Suerte que no había disfrutado, apenas doce días atrás, en un viaje todavía más largo y complicado, entre Madrid y Qaqortoq. En aquella ocasión había tenido que dar cuatro «saltos» para llegar a mi destino. Dos en reactor, uno en turbohélice y el último en helicóptero. Pero la mayor parte de los vuelos fueron sobre un mar de nubes, que ocultaba completamente el paisaje. Tan solo en su tramo final, precisamente aquel que realicé en helicóptero, entre Narsarsuaq y Qaqortoq, pude disfrutar de una vista despejada. Una auténtica lástima.
Según embarcaba en Ilulissat, la situación no parecía muy halagüeña. Aunque no quedaba el menor rastro de la niebla de días pasados, una densa capa de nubes bajas cubría el cielo. Aun así, al facturar mi maleta pregunté si podía sentarme en una plaza de ventanilla, ya que en los vuelos locales de Groenlandia no es posible reservar asiento previamente. Acabé sentado en el lado derecho del avión. Habría preferido el izquierdo, para intentar ver el Kangia por última vez, pero dado lo cubierto que estaba el cielo, preferí no ser excesivamente pesado.
Aunque mi suerte no tardó en cambiar. Todavía sobrevolábamos la bahía de Disko, sobre un manto de nubes bajas, cuando estas comenzaron a rasgarse. Entre los huecos, podía ver un mar intensamente azul, salpicado por decenas de puntos blancos. Probablemente, los mismos icebergs que había contemplado mientras navegaba a bordo del Sarfaq Ittuk, entre Aasiaat e Ilulissat.
Muy pronto comenzamos a volar sobre la maraña de fiordos que se extiende al sur de la bahía. Las nubes iban y venían, permitiéndome contemplar retazos de un paisaje tan intrincado como desolado, en el que resultaba imposible distinguir la menor huella de presencia humana. Rocas, lagos y fiordos, desvaneciéndose a lo lejos entre la bruma. Nada más. Y nada menos.
Poco antes de cruzar, hacia el sur, el círculo polar ártico, sobrevolábamos un gran fiordo. Era el Kangerlussuaq, cerca de cuyo final se encuentra la pequeña localidad homónima. Donde está aquel que, hasta la ampliación del aeropuerto de Nuuk, era el principal punto de entrada a Groenlandia. De hecho, sigue teniendo la pista más larga de la isla, que sirve como respaldo, en caso de que haya problemas en Nuuk. En la lengua Kalaallisut, Kangerlussuaq quiere decir «Gran Fiordo». Aún desde el cielo, impresionaban sus dimensiones. El fiordo tiene 190 kilómetros de longitud y un ancho que varía entre los 1.500 y los 8.000 metros.
Unos minutos después estábamos sobre el Sarfartooq. El río, encajonado en un valle glaciar, acaba desembocando en el Kangerlussuaq. El Sarfartooq está justo al sur de la línea imaginaria que separa el deslumbrante Ártico del resto del planeta. Aunque aún me quedaban horas de vuelo sobre Groenlandia, no pude evitar sentir una punzada de melancolía.
Haber dejado atrás el Ártico no implicaba que se acabaran los paisajes interesantes. Poco después, sobrevolábamos otro angosto valle, encajonado entre dos grandes glaciares: el Kangaamiut Sermiat y el Tasersiap Sermia. Más allá de la magnitud del impresionante panorama, lo que más llamó mi atención fueron las lenguas de hielo que descendían desde el Tasersiap Sermia.
Glaciar que fue lo último que pude ver, antes de comenzar a sobrevolar un denso manto de nubes, que nos acompañó hasta Nuuk. Tan solo cuando descendimos bajo las nubes pude contemplar, brevemente, el intrincado sistema de fiordos que rodea la capital de Groenlandia. Parecía que mi suerte se estaba acabando.
Tras hora y media de escala, volvía a embarcar en un avión. En este caso, el Tuukkaq, el mismo Airbus 330-800neo que me había llevado a Groenlandia. Ahora, sí tenía asiento asignado, en el lado izquierdo del avión. Lo había reservado con la esperanza de tener una buena vista sobre Sermersuaq, la gran capa de hielo que cubre el 80% de la mayor isla del planeta. De momento, me sirvió para poder contemplar el Sermitsiaq, con sus 1.210 metros de roca sobresaliendo por encima de las nubes. La montaña, cuyo nombre se traduciría al español como «la Cuna», es la más alta en los alrededores de Nuuk.
Media hora después, llegábamos al límite oriental de las nubes. Al principio, fue difícil diferenciarlas de la gran capa blanca que cubre el centro de Groenlandia, pero me ayudó la presencia de algún pequeño nunatak. La palabra en kalaallisut que sirve para designar las islas de roca, rodeadas por un mar de hielo. Aunque, todo hay que decirlo, más allá de sus propias dimensiones, Sermersuaq tampoco parecía un lugar demasiado apasionante, visto desde el cielo. Una interminable superficie blanca, extendiéndose hasta el horizonte, con apenas rasgos distintivos. Tan solo muy ocasionalmente era posible apreciar alguna textura en su gélida superficie, revelando el lento desplazamiento de sus hielos.
