La actividad más popular entre los que viajamos a Ilulissat suele ser recorrer en barco el deslumbrante frente del Kangia, el fiordo helado que los inuit conocen como Ilulissat Kangerlua y los turistas solemos llamar Ilulissat Icefjord. Recorrido que debe hacerse coincidiendo con el atardecer y que los conocedores del lugar recomiendan realizar más de una vez, pues las condiciones de la luz y del hielo son siempre distintas. Aunque iba a dormir seis noches en Ilulissat, decidí realizar mi primer recorrido lo antes posible: la misma tarde de mi llegada. Las condiciones parecían óptimas y una de las primeras lecciones que te enseña el Ártico es la de no dejar pasar las ocasiones propicias.

Muelle turístico de Ilulissat

Muelle turístico de Ilulissat.

La excursión arrancaba a las nueve de la tarde desde lo que en Ilulissat llaman «el muelle turístico», que en realidad son unos embarcaderos flotantes en el lado septentrional del puerto. Justo frente al muelle donde, apenas ocho horas antes, había llegado desde el sur a bordo del Sarfaq Ittuk. Además de los barcos que realizan las excursiones, también son utilizados por los de Disko Line, la naviera que ofrece servicio regular entre los diversos puertos de la bahía. Por tanto, el lugar estaba bastante concurrido, a pesar de encontrarse dentro de una zona portuaria un tanto destartalada.

El Leia llega a recogernos

El Leia llega a recogernos.

A las nueve, no había el menor rastro del barco. En cualquier caso, formábamos un nutrido grupo de personas esperando, por lo que tampoco me preocupé. Además, no tenía la menor prisa. El 1 de junio no habría puesta de sol y, aunque el cielo comenzaba a adoptar hermosos tintes asalmonados, en teoría la «hora dorada» duraría desde las once y media hasta las cinco de la madrugada del día siguiente. La próxima puesta de sol llegaría el 24 de julio y la primera noche con unos minutos de oscuridad total el 13 de agosto. Finalmente, con quince minutos de retraso, apareció el Leia. Un flamante Targa 37, tan nuevo, que parecía que lo estuvieran estrenando para nosotros. También llegó el Appa. Un barco algo mayor, con el que compartiríamos el viaje, dándonos apoyo mutuo en caso de algún imprevisto. Entre ambos, había sitio de sobra para acomodar a las aproximadamente 15 personas que estaríamos en el muelle.

El Appa rumbo al Kangia

El Appa rumbo al Kangia.

Nos pusimos en marcha de inmediato. Más allá de la seguridad y poder ir bastante más desahogados, realizar la excursión en dos barcos tendría otro efecto positivo: aunque el Appa no destacaba por sus cualidades estéticas, al menos podría servir como referencia de escala. Uno de los «problemas» de los paisajes árticos es precisamente la falta de objetos cotidianos con los que comparar el apabullante (y muchas veces desmesurado) paisaje que tienes delante. Si esto ya es un reto estando en el lugar, en las fotografías alcanza cotas insospechadas. Sobre todo, cuando los que las contemplan no tienen la suerte de conocer la zona.

Kayaks volviendo del Kangia

Kayaks volviendo del Kangia.

Del puerto de Ilulissat al extremo septentrional del frente del Kangia apenas hay tres kilómetros, que recorrimos con toda la parsimonia del mundo. Sorteando incontables pequeños icebergs y cruzándonos con un par de kayaks, que aparentemente regresaban del mismo lugar al que nosotros nos dirigíamos. Todo bajo una luz que, a pesar de que aún faltaban más de cien minutos para el comienzo «oficial» de la hora dorada, cada vez resultaba más interesante. La temperatura era baja, pero sin el menor rastro de viento. Ni, lo que aún era más importante, indicios que fuera a haber precipitaciones. La tarde prometía.

Llegando al mundo de hielo

Llegando al mundo de hielo.

Poco después de las nueve y media, bajo una luz asombrosamente suave, llegábamos frente a los primeros icebergs realmente notables. A partir de ese momento, comenzó una hermosa danza con el hielo, dirigida por los patrones de ambas embarcaciones. Personas del lugar, que pasan buena parte del año recorriendo una y otra vez el cambiante frente del Kangia, por lo que saben de sus riesgos y de aquellos límites que no conviene sobrepasar. También conocen unos hielos que, como podría comprobar en los días sucesivos, mutan continuamente. De forma generalmente inapreciable, los icebergs están en permanente movimiento. Aunque el auténtico problema viene cuando ese movimiento deja de ser imperceptible. Las consecuencias de una brusca ruptura, o de que un iceberg gire sobre sí mismo, pueden ser catastróficas.

