Dos días después de fracasar en mi intento de llegar al cráter del Askja desde Möðrudalur, había llegado el momento del segundo asalto. Pero, como dice la frase erróneamente atribuida a Albert Einstein: «si sigues haciendo lo mismo, obtendrás los mismos resultados». Así que el nuevo plan era intentarlo desde el este, atravesando una oscura pista «no oficial» que parte de las inmediaciones de la presa de Kárahnjúkar. La idea era regresar de nuevo al hotel de Hallormsstaðaskógur, por lo que el recorrido se iría a los 349 kilómetros, de los cuales tan solo 145 estaban asfaltados.

Hengifoss desde la 934

Hengifoss desde la 934.

Salí del hotel a las ocho de la mañana. Me esperaba una ruta larga y complicada, que prefería afrontar con tiempo de sobra, por si surgía algún imprevisto. En cualquier caso, la jornada parecía perfecta. El sol brillaba, apenas había nubes en el cielo y el viento seguía sin hacer acto de presencia. El día era tan espléndido, que incluso me permití el lujo de dar un breve rodeo por la carretera 934, para fotografiar Hengifoss desde la orilla derecha del Lagarfljót. La sutil nube que, deslizándose perezosamente hacia el suroeste, amenazaba con velar parcialmente la cascada, parecía ser un heraldo de malos presagios. ¿Habría niebla en las Tierras Altas?

No tardaría en descubrirlo. Según comencé a remontar el zigzagueante extremo oriental de la 910, me metí de lleno en un banco de niebla. Más allá de que me impedía disfrutar del paisaje, apenas era una anécdota, en una carretera asfaltada, balizada y pintada. Sin embargo, la misma niebla se convertiría en un problema cuando comenzara a atravesar carreteras sin asfaltar. Sobre todo en la pista «no oficial» que, por lo que había leído, era poco más que dos roderas sobre el terreno pedregoso.

Una vez llegué al altiplano, la situación era muy inestable. Los bancos de niebla se alternaban con los claros, todo ello bajo un cielo que cada vez era más gris. Me detuve en el mirador que hay apenas 11 kilómetros antes de llegar al embalse. Daba igual hacia dónde mirase. Tan solo veía un impenetrable muro gris, apenas unos metros por delante. En esas condiciones, no tenía sentido intentar llegar al Askja. En cualquier caso, ya que estaba allí, decidí seguir hasta la presa.

Kárahnjúkar, una presa en las Tierras Altas.

Cuando llegué a Kárahnjúkar, me encontré con la presa rebosando por su aliviadero y Hverfandi pulverizando una asombrosa cantidad de agua, que flotaba lentamente cañón abajo, envolviendo Hafrahvammagljúfur en un halo de misterio.
Sin un motivo concreto, más allá de explorar el comienzo de la ruta de cara a un futuro intento, en una jornada más propicia, comencé a recorrer el comienzo de la pista. Aquella exploración acabó tomando vida propia.

La ruta oriental al Askja.

Al final, las nubes hacia el oeste estaban relativamente altas y pude atravesar Álftadalur sin mayor contratiempo, más allá de las dos horas que tardé en recorrer sus 37 kilómetros. En comparación, la F910 casi me pareció una autopista.

El cráter del Askja.

Acabé pasando un par de horas en el interior del cráter del Askja. Bastante menos de lo que me habría gustado. En cualquier caso, acerté a visitarlo en un día duro pero hermoso, que realzaba su carácter salvaje.
Tras visitar el cráter, aún tenía que regresar al Hotel Hallormsstaður. Pero el día había decidido complicarse, hasta extremos asombrosos. Según salía del aparcamiento del Askja, comenzó a llover. Al principio, débilmente, pero los negros nubarrones que me rodeaban no anunciaban nada bueno. Para cuando quise llegar al cruce de la F88 con la F910, llovía a cántaros. Más allá de la lluvia, las nubes cada vez estaban más bajas. Y comenzaba a andar escaso de combustible. Mi lentísimo avance por Álftadalur, casi siempre con la reductora conectada, había disparado el consumo hasta extremos asombrosos. Si intentaba regresar por Kárahnjúkar corría el riesgo de quedar atascado en algún barrizal, perderme entre la niebla, o quedarme sin combustible. Todo ello en medio de una ruta muy poco transitada.

