Por este motivo, había elegido Hesteyri como mi primera incursión en Hornstrandir. Aunque no soy amigo de las actividades organizadas, acabé contratando una excursión con Borea Adventures, que incluía el transporte en barco, un guía y un pequeño refrigerio en Hesteyri. Conociendo el imprevisible clima de los Fiordos del Oeste, parecía buena idea tener al menos un lugar en el que, en caso de necesidad, poder buscar refugio. Mis temores resultaron ser completamente infundados. Tras una hermosa travesía, a las diez en punto de una mañana espléndida, totalmente impropia de Islandia, el Sif atracaba en el pantalán de Hesteyri.
Comenzamos dirigiéndonos a Læknishúsið, «la Casa del Médico». Un vestigio de cuando la población de Hesteyri rondaba el centenar de habitantes y que en la actualidad funciona como albergue y cafetería. Aunque solo entre mediados de junio y mediados de agosto, cuando operan los ferris que permiten llegar desde el exterior. Tras una breve pausa, en la que pudimos dejar aquello con lo que no quisiéramos cargar, nos pusimos en camino hacia el nordeste. Tan solo éramos tres personas: una mujer suiza, la chica que hacía de guía y yo. Curiosamente Ainara, nuestra guía, resultó ser una madrileña que llevaba varios años residiendo en Ísafjörður.
Avanzábamos lentamente, siguiendo la orilla del fiordo mientras superábamos algunos riachuelos que llegaban desde las alturas. Disfrutando de un tan hermoso como sereno paisaje primaveral, mientras Ainara nos explicaba las peculiaridades de la flora local y degustábamos algunas bayas y hojas comestibles.
Nuestro objetivo era la antigua estación ballenera de Stekkeyri, de la que apenas nos separaban un par de kilómetros. Por tanto, no teníamos la menor prisa. Más allá de las plantas, buscábamos encontrar alguno de los zorros árticos que habitan en la zona. No hubo suerte, pero pudimos contemplar varias focas tomando el sol sobre los escollos.
A pesar de nuestro lento avance, no tardamos en alcanzar las ruinas de Stekkeyri. Su vieja chimenea se elevaba como un espectro, totalmente fuera de lugar en un paisaje en el que, por lo demás, las huellas de presencia humana eran inapreciables. Sin embargo, como tantas veces en lugares extremos, su silueta no lograba enturbiar la serenidad de la escena. Más bien al contrario. Era un magnífico recordatorio de lo precaria que puede ser la presencia humana en estas regiones.
La factoría de Stekkeyri fue construida por los noruegos en 1894. Apenas tardaron una década en llevar al borde de la extinción a las ballenas locales (principalmente rorcuales, ballenas azules y yubartas), empujando al gobierno islandés a prohibir la caza intensiva en 1915. Para entonces, Stekkeyri era la única factoría ballenera operando en Islandia. Tras la prohibición, las instalaciones se reconvirtieron al procesamiento de arenques. Actividad que se abandonó en 1940.
Durante aquellos años, lo que, al menos en una plácida mañana de primavera, resultaba ser un lugar asombrosamente bucólico, bullía de actividad. La sangre de las ballenas teñía de rojo las aguas del fiordo, mientras la chimenea expulsaba una columna de humo amarillento, fruto de la grasa en combustión. Aunque, por los testimonios que nos han llegado, lo peor era el hedor. Un olor denso y repugnante, provocado por la descomposición de la carne y las vísceras de los grandes mamíferos marinos.
Nos ocultamos entre los ruinosos restos de la factoría. Por el camino, habíamos podido apreciar señales inequívocas de la presencia de zorros árticos: mechones de su pelaje invernal, restos de alimentos y excrementos. Pero ningún zorro. Apenas llevábamos unos minutos esperando en silencio, cuando apareció un ejemplar, caminando tranquilamente por la playa. Por desgracia, él también nos detectó y, prudentemente, en lugar de pasar entre nosotros y la orilla del fiordo, decidió dar un largo rodeo tierra adentro. Una lástima. La distancia, el contraluz y la reverberación del aire, causada por el intenso sol, se conjugaron para impedirme lograr una foto decente.
Avanzamos un poco más hacia el fondo del fiordo, siguiendo los pasos del elusivo zorro. Pero no tardamos en perderlo de vista. El sendero también desaparecía, junto a una pequeña cascada que se desplomaba sobre una charca con un agua asombrosamente clara. Unas cuantas gaviotas revoloteaban sobre el lugar, reforzando la serenidad del momento. Pero habíamos alcanzado el extremo de nuestro primer paseo. Comenzamos el regreso.
