Con mas de 40 kilómetros de longitud y una anchura que suele superar los 6.000 metros, el Arnarfjörður es el segundo más extenso entre los Fiordos del Oeste. Debe su nombre a Örn, un escandinavo procedente de Rogaland que fue el primero en establecerse en sus orillas, en una fecha indeterminada durante el reinado de Harald I de Noruega. En las escarpadas orillas del fiordo encontraremos la cima más alta del noroeste de Islandia, playas de fina arena amarilla que son toda una rareza en la isla y, en el fondo de uno de los 6 brazos en que se ramifica, la espectacular Dynjandi. En mi humilde opinión, la cascada más hermosa de la Tierra de Hielo.

Dynjandi

Dynjandi en agosto de 2021.

No deja de ser curioso como el destino suele jugar con la suerte de los humanos. Dynjandi había sido la meta inalcanzable de nuestra primera visita a Ísafjörður, la capital de los Fiordos del Oeste. Tras aquel fracaso, tardamos cuatro años en regresar a la región habitada más remota de Islandia y lograr visitar la cascada. Aunque, como tantas veces en la Tierra de Hielo, el éxito vino de la mano de una nueva derrota. Para no comprometer nuestro objetivo principal, tuvimos que renunciar a recorrer el tramo meridional de la salvaje Svalvogavegur. Precisamente aquel que avanza por la orilla septentrional del Arnarfjörður. Un año más tarde recorríamos esa misma costa, navegando por las oscuras aguas del fiordo a bordo del SH Vega. Nuestro destino era Dynjandi, la perla de los Fiordos del Oeste.

Costa norte del Arnarfjörður

Costa norte del Arnarfjörður.

Salí a cubierta poco después de las seis de una mañana arquetípica de la región. Plomiza, gris y llena de brumas. El SH Vega debía llevar un buen rato navegando por las aguas del Arnarfjörður, pues estábamos prácticamente en el corazón del fiordo. A babor, podía ver la abrupta y desolada costa por la que avanza el tramo no oficial de Svalvogavegur. El mismo que habíamos renunciado a recorrer en el verano anterior.

Costa meridional del Arnarfjörður

Costa meridional del Arnarfjörður.

A estribor, el paisaje nos era mucho más familiar. Tras nuestro fracaso en Svalvogavegur, esa misma costa se había convertido en una especie de premio de consolación. Sin ser tan salvaje, la carretera 619, también conocida como Ketildalavegur, nos había dejado muy buenos recuerdos. Aparentemente navegábamos a la altura de Vaðall. Pero entre la distancia, la todavía escasa luz y las brumas, nos fue imposible distinguir su espléndida playa de arena fina. Una de las más septentrionales de Islandia.

Junto al faro de Langanes

Junto al faro de Langanes.

A las seis y media llegábamos frente al faro de Langanes, donde el Arnarfjörður se divide en dos brazos. Hacia el sur, el Suðurfirðir se perdía entre la bruma. En su costa meridional, ocupando una pequeña ensenada cerca de su confluencia con el fiordo principal, se encuentra Bíldudalur. La única población digna de tal nombre en todo el Arnarfjörður, aunque apenas supere los 150 habitantes. Más allá de Bíldudalur, el fiordo acaba muriendo en otros 4 brazos menores.

Tramo final del Borgarfjörður

Tramo final del Borgarfjörður.

Al norte, el brazo principal del Arnarfjörður sigue adentrándose otros 14 kilómetros entre la abrupta geografía de los Fiordos del Oeste para, muy cerca de su final, volverse a dividir en dos. Borgarfjörður es el más septentrional. Al sur, Dynjandivogur, donde desemboca el Dynjandisá, apenas 750 metros después de haberse despeñado desde las tierras altas de Glamá. Desde nuestra posición, podíamos ver la planta hidroeléctrica de Mjólkárvirkjun, al fondo del Borgarfjörður, flanqueada por el salto de agua del río Mjólká. Dynjandi aún permanecía oculta, escondida tras los 616 metros de altura del Urðafell. Poco después de las 8, comenzó a mostrarse tímidamente por encima de la atormentada ladera de Urðahlið. 354 días después de nuestra primera visita, regresábamos a «La Atronadora».

Llegando a Dynjandi

Llegando a Dynjandi.

Media hora más tarde, estábamos desembarcando en la cenagosa playa que hay al sur de la desembocadura del Dynjandisá. El día había empeorado. Por una parte, lloviznaba débilmente. Pero lo peor era que las nubes iban elevándose lentamente, a la vez que parecían perder consistencia. Siempre me han fascinado los paisajes cargados de nubes y neblinas de los Fiordos del Oeste. ¿Acabaría saliendo el sol, disolviendo con sus rayos el onírico entorno? En cualquier caso, no tardé en olvidarme de mis temores. La hermosa sucesión de cascadas, coronada por la espectacular Dynjandi, parecía llamarme con una fuerza irresistible.

