Que albergara el Artemisión, sí (una de las Siete Maravillas de aquel mundo antiguo que ya solo existe en libros y en la piadosa memoria de los curiosos), y que fuera, además, riquísima ciudad y encrucijada de rutas por donde el comercio corría como sangre por venas del Egeo, son verdades tan sabidas que no hace falta jurarlas; y no menos fama le dio su famosa Biblioteca de Celso, fachada de piedra tan bien labrada que aún hoy, medio en ruinas, sigue pareciendo guardián de un saber que el tiempo, ladrón de tantas cosas, no acabó de robarle del todo. Mas siendo esto, como es, mucho, no es lo más. Porque si me preguntaran, discreto lector, qué fue lo que verdaderamente hizo grande a Éfeso entre las ciudades de su tiempo y del nuestro, sin temor a errar respondería que fue haber sido la patria del logos. Vocablo que, a fe mía, no ha caído en desuso, pues cada día se pronuncia en cuantos templos cristianos hay bajo el cielo, y que, mirado con más despacio entendimiento, sigue siendo tan de actualidad en la filosofía y en la ciencia de hogaño como lo fue cuando antaño cierto oscuro y esquivo filósofo de aquella misma ciudad, más amigo de acertijos que de discípulos, tuvo a bien acuñarlo.
Filósofo del más principal linaje real, como basileus descendiente directo de aquel Androclo que no solo pobló la Jonia, sino que con propia mano refundó la ciudad y le dio importancia, fue rey ceremonial y sumo sacerdote, y vistió las túnicas más exquisitas que traían los barcos que en aquellas costas recalaban desde lejanas tierras, y poseyó patrimonio tan desmedido que pocos príncipes de su tiempo pudieran igualarlo. Mas cargó, sin miramiento ni templanza, contra la mucha y vana erudición, esa que hace parecer sabio a quien solo es memorioso, arremetiendo contra Homero, contra Hesíodo, contra Jenófanes, contra Hecateo de Mileto, y muy señaladamente contra Pitágoras, a quien no tuvo reparo en llamar impostor, por tener él para sí que la mucha ciencia amontonada, si no va acompañada de entendimiento de la totalidad de las cosas, de poco o nada aprovecha a quien la posee. No se detuvo ahí su cólera, que también la volcó contra los magistrados de su propia ciudad, por haber desterrado a Hermodoro, sin par amigo suyo y de recto entendimiento en las leyes, cediendo a la envidia de un pueblo que mal podía sufrir a quien sobre todos sobresalía. Suyo es el dictamen que ha llegado hasta nosotros: «Merecerían los efesios, todos cuantos son hombres hechos, ahorcarse y dejar la ciudad para los imberbes, pues han desterrado a Hermodoro, el más útil de entre ellos, diciendo: ‘Que ninguno de nosotros sobresalga; y si alguno lo hace, que sea en otro lugar y entre otros.'» Y viendo tan poco fruto en disputar con sabios impostores y con magistrados envidiosos, renunció a los cargos y al patrimonio no pequeño que como basileus le correspondían, para irse a vivir a las soledades de los montes, sustentándose de raíces como ermitaño más que como príncipe; no sin antes depositar, bajo la protección de la diosa Artemisa, un solo libro (y no más, fiel hasta el final a su desdén por la mucha y vana erudición), que de su ingenio había salido, Sobre la naturaleza, cuyo contenido no nos ha llegado entero, sino por retazos, merced a haberlo citado (y aun transcrito) tanto filósofos griegos de renombre, cuales fueron Aristóteles, Sexto Empírico, Plutarco y Diógenes Laercio, como, más tarde, apologistas cristianos de no menor fama, cuales fueron Justino Mártir (que no dudó en llamarlo cristiano antes de Cristo, por haber vivido según aquel logos que siglos después se haría carne), Hipólito de Roma y Clemente de Alejandría.
