Tras mi breve estancia en Sørvågen, había llegado el momento de regresar a Svolvær. Aun debía pasar otras dos noches en las Lofoten, pero no parecía prudente apurar hasta el último minuto en el extremo occidental del archipiélago, donde el mal tiempo me podía dejar bloqueado con relativa facilidad. Tanto la única carretera que une las islas con el resto de Noruega, como la linea de ferry que comunica Moskenes con Bodø, dependían de los caprichos del invierno ártico. Y yo tenía que llegar a Svolvær a tiempo de embarcar en un buque de Hurtigruten.

Amanece en Sørvågen

Amanece en Sørvågen.

Nada más despertar, me asomé a la ventana de mi habitación, para encontrarme con una extraña neblina, que velaba las luces al otro lado del pequeño puerto. Tras la sorpresa inicial, pude apreciar que aquello no era niebla. En realidad, estaba nevando. Unos copos finos y ligeros, que el viento arrastraba hacia el este, camino del mar. Mi plan para la jornada era sencillo: visitar Å y Sund, dos diminutos puertos pesqueros, y hacer un desvío hasta la playa de Unstad. Por tanto, no tenía prisa. Al contrario que la nevada, que apenas duró diez minutos.

En el puerto de Sørvågen

En el puerto de Sørvågen.

Mientras esperaba el regreso del personal del hotel, que se había ido a dormir a su casa, dejándome de nuevo como único habitante del edificio, aproveché para dar un breve paseo por el pequeño puerto pesquero. El lugar rezumaba tranquilidad por todos sus rincones. Más allá del crujir de la madera bajo mis pies, los únicos sonidos eran los graznidos de alguna gaviota y el continuo tintineo de los aparejos de los barcos. Allí donde no estaban cubiertos por una sutil capa de nieve, los humedecidos tablones del suelo brillaban iluminados por la suave luz del amanecer y las farolas, que aún permanecían encendidas. El lugar era un pequeño laberinto, lleno de pasillos y escaleras que comunicaban entre sí los rorbuer y los muelles, creando mil rincones en los que perderse.

Puerto de Sørvågen desde el hotel

Puerto de Sørvågen desde el hotel.

Regresé al hotel sobre las ocho de la mañana. En uno de los habituales giros del caprichoso clima de las Lofoten, mientras yo desayunaba el sol intentaba abrirse paso entre las nubes. En poco más de una hora, había pasado de un amanecer invernal, en el que apenas podía ver las casas del otro lado del puerto, a una apacible mañana, que parecía mejorar por momentos. Lejos de relajarme, decidí salir de inmediato, aprovechando una tregua que intuía no iba a ser duradera.

Al sur de Å

Al sur de Å.

Mi primer destino estaba todavía más lejos de Svolvær. Antes de dirigirme a la capital del archipiélago, quería visitar Å. Además de ser la localidad con el nombre más corto del mundo y la que ocupa el primer lugar en cualquier enciclopedia geográfica, es el punto final de la carretera E10. Las Lofoten todavía se extienden otros 70 kilómetros hacia el suroeste, hasta los escollos que rodean el faro de Skomvaer. Pero incluso llegar hasta el extremo meridional de Moskenesøya es complicado, pues tan solo un tortuoso sendero de montaña se aventura más allá de Å. La única forma sencilla de proseguir es subiendo al ferry que lleva a Værøya.

Al final del camino

Al final del camino.

Mis ambiciones eran mucho más limitadas. Dejé el coche en el aparcamiento que hay justo donde muere la E10 y continué andando, por una senda asfaltada que prosigue otros doscientos metros, hasta finalizar abruptamente en una pequeña meseta rocosa junto al mar, donde hay una espléndida vista de las islas más extremas del archipiélago.

Mar de invierno al sur de Å

Mar de invierno al sur de Å.

Según llegaba, el día parecía una perfecta continuación del que había dejado atrás en Sørvågen. Aunque nevaba débilmente, hacia el sureste había grandes claros, entre los que se filtraban los rayos del sol. Un viento imperceptible y un horizonte asombrosamente nítido completaban una escena que, de no ser por la nieve y los charcos congelados, parecía impropia del mes de febrero.

