Pero la súbita mejoría durante la tarde anterior me llevó a planificar un desvío. Aprovecharía el buen tiempo para dar un rodeo hasta Dynjandi y visitar la cascada por segunda vez en el viaje. Tenía un largo trayecto por delante, que mi desvío alargaría hasta los 534 kilómetros, por lo que salí del hotel antes de que comenzara el amanecer. Conducir a oscuras en Islandia, en pleno invierno, siempre es una apuesta con cierto nivel de riesgo. Es difícil saber qué te vas a encontrar. Aún no había llegado a Vestfjarðagöng, cuando comenzó a nevar copiosamente. ¿Tendría que renunciar a mis planes? Antes de darme por vencido, decidí atravesar el largo túnel. Como tantas veces en la Tierra de Hielo, bastó saltar a otro valle para encontrarme con un día distinto. Además, la luz del incipiente amanecer me dio una dosis extra de confianza. Seguiría adelante.
Dynjandi en invierno.
Dynjandisheiði en invierno.
Dynjandisheiði siempre ha sido una carretera difícil, sobre todo en invierno. Atravesé el paso de montaña en unas condiciones extrañas, con una temperatura anormalmente alta. El mundo parecía estar derritiéndose a mi alrededor.
Hice una breve parada en Flókalundur. El lugar en el que, en el lejano siglo IX, Flóki Vilgerðarson bautizó Islandia con su actual nombre. Esta vez, pude llegar junto al pequeño monolito que lo conmemora. El Vatnsfjörður no era el mar de hielo que había desesperado a Flóki. Tras dos días con un calor extraordinario, tan solo una estrecha franja del fiordo permanecía congelada. Y, hacia el sur, el sol brillaba sobre las tranquilas aguas, salpicadas de islotes.
La carretera 60 giraba hacia el este, para comenzar su particular baile con los fiordos de la costa septentrional del Breidafjörður. Las condiciones eran radicalmente distintas a las que había encontrado un par de días atrás. Avanzaba a buen ritmo por una carretera completamente despejada, tan solo entorpecido por el deslumbrante paisaje que, como es habitual en Islandia, hacía muy complicado centrarse en la conducción.
Pese a carecer de la salvajemente dura belleza de mi anterior pasada por la zona, el entorno seguía siendo deslumbrante. La roca y la nieve se disputaban el dominio de los desolados campos, mientras el hielo se había refugiado en el fondo de los fiordos. El sol creaba unos extraños contraluces, tan hermosos como complicados de captar con la cámara. El reto de la conducción había sido sustituido por el de la fotografía, con una luz extraordinariamente dura, muy poco habitual en esas latitudes.
En algunas ocasiones, resultaba difícil reconocer los lugares por los que había pasado tan solo un par de jornadas atrás. En otros, era directamente imposible. Como en el mirador que hay subiendo a Klettsháls, que en mi anterior periplo encontré envuelto entre la niebla. Aunque recordaba la hermosa vista sobre el Skálmarfjörður de mi viaje veraniego por la zona, cuando recorrí esa misma carretera en compañía de Olga. Si el paisaje que ahora tenía delante era distinto, aún lo eran más las sensaciones que experimentaba. La soledad, el recogimiento, la grandiosidad y la insignificancia se mezclaban caóticamente, creando un torbellino en mi mente.
Contra todo pronóstico, al este del paso de Klettsháls me encontré un Kollafjörður todavía más congelado que en mi anterior recorrido. La parte central del fiordo formaba una superficie lisa, mientras el hielo en sus orillas estaba roto en mil pedazos. El lugar era fascinante. Casi podría haber pensado que estaba en un remoto fiordo de Svalbard, en un día de verano. Pero la misma carretera por la que avanzaba y una de las escasas granjas que hay en la zona me recordaban que recorría un lugar mucho más civilizado.
