La carretera que muere junto a los dos faros de Dalatangi es una de las más increíblemente hermosas de los Fiordos del Este. Con el añadido de que, previamente, deberás atravesar Mjóafjarðarheiði y recorrer toda la orilla septentrional del impresionante Mjóifjörður. Una ruta de 46 kilómetros (92 entre ida y vuelta), casi en su totalidad sin asfaltar, que te permitirá recorrer uno de los paisajes más deslumbrantes de la Tierra de Hielo. Todo ello, fuera de las rutas más trilladas.

Contemplando Mjóifjörður

Mjóifjörður en septiembre de 2024.

Había recorrido parte de la ruta durante el otoño de 2024. En concreto, los casi 32 kilómetros que separan la Ring Road de Brekka, el único núcleo urbano del fiordo. Si es que podemos calificar de esta manera a un lugar en el que apenas viven 16 personas. Pero aquel recorrido, aunque hermoso hasta rozar lo sublime, también había tenido su lado amargo. La falta de tiempo y el clima adverso en Mjóafjarðarheiði me habían hecho dar media vuelta sin completar el último tramo de la carretera 953. Aquel que, tras atravesar un impresionante tramo de la costa oriental de Islandia, termina junto a uno de los faros.

Cascadas en Slenjudalur

Cascadas en Slenjudalur.

Un año y dos días más tarde, poco después de las diez de la mañana dejaba el asfalto de la Ring Road y me adentraba en Mjóafjarðarvegur. Esta vez, contaba con un día completo para recorrer con calma el fiordo y no había la menor señal de la nieve del año pasado. Pero no todo eran ventajas. Llovía intensamente y, según remontaba hacia el paso de Mjóafjarðarheiði, me adentré en un denso banco de niebla. En cualquier caso, la previsión era de que el clima fuera más estable un la costa. Ni llegué a plantearme cambiar de planes.

Frente a Prestagilsfoss

Frente a Prestagilsfoss.

Salí de la niebla justo frente a Prestagilsfoss. La hermosa cascada que se descuelga por Prestagil (el Barranco de los Curas) era uno de mis objetivos del día. Quería volar el dron y aprovechar para intentar averiguar si, aunque no aparezca en los mapas, existe algún sendero que lleve hacia el barranco. Con la cascada parcialmente velada por la niebla y lloviendo a cántaros, ni lo uno ni lo otro tenían el menor sentido. Seguí mi camino rumbo a la boca del fiordo. Lo volvería a intentar a la vuelta.

Ovejas en Mjóifjörður

Ovejas en Mjóifjörður.

Tampoco me detuve en la vieja barcaza que se oxida lentamente cerca del final del fiordo. Mi intención era no hacer ninguna pausa prolongada hasta dejar atrás Brekka y adentrarme en el tramo de carretera que no conocía. Como mucho, alguna foto rápida a una de las numerosas cascadas que se descolgaban desde las nubes, o a algún grupo de ovejas, con su lana empapada de humedad, y poco más.

Un cormorán bajo la lluvia

Un cormorán bajo la lluvia.

Hasta que divisé un cormorán posado sobre una piedra, justo en el borde del agua. Una especie que, aún siendo más abundante en verano, es posible ver a lo largo de todo el año. Detuve el coche a una distancia prudencial y me acerqué caminando lentamente, hasta que el ave decidió regalarme un hermoso despegue sobre las aguas del fiordo.

Más allá de Brekka

Más allá de Brekka.

Cerca del mediodía dejaba atrás Brekka y me adentraba en territorio desconocido. Apenas llovía y la niebla parecía haber detenido su lento descenso. La carretera avanzaba a media altura, más cerca del mar que de las nubes, hasta desaparecer tras los pliegues del terreno. Al final, había acertado a visitar Mjóifjörður en una brumosa mañana de principios de otoño, perfecta para el tipo de fotografía que más disfruto haciendo en Islandia.

Cascadas entre las nubes

Cascadas entre las nubes.

Y desde luego que disfruté. Fotografiando cascadas que parecían surgir de las nubes.

La pista a los pies del Akurfell

La pista a los pies del Akurfell.