Temporal al sur de las Lofoten

Temporal al sur de las Lofoten.

Pero no era más que un espejismo. En unos minutos, el invierno ártico regresó con toda su furia a reclamar sus dominios. No pude verlo venir, pues el viento y las nubes que éste arrastraba venían del oeste, más allá de las agrestes montañas del sur de Moskenesøya. Sin previo aviso, me golpeó una ráfaga que casi me hizo caer al suelo, a la vez que comenzaba a nevar. Más tarde averigüé que el viento había superado los 90 kilómetros por hora. Intenté aguantar en la meseta rocosa, pero era casi imposible. No había dónde refugiarse. Cuando la nieve se convirtió en pequeñas bolas de granizo, mientras hacia el sur la tormenta iba difuminando lentamente las islas, decidí que era un buen momento para emprender la retirada.

Paseando por Å

Paseando por Å.

En lugar de subir al coche, aproveché para dar un paseo por Å. Como había imaginado, el pequeño puerto estaba construido en un lugar mejor protegido de las inclemencias atmosféricas. Apenas tuve que alejarme unos metros del aparcamiento, camino de las primeras casas, para que la escarpada orografía ofreciera refugio contra el viento dominante. También dejó de nevar y, en otro giro climatológico, comenzaron a abrirse claros por el oeste. Aproveché para dar un paseo por las desiertas calles, buscando el Norsk Fiskeværsmuseum, un pequeño museo que muestra las condiciones de vida locales entre 1840 y 1960. Como ya esperaba, lo encontré cerrado.

Bajo Salteriet

Bajo Salteriet.

Continué callejeando, camino de Salteriet, un edificio de madera construido en 1927 para reemplazar al que había sido destruido por un temporal dos años antes. Mientras curioseaba por los muelles, el invierno decidió regresar, esta vez en forma de copiosa nevada. El único refugio posible estaba en la carpintería, que ocupaba buena parte de la planta baja. Desde ésta, salía una escalera que conducía al nivel del mar. Mientras esperaba a que amainara la nieve, aproveché para observar el curioso sistema de construcción, con los edificios levantados literalmente sobre el agua.

Saliendo de Å

Saliendo de Å.

Regresé al coche tan pronto como el tiempo volvió a darme una tregua. Aunque nevaba con menos intensidad, las calles y la carretera comenzaban a estar cubiertas por un manto blanco. Me encontraba a casi 130 kilómetros de Svolvær, en una zona con muy poco tráfico. No quería correr el riesgo de quedarme bloqueado por la nieve.

Otra vez Reine

Otra vez Reine.

Mis temores duraron lo que tardé en llegar a Reine, donde el tráfico era algo más intenso y, aparentemente, había nevado menos. La carretera volvía a estar despejada. Y, de nuevo, el día parecía ir a mejor. Aproveché para detenerme otra vez en el mirador, donde la vista era tan hermosa como siempre. Lo cual no evitaba que, sobre las gélidas aguas del fiordo, pudieran apreciarse ocasionalmente remolinos de agua, levantados por ráfagas de viento tan fuertes como imprevisibles.

Rorbuer en Andøya

Rorbuer en Andøya.

Proseguí mi avance lentamente, saltando de islote en islote mientras me detenía en numerosas ocasiones. La reciente nevada había cubierto las paredes de roca con un sutil manto blanco, que realzaba sus texturas. La suave luz y las nubes se combinaban para embellecer un paisaje que, ya de por sí, era increíblemente hermoso. Aunque, en la actualidad, buena parte de los rorbuer sean alojamientos turísticos, su continua presencia consigue humanizar un entorno que, sin ellos, sería asombrosamente salvaje. El contraste entre las agrestes montañas y las pintorescas cabañas, construidas sobre pilares y perfectamente integradas en el paisaje, crean incontables «postales» a las que, para cualquier aficionado a la fotografía, es difícil resistirse.

