La gran mayoría de los visitantes de la Tierra de Hielo conoce los Fiordos del Este desde la Ring Road. También es relativamente común desviarse hasta Seyðisfjörður o, para los más aventureros, hacer una breve incursión en el deslumbrante Mjóifjörður. Y poco más. Sin embargo Austfirðir, como llaman los islandeses a la región, tiene mucho más que ofrecer. Una de las carreteras menos conocidas de la zona es Vöðlavíkurvegur, que une la ensenada de Vöðlavík y la playa de Vaðlasandur con el resto de Islandia. Carretera que llevaba tiempo en mi abultada lista de «lugares pendientes de Islandia», sobre todo por ser imposible de recorrer en invierno. Finalmente, en mi segundo viaje otoñal a la isla, encontré un hueco para recorrerla. O al menos para intentarlo.
En Islandia, nunca puedes estar seguro de poder completar tus planes, más aún cuando dejas atrás el asfalto. En cualquier caso, la carretera 958 no parecía un gran reto. No era una «carretera de montaña» y el día era bastante agradable. Nubes altas, poco viento y ningún indicio de lluvia. Aunque la isla se caracteriza por la volubilidad de su clima, a priori era una perfecta mañana de principios de otoño. Mi confianza empezó a flaquear cuando, al comienzo de la ruta, me encontré con una señal advirtiendo de la necesidad de un 4×4 y de la escasa cobertura de móvil. En ese momento caí en la cuenta de que, confiado por la numeración de la carretera, no me había molestado en buscar previamente información sobre la ruta.
En cualquier caso, ya que estaba allí y las condiciones parecían óptimas, ni se me pasó por la cabeza cambiar de planes. Al menos lo intentaría y, como siempre en Islandia, si la carretera o el clima se complicaban, me limitaría a dar media vuelta. Con casi todo un relativamente largo día de septiembre por delante, me adentré lentamente en una carretera estrecha, empinada y con el firme en muy mal estado.
De todos modos, las vistas eran cada vez más interesantes. Según iba tomando altura, a mi derecha podía ver la embocadura del Reyðarfjörður, con la costa septentrional de la península de Vattarnes como telón de fondo. El tráfico era completamente inexistente y la mañana no hacía más que mejorar. La excursión prometía.
Tardé algo más de quince minutos en superar el collado. Al otro lado, podía ver claramente mi destino. Un amplio valle, que terminaba en una laguna y una playa de arena negra. Más allá, la ensenada de Vöðlavík y el mar abierto, perdiéndose en el horizonte. Estaba cerca de Gerpir, el extremo oriental de Islandia, y mi destino era el segundo punto más al este de la isla al que se puede llegar en coche, tan solo por detrás del faro de Dalatangi.
La carretera comenzó a descender. Igual de estrecha, empinada y bacheada que durante la subida. En unos minutos llegué al primer vado de la ruta. Un tanto extraño, pues el fondo era de roca sólida y la corriente bastante intensa. Nada que ver con la mayor parte de los vados que te encontrarás en las Tierras Altas, generalmente en zonas remansadas y con un firme de piedras sueltas.
Más allá del vado, una retroexcavadora descansaba en la cuneta. ¿Estarían arreglando la carretera? Unos metros más y dejaba a mi izquierda el desvío de la F959, que muere en el Viðfjörður. Después, comenzó el descenso hacia Vöðlavík. Un descenso hermoso, por una pista tan estrecha que, en ocasiones, los dos retrovisores rozaban con los lupinos que crecían en los márgenes de la ruta. Afortunadamente, no coincidí con ningún vehículo en sentido contrario. No sé cómo habríamos podido cruzarnos.
Según avanzaba el día y yo descendía desde las montañas, la temperatura era cada vez más alta. Acabé bajando las ventanillas, disfrutando de los intensos aromas del campo y de sus sonidos. Sobre todo, del canto de los numerosos pájaros que se escondían entre los lupinos y salían volando según me acercaba con el coche.
Llegué al fondo del valle. Varias cascadas se descolgaban por laderas que comenzaban a mostrar los colores del incipiente otoño. No me detuve. Mi objetivo era el final de la pista, del que apenas me separaban unos centenares de metros.
