Desayuné tranquilamente en el hotel. No tenía prisa y no todos los días puedes comenzarlos con el hermoso Herðubreið como telón de fondo, mientras las luces del alba van desvelando lentamente el paisaje de las Tierras Altas nororientales de Islandia. Finalmente, unos minutos antes de las ocho dejaba el hotel Fjalladýrð, rumbo a Hellisheiði eystri, 103 kilómetros al noreste.
Para empezar, tenía que recorrer los poco más de 7 kilómetros de pista que separan Möðrudalur del asfalto de la Ring Road. Había recorrido varias veces ese tramo de la carretera 901, pero nunca de día y sin nieve. Por tanto, los colores y texturas de los montes que rodean el valle me eran completamente nuevos, empujándome a hacer varias pausas imprevistas.
Mi siguiente parada sí estaba planificada, en el mirador que hay junto a la Ring Road, según esta asciende hacia Möðrudalsöræfum. La vista siempre me había parecido interesante, pero esta vez me decepcionó. Quizá llegué demasiado tarde, con la luz muy alta sobre el cielo. Aunque, con toda probabilidad, fue más determinante mi excursión del día anterior por el tramo meridional de Möðrudalsleið, donde había podido disfrutar de un panorama mucho más hermoso, bajo la suave luz de un atardecer subártico. Al final, volví a fotografiar Herðubreið, difuminado entre la bruma hacia el oeste, y retomé mi camino.
Otoño en Vopnafjörður.
Llegué a Vopnafjörður al filo de las nueve de la mañana. Tras atravesar la pequeña población, centré mi visita en Gljúfursárfoss y la hermosa costa de Skjólfjörur, en la orilla opuesta del fiordo.
Coincidiendo con el mediodía, llegué al amplio valle formado por los ríos Jökulsá á Bru y Fljótið. Seguía lloviendo, aunque al menos las nubes se mantenían a cierta altura, librándome de tener que conducir entre la niebla. Hice una breve pausa junto al puente de la Ring Road sobre el Jökulsá á Brú, que en este tramo suele conocerse como Jökulsá á Dal, o simplemente como Joklá. Eran poco más de las doce y media y me encontraba a tan solo 47 kilómetros de mi destino. Por contraintuitivo que pueda parecer, la niebla en Hellisheiði había acelerado mi avance, al dejar sin sentido cualquier pausa para hacer fotografía de paisaje. Tocaba improvisar.
Mi primer destino fue Snæfellsstofa, el centro de visitantes del Parque Nacional del Vatnajökull ubicado en Fljótsdalur. Al día siguiente quería intentar llegar al Askja desde el este. Quizá lograra alguna información útil sobre la viabilidad de la ruta que pretendía atravesar. Aunque no había ningún ranger en el lugar, la chica que atendía el pequeño museo hizo todo lo posible por asesorarme. De paso, aproveché para recorrer la exposición, centrada en los glaciares y la fauna del mayor parque nacional de Islandia. Tras las últimas ampliaciones, ocupa una superficie de 14.141 km2, que lo convierten en el segundo más grande de Europa, tan solo por detrás de Yugyd Va, en los Urales.
Skriðuklaustur, el último monasterio de Islandia.
Avancé por la orilla norte de un río que bajaba muy crecido, a pesar de existir aguas arriba el embalse de Ufsarlón. Su presa, que probablemente estaría rebosando, forma parte del complejo hidroeléctrico de Fljótsdalsstöð, que alimenta la planta de Alcoa en el Reyðarfjörður. El deshielo, favorecido por las temperaturas todavía elevadas de principios de otoño, se combinaba con las intensas lluvias de los días pasados para que el paisaje rezumara agua por todos sus poros.
Entre chaparrones, ovejas, cascadas y caballos pastando en las verdes praderas, llegué a Egilsstaðir. Una diminuta granja que comparte nombre con la capital del este de Islandia. La carretera terminaba allí, aunque seguía remontando el valle convertida en una pista. No es que hubiera llegado a Egilsstaðir conduciendo sobre asfalto. Simplemente, a partir de la granja se acababa la ruta oficial. No me pareció prudente seguir. Por una parte, el exceso de agua podía acabar creándome problemas en una pista sin mantenimiento. Por otra, había un pequeño atasco de vehículos 4×4. Llegaba la época de volver a estabular a las ovejas y estaban recogiéndolas (o al menos intentándolo) en la parte alta del valle.
Regresé por la orilla opuesta del río, aprovechando el precario puente que cruza sobre el Jökulsá í Fljótsdal. Por un paisaje que resultó todavía más interesante. Con más ovejas, más caballos y, sobre todo, más cascadas sin nombre. Como la hermosa sucesión de saltos de agua junto a la antigua granja de Hóll, actualmente convertida en un alojamiento turístico.
La siguiente cascada de cierta entidad sí tenía nombre: Tófufoss. Aunque, más allá de su nombre y de que tiene una altura de unos 18 metros, no he podido hacer demasiadas averiguaciones sobre la cascada en el curso bajo del Bessastaðaá. Ni tan siquiera estoy seguro de que Tófufoss sea el salto que se ve claramente en el centro de la fotografía, o el que está medio oculto entre las rocas en la parte inferior izquierda.
Me resultó mucho más sencillo reconocer una de las cascadas emblemáticas de Islandia: la hermosa Hengifoss, que había podido visitar en el invierno de 2023. Con 128 metros de altura y las características bandas de material rojizo que adornan la pared por la que se descuelga, su estampa es inconfundible.
Un paseo por Hallormsstaðaskógur.
Para ampliar la información.
En https://depuertoenpuerto.com/de-modrudalur-a-egilsstadir/ puedes ver otra alternativa de recorrido por la zona, en este caso durante el invierno.
En inglés, puedes ver el paso de montaña de Hellisheiði eystri, sin niebla, en https://www.east.is/en/place/hellisheidi.
La página oficial de Snæfellsstofa está en https://www.vatnajokulsthjodgardur.is/en/areas/snaefell/snaefellsstofa1.