Durante el regreso, nos encontramos con otro ser humano: un excursionista alemán, que llevaba una semana caminando en solitario por Hornstrandir. Después, más focas, más gaviotas y un segundo zorro ártico. En esta ocasión, entretenido rebuscando comida por los escollos. El terreno y la distancia hacían que se sintiera seguro, por lo que nos ignoró completamente. Nuestros caminos acabaron cruzándose, mientras él se dirigía hacia el fondo del fiordo.
Unos minutos después de la una estábamos de vuelta en Læknishúsið, donde hicimos una breve pausa, que aprovechamos para degustar una sopa. La casa conserva buena parte de su mobiliario clásico interior, a lo que se añade una pequeña colección de fotos antiguas de la zona. Es una buena forma de vislumbrar cómo debía ser la vida en Hornstrandir, antes de que la zona quedara despoblada, con sus edificios convertidos en residencias veraniegas.
En aquella época, Hesteyri tenía escuela, médico y una pequeña tienda, edificada en 1928, que también se conserva. Durante aquellos pocos años de prosperidad, más allá de trabajar en la planta ballenera, las principales actividades económicas eran la pesca artesanal y la agricultura de subsistencia. Que se complementaban con un espíritu de comunidad aún más acusado que en el resto de los Fiordos del Oeste. En cualquier caso, tras el cierre definitivo de Stekkeyri, las malas comunicaciones y la falta de oportunidades sentenciaron el asentamiento. El 1 de noviembre de 1952 fue abandonado por sus últimos habitantes. Unas 30 personas, que se marcharon de forma coordinada.
Poco antes de las dos comenzaba nuestra segunda excursión, esta vez hacia el suroeste. Al principio, recorriendo una gran playa, por la que se desparramaban los numerosos brazos en que se dividía un diminuto arroyo. Una vez más la serenidad del entorno, las hermosas vistas y el espléndido clima se conjugaban para hacer del paseo una experiencia extremadamente agradable.
Al igual que por la mañana, el objetivo del paseo era doble. Por una parte, disfrutar del entorno. Por otra, intentar ver zorros árticos. En lo primero podría decir que, a pesar de que el listón estaba alto, logramos superarlo. No así en nuestra segunda misión. Por mucho que lo intentamos, tan solo fuimos capaces de ver los restos de la muda del pelaje de un zorro. Especie que es la única de mamíferos terrestres que llegó a Islandia antes que el ser humano, presumiblemente hacia el final de la última era glaciar. Y de la que se calcula que existen entre 300 y 500 ejemplares en la reserva de Hornstrandir, con unas 45 parejas con capacidad de reproducirse. El resto, serían principalmente crías, que suelen sufrir una gran mortandad durante el invierno.
Tras algo más de una hora de caminata, alcanzábamos su punto final: un grupo de rocas junto a un viejo mojón. Su posición elevada ofrecía unas vistas espléndidas sobre el fiordo, con el Drangajökull, el glaciar más septentrional de Islandia, como telón de fondo, más allá del Jökulfirðir.
Comenzamos el regreso, que ahora hicimos algo más hacia el interior, lejos de la playa. No fue una buena idea. Acabamos metiéndonos en un terreno pantanoso, por el que caminar resultaba tan incómodo como complicado. Y no conseguimos ver zorros.
Quince minutos después de las cuatro estábamos de vuelta en Hesteyri, con tiempo de sobra para tomar un café con crepes antes de volver a embarcar en el Sif, que mientras tanto había ido dejando al resto del pasaje en otras ubicaciones de Hornstrandir. Ahora, tocaba recoger a los integrantes de varias excursiones, lo que implicaba realizar un pequeño recorrido por varios brazos del Jökulfirðir. No parecía un mal plan para lo que quedaba de tarde.
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Para ampliar la información.
En inglés, Borea Adventures tiene una sección dedicada a Hornstrandir: https://boreaadventures.com/hornstrandir/.
La página sobre Hesteyri en NAT está en https://nat.is/hesteyri/.
Cryopolitics tiene un interesante artículo sobre las ruinas de Stekkeyri: https://www.cryopolitics.com/2021/08/14/the-surprising-industrial-legacy-of-icelands-remote-westfjords/.
















