Me había despedido del volcán un 28 de abril, sin saber cuánto más duraría la erupción o si, en medio de una pandemia, podría realizar mis planes de regresar en verano. 104 días después, pude contemplar fugazmente su rojiza columna de gases, mientras el avión aterrizaba en Islandia coincidiendo con las últimas luces del ocaso. El volcán también era perfectamente visible desde el aeropuerto de Keflavik, apenas a 21 kilómetros en linea recta del cono activo. Al día siguiente, sería el primer destino de un viaje de 16 días por la mitad occidental de Islandia.

Gracias al pasaporte COVID y la prueba de antígenos hecha en Madrid, esta vez no tuvimos que hacer tiempo esperando resultados. Un SMS, que llegó de madrugada, nos autorizaba a viajar libremente por Islandia sin necesidad de cuarentena previa. En cualquier caso, entre dejar el hotel, recoger el coche de alquiler y llegar al aparcamiento, eran las 11:20 cuando arrancaba nuestra excursión hacia el volcán.

Llegando al talud en Nátthagi

Llegando al talud en Nátthagi.

Regresaba a un entorno muy distinto del que había dejado atrás en abril. El pequeño cono volcánico se había convertido en un monstruo, más alto que varias de las montañas circundantes. Incluso había sepultado la loma que antes había al sureste. La lava también había cortado en un par de lugares la antigua senda A, anteriormente la más concurrida y la que permitía acercarse más al volcán. Ahora, la preferida por los visitantes era la nueva senda C, que en un primer tramo llegaba hasta el terraplén levantado en el valle de Nátthagi para intentar ralentizar el avance de la colada.

Nátthagi desde lo alto del talud

Nátthagi desde lo alto del talud.

Ésta se hizo visible tan pronto como coronamos el talud. Una lengua de oscura lava, con la superficie solidificada, alimentada por dos de los brazos que se ramificaban desde el único cono volcánico que seguía activo. La colada de mayor tamaño descendía desde Syðri-Maradalur, donde había superado los dos terraplenes levantados a mediados de mayo, en un primer intento por contenerla. La más reciente recorría la vaguada por la que antes ascendía la senda A, para luego bajar hasta Nátthagi. En ese momento, parecía ser la más activa, pues una gran humareda brotaba del lugar en que alcanzaba el fondo del valle.

Subiendo por la senda C

Subiendo por la senda C.

Más allá del terraplén, la senda C comenzaba a remontar las montañas, camino de la cima del monte Langihryggur. Desde nuestra posición, una larga hilera de personas, que en la distancia parecían hormigas, avanzaba por la larga cresta de las montañas que impedían el avance de la lava hacia el sureste. Sin dudarlo, nos unimos a la fila que ascendía lentamente por la ladera. Pronto la senda comenzó a inclinarse hasta tal punto que, al igual que en la senda B, había una gruesa cuerda para facilitar el ascenso.

El volcán desde la senda C

El volcán desde la senda C.

Algo más de una hora después de haber aparcado, llegamos al lugar en que, por primera vez, se podía ver directamente el cono volcánico, que en ese momento estaba apagado. Esa era otra de las diferencias con mi anterior visita al volcán. En abril, éste estaba constantemente en erupción. Lo único que podía impedirte ver la lava manando del cono era una niebla especialmente densa o que, por algún motivo de seguridad, las autoridades cerraran el acceso a la zona. Algo que casi nunca ocurría. En cambio ahora el volcán se había vuelto cíclico, alternando varias horas de actividad con otras cuantas de calma, en una cadencia irregular que duraba entre uno y dos días. Sabíamos a priori que íbamos en un «valle», pero no teníamos muy claro qué íbamos a encontrar.

En la cima del Langihryggur

En la cima del Langihryggur.

Finalmente, al filo de la una de la tarde llegábamos junto a la antena de comunicaciones que hay en la cima del Langihryggur, a 296 metros de altura. Allí hicimos una pausa para reponer fuerzas y evaluar nuestras posibilidades. Pese a que la erupción estaba «apagada», la vista sobre los campos cubiertos de oscura lava era impresionante. Observando con detalle el cono, era posible apreciar una tenue columna de gases ascendiendo hacia el encapotado cielo. No sabíamos cuánto iba a durar el periodo de inactividad, pero aún así decidimos pasar el resto del día en el entorno del volcán.

Camino del Stórihrútur

Camino del Stórihrútur.

De momento, la opción más razonable era seguir avanzando por la cresta de las montañas camino del Stórihrútur, la cima más elevada de la zona, con 357 metros de altitud. Inicialmente, suponía descender hasta el collado que había entre los dos montes. Una vez allí, evaluaríamos de nuevo nuestras posibilidades.

Senda del Stórihrútur

Senda del Stórihrútur.