O las enormes laderas, fruto de millones de años de erosión, por las que avanzaba tortuosamente la carretera.

Roca y niebla

Roca y niebla.

Aunque, por encima de todo, me dediqué a fotografiar la ambigua zona donde la roca y las nubes se entremezclaban, formando escenas que transmitían una sutil sensación de misterio. Escenas que, además, mutaban continuamente, al albur del escaso viento, que movía muy lentamente los bancos de niebla, haciendo que el entorno pareciera aún más mágico.

El primer faro de Dalatangi

El primer faro de Dalatangi.

Tardé casi una hora en llegar hasta al final de la pista, donde está el punto más oriental de Islandia al que es posible llegar conduciendo un vehículo. Una vez allí, me dirigí primero al faro antiguo. Aquel que hizo levantar en 1895 Ottó Wathne, un armador noruego con intereses en el cercano Seyðisfjörður. El faro debía señalizar los acantilados meridionales en la entrada al fiordo. Wathne pagó la construcción del edificio y las autoridades danesas, de las que entonces dependía Islandia, se encargaron de instalar el sistema de luces.

El faro de Dalatangi

El faro de Dalatangi.

Aquel pequeño faro sería sustituido por el actual en 1908. Un edificio mayor y más sólido pintado, como tantos faros de Islandia, en un llamativo color naranja. Su torre tiene 10 metros de altura, con su plano focal 19 metros sobre el nivel del mar. Fue su luz la que me recibió en aquel mágico amanecer de febrero de 2019, mientras llegaba a Islandia a bordo del Norröna. Desde entonces, había soñado con llegar hasta el faro por tierra. Tardé 79 meses en lograrlo.

La orilla opuesta de Seyðisfjarðarflói

La orilla opuesta de Seyðisfjarðarflói.

Más allá, se extendía Seyðisfjarðarflói. La amplia bahía en cuyo interior están el Seyðisfjörður y el más modesto Loðmundarfjörður. Desde mi posición podía ver, al otro lado del mar, una de las costas más salvajes de Islandia, totalmente despoblada y llena de acantilados y casacadas. Tan solo la F946 recorre tangencialmente una parte de aquella costa. Una pista que está entre las menos conocidas de Islandia y que intentaría recorrer unos días más tarde. Sin demasiado éxito, por cierto.

La costa, más allá de Dalatangi

La costa, más allá de Dalatangi.

Pasé más de media hora en el entorno de los faros, con la única compañía de un puñado de ovejas y las aves que revoloteaban por la zona. Debía haber alguien en las casas junto a los faros, pues pude ver un par de coches aparcados, pero en mi paseo no coincidí con ninguna persona. Mi intención era haber volado el dron, buscando una foto panorámica del faro y los acantilados, hecha desde el mar. Pero el viento era demasiado intenso. Tras comprobar que no tenía la menor intención de amainar, inicié el camino de regreso.

Regresando de Dalatangi

Regresando de Dalatangi.

Si el camino hacia los faros había sido una maravilla, no sé como describir la vuelta. Iba mucho más relajado. Ahora sabía que, aunque no estuviera asfaltada, la carretera no tenía ningún tramo realmente complicado. También iba sobrado de tiempo y podía anticipar los lugares en los que, a priori, sería más interesante hacer una pausa. Aunque esto último era lo más complicado. Había tantos que, en realidad, me vi obligado a elegir. En contadas ocasiones, los lugares que me parecían más deslumbrantes. Otras veces, simplemente me detenía donde resultaba más sencillo aparcar sin bloquear la carretera. No es que hubiera tráfico. En realidad, en el camino de ida no había visto ningún coche y en el de vuelta tan solo me crucé con un par. Pero, en Islandia y en cualquier lugar, siempre hay que procurar no ser el turista molesto, que va a lo suyo sin preocuparse por los demás.

Llegando a Steinsnesdalur

Llegando a Steinsnesdalur.

Por increíble que pudiera parecer, el paisaje no hacía más que mejorar. Las nubes se iban elevando lentamente, permitiendo ver más paredes de roca. Avanzaba a paso de tortuga por un paisaje de una belleza y majestuosidad asombrosas.

