Islandia está cambiando. Y no solo en lo relativo a un turismo cada vez más descontrolado. Lo que tradicionalmente era una sociedad eminentemente agraria, se ha convertido en otra muy distinta, cada vez más urbana y similar a la de cualquier otro país de Europa. Para bien y para mal. Si me acompañas, haremos un largo viaje, desde los lejanos tiempos del landnámsöld hasta la actualidad, mientras exploramos este proceso.

Barco de Oseberg

Barco de Oseberg (Oslo).

Comenzaremos el viaje desmontando un mito: Islandia no fue colonizada por vikingos. Estos se dedicaban a asolar las costas de las Islas Británicas, saquear Sevilla o comerciar en las orillas del Volga. Los que llegaron a la Tierra de Hielo fueron granjeros. Quizá, en otro momento y lugar, habían sido vikingos. Denominación que no hacía referencia a un origen geográfico o a una ascendencia étnica, sino a lo que hoy podríamos calificar como una ocupación temporal. Podías ser escandinavo sin ser vikingo. O vikingo sin ser escandinavo. O irte una temporada a «hacer el vikingo», aprovechando una pausa en los trabajos del campo o si querías complementar tus ingresos como herrero, por poner un par de ejemplos.

Ocaso en Húsavik

Ocaso en Húsavik.

Lo cual no quiere decir que los orígenes de Islandia estuvieran exentos de violencia. Para comprobarlo, no tenemos más que recordar la historia de Garðar Svavarsson, el primer escandinavo que pasó un invierno en la isla. En concreto en la actual Húsavík, que debería su nombre, «Ensenada de la Casa«, a la que construyó Garðar. Cuando años más tarde, su hijo regresó a Islandia para reclamar su herencia, fue asesinado. Suerte que compartió posteriormente el nieto de Garðar. Como en todo territorio de frontera, durante los comienzos de Islandia imperaba la ley del más fuerte.

Ingólfur Arnarson

Ingólfur Arnarson.

En cualquier caso cuando, en el 874, Ingólfur Arnarson llegó a lo que hoy conocemos como Reikiavik, no quería establecer una ciudad. Lo que fundó fue una granja. Durante siglos, la «sede» del parlamento estuvo en Þingvellir, mientras el poder religioso se repartía entre Hólar y Skálholt. La actual capital de Islandia tuvo que esperar a 1752 para que el rey de Dinamarca cediera los terrenos a una corporación, dando comienzo a un tímido desarrollo urbano, que aún tardaría décadas en dar sus frutos.

Og nefndu landið Ísland

Og nefndu landið Ísland.

Los primeros colonos que llegaron a Islandia, en su mayor parte noruegos, se distribuyeron por toda la periferia del país, reclamando terrenos vírgenes y fundando granjas. No sabemos su número exacto. Según el Landnámabók, unas 600, aunque otras fuentes elevan su número hasta las 1.500. Enfrentados a un clima hostil, fenómenos volcánicos y, en general, unas condiciones a las que no estaban acostumbrados, se vieron obligados a adaptar sus modos de vida tradicionales al nuevo entorno. Alrededor del 930 toda la tierra útil había sido reclamada y la isla, carente de gobierno central, cayó en una especie de anarquía feudal, donde los conflictos y venganzas eran habituales.

Granja de Herjólfur

Granja de Herjólfur.

Durante esos caóticos años, los caudillos locales (goðar) controlaban amplias regiones, donde la población se repartía por granjas prácticamente autosuficientes. Los escandinavos se dividían entre hombres libres y «clientes», que permanecían voluntariamente como þingmaður de un goði. Por debajo, había una capa de esclavos de origen celta, llevados desde Irlanda y Escocia, que acabaron aportando hasta el 25% de la herencia genética de la actual Islandia. Y que fueron integrándose lentamente en la sociedad de la isla, sobre todo a partir de su cristianización, en el año 1000.

Madera apilada frente a Drangsnes

Madera apilada frente a Drangsnes.

La incorporación a la corona noruega, el fin del óptimo climático medieval, la progresiva acumulación de poder y rentas en los propietarios de las granjas y, a partir del año 1490, la instauración de un sistema de trabajo conocido como Vistarbandið, tuvieron como resultado una de las sociedades más desiguales y míseras de Europa. Durante siglos, las granjas apenas lograban pasar de una economía de subsistencia, echando mano de cualquier recurso que brindara su entorno. Algunas prosperaron sacando partido a la madera de deriva que llegaba a sus costas, otras aprovechando el carísimo plumaje de los patos elder. Pero la mayor parte se sostenía en una existencia precaria, con unas condiciones de vida que llamaban la atención a los escasos viajeros que pasaban por allí.

En lo alto de la colina

En la colina de Þrístapar.