Descendimos a buen ritmo y, en unos 20 minutos, estábamos a los pies del Stórihrútur. La senda continuaba, zigzagueando mientras ascendía por la abrupta ladera. De haber estado el volcán activo, nos habríamos animado a subir. Según decían, en la cima estaba la mejor vista sobre el cono y las coladas de lava. Pero pensamos que no tenía sentido intentarlo sin tener el más mínimo indicio de la inminencia de una erupción.

Lava a los pies del Stórihrútur

Lava a los pies del Stórihrútur.

En cambio, nos pareció una buena idea avanzar por una senda que, por la falda del Stórihrútur, seguía hacia el noreste. A priori, no suponía un esfuerzo físico comparable al de subir a la cima del monte. Además, nos permitiría acercarnos a la colada de lava. Poco después, estábamos a sus pies, pudiendo apreciar las extrañas formaciones que ésta formaba al solidificarse. Además, pese a la temporal inactividad del volcán, debía pasar por las proximidades algún tubo lávico, pues en algunas zonas el olor, el calor y las columnas de gases revelaban la cercanía de lava candente.

Colina en Meradalir

Colina en Meradalir.

El sendero avanzaba tan ceñido a las coladas más recientes que, en algunos tramos, había sido engullido por éstas, obligándonos a proseguir campo a través. Estábamos pensando en dar media vuelta, cuando nos cruzamos con un grupo de excursionistas. Uno de ellos nos indicó que, desde una colina cercana, se veía lava descendiendo hacia el valle. Podíamos ver la colina, por lo que decidimos seguir avanzando por la complicada ladera del Stórihrútur.

Lava descendiendo hacia Meradalir

Lava descendiendo hacia Meradalir.

El irregular terreno, formado por rocas sueltas, nos ralentizó más de lo que habíamos pensado, pero logramos llegar hasta la colina, cerca del final de la cuerda, de casi 5 kilómetros, de la que formaban parte tanto el Langihryggur como el Stórihrútur. Pudimos ver lava fundida, pero fue un tanto decepcionante. Desde la distancia, que sería de al menos 500 metros, apenas se divisaba lo que parecían ser unos hilos de lava reptando por el irregular terreno.

Humo en Meradalir

Humo en Meradalir.

En cualquier caso, esa lava debía ir a alguna parte y, observando el valle hacia el este, era posible ver humo levantándose sobre la gran extensión de lava solidificada. Además, el terreno era mucho más llano. Aunque el camino desaparecía, sería mucho más sencillo avanzar. Decidimos seguir, con la esperanza de contemplar los ríos de lava desde más cerca o, con algo más de suerte, lograr ver un lago de lava.

Final del camino en Meradalir

Final del camino en Meradalir.

No logramos ni lo uno ni lo otro, pero acabamos llegando justo hasta el final de la cuerda, en la última loma frente al valle de Meradalir. El paisaje era impresionante. Sobre el horizonte, en dirección a Reikiavik, podíamos entrever el cono casi perfecto del monte Keilir, donde inicialmente los vulcanólogos pensaban que se iba a producir la erupción. Hacia el este, el valle de Meradalir estaba cubierto por una gran superficie de lava solidificada, llena de extrañas formas y texturas. A nuestra espalda, la intimidante ladera del Stórihrútur bloqueaba la vista hacia el sur. Al oeste, apenas asomando sobre la colada que había terminado por sobrepasar las colinas cercanas, el cono volcánico, que seguía sin dar signos de desperezarse.

Desandando el camino

Desandando el camino.

Por primera vez, desde que habíamos salido del aparcamiento, estábamos completamente solos, en medio de un silencio sepulcral. Pero había llegado la hora de emprender el regreso. La lava nos cerraba completamente el paso y eran casi las tres y media de la tarde. A priori, teníamos tres opciones. En teoría, había una senda que, desde las inmediaciones, llevaba hasta la cima del Stórihrútur. Pero no acertábamos a distinguirla. También podíamos rodear el monte por el este, buscando una pista que llevaba hasta las inmediaciones del aparcamiento. Pero significaba adentrarnos en terreno completamente desconocido, con la posibilidad de acabar perdiéndonos. Decidimos desandar el camino, rodeando de nuevo el Stórihrútur por el oeste. Además de ser lo más seguro, si el volcán se reactivaba lo tendríamos a la vista.

Lava cordada

Lava cordada.

Pero el volcán no volvió a dar señales de vida. En cualquier caso, no tuvimos tiempo de aburrirnos. Menos preocupados por avanzar, nos dedicamos a observar las extrañas formaciones de lava que íbamos bordeando. Había de todo, aunque predominaba la superficie formada por lava tipo pahoehoe, bien en su forma cordada o en la lisa.

Formaciones sulfúricas

Formaciones sulfúricas.