En cualquier caso, el día era óptimo para volar el dron. Decidí detenerme junto a la granja de Múli y explorar el hielo desde el aire. Fue un vuelo breve. Eran más de las 2 de la tarde y aún tenía 238 kilómetros por delante, en una corta jornada de invierno islandés. La toma no fue especialmente interesante, pero me sirvió para hacer una pausa y despejarme, tras tres horas en las que apenas me había detenido para hacer alguna fotografía.
Seguí adelante. El día no hacía más que mejorar. Aparentemente, lo tenía todo de cara. Hasta que llegué al tramo sin asfaltar de la carretera 60. El brusco deshielo había convertido la pista en un barrizal, en el que los clavos de los neumáticos de invierno eran de escasa utilidad. Si a esto unimos un sol cada vez más bajo, conducir volvió a convertirse en un reto complicado. Aunque no puedo quejarme. Al menos, no hacía viento.
A las tres coronaba Ódrjúgsháls y comenzaba el descenso por su tramo oriental. El barrizal se unió a un desnivel del 15% para obligarme a reducir todavía más la velocidad, extremando las precauciones. Pero siete minutos más tarde estaba junto a la orilla del Djúpifjörður. En aquel momento, parecía haber superado sin contratiempos el segundo tramo más complicado del día.
El paisaje continuaba siendo fascinante. El sol seguía jugando con las nubes, iluminando la boca del fiordo, mientras creaba contraluces con el rosario de islotes que lo separan del Breidafjörður.
Reanudé la ruta. Poco después comenzaba el ascenso a Hjallaháls, en la orilla opuesta del fiordo. La vista desde las alturas no se quedaba atrás. Las nubes iban y venían, creando continuos cambios en la luz y el paisaje. Al final, no sé que me enlentecía más, si el barro o el impresionante entorno que recorría.
A las tres y media tenía a la vista el Þorskafjörður y, más allá, un vasto paisaje, presidido por la silueta del Vaðalfjöll. Los campos, en los que la nieve y la roca formaban extraños entramados, se perdían en el horizonte. Como si no quisiera quedarse atrás, el fiordo alternaba superficies completamente congeladas y otras cubiertas por una anárquica acumulación de témpanos, aderezadas con una amplia zona de agua libre de hielo.
En la orilla del fiordo regresé al asfalto. Por fin podía relajarme conduciendo. Aunque, una vez más, Islandia comenzó a hacer de las suyas. Poco después de superar el desvío de la carretera que lleva a Reykhólar, apareció una gran nube, cubriendo el horizonte. En unos minutos, se puso a nevar. ¿Se complicaría la tarde? La nube era tan densa y oscura, que resultaba imposible adivinarlo.
La nevada duró menos de cinco minutos. Cuando quise llegar a Króksfjarðarnes, el sol volvía a brillar sobre los fiordos. Hice una pausa, en la orilla septentrional del Gilsfjörður. La última en los Fiordos del Oeste. Al otro lado del largo puente, estaría en Vesturland. Fue un momento hermoso, pero también melancólico.
Tanto, que no pude evitar detenerme al sur del fiordo, para despedirme adecuadamente de Vestfirðir. Hice una breve pausa en el desvío de la carretera 690. Ahora, tenía el sol de espaldas y su luz iluminaba tanto el hielo que cubría la superficie completamente congelada del Gilsfjörður, como el paisaje montañoso del otro lado. La pausa no hizo más que aumentar mi melancolía, pero aún tenía 161 kilómetros por delante. Debía reanudar la marcha.
Atravesé Svínadalur, a 220 metros de altitud, recorriendo un tramo de la carretera 60 que no conocía. En mi anterior viaje por Vesturland, en verano, habíamos dado un amplio rodeo, recorriendo la costa por la carretera 590. En las inmediaciones de Svínadalur se pueden visitar Drifandagil, una cascada, y Kjartanssteinn, un lugar mencionado en la saga Laxdæla. Pero no me detuve. Cada vez era más tarde y volvía a nevar.