Islandia languidecía, con su población y su economía estancadas. La vida en las granjas era extraordinariamente dura. Una buena muestra es la alimentación, a la que se incorporó cualquier elemento que fuera medianamente comestible. Más allá de los cereales y las socorridas ovejas, se cazaban focas o se recolectaban los huevos de los millones de aves que anidan en la isla. Llevando a la práctica desaparición de las focas o a la extinción de algunas especies, como el alca gigante. Pero, incluso en estas condiciones, había diferencias, y las mujeres vivían en unas condiciones especialmente desfavorables. La narrativa de la última ejecución llevada a cabo en Islandia, en Þrístapar, cambia totalmente de perspectiva cuando se conoce el entorno social en el que vivieron sus protagonistas.

El museo marítimo de Ósvör

El museo marítimo de Ósvör.

El Vistarbandið fue desmantelado a caballo de los siglos XIX y XX. En 1863 se dio un primer paso, permitiendo la existencia de trabajadores libres que no fueran propietarios. Entre 1894 y 1907 se produjo la completa abolición del sistema. Mientras tanto, Islandia comenzaba sus primeros pasos hacia la independencia y la pesca se convertía en el primer sector exportador del país. Las granjas perdían peso económico, aunque seguían representando el alma de un país fundado por campesinos, que llegaron a sus orillas ávidos de tierras.

Þórarinsstaðir

Þórarinsstaðir.

La pérdida de valor y las nuevas oportunidades llevaron al progresivo abandono de numerosas granjas. Algunas, en lugares realmente aislados, a los que tan solo era posible llegar por mar o dando largas y complicadas caminatas. Granjas que, en muchos casos, aún llevaban el nombre de la persona que las había fundado, un milenio atrás, y en la que todavía vivían sus descendientes. Aunque, con cada granja que desaparecía, lo hacía también un pedazo de la Islandia más tradicional, el proceso parecía irreversible.

Jórvík II

Jórvík II.

No todas siguieron este camino. Algunas se mantuvieron como explotaciones agrícolas, adaptándose a las nuevas realidades económicas, sin despreciar sus raíces. En realidad, hay muchas más granjas que a finales del landnámsöld. El motivo es simple: las herencias. Según el sistema legal islandés, el testador tan solo tiene un control parcial sobre el reparto de su patrimonio. Aunque son frecuentes los acuerdos posteriores entre herederos, no hay ninguna ley que obligue a mantener la unidad económica de las explotaciones agrícolas. El resultado, a lo largo de los siglos, ha sido la progresiva fragmentación de las granjas. Si te fijas en los carteles que hay en las zonas agrícolas, es bastante habitual que haya granjas con numerales. Por ejemplo Jórvík I y Jórvík II, en el sur de la isla. En algunos casos, se llega hasta el IV, o las nuevas granjas han adoptado nombres diferentes.

Desde lo alto de Eskey

Flatey desde lo alto de Eskey.

Incluso algunas han terminado convertidas en grandes explotaciones industrializadas, como Flatey á Mýrum, al oeste de Höfn, la mayor productora de leche de Islandia.  Su enorme nave es perfectamente visible, justo al norte de la Ring Road, a mitad de camino entre los ríos Kolgíma y Holmsá. En cualquier caso, Flatey á Mýrum no lo ha tenido fácil y es un magnífico ejemplo de resilencia. La zona siempre había estado aislada (de ahí su nombre: Flatey, isla plana), además de ser propensa a verse afectada por los jökulhlaups de los grandes glaciares cercanos.

Flatey á Mýrum

Flatey á Mýrum.

La situación empeoró a finales del siglo XIX, cuando el retroceso del Heinabergsjökull liberó las aguas del lago Dalvatn, creado por el mismo glaciar 150 años atrás. La primera riada, en 1898, fue el anuncio de lo que vendría. En los años sucesivos, el fenómeno se repitió al menos en 10 ocasiones, arrasando construcciones, cambiando el curso de los ríos y convirtiendo los pastos en un pedregal estéril. Lejos de acabar con la granja, aquellos acontecimientos fomentaron el interés de sus propietarios por la ingeniería. Podríamos decir que fueron el origen de las actuales instalaciones.

Atardecer en Hali

El Öræfajökull desde Hali.

Apenas unos kilómetros al oeste está Hali. Otra granja en una ubicación aislada, que cuenta una historia muy distinta. En este caso la de un lugar que, para el estándar de la isla, es moderno. La granja se ubica justo al este de la región conocida como Öræfi, término que en islandés significa «lugar desierto». La zona fue completamente desolada por las erupciones de 1362 y 1727. Aunque sus efectos más catastróficos no llegaron a Hali, la tierra quedó cubierta por una gruesa capa de tefra y completamente aislada del resto de Islandia. Habría que esperar a 1860 para que los antepasados de los actuales propietarios se decidieran a fundar una granja en lo que entonces era uno de los lugares más remotos del país.