Que la importancia de Éfeso se proyecta desde aquella colonización jonia del siglo X antes de Cristo (aunque antes ya la hubiesen poblado los hititas, gente de más antiguo asiento que los propios fundadores griegos) hasta bien entrado el siglo I de nuestra era, cuando Pablo de Tarso tuvo allí su residencia por espacio de casi tres años, la más prolongada de cuantas conoció en todo su ministerio, no es cosa que quepa poner en duda; y buena prueba de que la vieja religión de Artemisa seguía, aun en tiempos tan tardíos, tan viva y pujante como en los días de aquel oscuro filósofo, más amigo de acertijos que de discípulos, la dio aquel motín que los plateros de la ciudad levantaron contra el propio Pablo, temerosos de que su prédica contra los ídolos les arruinase el oficio de labrar estatuillas de la diosa; tumulto que llenó el teatro de gritos de «¡Grande es la Artemisa de los efesios!» durante horas sin cuento, y que no fue, a bien mirar, sino la postrera escaramuza de una guerra mucho más vieja y mucho más honda: la que desde tiempo inmemorial libran el mito, que a la diosa daba culto y sustento, y el logos, que seis siglos antes había hallado en esta misma ciudad a quien acuñara el concepto. Mas ni la fe del apóstol ni la porfía de la diosa bastaron para librar a Éfeso del común destino de las cosas de este mundo, que a todas, tarde o temprano, alcanza: que no pasaron muchas generaciones sin que los godos, gente feroz venida del norte, asolasen el templo y la ciudad, sin que después la tierra, con sus temblores, acabase de rematar lo que la guerra había comenzado, y sin que, más porfiado que ambos enemigos, el légamo que el río Caistro traía año tras año fuese cegando poco a poco aquel puerto que había sido la fortuna y la fama de la ciudad, hasta dejarla, ya bien entrada la Edad Media, lejos del mar y de la memoria de los hombres.
¿Y qué es, en fin, ese logos que fama tan eterna dio a este hijo de Éfeso? Idea es, y de las que más duran, pues sobreviven aun a las piedras más duras: que Éfeso murió, más su idea, lejos de morir con ella, renueva hoy su vigor y lozanía. Por logos entendió aquel efesio la ley universal, objetiva, inteligente e impersonal, que rige y mide la totalidad del cosmos; cosa bien contraria a los caprichos personales, subjetivos e injustificados que a cada paso mostraban Zeus y los demás dioses de su Olimpo. A quienes alcanzan a ver que la naturaleza se gobierna por leyes universales, llamó despiertos; y a los más, que aun obrando con maña y con fortuna no llegan a percibir la unidad del cosmos, llamó heúdontes dormidos. Y así, Odiseo, por más que en Troya triunfase, y por más que con tanta industria supiese salir con bien de trances como el de los cíclopes, o el de los lotófagos, o el de las sirenas, o el de los pretendientes que en su casa le aguardaban, no dejaba de ser, a los ojos de aquella doctrina, un dormido más, que obraba con destreza y aun con dicha, pero sin llegar jamás a darse cuenta de la verdadera realidad de las cosas.
Frente a los dormidos, hombres a quienes pasa inadvertido cuanto hacen despiertos, ni más ni menos que si en sueños lo olvidasen, situó aquel efesio a los pocos egrēgorótes, esto es, los despiertos, para quienes hay un mundo único y común, mientras que los que duermen, cada cual por su parte, se vuelven a otro suyo y particular; y entre aquellos pocos bien pudiera contarse quien, ya entrado el siglo primero de nuestra era, dio principio a su evangelio con estas palabras: «En el principio era el Logos», a quien la tradición coloca en Éfeso.
Mas también en nuestros días hay egrēgorótes. Llámanse Einstein, o Minkowski, su maestro, que llevaron la unidad del logos más allá de cuanto imaginar se pudiera, hasta el espacio-tiempo mismo. Aquel, en carta de condolencia que a la familia de su amigo y colega Michele Besso escribió cuando este murió, dejó, a modo de testamento filosófico, una de sus frases más celebradas: que la distinción entre pasado, presente y futuro no es sino «una ilusión obstinadamente persistente», para quienes, como él, en la física creían. Universo en bloque llamaron a aquello. ¿Y qué es la física, sino el logos? Mas fue su amigo y colega John Archivald Wheeler quien llevó el logos al paroxismo, al hacer del observador su dinamizador. ¡Pánta rheî!, había dicho, mucho antes que todos ellos, aquel nuestro filósofo efesio; Heraclito.
Y así, discreto lector, si de Ítaca y de Éfeso hemos hablado, y de Odiseo y de Heráclito, no será impertinente cerrar con lo que a ambos junta y a ambos separa. Que Odiseo, al cabo de veinte años de naufragios y de artes, no regresó a Ítaca sino como quien despierta de un sueño para caer en otro: hábil, valeroso, afortunado en cuanto emprendió, mas dormido siempre, a los ojos de aquella doctrina, pues jamás llegó a percibir, bajo la cicatriz reconocida, bajo el arco tensado, bajo el olivo inmóvil del lecho, la unidad más honda que a todas esas señales daba sentido; que reconocer no es lo mismo que comprender, ni el regreso a un lugar es el regreso al logos que lo sostiene. Heráclito, en cambio, sin moverse apenas de su Éfeso natal, y aun renunciando a reino y a patrimonio por retirarse a la soledad de un monte, fue el despierto por excelencia: el que, quieto, alcanzó a ver lo que Odiseo, viajando por todo el orbe conocido, nunca llegó a vislumbrar. Dos hombres, dos caminos, una sola pregunta: si vale más recorrer el mundo entero y no comprenderlo, o quedarse quieto y comprenderlo entero.