Strompgljúfrafoss y Dynjandi

Strompgljúfrafoss y Dynjandi.

Una de las ventajas de regresar a un lugar conocido es que ya sabes a qué atenerte. Por tanto, tenía un plan. Había bajado el trípode, con la idea de grabar los videos y hacer las tomas de larga exposición que no fui capaz de conseguir en mi anterior visita. Iríamos directamente a las proximidades de Strompgljúfrafoss, donde hay una de las composiciones más llamativas de Dynjandi. Luego subiríamos un poco más, sin completar el tramo más escabroso de la senda, que lleva justo a los pies de la cascada. De regreso, nos entretendríamos fotografiando los saltos menores.

A los pies de Dynjandi

A los pies de Dynjandi.

Como suele pasar en Islandia, tú planificas y ella decide. Al final, una vez que estuvimos frente a Dynjandi, no fuimos capaces de resistirnos a su embrujo y acabamos recorriendo todo el sendero, hasta el saliente rocoso que más se aproxima a la cascada. No es el mejor lugar para hacer fotografías. Estás demasiado cerca, el ángulo es excesivamente forzado y la asombrosa cantidad de agua que pulveriza Dynjandi te empapará, junto a todo tu equipo fotográfico. Pero estar a los pies de la cascada, con la sensación de que Dynjandi va a desplomarse en cualquier momento sobre tu cabeza, es impresionante.

Detalle inferior de Dynjandi

Detalle inferior de Dynjandi.

Desde el punto de vista fotográfico, se consiguen mucho mejores tomas desde el lado opuesto a la pequeña laguna sobre la que cae Dynjandi. La cascada es en realidad una descomunal sucesión de pequeños saltos de agua. Todos con sus peculiaridades, que además mutan incesantemente. Cada escalón se divide en secciones aún menores, por las que el agua desciende de forma un tanto caótica, cambiando continuamente la apariencia de la cascada. Con un teleobjetivo, las posibilidades de composición son casi infinitas.

El SH Vega fondeado en el Arnarfjörður

El SH Vega fondeado en el Arnarfjörður.

Si, además, te dedicas a jugar con el tiempo de exposición o la apertura del diafragma, podrías pasar toda una vida haciendo fotografías a Dynjandi sin repetir ninguna toma. Aquel día, perdí la noción del tiempo. Hasta que Olga me recordó que había un barco fondeado en el fiordo esperándonos. La segunda parte de mi plan había saltado por los aires. No tuvimos tiempo para fotografiar los saltos menores, aguas abajo de Dynjandi.

Marea baja en el Arnarfjörður

Marea baja en el Arnarfjörður.

Subimos a la lancha a las diez y media. Las dos horas que llevábamos en Dynjandi me habían parecido un suspiro. En cambio, la marea las había aprovechado para retirarse ostensiblemente, dejando al descubierto parte del fondo de Dynjandivogur y obligando a las zódiac a permanecer a bastante distancia de la orilla. La misma bajamar complicó la vida a la tripulación del SH Vega, que se había quedado sin espacio para maniobrar. Tuvieron que hacer virar el barco en redondo, con sus impulsores laterales, buscando mantenerlo en la parte más profunda del fiordo. Finalmente, al filo de las 12:30, volvíamos a superar el faro de Langanes y entrábamos en la parte más ancha del fiordo. Justo en ese momento, tuvimos un fugaz encuentro con una ballena, que avanzaba en dirección contraria.

Orilla norte del Arnarfjörður

Orilla norte del Arnarfjörður.

El día parecía seguir abriendo, lo cual tenía una parte positiva. Desde cubierta, podría contemplar la abrupta costa septentrional del Arnarfjörður. Aquella que el año anterior no habíamos podido recorrer y que la bruma y las nubes bajas tampoco nos habían permitido ver desde la orilla opuesta, mientras recorríamos Ketildalavegur. Explorarla mientras nos deslizábamos lentamente rumbo a mar abierto se convirtió en mi objetivo para la primera mitad de la tarde.

Svalvogavegur

Svalvogavegur.