Sobre la marcha, decidí regresar por Möðrudalur. Tenía un par de vados complicados por delante, sobre todo el del Þríhyrningsá. Pero, durante mi recorrido por la F910, había visto varios Dacia Duster. Si ellos habían atravesado el vado, yo también podría. En cualquier caso, puestos quedarme atascado, siempre sería mejor en una ruta con cierto nivel de tráfico, por escaso que este fuera. Además, sabía de la existencia de un nuevo surtidor en el cruce de la 901 con la Ring Road. Si todo iba bien, tendría combustible de sobra para llegar hasta allí.

A pesar de la lluvia y de la creciente oscuridad, que complicaba aún más la escasa visibilidad, veinte minutos antes de las siete llegaba al primer vado de la ruta, que atravesé sin ningún problema. Cinco minutos más tarde, estaba frente al vado del Þríhyrningsá. El mismo que no me pareció prudente cruzar un par de días atrás. Pero ahora las circunstancias eran bien distintas. En el fondo, estaba en un callejón sin salida. Mis únicas opciones eran atravesar el vado o quedarme atascado en el intento, así que ni me detuve a estudiar la ruta. Al fin y al cabo, había visto el vado desde la orilla contraria. Tras atravesar el río sin mayor problema, estuve a punto de quedarme atascado en la salida del vado, donde estimé mal la pendiente. Por fortuna, reaccioné antes de hundir las ruedas y, al segundo intento, superé el obstáculo.

A partir de ese punto, la ruta era relativamente sencilla. Aún había algún otro vado, pero los había atravesado todos en mi anterior intento y sabía que ninguno era complicado. Tan solo tenía que tomármelo con calma. Media hora más tarde estaba en la 901. Una carretera sin asfaltar, pero con un firme, trazado y nivel de mantenimiento muy por encima de las «carreteras de montaña» de las Tierras Altas. En otros 15 minutos había atravesado Möðrudalur y estaba repostando junto a la Ring Road.

Aunque las complicaciones aún no habían terminado. Para regresar a Hallormsstaðaskógur tenía que atravesar Möðrudalsöræfum, el tramo a mayor altitud de la Ring Road. Donde, como ya esperaba, acabé metiéndome de lleno en un denso banco de niebla. En cualquier caso, más allá de obligarme a reducir la velocidad, no supuso mayor problema. A las nueve y cuarto de la noche, llegaba al Hotel Hallormsstaður.

El cráter del Askja

El cráter del Askja.

Al final, la excursión se fue a los 406 kilómetros. Pueden no parecer muchos, pero en Islandia las carreteras cunden poco y las pistas de las Tierras Altas menos. Acabé tardando trece horas en realizar el recorrido, de las cuales aproximadamente ocho serían de conducción y el resto paradas y caminatas. En cualquier caso, regresé al hotel muy satisfecho. En un mismo día, había disfrutado de un cañón de Hafrahvammagljúfur envuelto entre las nubes, atravesado una pista poco conocida por el valle de Álftadalur y regresado por la F910, una de las rutas tradicionales para llegar al Askja. Pero, por encima de todo, finalmente había logrado el viejo sueño de llegar hasta el cráter del Askja, uno de los últimos lugares emblemáticos de las Tierras Altas de Islandia que me faltaba por conocer.

Para ampliar la información.

Si careces de experiencia conduciendo por las Tierras Altas de Islandia, te interesará leer esta entrada del blog: https://depuertoenpuerto.com/conducir-en-islandia-las-tierras-altas/.

En https://depuertoenpuerto.com/una-excursion-desde-modrudalur/ puedes ver mi anterior intento de llegar al Askja, partiendo de Möðrudalur.

Y en https://depuertoenpuerto.com/en-el-este-de-las-tierras-altas/ mi primer recorrido por la zona.

En inglés, el blog Smarttrippers describe otro recorrido por la parte oriental de las Tierras Altas: https://www.smartrippers.com/en/article/f88-and-f910-discovering-the-highlands-of-north-east-iceland.