El temporal desde Toppøya

El temporal desde Toppøya.

Acababa de detenerme en el islote de Toppøya, con la idea de atravesar andando el puente de Hamnøy, cuando de nuevo se desataron todos los infiernos. El fuerte viento zarandeaba el coche, a la vez que arrastraba horizontalmente diminutas bolas de granizo. Sobre las agitadas aguas, unas cuantas gaviotas intentaron infructuosamente volar contra el viento, para acabar rindiéndose en menos de un minuto. Al frente, más allá del fiordo de Reine, apenas lograba distinguir la siluetas de las agrestes montañas. Viendo la rapidez con la que me había alcanzado el vendaval, saqué la conclusión de que no era un buen día para alejarse demasiado del coche.

El Reinefjorden desde Hamnøy

El Reinefjorden desde Hamnøy.

Una vez más, el temporal no duró ni un cuarto de hora. En cualquier caso, se me estaba haciendo tarde. Atravesé el puente con el coche y, antes de abandonar el imponente entorno del Reinefjorden, aproveché para dar un último paseo entre las cabañas de Hamnøya. Mientras, la tempestad se había retirado hacia el fondo del fiordo, donde parecía aguardar agazapada para, a la primera ocasión, regresar con nuevas fuerzas.

Astillero en Sund

Astillero en Sund.

La siguiente escala era el pequeño puerto de Sund, en el extremo meridional de la isla de Flakstadøya. El lugar me dejó sentimientos contrapuestos. Por una parte, me pareció asombrosamente decadente. En un país donde lo habitual es encontrar espacios que, a pesar de la dureza del clima, están asombrosamente bien cuidados, Sund tenía un innegable aspecto de abandono. Edificios con desconchones, un pequeño astillero destartalado, coches desvencijados oxidándose en las calles vacías. Y ni un ser vivo en todo el pueblo. Llevaba varios días sin interactuar con demasiados humanos, más allá del personal del hotel, pero la sensación de soledad que tuve desde que tomé el desvío hacia Sund fue la más intensa de todo el viaje.

Exterior del Fiskerimuseum

Exterior del Fiskerimuseum.

Y, sin embargo, aquella misma soledad y decadencia le daban al lugar un extraño encanto, al que el hermoso paisaje que lo rodeaba añadía un aire algo irreal. La falta total de vida en el pequeño puerto se veía acentuada por los miles de bacalaos descabezados que, en las afueras, se secaban en interminables hileras expuestas al gélido aire del ártico. Sus cabezas estaban unos metros más allá, igualmente ordenadas en largas filas. El extraño espectáculo, un tanto deprimente, parecía estar concebido para corroborar el aspecto moribundo del lugar. Me acerqué hasta el Fiskerimuseum, ubicado en un antiguo taller de reparación de barcos, que por supuesto estaba cerrado. A pesar de lo cual, pude disfrutar de las grandes piezas que hay en su exterior. A continuación, di un tranquilo paseo por los muelles. Cuando de nuevo comenzó a nevar, pensé que iba siendo hora de seguir mi camino.

Último intento en Skagsanden

Último intento en Skagsanden.

Volví a detenerme en Skagsanden, con la esperanza de poder disfrutar de una de las playas más famosas de las Lofoten. Pero, por cuarta vez, la playa se negó a mostrarme sus encantos. Parecía que las nubes tuvieran predilección por las cimas del norte de la isla, que una y otra vez encontraba ocultas tras su negro velo.

Llegando al Unstadtunnelen

Llegando al Unstadtunnelen.

De camino a mi siguiente destino, nuevamente se puso a nevar. Afortunadamente, para ir a Unstad ya no es necesario remontar los 300 metros del paso que se interpone entre la pequeña bahía y el sur de la isla. Desde 1995 un angosto túnel, con 640 metros de longitud y un único carril, facilita la comunicación entre el diminuto asentamiento, que no llega a la veintena de habitantes, y el resto del mundo. Entré en el Unstadtunnelen sin tener muy claro que encontraría al otro lado, pero con el firme propósito de dar media vuelta si las condiciones eran peores que en su entrada meridional.