El complicado tramo meridional de Svalvogavegur discurría por la costa que íbamos dejando a estribor. La precaria pista avanzaba por los recovecos del paisaje. A veces, atravesando inestables taludes de roca suelta, propensos a los desprendimientos. En ocasiones, vadeando pequeños riachuelos. Para acabar atravesando una playa de grandes guijarros, prácticamente al nivel del mar, que tiene fama de ser su tramo más complicado. Aquel día, con la marea baja, no parecía plantear mayor problema. En pleamar o con oleaje, puede ser imposible atravesarlo, tal como indica la señal que hay al comienzo de la ruta.

Granjas al norte del Arnarfjörður

Granjas al norte del Arnarfjörður.

Como tantas veces en Islandia, me llamó la atención encontrar varias granjas en lugares asombrosamente remotos. Dispersas por la parte baja de los valles que rompían el impresionante paisaje. Valles que acaban en la zona más abrupta de los Fiordos del Oeste y por tanto solo se pueden atravesar andando, por complicados pasos de montaña intransitables durante el largo invierno islandés. La única comunicación de esas granjas con el resto del mundo era mediante la precaria pista que recorre la orilla septentrional del fiordo. O utilizando algún pequeño bote, pues ninguna tenía una infraestructura que recordara remotamente a un embarcadero. Y, sin embargo, aquellas granjas no estaban abandonadas. Pese a su difícil acceso, alguien las seguía cuidando y utilizando. Al menos en verano.

Frente a Selárdalur

Frente a Selárdalur.

Según navegábamos hacia mar abierto, la bruma iba adueñándose de un paisaje que, al otro lado del fiordo, me resultaba más familiar. Al fin y al cabo, lo había recorrido en coche menos de un año atrás. Un paisaje hermoso, pero mucho menos salvaje que el de la orilla septentrional del Arnarfjörður. Y, hasta tiempos muy recientes, mucho más poblado. Las pequeñas agrupaciones de granjas se sucedían una tras otra hasta que, poco antes de las dos de la tarde, llegamos a la altura de Selárdalur, la más occidental de todas y el punto final de nuestra breve incursión por Ketildalavegur del año anterior. Desde cubierta, en una tarde cada vez mas plomiza y oscura, apenas podíamos distinguir los extraños edificios levantados por Samúel Jónsson en sus últimos años de vida.

Al sur del faro de Svalvogaviti

Al sur del faro de Svalvogaviti.

Nos aproximábamos a la boca del fiordo. Hacia el norte, la costa se curvaba suavemente, alejándose camino del faro de Svalvogaviti. Aquel pequeño punto naranja, apenas distinguible sobre el extremo noroccidental de la península, había sido el límite de nuestro fallido intento de recorrer todo Svalvogavegur en el verano de 2021. Conocer su tramo meridional desde un barco fue una experiencia extraña. Por una parte, pudimos ver cómodamente paisajes que, en aquel brumoso día, habían permanecido ocultos por las nubes bajas. Pero nos perdimos la otra parte de la ecuación. La extraña mezcla de aventura, incertidumbre y reto que forma la esencia de cualquier recorrido por una «carretera de montaña» de Islandia.

Al norte del faro de Kópanes

Al norte del faro de Kópanes.

Mientras tanto a babor, a los pies de la mole del Helgafell, comenzaba a hacerse visible el faro de Kópanes. Otro diminuto punto anaranjado, virtualmente inaccesible en medio de un abrupto paisaje. Había llegado el momento de que el SH Vega virase hacia el sur, rumbo a Reikiavik. De camino, tendríamos que pasar frente a la boca del Patreksfjördur, el más meridional entre los fiordos noroccidentales de Islandia, para luego rodear los impresionantes acantilados de Látrabjarg, en el extremo occidental de la isla. La navegación parecía interesante. Pero, una vez más, Islandia tenía otros planes. Según salíamos del Arnarfjörður, comenzó a llover intensamente. Ante nosotros, el mundo se ocultó tras una impenetrable cortina gris.

Para ampliar la información.

En https://depuertoenpuerto.com/ketildalavegur-en-la-orilla-sur-del-arnarfjordur/ encontrarás nuestro anterior recorrido en coche por la orilla meridional del fiordo.

La primera visita que hicimos a Dynjandi está en https://depuertoenpuerto.com/dynjandi-la-atronadora/.

En https://depuertoenpuerto.com/dynjandi-en-invierno/ puedes ver la cascada en invierno.

Si vas a viajar a Islandia en crucero, te puede interesar leer esta entrada del blog: https://depuertoenpuerto.com/guia-para-visitar-islandia-en-crucero/.

En inglés, Guide to Iceland tiene una larga entrada sobre el Arnarfjörður: https://guidetoiceland.is/connect-with-locals/regina/a-visit-to-arnarfjoerdur-in-the-westfjords-the-sea-monster-fjord-of-iceland.