Coincidiendo con el mediodía llegaba al segundo vado de la ruta, curiosamente situado justo antes de llegar a una antigua granja. La granja estaba cerrada, pero perfectamente mantenida. Quizá sea una segunda residencia, o un alojamiento turístico. Con certeza, era un remanso de paz, tan solo perturbado muy ocasionalmente por algún despistado como yo.
Aparqué unos metros más allá. Las rodadas giraban y seguían rumbo a la playa, pero aquello aparentaba ser el final de la ruta oficial. Parecía más prudente continuar andando. Además, llevaba un buen rato conduciendo a paso de tortuga, por una ruta muy bacheada. Prefería dar un tranquilo paseo, aprovechando que el día era definitivamente espléndido.
En cualquier caso, me costó encontrar un camino hasta la playa. El extremo nororiental de Lón, la laguna que ocupa la parte más baja del valle, era mucho más difuso de lo que los mapas parecían sugerir. Incluso más de lo que aparenta en las fotos satelitales de Google. Un pequeño laberinto de aguas remansadas, pequeños arroyos y zonas inundables en marea alta.
Finalmente llegué a Vaðlasandur. Una hermosa playa de arena negra, enmarcada por dos promontorios. Al norte Gerpir, el extremo oriental de Islandia propiamente dicha. Tan solo el islote de Hvalbakur está más al este. Al sur Svartafjall, el macizo que separa Vöðlavík del Reyðarfjörður, el mayor de los fiordos orientales de la Tierra de Hielo.
También podía ver Seley, la pequeña isla que se ubica justo frente a la boca del Reyðarfjörður. La isla, acompañada por una serie de escollos, apenas alcanza los 21 metros de altitud. En 1956 se levantó un faro, con una torre de 14 metros de altura y su plano focal a 27 metros sobre el nivel de las aguas.
Tras un largo paseo, de casi una hora, por una playa en la que estuve en la más absoluta soledad, comencé el camino de regreso. Otra vez con ciertos problemas para encontrar la ruta a través de las lagunas y marismas que separaban la playa del lugar en el que había aparcado.
La carretera 958 es un callejón sin salida, por lo que tocaba regresar por el mismo camino, entre riscos, cascadas y campos de lupino. Mientras tanto, la mañana se había convertido en tarde, que comenzaba a dar señales de querer ir a peor.
En cualquier caso, a escasos minutos de las dos coronaba Víkurheiði y tenía al frente el Reyðarfjörður. Desde las alturas, la planta de aluminio de Alcoa, que a la vez da vida y priva al fiordo de parte de su belleza primigenia, no parecía gran cosa. Más allá, apenas podía distinguir la pequeña ciudad que comparte nombre con el fiordo.
Comencé el descenso. No tardé en darme de bruces con un par de grandes 4×4, parados en la pista. A mediados de septiembre, la campaña de recogida de las ovejas que pasan el verano vagando libremente por los campos de Islandia estaba en su pleno apogeo. Aunque las ovejas de Islandia tienen dos peculiaridades, que las distinguen de las del resto del planeta: su gruesa capa de lana y una asombrosa tozudez. Se resistían una y otra vez a los intentos de los islandeses por agruparlas. Al final, no me quedó más remedio que seguir adelante, precedido por una pequeña estampida de ovejas.
Poco después de las tres, estaba de vuelta en el cruce con la 954. Al final, mi excursión había durado aproximadamente cuatro horas, conduciendo por una carretera en bastante peores condiciones de lo que había previsto. A cambio, pude recorrer uno de los valles menos conocidos de Islandia, por una de sus rutas más recónditas, mientras disfrutaba de la apabullante naturaleza de la isla. Una auténtica maravilla.
Para ampliar la información.
Tampoco es que sea muy abundante en inglés. Guide to Iceland tiene una breve entrada sobre el lugar: https://guidetoiceland.is/travel-iceland/drive/vodlavik-bay.
En la web oficial de turismo de Austurland encontrarás información sobre rutas de senderismo: https://www.east.is/en/place/vodlavik-hiking-trails.















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