Un fulmar frente al Tóarfjall

Un fulmar frente al Tóarfjall.

Tras superar el valle de Steinsnesdalur, hice una pausa a los pies de la mole del Tóarfjall. La idea era fotografiar alguno de los fulmares que volaban frente a la carretera, en muchos casos más bajos que esta. Entonces descubrí que, a sotavento de la montaña, el aire estaba completamente en calma. El lugar era perfecto para volar el dron.

Gasté dos baterías completas en varias tomas del imponente entorno que recorría. En algunas, utilizando el coche para dar una referencia de escala. Las nubes bajas, los acantilados, las cascadas descolgándose hasta las aguas del fiordo, los fulmares y gaviotas volando a media altura… Todo ello, con una luz muy tamizada por el denso manto de nubes y en medio de un silencio sepulcral, tan solo roto por el escaso oleaje y el agua de las cascadas. Pocas veces he disfrutado tanto volando un dron.

En el puerto de Brekka

En el puerto de Brekka.

Tras regresar al fiordo, hice una larga pausa en el puerto de Brekka. Donde tan solo había tres pequeños pesqueros y una embarcación que tenía todo el aspecto de ser aquella que, durante los meses del largo invierno islandés, es el único vínculo de unión entre Mjóifjörður y el resto del mundo. Entre el 1 de noviembre y el 20 de marzo, la carretera 953 no tiene servicio invernal. El resto de la primavera y el otoño, tan solo se limpia un par de veces por semana, siempre que la acumulación de nieve no sea excesiva.

Volando sobre el Mjóifjörður

Volando sobre el Mjóifjörður.

Retomé la ruta hacia Mjóafjarðarheiði. Nubes, cascadas, patos, más cascadas… Sin llegar a la deslumbrante belleza de mi anterior visita, el paisaje resultaba fascinante. Y el día parecía seguir mejorando, aunque mantenía ese aura mágico de velado misterio. Y seguía sin haber el menor rastro de viento. Al final, me animé a volar el dron por segunda vez.

Apenas eran las cinco y media de la tarde cuando me aproximaba a Prestagil. Lloviznaba débilmente. La cascada permanecía oculta tras un banco de niebla, pero no me importó. Más bien al contrario. Con suerte, podría lograr una toma de Prestagilsfoss mientras la niebla desvelaba su secreto. Comencé a montar el dron, con la idea de hacer un primer vuelo que, además, me serviría para explorar el sendero. Tuve suerte. Según iba a despegar, comenzó a llover con una intensidad asombrosa. De haberme encontrado en pleno vuelo, probablemente aquel chaparrón me habría costado el dron.

Reanudé la ruta, para volver a atravesar Mjóafjarðarheiði entre la niebla y la lluvia. A las seis y cuarto de la tarde, regresaba al asfalto de la Ring Road, dando por finalizada mi segunda excursión al Mjóifjörður. Quizá no encontré un fiordo tan arrebatadoramente hermoso como en la anterior, con las primeras nieves del otoño cubriendo sutilmente la parte alta de sus abruptas laderas. A cambio, pude llegar hasta el final de la carretera y disfrutar del espectacular entorno de Dalatangi. No sé con cuál de las dos me quedaría. Lo que sí sé es que el «Fiordo Estrecho» se ha convertido, por méritos propios, en uno de mis lugares favoritos de Islandia. Otro más al que no me importará regresar en el futuro.

Para ampliar la información.

En https://depuertoenpuerto.com/mjoifjordur-en-otono/ puedes ver mi anterior recorrido por el fiordo, hasta Brekka.

Si careces de experiencia conduciendo en Islandia, te interesará consultar esta entrada del blog: https://depuertoenpuerto.com/conducir-en-islandia-la-guia-completa/.

En inglés, Iceland Wedding Planner tiene un buen post sobre una visita al fiordo, llegando hasta Dalatangi en un día bastante más apacible: https://icelandweddingplanner.com/2020/09/29/10-things-to-do-in-mjoifjordur/.

La web del único lugar que ofrece alojamiento en Brekka está en https://mjoifjordur.is/.