La erupción de Geldingadalir comenzó un 19 de marzo, cerca del solsticio de primavera. Logré visitar el volcán por primera vez el 22 de abril. Aunque el invierno en Islandia es mucho más prolongado que en nuestras latitudes, todas mis visitas al entorno de Geldingadalir transcurrieron por un paisaje prácticamente libre de nieve. Tras mi octava excursión al volcán, el 26 de agosto de 2021, esperaba que la erupción se prolongara al menos hasta el siguiente mes de febrero, cuando tenía previsto regresar a la isla. Soñaba con poder contemplar esa extraña mezcla entre hielo y fuego, que hace honor a uno de los apodos de Islandia.

Mirando atrás hacia el volcán

Mirando atrás hacia el volcán.

No pudo ser. Apenas 23 días después de nuestra última visita, la lava dejó de fluir. Pese a lo cual, había decidido regresar al volcán. Por una parte, quería recorrer nuevamente la senda A, que habíamos dejado de lado en nuestras excursiones de agosto, y de paso ver de primera mano los cambios que se habían producido en el paisaje. Por último, si tenía suerte, podría observar los extraños vapores que, en ocasiones, la nieve y la lluvia creaban al entrar en contacto con el calor que seguía desprendiendo la lava.

La 427 está cerrada

La 427 está cerrada.

Había dejado la excursión para el final del viaje. En el fondo, tenía la remota esperanza de que la erupción se reactivara, obligándome a reconfigurar mi itinerario. Podía parecer una idea loca, pero nunca se sabe. Aun era una posibilidad más lejana en mi siguiente viaje veraniego por Islandia y sonó la flauta. En cualquier caso, el resultado fue que acabé intentando llegar al volcán en mi última jornada en la isla. Y parecía que Islandia no me lo quería poner fácil. El día amaneció con la carretera 427 cortada entre Þorlákshöfn y las inmediaciones de Grindavík. Pero el tramo entre ésta última y los aparcamientos del volcán aparecía en blanco en los mapas de road.is. La solución parecía sencilla: bastaba dar un rodeo por Reikiavik. El pésimo estado de las carreteras hizo que llegara a Grindavík pasadas las 12:30, para darme de bruces con un vehículo del 112 cortando el acceso. Finalmente, tras una excursión improvisada al exterior de la Laguna Azul, al filo de las 14:30 lograba aparcar junto al volcán.

Comenzando la ruta

Comenzando la ruta.

Aún me quedaban casi cinco horas de luz para recorrer un entorno que, en cualquier caso, conocía de sobra. Estaba en el lugar de Islandia que había visitado en más ocasiones. Cuatro veces en abril de 2021 y otras cuatro en agosto del mismo año. En realidad, mi principal problema era la hora límite de entrega del coche de alquiler, que tenía programada a las 19:30. Si apuraba la luz hasta el último minuto, podría ir un poco justo para llegar a Keflavik. Me puse en camino sin mayor dilación.

En la primera bifurcación

En la primera bifurcación.

El plan era muy sencillo. Seguiría la senda A hasta que ésta fuera intransitable o se hiciera tan tarde que me viera obligado a emprender el regreso. En cualquier caso, llevaría agua, algo de comida, crampones, bastones de senderismo y la lámpara frontal. Además de 4 capas de ropa. Lo básico para adentrarse en el campo de Islandia en invierno. En menos de diez minutos, estaba en la primera bifurcación de la ruta, donde la señalización mostraba las huellas del último temporal.

Huellas de la ventisca

Huellas de la ventisca.

El día era espléndido. Tanto, que acabé pasando calor. El paisaje, de una belleza irreal, con una extraña mezcla entre nieve helada, pegada al terreno, y los amontonamientos de nieve en polvo que había dejado a su paso la reciente ventisca. No era la única persona que avanzaba por la senda. Unos doscientos metros por delante me precedía un pequeño grupo y otro me seguía a cierta distancia. Lo justo para tener cierta ayuda en caso de un imprevisto.

La senda A en invierno

La senda A en invierno.

La senda comenzó a complicarse en el primer repecho, donde la nieve amontonada llegaba a alcanzar casi medio metro de profundidad. En cualquier caso, nada que fuera un problema con el equipo adecuado. Como, a pesar del tentador paisaje, apenas me había entretenido por el camino, llegué al primer collado poco después de las tres.

Desde el primer talud

Desde el primer talud.

Allí terminaba el terreno conocido. En mis visitas de abril, el camino continuaba mas allá del collado, subiendo por una vaguada que entonces era el tramo más complicado de la senda A. Aquella vaguada había sido colmatada por la lava procedente de Geldingadalir. Para evitar que la colada descendiera por Natthagakriki, se había levantado un talud de tierra prensada, que a duras penas logró cumplir su función. Ahora, con la erupción detenida, aquel terraplén hacía las veces de mirador sobre la colada, a escasa distancia del lugar en el que ésta descendía hacia el valle de Nátthagi.

NIeve, lava y gases en Geldingadalir

NIeve, lava y gases en Geldingadalir.

El nuevo trazado de la senda seguía ascendiendo al oeste de la lava. Primero, por un sinuoso sendero zigzagueante. Después, directamente cuesta arriba, por encima de la ladera nevada. A la derecha, podía ver la enorme colada que había cubierto el valle. La lava, parcialmente cubierta de nieve, aun desprendía vapores por alguna de sus fisuras. El paisaje, pese a no ser el que había soñado con ver, desprendía la sensación de naturaleza salvaje tan habitual en Islandia. A pesar de haberlo recorrido varias veces, apenas podía reconocerlo. Tan solo la presencia de la «colina del teatro» me permitía ubicarme con claridad. Aun así, la loma que antiguamente dominaba el volcán desde arriba, estaba ahora empequeñecida y parcialmente sepultada por el enorme cono, convertida en un óbrynnishólmi, el término islandés para las «islas» que han sido cercadas por la lava, sin llegar a ser sepultadas. La colina que había más al norte, al otro lado del gran río de lava que durante la erupción recorría Syðri-Maradalur, había sido devorada completamente por el volcán.

