Llevábamos años sin visitar Lisboa. Una ciudad que siempre me ha parecido tan hermosa como melancólica, aunque la masificación turística parezca empeñada en destruir su peculiar carácter. Un viaje a las Azores, en el que deberíamos hacer obligatoriamente escala en su aeropuerto, nos brindó la ocasión de regresar, aunque fuera brevemente, a sus calles. En lugar de elegir la escala más corta, nos decantamos por la más larga. Entre medias, dispondríamos de casi once horas libres.
Nuestro objetivo prioritario era el monasterio de los Jerónimos. Habíamos reservado hora para realizar la visita a las tres de la tarde. Antes, daríamos un paseo sin rumbo por la parte baja de la ciudad. Al menos, ese era el plan. Pero nuestro breve reencuentro con Lisboa fue a coincidir con una ola de calor. Cuando bajamos del taxi, en la Plaza del Comercio, la mañana comenzaba a ser insufrible. La solución resultó estar muy cerca: sobre la marcha, decidimos subir a uno de los barcos que recorren el río. No sé si subimos al más adecuado o aquel que ofrecía la mejor experiencia. El factor fundamental para nuestra elección fue la respuesta que nos dio la chica que vendía los billetes: «salimos en cinco minutos».
Soltamos amarras a las doce de una mañana cada vez más tórrida. Mientras nos alejábamos de la Praça do Comércio, sentados a la sombra en una cubierta completamente abierta, agradecimos la sensación de frescor aportada por el viento aparente provocado por el movimiento del barco. La espléndida plaza se ubica en los terrenos anteriormente ocupados por el Paço da Ribeira, el antiguo palacio real de Lisboa, destruido por el terremoto de 1755. La familia real se salvó por un golpe de suerte, al haber decidido pasar el día en los alrededores de Lisboa. Sin embargo, con el palacio desapareció un patrimonio artístico y cultural de un valor incalculable.
Más allá de las 90.000 personas que perecieron solo en Lisboa, quizá la pérdida más dolorosa fue la de la Casa da Índia, ubicada en lo que actualmente son el torreón occidental de la plaza y el Edificio de los Ministerios. En el lugar se almacenaba la mayor parte de los archivos de los descubrimientos portugueses en África y Oriente. Mapas secretos, información cartográfica, diarios de navegación, informes de gobernadores, tratados de comercio y registros administrativos de la red de factorías que formaba la columna vertebral del imperio colonial luso. Todo desapareció y, con ello, nuestra posibilidad de conocer con detalle la asombrosa gesta ultramarina de Portugal.
Atravesamos el río rumbo al Santuário de Cristo Rei. Una gran estatua, construida entre 1949 y 1959, que algunos dicen inspirada en la de Rio de janeiro y otros en el más cercano Cristo del Otero, en Palencia. Los edificios ruinosos que hay a sus pies, justo a la orilla del río, son la Quinta da Arealva, una antigua explotación vinícola abandonada en la segunda mitad del siglo XX.
Poco después navegábamos bajo el puente 25 de Abril. Construido entre 1962 y 1966, inicialmente era conocido como puente Salazar, por el dictador portugués que ordenó levantarlo. Cambió de nombre tras la Revolución de los Claveles. Su vano central tiene una luz de 1.013 metros y una altura libre sobre el río de 70 metros. Tiene dos tableros. El superior dedicado a los automóviles y el inferior al tráfico ferroviario.
Superado el puente, el barco atravesó diagonalmente el río, regresando a la orilla septentrional mientras dejábamos a babor un gran porta-contenedores de MSC y a estribor, más allá del puente, el puerto comercial de Lisboa.
Alcanzamos la costa junto al MAAT, el Museu de Arte, Arquitetura e Tecnologia. El moderno edificio, inaugurado en 2016, fue diseñado por Amanda Levete. Su forma ondulada se inspira en la navegación, mientras su techo, por el que es posible caminar, se eleva suavemente desde el nivel del suelo hasta los 14 metros de altura. Su estilizada silueta pretendo no destacar por su altura, evitando restar protagonismo a los cercanos edificios históricos.