A lo lejos, podíamos ver amontonamientos de lava tipo aa. Pero lo que más nos llamó la atención fue una zona con curiosas formaciones de sorprendentes tonos verdosos. Aparentemente, su extraño aspecto parecía ser fruto de la oxidación de las emanaciones sulfúricas de la lava. El temido dióxido de azufre. En cualquier caso, el resultado parecía más propio de otro mundo.

Extrañas texturas en la lava

Extrañas texturas en la lava.

Finalmente, llegamos de nuevo al collado entre el Langihryggur y el Stórihrútur. El volcán seguía dormido. En lugar de volver a remontar el Langihryggur, optamos por seguir avanzando junto al borde de la lava y descender directamente al valle de Nátthagi. Tras avanzar unos metros por el sendero, sin encontrarnos con nadie, decidí que era un buen momento para volar el dron. Llevaba todo el día reservándolo por si el volcán entraba en erupción, pero a esas alturas ya había perdido toda esperanza.

Envié el dron rumbo al cráter, con la intención de intentar observar su interior. Mientras avanzaba sobre el humeante paisaje, podía ver en la pantalla del móvil los restos semienterrados del paisaje que había recorrido en abril. Allí estaba, inaccesible en medio de un mar de lava, lo que quedaba de la «colina del teatro», al final de la antigua senda A. La colina de Gónhóll, al sur del cono principal, había sido prácticamente engullida por éste. Tan solo se podía apreciar una minúscula parte de su ladera. El valle de Geldingadalir se había convertido en una llanura de lava. Y «Bob», que al principio de la erupción era el cono más prominente, quedaba empequeñecido por la mole del nuevo cráter principal. Todo iba bien, en una tarde sin viento, hasta que apareció un helicóptero en vuelo rasante hacia el volcán. No queriendo arriesgarme a perder el dron en mi primer día en Islandia, me limité a hacerlo regresar a lugar seguro.

Vista cenital de la colada

Vista cenital de la colada.

Con la poca batería restante, aproveché para hacer alguna toma cenital de las coladas más cercanas, que permitían apreciar la complejidad de éstas. Además de los distintos tipos de superficies lávicas, eran perfectamente visibles las grietas por las que había manado el sulfuro, identificadas por sus tonos claros en medio de la oscura lava.

El descenso hacia Nátthagi

El descenso hacia Nátthagi.

Tras recoger el dron, seguimos avanzando hasta el borde de Syðri-Meradalir, donde las coladas de lava se desplomaban hacia el cercano Nátthagi. A priori, el descenso no parecía demasiado complicado, pero la combinación entre la fuerte pendiente y un terreno muy suelto, sin apenas consistencia, hacía muy difícil la bajada. Al final, tardamos casi una hora en llegar al valle inferior.

Regresando por Nátthagi

Regresando por Nátthagi.

Una vez lo conseguimientos, nos limitamos a continuar bordeando la colada por el este, camino de la senda C. Había un sendero bastante precario, que en más de una ocasión estaba cubierto por la lava. Sobre las siete de la tarde llegábamos al límite meridional de la colada y nos reincorporábamos a la senda. Tan solo restaba completar la escasa distancia que nos separaba del aparcamiento.

Detalle de la colada

Detalle de la colada.

El recorrido completo, de unos 12 kilómetros, fue muy distinto del que había imaginado. Apenas logramos ver algo de lava candente y desde bastante distancia. Nada que ver con lo que había podido disfrutar en abril. Lo sentí por Olga, que estaba bastante ilusionada con la posibilidad de ver un volcán en erupción y se tuvo que conformar con un paisaje apocalíptico. Muy interesante, pero poca cosa en comparación con el increíble espectáculo de una erupción volcánica.

Vista desde la cima del Langihryggur

Vista desde la cima del Langihryggur.

En lo que a mi respecta, fue un día muy bien aprovechado. Me familiaricé con una parte nueva del entorno del volcán, observé lo que ya conocía desde nuevos ángulos y pude comprobar cuánto había cambiado la zona en los últimos tres meses y medio. El mayor conocimiento del entorno que adquirí en aquel largo paseo sería la base de las fructíferas excursiones de los últimos días de nuestro viaje.

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Para ampliar la información:

Las demás entradas correspondientes al volcán en el blog están en https://depuertoenpuerto.com/category/europa/escandinavia/islandia/reykjanes/geldingadalir/.

En inglés, Views of the World hay varias fotos y mapas que nos ayudan a entender la evolución del volcán: http://www.viewsoftheworld.net/?p=5783.

El blog Volcano Café tiene una serie de cuatro largas entradas, que ayudan a poner en contexto y comprender la erupción. La primera está en https://www.volcanocafe.org/the-plume-of-ballareldar/.

Quien quiera ver fotos de los primeros días del volcán, puede visitar https://photography-iceland.photo/volcanic-activity.

También interesante la galería de Guide to Iceland: https://guidetoiceland.is/nature-info/10-insane-photos-of-the-fagradalsfjall-volcanic-eruption-in-geldingadalur.