Frente al volcán

Frente al volcán.

Seguí avanzando, hasta alcanzar el siguiente talud de contención. La vista sobre el volcán no era del todo limpia, pero ahora podía observar el cono en toda su amplitud. Comparado con el pequeño volcán que había podido ver en abril, sus dimensiones eran asombrosas. Parecía mentira que aquel monstruo hubiera nacido de la nada, en el fondo de un remoto valle desconocido, hasta alcanzar ese tamaño en apenas 183 días. Ya sé que había visto el cono el pasado agosto, en plena madurez, desde la cima del Langihryggur. Pero entonces, la mayor distancia y una perspectiva distinta me habían impedido apreciar su auténtico crecimiento.

Sobrevolando el volcán

Sobrevolando el volcán.

Decidí continuar un poco más, por una ladera en la que el camino volvía a desaparecer bajo la nieve. El grupo que me precedía dio media vuelta. Ya no había pisadas con las que guiarme y mi avance, por una ladera de nieve suelta, era cada vez más complicado. Justo cuando iba a emprender el regreso, comencé a oír un lejano rugido, acercándose rápidamente. A pesar de que el volcán llevaba meses inactivo, los helicópteros seguían haciendo excursiones a la zona. Aquel me sirvió para hacer una foto en la que es posible apreciar el tamaño real del cono. Después, inicié el camino de vuelta al aparcamiento.

Iniciando el regreso

Iniciando el regreso.

Al final, no había llegado tan lejos como esperaba. En cualquier caso, me daba por satisfecho y podía aprovechar el tiempo extra para regresar tranquilamente. La tarde era espléndida. Una de las mejores que he podido disfrutar en Islandia en cualquier época del año. El viento, inexistente. El cielo, prácticamente limpio de nubes. La nieve brillaba tanto bajo el sol del atardecer, que acabé echando de menos las gafas de sol. Y el camino era cuesta abajo. ¿Se puede pedir más?

Descendiendo hacia el primer collado

Descendiendo hacia el primer collado.

Me tomé el regreso con toda la calma del mundo. En contra de mi temor inicial, no era el último en dejar la zona. Al contrario, seguía llegando un lento goteo de visitantes, aunque en su mayor parte no pasaban del primer collado de la senda.

Comienza el atardecer

Comienza el atardecer.

La tarde avanzaba y el sol, cada vez más bajo, iluminaba el paisaje lateralmente. La luz era inusualmente dura para lo normal en Islandia, pero el incipiente atardecer comenzaba a tamizarla. El resultado era, una vez más, un paisaje mágico, aunque muy distinto de aquel que había esperado ver.

Nieve junto al sendero

Nieve junto al sendero.

En lugar de campos de lava aun humeantes, acabé recorriendo un entorno irreal, en el que los restos cubiertos de musgo de coladas con siglos de antigüedad, permanecían ocultos bajo un manto blanco, del que a duras penas lograban escapar algunas rocas. En algunos lugares, la ventisca de la noche anterior había repartido la nieve, suavizando las formas del terreno.

Trazos en la nieve

Trazos en la nieve.

En otros, la misma ventisca había creado extraños amontonamientos de nieve, a barlovento de cualquier piedra o roca capaz de sobresalir por encima del manto blanco, alterando el flujo del viento. Sus formas angulosas, a veces rectas como flechas, a veces sinuosas, contrastaban con la rugosa superficie de la nieve congelada sobre el terreno.

Musgo y nieve

Musgo y nieve.

Como tantas veces en Islandia, hechizado por la magia del lugar, acabé perdiendo el control de mis propios actos. Fotografiaba a diestro y siniestro, sin ser capaz de detenerme. Cada forma me parecía más extraña y sugerente que la anterior. Cada encuadre, mas interesante. Y la luz, en un atardecer que avanzaba lenta pero inexorablemente, no hacía más que mejorar minuto a minuto. Hasta que la cámara dijo basta. Mas bien fue su batería la que, entre el ritmo al que hacía fotografías y el frío del entorno, no pudo más. Y, con las prisas por salir, había olvidado llevar encima una de repuesto.

La última fotografía

La última fotografía.

En parte fue una lástima. El día era óptimo para fotografiar el campo islandés en unas condiciones poco habituales. Pero, en el fondo, me alegré. Pude recorrer los últimos metros, hasta llegar al aparcamiento, con la única preocupación de disfrutar de la deslumbrante naturaleza que me rodeaba. Un lujo.

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Para ampliar la información.

Todas mis visitas a la zona del volcán están en https://depuertoenpuerto.com/category/europa/escandinavia/islandia/reykjanes/geldingadalir/.

En inglés, Views of the World tiene varias fotos y mapas que nos ayudan a entender la evolución de la erupción: http://www.viewsoftheworld.net/?p=5783.

Quien quiera ver fotos de los primeros días del volcán, puede visitar https://photography-iceland.photo/volcanic-activity.

También interesante la galería de Guide to Iceland: https://guidetoiceland.is/nature-info/10-insane-photos-of-the-fagradalsfjall-volcanic-eruption-in-geldingadalur.

En el blog de Jeroen van Nieuwenhove hay una interesante entrada, con una cronología de la erupción: https://jvn.photo/geldingadalir-eruption-timeline/.