Hali a vista de dron

Hali a vista de dron.

Veintiocho años más tarde, sería el lugar de nacimiento de Þórbergur Þórðarson, uno de los escritores islandeses más destacados del siglo XX. En sus libros, describe con detalle la forma de vida de la granja, así como su extremado aislamiento, encerrada entre glaciares, ríos cambiantes y una costa sin el menor abrigo. En 1952 los puentes sobre los ríos Fellsá y Viðidalsá conectaron Hali con Höfn. En 1974 se completó el trazado de la Ring Road atravesando Skeiðarársandur, al oeste. En la actualidad, la principal fuente de ingresos de Hali es el turismo, favorecido por su proximidad a Jökulsárlón y Breiðamerkursandur.

Þorvaldsstaðir, en Bakkaflói

Þorvaldsstaðir.

En el norte de la isla también encontraremos historias divergentes. Algunas granjas, como Þorvaldsstaðir, en Bakkaflói, siguen funcionando como tales. Ubicada en una de las zonas más despobladas de Islandia, su nombre revela un probable origen en tiempos medievales, cuando habría sido fundada por alguien llamado Þorvaldur. A finales del siglo XIX fue el lugar donde pasó su infancia Magnúsar Stefánssonar, otro afamado escritor islandés. Los duros años que pasó en la granja marcaron sus obras. Algunos de sus poemas reflejan el aislamiento, la soledad y la lucha con la naturaleza que formaban el día a día de la vida en Bakkaflói.

Djúpilækur

Djúpilækur.

En cambio, otras han sido abandonadas. No muy lejos de Þorvaldsstaðir encontraremos Djúpilækur, cuyo nombre se traduciría por «arroyo profundo». Otra granja cuyos orígenes se pierden entre la bruma de la historia, aunque sabemos que, hasta bien entrado el siglo XIX, sus edificios eran de turba. En 1917 nació entre sus paredes Kristján Einarsson, otro afamado poeta islandés, también influido por la dureza y desolación del entorno. La misma dureza que llevó al abandono de la granja, a mediados del siglo XX. Su edificio principal, de hormigón, resiste como puede la inclemencia de los inviernos islandeses, rodeado de páramos baldíos.

Junto a Hringver

Junto a Hringver.

Cada granja abandonada de Islandia es un pequeño fragmento de la historia del país, disolviéndose lentamente en el paisaje adusto que la vio nacer. Quizá por ese motivo no puedo evitar sentir una punzada de melancolía siempre que paso junto a una de ellas. Aunque, entre todas las que conozco, ninguna me conmueve más que Hringver, en la costa oriental de Skjálfandi. La granja fue abandonada en 1975, cuando sus últimos propietarios, dos hermanos de avanzada edad, se trasladaron a una residencia en Húsavík. La casa sigue allí, cada vez más deteriorada, frente al islote de Lundey y la impresionante costa de Flateyjarskagi. La misma costa, agreste y solitaria, en la que pude ver Islandia por primera vez. Para mí, Hringver es tanto un comienzo como un final. Quizá por ese motivo, no puedo evitar detenerme brevemente y hacer una foto siempre que paso frente a la senda, cada vez más asilvestrada, que muere junto a su puerta.

Para ampliar la información.

Las granjas abandonadas de Islandia parecen atraer irremisiblemente a todos los que hemos sucumbido al embrujo de la isla. Aunque toda la información que he podido encontrar está en ingles o directamente islandés.

Black Sky es una auténtica joya, con fotografías de Nökkvi Elíasson y poemas de Aðalsteinn Ásberg Sigurðsson. Encontrarás información en http://www.islandia.is/~nokkvi/page13.htm.

En The Last Adventurer puedes ver un periplo en busca de granjas abandonadas: http://lastadventurer.com/last-adventurers-fieldnotes/icelandsabandonedfarmhouses.

https://www.eydibyli.is es la web de un amplio estudio sobre la materia. Desgraciadamente, consiste en poco más que unos cuantos vínculos para adquirir sus libros. Puedes encontrar más información sobre el proyecto en https://glamakim.is/2015/01/15/eydbyli-a-islandi/ y en https://www.atlasobscura.com/articles/exploring-iceland-with-the-abandoned-farms-association.

Por último, la Universidad de Bolonia tiene un breve PDF sobre el abandono de granjas en la Edad Media, que puedes descargar en https://site.unibo.it/arcup/en/short-presentations/barbariol-farms-abandonment-in-iceland/farms-abandonment.pdf/.