En cambio, hice una última pausa en las inmediaciones de la granja de Ljárskógar, poco antes de llegar a Búðardalur. El día había vuelto a cambiar, con el sol rompiendo entre las nubes hacia el sur. Además, tenía que tomar la decisión final sobre dónde dormiría esa noche. Confirmaría la reserva en Laugarbakki. Antes, revisé el estado de las carreteras en umferdin.is. La 60, hacia el sur, estaba en azul oscuro: hielo negro, o al menos un 20% de la superficie cubierta por hielo o nieve húmedos. Sabía por experiencia que no es agradable conducir en esas circunstancias. En cambio la carretera 59, hacia oriente, estaba marcada en verde. Tenía un tramo sin asfaltar, pero acortaría mi ruta en 46 kilómetros.
A priori, los 81 kilómetros que me restaban por recorrer no planteaban ningún reto. Las nubes parecían alejarse hacia el sur, mientras la carretera avanzaba por un paisaje bastante anodino, sin puertos de montaña o trazados complicados. Hasta que se acabó el asfalto y me metí de lleno en el peor barrizal que jamás he atravesado. El coche zigzagueaba de un lado a otro de la pista. Conducir a 40 km/h era un triunfo. Muchas veces, no podía pasar de los 30. Afortunadamente, apenas había tráfico. Tan solo me crucé con un par de coches, que avanzaban tan apurados como yo. Contra todo pronóstico, aquel tramo a priori sencillo, acabó convirtiéndose en el más complicado de la jornada.
Veinte minutos antes de las seis, llegaba al asfalto, junto al Hrútafjörður. Unos minutos más, y estaba en la Ring Road. A las 18:10, con el ocaso adueñándose del horizonte, llegaba a Laugarbakki. Otro largo día, en el que había empleado 10 horas en recorrer los 341 kilómetros en que, con los diversos «atajos», había quedado la ruta. Es cierto que había hecho una larga parada, de dos horas, en Dynjandi. Y otras de menor entidad mientras recorría la carretera 60. Quizá otros 90 minutos entre todas, incluyendo el vuelo del dron. Lo que resultaría en poco más de 6 horas de conducción, a una velocidad media de apenas 53 km/h. Una buena muestra del ritmo al que puedes acabar moviéndote en Islandia, durante sus complicados meses de invierno.
En cualquier caso, fue un día mágico. Visitando la cascada más hermosa de los Fiordos del Oeste, atravesando un complicado paso de montaña y recorriendo paisajes desolados por carreteras solitarias. En unas condiciones extrañas, totalmente impropias del invierno islandés. Aunque tanto la conducción como la fotografía fueron complicadas, las propias dificultades acabaron añadiendo interés a la ruta. Algo bastante común en Islandia. Un país donde, como decía Cavafis, el camino puede ser todavía más interesante que el destino.
Para ampliar la información.
En este mismo blog, se puede encontrar una guía práctica sobre la conducción invernal en Islandia, visitando https://depuertoenpuerto.com/conducir-en-islandia-el-invierno/.
Mi anterior travesía por el sur de la carretera 60, apenas 50 horas antes, está en https://depuertoenpuerto.com/de-patreksfjordur-a-isafjordur-en-invierno/. Una buena muestra de lo cambiantes que pueden llegar a ser las condiciones en Islandia.
También un recorrido muy parecido al aquí descrito, realizado en verano, en https://depuertoenpuerto.com/de-patreksfjordur-a-saelingsdalur/.
La otra forma de llegar a los Fiordos del Oeste es en el ferry que sale desde Stykkishólmur, en el norte de la península de Snæfellsnes. En https://depuertoenpuerto.com/una-travesia-invernal-en-el-baldur/ se puede ver la travesía en invierno.
Hola Isaac,
Como sabes esos sitios tan solitarios y tan frios no despiertan en mí el mismo interés que en ti, pero como post, chapeau.
Gran trabajo
Muchas gracias Fernando.
Debería haber más gente como tú. Islandia sería un lugar todavía más tranquilo y solitario.
Un abrazo.