Playa de Unstad

Playa de Unstad.

Para mi sorpresa, al igual que en la anterior jornada en Uttakleiv, al pasar de un lado a otro de las montañas el día pareció cambiar radicalmente. Al salir del túnel, me encontré con un paisaje en el que apenas había nieve, con un pequeño grupo de casas rodeado por una pradera amarillenta. Pero, al contrario que en Uttakleiv, aquí la visibilidad era nefasta. Las nubes bajas se aferraban a las cimas que rodean la pequeña ensenada. Además, hacía un viento infernal, que llenaba el aire de humedad, empeorando si cabe la visibilidad. La playa de Unstad es famosa entre la comunidad surfista internacional, tanto por su espectacular entorno como por tener la tienda de surf más septentrional del mundo. Por supuesto, aquel día no había ni el más mínimo rastro de su presencia. En realidad, no vi absolutamente a nadie en la hora que pasé en Unstad, buscando infructuosamente un lugar en el que hubiera una visibilidad cuando menos aceptable, mientras esperaba un nuevo cambio de las condiciones atmosféricas, que se resistía a llegar. Finalmente, comenzó a nevar. Fue la señal evidente de que el día no iba a ir a mejor y había llegado la hora de marchar.

Al sur del Unstadtunnelen

Al sur del Unstadtunnelen.

Cuando regresé al lado meridional del túnel, se cumplieron mis peores presagios. Durante la hora larga que llevaba en Unstad, la nieve había estado acumulándose sobre la poco transitada carretera 7720. Afortunadamente, tan solo me separaban siete kilómetros de la E70. Además, las ruedas de invierno del coche de alquiler se comportaron perfectamente. Utilizando una combinación de prudencia y sentido común, pude llegar a la carretera principal sin mayores contratiempos.

Llegando a Svolvær

Llegando a Svolvær.

Una vez logré alcanzar la E70, su tráfico relativamente intenso mantenía al menos unas rodadas prácticamente limpias de nieve. Mi principal preocupación era el Gimsøybrua, que podía estar cortado por las fuertes ráfagas de viento. Pero pude atravesar el puente sin inconvenientes. Al final, acabé circulando en una pequeña caravana, que avanzaba lentamente hacia el este siguiendo los surcos que dejaba un pesado trailer. Llegué a Svolvær poco después de las cinco de la tarde, en medio de una nevada cada vez más intensa. A pesar de que era relativamente pronto, di el día por terminado. Las nubes y la nevada habían adelantado el crepúsculo y, además de cenar, no quedaba demasiado por hacer. Más allá de descansar y revisar el itinerario del día siguiente. Itinerario que, por otra parte, tampoco estaba seguro de poder completar.

Para ampliar la información:

En https://depuertoenpuerto.com/invierno-en-las-lofoten/ se puede ver toda mi ruta invernal por las Lofoten.

​En el blog Tintineando hay una larga entrada describiendo un itinerario por las islas Lofoten, realizado en invierno: https://tintineando.com/tromso-islas-lofoten-invierno/.

También interesante el post en Viaja por librehttps://www.viajaporlibre.com/noruega/viaje-a-noruega-lofoten-auroras-boreales.

Se puede encontrar un artículo sobre las posibilidades de hacer surf en las Lofoten en itinarihttps://www.itinari.com/es/surfing-in-the-arctic-circle-in-lofoten-80rl.

Por último, mencionar la entrada en El Guisante Verde Projecthttps://www.guisanteverdeproject.com/2020/02/invierno-islas-lofoten-auroras-bacalao.html.

En inglés, la web oficial de turismo de las islas está en https://lofoten.info/lofoten.

Viajando en invierno, siempre es recomendable visitar la web noruega de información del tráfico: https://www.vegvesen.no/trafikk?lat=68.18723&long=14.16080&zoom=8&listView=false.