Reflejos en Disko Bugt

Reflejos en Disko Bugt.

Algunos de los icebergs que forman el frente del Kangia tienen dimensiones épicas. Auténticas montañas de hielo, que solo cabrán en tu encuadre si llevas un gran angular. Yo cargaba con un 70-300 mm., por lo que era imposible fotografiarlos en toda su extensión. Podía echar mano de la cámara del teléfono móvil, pero tampoco tenía mucho sentido. En primer lugar, había podido hacer una primera serie de fotografías esa misma mañana, mientras llegaba en barco a Ilulissat. Por otra parte, ya tendría tiempo de fotografiarlos desde la orilla, o volando el dron, en jornadas sucesivas. Aquella tarde, mi prioridad eran los matices del hielo y sus reflejos en el agua.

Montañas de hielo

Montañas de hielo.

Navegábamos por un mundo complejo, donde el agua y el hielo se entremezclaban de mil formas diferentes. El Kangia de Ilulissat tiene su origen en el Sermeq Kujalleq. Uno de los glaciares por los que Sermersuaq, la enorme capa de hielo que cubre casi el 80% de Groenlandia, descarga en el mar. Pero Sermeq Kujalleq, o Jakobshavn Isbræ para los daneses, no es un glaciar más. Se estima que el 6,5% del hielo que Groenlandia expulsa al mar, sale por este glaciar, que también es responsable de nada menos que el 10% de los icebergs generados en toda la isla.

Un muro helado

Un muro helado.

Los icebergs creados por el Sermeq Kujalleq pueden alcanzar el kilómetro de altura. Lo cual quiere decir que su parte sumergida llega a los 890 metros de profundidad. Tras recorrer los más de 50 kilómetros del fiordo, en un viaje que puede durar entre 12 y 15 meses, llegan a la antigua morrena que hay en su boca, a poco más de 200 metros bajo el agua, y quedan embarrancados. Allí pueden permanecer durante años, formando un tapón de dimensiones ciclópeas, hasta que se van fundiendo lentamente, o el empuje de otros icebergs los rompe en bloques más pequeños, que sí pueden salir a Disko Bugt.

Grietas en el muro

Grietas en el muro.

Pero el tapón no es un muro impenetrable. Entre los grandes icebergs hay huecos y canales, por los que en ocasiones salen otros, de menores dimensiones. Y por los que entran al fiordo las pequeñas embarcaciones que faenan en sus ricas aguas. Un mundo extraño, sin igual en todo el planeta, que fue declarado Patrimonio de la Humanidad en 2004.

Flotando sobre Diskko Bugt

Flotando sobre Diskko Bugt.

Por supuesto nosotros, como embarcación turística, no estábamos autorizados a adentrarnos en el todavía más peligroso interior del fiordo. Tampoco importaba. El espectáculo fuera del muro comenzaba a alcanzar cotas difícilmente superables. La luz no paraba de mejorar y las aguas de la bahía, como si quisieran ponerlo todo de su parte, se habían convertido en un espejo, donde se reflejaba aquel etéreo mundo sobre el que, más que navegar, parecíamos levitar.

Un mar de hielo y cristal

Un mar de hielo y cristal.

Ahora íbamos nosotros en cabeza, con el Appa siguiendo nuestra estela. Navegábamos muy lentamente. Imagino que, en parte, para no perturbar aquel espejo perfecto en el que se había convertido el mar. Aunque también con el fin de darnos tiempo a disfrutar del espectáculo con la calma y el sosiego que merecía. Avanzábamos en pequeños saltos, llegando a detenernos completamente frente a las escenas más deslumbrantes. Mientras tanto, el pasaje del Leia había enmudecido ante tanta belleza. Cuando el barco se detenía, el único sonido era el de las cámaras, haciendo fotografías sin parar.

En medio del silencio, sonó la radio de la embarcación. Por supuesto, no entendimos nada, pero el tripulante vino a decirnos que había un grupo de personas en el muelle de Ilulissat, esperando el barco. Parece que se habían equivocado con la hora. «¿Os importa si vamos a recogerlos?». Tras un segundo de duda, todos estuvimos de acuerdo en responder afirmativamente. De alguna forma, aquello significaba resetear la excursión. Poner el contador a cero. Como extra, disfrutamos de un divertido trayecto hacia el puerto, esta vez a toda máquina, mientras sorteábamos los bloques de hielo.

El Appa junto al muro de hielo

El Appa junto al muro de hielo.

