El museo nació en 2005, ocupando las antiguas instalaciones de una planta de congelado de pescado construida en 1947. Tras pasar a manos de una empresa municipal en 1959, veintiséis años más tarde el edificio quedó abandonado. En 2002 se decidió aprovecharlo para establecer un museo marítimo, que fue inaugurado tres años después. Inicialmente, el museo únicamente ocupaba la planta alta. En 2008 se ampliaron las instalaciones y se añadió a sus colecciones el antiguo guardacostas Óðinn, que permanece atracado en un muelle cercano. En la actualidad, otros dos buques pertenecen al museo: el remolcador Magni y el pesquero Gull Borg. Aunque, al menos de momento, tan solo puede visitarse el guardacostas.
La exhibición permanente del museo es «Peces y gente: 150 años de pesquerías». En ella podremos ver la evolución del sector pesquero en Islandia. Desde unos orígenes asombrosamente precarios, en los que la pesca era una actividad marginal realizada en pequeñas barcas impulsadas por remos, hasta la pujante industria actual, que representa una parte sustancial de la economía y las exportaciones de la pequeña nación. Comienza en la planta baja del museo, pero su parte principal está en el primer piso. Audiovisuales, maquetas, algún objeto original y diversos paneles explicativos (en islandés e inglés), permiten ir desgranando la relativamente breve historia de la pesca en la isla.
Sin llegar al magnífico nivel del Museo del Arenque de Siglufjörður, es una buena forma de descubrir cómo Islandia, después de vivir durante cientos de años de espaldas al mar, finalmente logró sacar partido de la riqueza que rodeaba sus costas. Riqueza que, junto con el caos creado en Europa por la Segunda Guerra Mundial, permitió a la nación independizarse de la corona danesa, tras más de seis siglos de dominio extranjero.
Durante mi visita, otra exhibición interesante era «Una visión del norte». En este caso, centrada en la expedición del francés Paul Gaimard, que llegó a Reikiavik en 1835 buscando al desaparecido La Lilloise. No logró encontrar el buque, pero los meses que pasó en Islandia, sobre todo al año siguiente, en una segunda expedición, le permitieron escribir el monumental Voyage en Islande et au Groënland, publicado en nueve volúmenes entre 1838 y 1852. Durante décadas, fue considerado el mejor estudio sobre una tierra entonces lejana y desconocida. También destaca por sus magníficos grabados, en este caso realizados por Auguste Mayer, y de los que hay una buena muestra en la exhibición.
Gaimard era un notable explorador y naturalista, que había dado la vuelta al mundo en dos ocasiones, a bordo de la Uranie y de La Coquille, y participado en una expedición liderada por Jules Dumont d’Urville en el Pacífico sur. Sin embargo, nunca había viajado a zonas cercanas al Ártico. En este sentido, la influencia fue recíproca. Gaimard modificó la percepción de Islandia en el resto de Europa, pero la isla cambió para siempre la forma en que él entendía el mundo y organizaba sus viajes de exploración. Regresó en dos ocasiones al norte profundo, llegando hasta lo que entonces se conocía como Spitsbergen.
Completé mi recorrido por el museo con una visita al Óðinn. El barco fue construido en Aalborg (Dinamarca) en 1959. Con 63 metros de eslora, un desplazamiento de 910 toneladas y su casco reforzado para navegar entre hielos, tuvo un papel destacado en las «Guerras del Bacalao». Los conflictos se produjeron en 1958, 1972-1973 y 1975-1976, con las sucesivas ampliaciones de las aguas jurisdiccionales islandesas. Aunque hubo enfrentamientos con algún otro país, el mayor choque se produjo con el Reino Unido.
El Óðinn tuvo un papel fundamental en los encuentros con los pesqueros británicos y con la Royal Navy. Las «guerras» fueron prácticamente incruentas, pues no hubo ningún muerto, aunque sí heridos y daños materiales. La estrategia islandesa se basaba en cortar las redes de los pesqueros británicos. La británica, en tratar de impedirlo. El resultado fueron numerosas colisiones entre buques, aunque ninguna con consecuencias trágicas. Ante la evidente inferioridad en medios materiales, los islandeses acabaron priorizando la vía diplomática, poniendo en valor la posición estratégica de la isla. Al final, Islandia logró una rotunda victoria, demostrando al mundo que, con determinación y claridad de miras, una pequeña nación podía hacer frente a una de las mayores potencias globales.
En total, acabé pasando aproximadamente tres horas en el museo, de las cuales casi la mitad fue consumida por la visita al Óðinn, que se realiza en un grupo guiado y con horarios fijos. Más allá de las exhibiciones, sobre todo la dedicada a las expediciones francesas, quizá lo más interesante acabó siendo las explicaciones de la guía que enseñaba el barco. A su pasión explicando el conflicto se unió una circunstancia curiosa: con mi única excepción, el resto del grupo resultó estar compuesto por británicos que, por su edad, seguramente recordaban perfectamente las «guerras». Aunque seguro que desde una perspectiva radicalmente distinta.
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Para ampliar la información.
Así como una breve entrada sobre Joseph Paul Gaimard: https://es.wikipedia.org/wiki/Joseph_Paul_Gaimard.
En inglés, la web oficial del museo está en https://borgarsogusafn.is/en/reykjavik-maritime-museum.
También es interesante la entrada en Guide to Iceland: https://guidetoiceland.is/travel-iceland/drive/reykjavik-maritime-museum.