Justo al oeste está el Museu da Electricidade. Una mezcla entre museo de la ciencia, centro cultural y espacio de arqueología industrial. Se ubica en un edificio que comenzó a construirse en 1908, aunque sufrió numerosas reformas y ampliaciones, hasta su cierre definitivo en 1975. En 1986 el edificio recibió protección oficial y cuatro años más tarde abría sus puertas como museo. Pero el estado de las instalaciones no era el más adecuado, por lo que en 2001 dio comienzo una profunda reforma, que tuvo como consecuencia su espléndido aspecto actual. Reabrió en 2006.
El siguiente hito era el Padrão dos Descobrimentos, que se eleva hasta los 52 metros. Aunque fue diseñado en 1939 y construido con madera en 1940, aquella estructura estaba concebida como efímera, formando parte de la Exposição do Mundo Português de 1940, y fue derribada en 1943. El nuevo monumento se levantó entre 1958 y 1960, ahora en cemento y piedra de Leiría. Su forma se inspira en la de una carabela y en sus laterales están representados 33 personajes fundamentales en los descubrimientos portugueses. Desde Enrique el Navegante, en la proa, hasta Pedro de Portugal y Cristóbal de Gama, en la supuesta popa.
Finalmente, llegamos al punto álgido del recorrido, que también era su extremo occidental: la Torre de Belém. Aunque el proyecto era algo anterior, la torre se levantó entre 1516 y 1519 sobre lo que entonces era un islote rocoso, en la orilla septentrional de la desembocadura del tajo. Junto con el Fuerte de San Sebastián de Caparica, en la orilla opuesta del río, y la fortaleza de Cabeça de Seca, debía formar un sistema defensivo que asegurara la capital del reino frente a ataques desde el mar. El proyecto fue encargado al arquitecto Francisco de Arruda.
Más allá de su carácter como bastión artillero la torre tenía un sentido político, como «puerta» de Lisboa, que explica su rica carga ornamental. Con el tiempo, fue perdiendo su función defensiva. Aunque sus gruesos muros, preparados para resistir un ataque de artillería, y su ubicación, sobre un firme lecho de roca, se combinaron para que la torre pudiera resistir el desastroso terremoto que asoló Lisboa el 1 de noviembre de 1755. Fue puesto de aduanas, faro y prisión, mientras los cambios en la orografía del terreno la convertían en una pequeña península, unida al paseo marítimo de Belém.
En 1845 la torre tenía un aspecto deplorable. Su uso como presidio durante las Guerras Liberales portuguesas, las modificaciones para instalar cañones de mayor calibre y la erosión marina acabaron empujando al escritor Almeida Garrett a liderar un movimiento de protesta entre los intelectuales de Lisboa. El resultado fue una profunda restauración, a cargo del ingeniero militar António de Melo e Athayde, que dio a la torre su espléndido aspecto actual.
Tras unos minutos de pausa en el embarcadero de Belém – Torre, emprendimos el camino de vuelta hacia el este. Entre la Torre de Belém y el Padrão dos Descobrimentos pudimos ver lo que, en principio, habíamos tomado como un pequeño faro. En realidad es una estructura levantada con motivo de la Exposición del Mundo Portugués de 1940. Su función es meramente decorativa, aunque también sirve para recordar al hoy desaparecido faro que hubo junto a la Torre de Belém hasta la década de 1930.
Durante el regreso hacia la Praça do Comércio navegamos cerca de la orilla septentrional del Tajo, al principio disfrutando de las mismas vistas. Comenzaron a cambiar mientras navegábamos frente al puerto comercial de Lisboa, del que ahora estábamos mucho más cerca. Las enormes grúas se afanaban en descargar un par de porta-contenedores, mientras un barco de la armada turca, imagino que de visita protocolaria, permanecía amarrado un poco más al este.
Tras otra breve parada en el embarcadero de Cais do Sodré, unos minutos antes de las tres estábamos de vuelta en la Praça do Comércio, contemplando los dos pilares de piedra que dan al Cais das Colunas su nombre. Fueron erigidos en 1755, dentro del plan de reconstrucción de la ciudad. Su misión era dotar a la nueva plaza de un acceso ceremonial digno, en el que recibir a embajadores o visitas de estado.
Desembarcamos con tiempo de sobra para tomar una croqueta de bacalao en el Museu da Cerveja (una turistada como otra cualquiera) y subir a un taxi rumbo al auténtico motivo de nuestra larga escala en Lisboa: el espléndido monasterio que hay cerca de la Torre de Belém.
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Para ampliar la información.
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