Apenas unos minutos más tarde, estábamos de vuelta frente al Kangia. Lo primero fue buscar al Appa, que entre tanto se había entretenido navegando junto a alguno de los grandes muros de hielo. Desde la distancia, daba cierto reparo ver el pequeño barco, a los pies de paredes tan llenas de grietas, que parecían a punto de derrumbarse en cualquier momento. En cualquier caso, según nos acercábamos, fue el Appa quien vino en nuestra busca, para seguir vagando por zonas aparentemente más seguras.

Ondas en el agua

Ondas en el agua.

Aunque algo había cambiado durante nuestro breve desvío hacia Ilulissat. La luz seguía siendo increíblemente hermosa, pero se había levantado algo de viento. Una suave brisa apenas perceptible, pero suficiente para perturbar aquella mágica superficie que habíamos recorrido apenas unos minutos atrás.

Un extraño iceberg

Un extraño iceberg.

De todos modos, el lugar seguía siendo sublime. Reemprendimos nuestra exploración, ahora más centrados en las formas y texturas de algunos de los grandes icebergs que había en la zona más exterior del tapón. Quizá no tan inmensos como los que formaban el gran muro de hielo, pero aún así deslumbrantes.

Explorando el Kangia de Ilulissat

Explorando el Kangia de Ilulissat.

Y con la ventaja de que, al tener la posibilidad de circunnavegarlos, podíamos buscar los mejores encuadres, la mejor luz, o el mejor juego entre el tímido sol y el hielo. A esas alturas de la excursión, el grado de confianza con la persona que gobernaba la embarcación era asombroso, quizá favorecido por la flexibilidad que habíamos tenido al permitirle regresar a Ilulissat. El caso es que atendía sin problemas cualquiera de nuestras solicitudes, siempre que entraran dentro de lo razonable.

Al borde del derrumbe

Al borde del derrumbe.

Acabamos rodeando completamente un gran iceberg, que visto de frente parecía una enorme pirámide blanca, cortada a pico, con aspecto de estar a punto de derrumbarse sobre las aguas. Sin embargo, de costado, su superficie se deslizaba suavemente hacia el mar, formando una hermosa ladera de hielo, de una considerable longitud.

Marcas en el hielo

Marcas en el hielo.

O navegando muy cerca de otro con claras marcas de marea. Señalando que, o bien estaba embarrancado, o lo había estado hasta muy recientemente. Con experiencia y prestando un poco de atención, algunas montañas de hielo son capaces de contarnos su historia. Cuál de sus caras formaba parte de la superficie del glaciar, qué otra se arrastraba por el fondo, si ha tenido grietas o fisuras, o si lleva tiempo flotando libremente. La costumbre de algunos icebergs de girar sobre sí mismos según cambia su centro de gravedad, hace que no siempre estas características estén donde uno las esperaría encontrar. Lo cual añade interés al puzzle. Otros son tan caóticos, que hacen inútil cualquier intento de desentrañar su génesis.

Frente a la pared de hielo

Frente a la pared de hielo.

Para finalizar, pasamos a los pies de un ciclópeo muro de hielo, prácticamente vertical, de unas proporciones asombrosas, imposibles de apreciar en el pequeño fragmento que logré fotografiar. Después, iniciamos el regreso a Ilulissat, donde atracamos bien pasada la medianoche.

Sol de medianoche en Ilulissat

Sol de medianoche en Ilulissat.

Acabé llegando al hotel al filo de la una de la madrugada. Cansado y somnoliento, pues llevaba despierto casi diecinueve horas desde que había contemplado el anterior «amanecer», al sur de Aasiaat, sobre la cubierta del Sarfaq Ittuk. Pero increíblemente feliz. Difícilmente podía haber imaginado una mejor forma de arrancar mi estancia en Ilulissat. Ahora el reto sería mantener el nivel.

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Para ampliar la información.

Viaje al Patrimonio tiene una entrada sobre el fiordo: https://viajealpatrimonio.com/listing/fiordo-helado-de-ilulissat/.

En inglés, encontrarás la página oficial del Ilulissat Kangerlua en https://kangia.gl/en, aunque está más enfocada en el centro de visitantes y el acceso por las sendas.

Hay varias empresas que realizan la excursión. Yo la hice con Unique Tours: https://uniquetours.gl/. Una pequeña empresa familiar, totalmente recomendable.

En Travel Photography Guru nos dan consejos para fotografiar los icebergs desde un barco: https://www.travelphotographyguru.com/travel-blogs/photographing-a-midnight-cruise-in-ilulissat-greenland.

También es interesante la entrada en Atlas & Boots: https://www.atlasandboots.com/travel-blog/midnight-sun-iceberg-sightseeing-ilulissat-greenland/.