Kárahnjúkar, construida con roca suelta reforzada con una membrana de hormigón, es la mayor presa de su tipo en Europa. Tiene 198 metros de altura y 700 de longitud. Su construcción comenzó en abril de 2003 y el llenado en septiembre de 2006. La presa fue complementada con otras dos menores, de forma que entre todas crearon el embalse de Hálslón, con una superficie de 57 km² y una capacidad máxima que ronda los 2,1 km3. Sus aguas proceden principalmente del deshielo del Vatnajökull, cuyos hielos se encuentran a menos de 5 kilómetros del extremo meridional del embalse.
El proyecto se complementó con otras dos presas, en el Jökulsá í Fljótsdal, una central hidroeléctrica en el valle de Fljótsdalur y un sistema de túneles que lleva el agua desde Hálslón y el embalse de Ufsarlón, en el Jökulsá í Fljótsdal, hasta la central de Fljótsdalsstöð, que alcanzó su plena capacidad operativa en 2007. El edificio que hay en Fljótsdalur, junto a la carretera 9340, tan solo es el acceso al verdadero complejo, que se encuentra un kilómetro más atrás, en el interior de la montaña. Su capacidad de generación es de 690 MW.
Aunque un proyecto de esta envergadura no podía estar exento de polémica. La presa y el embalse tuvieron un amplio impacto en las Tierras Altas orientales de Islandia. Una de las zonas más inaccesibles y por tanto más vírgenes del país. Más allá de la aparición de tres lagos artificiales, buena parte del caudal del Jökulsá á Dal acaba siendo redirigido al Jökulsá í Fljótsdal. Junto con la mayor parte de sus sedimentos, que han alterado gravemente el equilibrio ecológico del lago Lagarfljót. Además, aquel que antes era uno de los ríos más impetuosos del Islandia ha quedado generalmente reducido al apacible curso de aguas color turquesa que pudimos contemplar en nuestra primera incursión por la zona, en el verano de 2020.
Aunque, como había podido comprobar en mi primera visita otoñal al cañón de Stuðlagil, no siempre sea así. Ocasionalmente, a finales de agosto o principios de septiembre, la presa de Kárahnjúkar rebosa por su gran aliviadero, capaz de desaguar hasta 2.200 m³/s. El doble de la mayor crecida de la que se tiene constancia en el Jökulsá á Dal. Aquel día, el río no estaba ni de lejos en esos niveles, teniendo además en cuenta que el sistema de túneles puede absorber hasta 144 m³/s, pero sus turbulentas aguas, de un intenso color terroso, permitían adivinar cómo habría sido en sus buenos tiempos.
Dos días después de mi visita a Stuðlagil, tendría la ocasión de comprobar si realmente Kárahnjúkar estaba rebosando por su aliviadero superior y si Hverfandi, la efímera cascada de 90 metros de altura que crea el aliviadero, estaba en todo su esplendor. Uno de los pocos efectos positivos de la construcción de Kárahnjúkar ha sido facilitar el acceso a las Tierras Altas orientales. Actualmente la carretera 910 está asfaltada hasta el aparcamiento occidental de la presa. Desde allí, puedes continuar por las diversas rutas que recorren la región. Aunque a partir de la presa se acaba el asfalto y comienza la aventura. En mi caso, la de intentar llegar al cráter del Askja desde el este, por una oscura ruta, que ni tan siquiera era una carretera de montaña.
Llegué a Kárahnjúkar a las nueve y media de una mañana bastante caótica. Desde que había comenzado el ascenso hacia las Tierras Altas, por el zigzagueante extremo oriental de la 910, los bancos de niebla habían sido cada vez más persistentes. Tanto, que a esas alturas de la mañana prácticamente había renunciado a intentar llegar al Askja. Adentrarme en una ruta muy poco transitada, que en ocasiones parecía ser poco más que dos roderas en medio de un pedregal, rodeado de niebla, no parecía un plan demasiado sensato. Además, la presa me recibió con sus mejores galas. Sin dudar un segundo, detuve el coche en su aparcamiento y me dispuse a explorar el entorno. Un entorno que, no por ser en gran parte artificial, carecía de interés.
