Hallormsstaðaskógur es el primer espacio forestal de Islandia que logró protección oficial. Posteriormente, se ha convertido en un lugar de experimentación, donde se pone a prueba la capacidad de adaptación de diversas especies foráneas. En la actualidad ocupa una superficie de 740 hectáreas, atravesadas por la carretera 931 y una tupida red de senderos, que facilitan explorarlo cómodamente. También encontraremos un pequeño asentamiento, dos zonas de acampada y un hotel, por lo que incluso es posible dormir en su interior.
Hotel que había elegido como uno de mis alojamientos durante mi segundo viaje otoñal por Islandia, centrado en el noreste de la isla. Tras mi fracaso al intentar llegar al Askja desde Möðrudalur, por una de las rutas convencionales, lo intentaría desde el este, por una pista poco conocida. El hotel Hallormsstaður era uno de los alojamientos más cercanos al comienzo de mi nueva ruta. Además, me permitiría conocer el mayor bosque de Islandia, que tan solo había atravesado fugazmente en los meses invernales. Acabé reservando habitación para dos noches.
Llegué al hotel antes de lo previsto. Una buena muestra de que, en Islandia, el mal tiempo a veces logra hacer que vayas más rápido. A las seis y media estaba acomodado en mi habitación. Muy pronto para ir a cenar. Sin embargo, había dejado de llover y tampoco quedaba el menor rastro de la niebla que había podido «disfrutar» por el camino. Aunque estaba algo cansado y, en realidad, no tenía un plan claro, parecía la ocasión perfecta para dar un tranquilo paseo por los alrededores del hotel. Además, tampoco estaba seguro de poder disponer de una ocasión mejor. Algo que, en Islandia, nunca debes desdeñar.
Observando los planos que había junto a la puerta del hotel, improvisé un recorrido circular, que inicialmente me llevó entre densos grupos de coníferas, con al menos doce o quince metros de altura. Las coníferas de Hallormsstaðaskógur no son autóctonas. Se han probado diversas especies, con el fin de observar su adaptación a las complicadas condiciones atmosféricas de Islandia. Entre otras, se han plantado alerces siberianos, pinos silvestres, abetos blancos y abetos de Sitka. Estos últimos, originarios de la costa noroeste de Norteamérica, se han adaptado extraordinariamente bien, alcanzando entre 25 y 30 metros de altura. Incluso hay un ejemplar que supera esta última cota y está considerado el árbol más alto de Islandia.
Entre las especies nativas, destaca el abedul pubescente. Un árbol que normalmente alcanza los 30 metros de altura, pero que en Islandia suele quedarse entre los 8 y 12 metros. Sus bosques fueron los únicos capaces de sobrevivir a la nefasta combinación creada por el vulcanismo, la pequeña edad de hielo, la introducción de varias especies de herbívoros y la tala indiscriminada practicada por los primeros noruegos que llegaron a Islandia. Una «tormenta perfecta», que redujo la superficie arbolada de la isla desde cifras que algunos estiman en el 40%, a un escaso 0,5%. También es la especie que formaba el bosque primigenio de Hallormsstaðaskógur, que fue protegido oficialmente en 1905. Y la que mejor se regenera de forma natural.
Aunque con menor presencia, otras especies autóctonas son el sauce ártico y el serbal nórdico. Todas ellas especies caducifolias (las únicas que lograron pervivir en Islandia), que en otoño ayudan a dar al bosque hermosos toques de color. Toque que, en un paseo realizado a principios de septiembre, aún no era demasiado evidente. Algunos árboles comenzaban a amarillear, al igual que las hierbas y matorrales. Pero el verde aún lograba predominar, en una zona de Islandia relativamente protegida de los rigores de su clima. Una de las razones de la supervivencia de su bosque primigenio.
En la actualidad, los bosques de abedul han crecido hasta las 350 hectáreas y las especies replantadas ocupan otras 200. El resto, son zonas en las que estas últimas se han extendido de forma natural. En algunos lugares, estas últimas han traspasado los límites de la reserva natural. Algunas estimaciones elevan el área arbolada hasta cerca de 2.000 hectáreas, en las que habría 80 especies distintas. Además de una notable variedad de aves, aunque, al contrario de lo habitual en Islandia, la densa vegetación hacía complicado su avistamiento.
Hay aproximadamente 40 kilómetros de senderos señalizados. Desde pequeños paseos de 200 metros hasta rutas más ambiciosas, que alcanzan los 7 kilómetros. Todos ellos con un aparcamiento en su cabecera y casi todos razonablemente sencillos de recorrer. Quizá la única excepción sea el sendero blanco, de 1.700 metros, que parece tener un tramo junto al borde de un pequeño cañón. En cualquier caso, aquella tarde no tendría tiempo de recorrer ninguno. Mi errático deambular acabó llevándome precisamente a la sección inferior del sendero blanco, aunque a una zona perfectamente acondicionada, incluso provista de escalones para ayudar a superar la pendiente. Estuve tentado de explorar su parte alta, pero comenzaba a hacerse tarde, estaba cansado y amenazaba lluvia. Preferí darme una buena ducha y después cenar tranquilamente, pensando que la siguiente tarde tendría tiempo para un segundo recorrido por el bosque. Islandia me tenía reservados otros planes.
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Para ampliar la información.
Si quieres ampliar tu conocimiento sobre los bosques de Islandia, te interesará esta otra entrada del blog: https://depuertoenpuerto.com/los-bosques-de-islandia/.
En inglés, Hit Iceland tiene una entrada dedicada a Hallormsstaðaskógur: https://www.hiticeland.com/post/hallormsstadaskogur-small-wood.
También encontrarás un breve artículo en Guide to Iceland: https://guidetoiceland.is/travel-iceland/drive/hallormsstadaskogur.
En https://assets.ctfassets.net/hallormsstadaskogur2017_ens_36x52cm_lores.pdf puedes descargar un PDF con información de los senderos.
La web del hotel Hallormsstaður está en https://foresthotel.is/.








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