Hasta que llegamos al límite oriental de la capa helada. Allí, Sermersuaq se descolgaba hacia los fiordos, en medio de un paisaje abrupto. Un manto de niebla cubría las aguas, añadiendo un halo de misterio a la escena. Entre la niebla y los hielos, emergía un pequeño archipiélago de rocas. Nos aproximábamos a Ammassalik.
Ammassalik es la isla más grande de la única zona habitada en el sureste de Groenlandia. Su mayor núcleo urbano es Tasiilaq, que concentra casi dos tercios de las aproximadamente 3.000 personas que viven en el área. Por supuesto, desde el avión no pude distinguir ninguna huella de presencia humana. Lo que, incluso en condiciones normales, habría sido bastante complicado, se volvía imposible debido a la densa niebla, que cubría prácticamente todos los fiordos.
También resultaba difícil distinguir los principales rasgos del relieve. El fiordo más destacado de la zona es el Sermilik, cuyo nombre se traduciría por algo similar a «Lugar con Glaciares». Tampoco fui capaz de identificarlo. En cualquier caso, aquellos minutos fueron los más mágicos del vuelo. Y una magnífica forma de recordarme que aquel debería ser, por méritos propios, uno de mis próximos destinos en Groenlandia.
Después, la costa de Groenlandia fue quedando atrás, diluyéndose lentamente entre la bruma. Aunque era mi tercer viaje a la isla, por primera vez me despedía de Groenlandia desde un avión. No fue tan hermoso como hacerlo desde la cubierta de un barco, pero también tuvo su dosis de nostalgia.
Islandia y Groenlandia no están tan alejadas como la proyección Mercator puede hacernos pensar. Poco más de 20 minutos después de haber perdido de vista la costa sureste de la Tierra Verde, tenía a la vista el extremo occidental de la Tierra de Hielo, con los acantilados de Látrabjarg y la gran playa de Breiðavík claramente visibles. Aquello habría sido el sueño de Erik el Rojo que, en su primera expedición para colonizar Groenlandia, acabó perdiendo 11 de los 25 barcos que zarparon desde el Breiðafjörður.
A pesar de las nubes, disfruté jugando a adivinar los lugares que sobrevolábamos en Islandia. Un terreno más abarcable y que conozco mucho mejor que la desmesurada Groenlandia. Rauðisandur, que desde el cielo no parecía nada roja, Stykkishólmur, el Hvammsfjörður… Para terminar sobrevolando el Hofsjökull, el tercer mayor glaciar de Islandia, que dejamos atrás contemplando el Þjórsárjökull, la mayor y más oriental de sus lenguas, derramándose sobre el oeste de Sprengisandur.
Después, las nubes cubrieron tanto las Tierras Altas centrales como el gran Vatnajökull, que parece empeñado en esquivar todos mis intentos de contemplarlo desde las alturas. Tan solo pude atisbar, fugazmente, el Skarðsfjörður y Vestrahorn. En ese pequeño milagro climático que suele ser el rincón suroriental de Islandia, en las inmediaciones de Höfn.
Lo siguiente que pude ver, ya en pleno descenso hacia Copenhague, fue Kokkedal, en el noreste de la isla de Selandia. Luego Landskrona, en la orilla sueca del Oresund. El mundo había cambiado. Casas, carreteras, y llanuras cubiertas de árboles y vegetación. Y, por primera vez en doce días, desde que había despegado de aquel mismo aeropuerto, estaba anocheciendo. Había regresado a la normalidad.
Tras pasar una noche en el Hotel Clarión, en el mismo aeropuerto de Kastrup, al día siguiente un vuelo rutinario, de aproximadamente tres horas, me llevó de vuelta a Madrid. Lejos del Ártico, del sol de medianoche, del laberinto de hielo y agua del Ilulissat Kangerlua, de las eternas horas doradas, de las montañas de hielo, de los páramos desolados… De todo aquello que hace tan distinta y especial la región más boreal del planeta. Ahora, tan solo me quedaba rememorarlo en el blog y comenzar a soñar con mi próximo viaje al norte.
Para ampliar la información.
Mis dos anteriores viajes a la isla fueron parte de cruceros. El primero, en un buque convencional, está en https://depuertoenpuerto.com/tres-dias-en-groenlandia/. El segundo, a bordo de un barco de expedición, en https://depuertoenpuerto.com/cuatro-dias-en-scoresby-sund/.
En inglés, encontrarás la web de Air Greenland en https://www.airgreenland.com/.
En https://www.airports.gl/en/ podrás actualizar la información sobre los aeropuertos de Groenlandia.
El aeropuerto de Ilulissat está en pleno proceso de expansión. A finales de 2026 está previsto abrir la nueva pista, que permitirá el aterrizaje de grandes reactores. Puedes ampliar la información sobre los nuevos aeropuertos de Groenlandia en https://www.nib.int/articles/a-gateway-to-greenlands-future.


















