante. Al fin y al cabo, el espacio es lo suficientemente grande para alojar cómodamente unas decenas de personas. Pero resultaba bastante complicado lograr tomas «limpias», sobre todo en los planos generales o en las tomas de dron. Tanto, que no tardé en tirar la toalla, dedicando mis esfuerzos a los detalles.
Personalmente, me inquietaban más los nuevos caminos y miradores en la orilla opuesta del cañón. No me parece mal que se facilite la accesibilidad y seguridad en los normalmente salvajes espacios naturales de Islandia. Yo soy el primero que he utilizado dichas infraestructuras, en Stuðlagil y en muchos otros lugares. El problema, tal como expuse en otra entrada del blog, está en el límite. En la difusa frontera entre lo estrictamente necesario y la adulteración del espacio que se pretende acondicionar. Algo que se ha superado con creces en la no tan lejana Goðafoss. Y que, en mi opinión, también ha sido cruzada en Stuðlagil, añadiendo innecesariamente miradores que no mejoran la vista de la primera plataforma. Otro espacio natural de Islandia desfigurado en aras de una concepción equivocada del turismo. Lo más preocupante es que, casi con total certeza, no será el último.
Al final, entre recorrer el sendero y el tiempo que pasé en Stuðlagil, estuve tres horas y media en el entorno del cañón. Por fin, al tercer intento, había conseguido visitar el «lado correcto» del Jökulsá á Dal. Pero había llegado tarde, con el cañón adulterado y camino de convertirse en otro más de los espacios masificados de Islandia. Salí de Stuðlagil bastante contrariado, prometiéndome que aquel sería mi último viaje a una Islandia que parece ir camino de convertirse en un parque temático. Bastaron un par de horas y un mágico recorrido al atardecer por una solitaria pista en las Tierras Altas para que se me pasara el enfado. Aunque no creo que regrese a Stuðlagil.
If you see this after your page is loaded completely, leafletJS files are missing.
Para ampliar la información.
En https://depuertoenpuerto.com/en-el-lado-equivocado-de-studlagil/ puedes ver mi primera visita a Stuðlagil, en verano.
La segunda, en invierno, está en https://depuertoenpuerto.com/studlagil-en-invierno/. Ten en cuenta que, en ambas visitas, en la orilla noroccidental tan solo había una plataforma de observación.
En inglés, Guide to Iceland tiene un artículo sobre el cañón: https://guidetoiceland.is/travel-iceland/drive/studlagil-canyon-iceland.
Más larga e interesante la entrada en Hit Iceland: https://hiticeland.com/places_and_photos_from_iceland/stuðlagil-canyon-in-jökla.
Quien quiera averiguar las posibilidades fotográficas de Stuðlagil, puede ver el video del fotógrafo danés Mads Peter Iversen: https://www.youtube.com/watch?v=pQExfNMyxpc.










Trackbacks/Pingbacks