Como no podía ser de otra forma, lo primero que atrajo mi atención fue Hafrahvammagljúfur. Un enorme cañón, con 200 metros de profundidad y 8 kilómetros de longitud, que sin duda está entre los más espectaculares y menos conocidos de Islandia. Aquel día, lograba superarse a sí mismo. Envuelto entre las nubes que creaba Hverfandi, el lugar mutaba continuamente.
El sol también contribuía al espectáculo. Las nubes iban y venían, iluminando fugazmente algunas secciones del barranco. Por su fondo, apenas visible entre los pliegues del terreno, avanzaba un río «de verdad». No aquel raquítico y lastimero arroyo que había podido contemplar durante mi anterior visita a la presa. El entorno era tan hipnótico, que acabé perdiendo la noción del tiempo.
Un buen número de fotos y videos más tarde, logré librarme del embrujo, dirigiendo mi atención al embalse de Hálslón. Sus aguas plateadas se extendían más de 25 kilómetros hacia el sur, aunque desde mi ubicación era imposible contemplar el embalse en toda su longitud. En cambio, durante un breve instante, pude entrever a lo lejos la masa de hielo del Vatnajökull, tamizada por la bruma.
Aunque de forma más lenta, Hálslón también mutaba continuamente. El sol iluminaba fugazmente algunas secciones del embalse, mientras los bancos de niebla se deslizaban lentamente sobre su superficie. Aquella mañana, Hálslón parecía una oda al minimalismo fotográfico.
Después, me centré en el aliviadero. Era evidente que no estaba, ni de lejos, funcionando a su plena capacidad. Aun así, el volumen de agua era más que notable. Tras recorrer una vertiginosa rampa de hormigón, terminaba despeñándose en el profundo cañón, creando nubes de agua pulverizada que flotaban lentamente hacia el sur. Pero Hverfandi, el salto de agua, era prácticamente invisible desde mi ubicación. ¿Quizá podría verlo desde la presa?
Lo intenté caminando por la parte alta del muro, donde hay habilitado un pasillo peatonal. Pero había dos problemas. La barandilla inferior, al otro lado de la presa, bloqueaba la vista. Además, parte del agua pulverizada por Hverfandi ascendía por el talud, creando un extraño banco de niebla, que también impedía ver la cascada. Y que me hizo desistir de intentar caminar por la zona habilitada para vehículos. Aunque apenas había tráfico, entre la niebla y el estruendo generados por el agua me sería completamente imposible advertir si se aproximaba algún vehículo desde el este. Y a su conductor verme con un mínimo de anticipación.
La otra opción para lograr fotografiar Hverfandi era utilizar el dron. Parecía lo más razonable, con el aliciente añadido de poder grabar un vuelo sobre el cañón. Según iba hacia el coche para recogerlo, se levantó viento. No era excesivo. En realidad, podía haber volado. Pero no tenía la menor prisa. Sobre la marcha, decidí hacer una pequeña incursión con el coche. Había renunciado a llegar hasta el Askja, dejándolo para el siguiente día, pero podía explorar brevemente el comienzo de la ruta. Quería comprobar su estado y, sobre todo, averiguar si en el entorno del embalse había alguna pista con acceso restringido. Volaría el dron a la vuelta, con el sol más alto. Una vez más, Islandia decidió cambiar mis planes. Aquella exploración acabó saliéndoseme de las manos. Y, de paso, dejándome sin las fotos de Hverfandi.
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Para ampliar la información.
En inglés, Guide to Iceland tiene una entrada sobre Hafrahvammagljúfur (https://guidetoiceland.is/travel-iceland/drive/hafrahvammagljufur-canyon) y otra sobre Kárahnjúkar (https://guidetoiceland.is/travel-iceland/drive/karahnjukavirkjun).
En Hit Iceland hay un post sobre el cañón https://hiticeland.com/hafrahvammagljufur-canyon-in-the-deep-highland-iceland.
La página web de la planta de Fljótsdalur está en https://www.landsvirkjun.com/powerstations/fljotsdalur.
Quien quiera profundizar sobre el debate creado por la planta de aluminio en Fjarðaál, puede visitar https://archive.nordregio.se/en/Metameny/About-Nordregio/Journal-of-Nordregio/Journal-of-Nordregio-no-2-2011/Lessons-from-Alcoa-in-East-Iceland/index.html.
En https://wright-ingraham.org/hydropower-in-iceland-a-review-of-the-karahnjukar-project/ hay un largo artículo sobre la presa de Kárahnjúkar.










