Ilulissat se ubica en el fascinante entorno de la bahía de Disko, lleno de lugares con innegable interés. Aunque, entre todos, uno brilla con luz propia: el deslumbrante fiordo de hielo, que los groenlandeses conocen como Ilulissat Kangerlua y al que los turistas nos solemos referir como Ilulissat Icefjord. Un lugar que, por sí solo, justificaría un viaje hasta el Ártico groenlandés. Y que sería el único protagonista de mi primera jornada completa en la pequeña ciudad.

Grandes icebergs en el Kangia

El frente del Kangia desde el Sarfaq Ittuk.

Había podido contemplar el frente helado del fiordo durante el día anterior. Por la mañana desde cierta distancia, llegando a Ilulissat procedente del sur, a bordo del Sarfaq Ittuk. Por la tarde de forma mucho más próxima, recorriendo sus recovecos exteriores en una pequeña lancha, mientras un hermoso atardecer ártico se adueñaba del cielo. Las siguientes visitas serían distintas. El plan era ir caminando hasta el borde septentrional del fiordo, más allá del enorme tapón de icebergs que se forma en su boca, aprovechando la pequeña red de senderos que recorre la zona.

Camino hacia el Kangia

Camino hacia el Kangia.

La primera excursión arrancó a las once y media de una mañana que parecía impropia del Ártico. Sobre todo por la luz. Un sol asombrosamente intenso brillaba sobre un cielo de un azul inmaculado. La temperatura rozaba los seis grados y el viento era inexistente. Poco después de las once, nos poníamos en camino. Esta vez, compartiría la excursión con Sergio y Nuria, dos barceloneses con los que había coincidido en Nuuk y que estaban realizando un viaje muy similar al mío. Coincidiendo con el mediodía, dejábamos de lado el flamante museo edificado en 2021 y superábamos el límite de la zona declarada en 2004 Patrimonio de la Humanidad. Más allá de la cómoda plataforma de tablones que recorríamos, los icebergs comenzaban a hacer acto de presencia.

El descenso hacia Sermermiut

El descenso hacia Sermermiut.

La senda descendía hacia Sermermiut. Una pequeña ensenada, justo junto a la boca del glaciar, que durante milenios fue el lugar preferido por los diversos pueblos que pasaron por la zona. A pesar de ser un espacio peligroso, pues puede verse afectado por el colapso de los grandes icebergs, la riqueza de las aguas cercanas era un imán para las culturas indígenas. Sus últimos pobladores se marcharon a la actual Ilulissat, que entonces recibía el nombre de Jakobshavn, a mediados del siglo XIX. En la actualidad es uno de los principales yacimientos arqueológicos de Groenlandia.

El interior del Kangia

El interior del Kangia.

Después, volvía a ascender, para desaparecer a escasos metros de nuestro objetivo: un par de bancos y una mesa de madera ubicados sobre una de las colinas rocosas. Con una de las vistas más impresionantes que he podido contemplar en mi vida. Al frente, se extendía el caos de hielo del Kangia, con la orilla opuesta del fiordo, siete kilómetros al sur de nuestra posición, como telón de fondo. Entre medias, los grandes icebergs se mezclaban con otros de dimensiones más modestas, rodeados por un caos de agua y pequeños bloques de hielo.

El interior del muro de hielo

El interior del muro de hielo.

Hacia el oeste, se extendía la parte interior del muro de hielo que habíamos recorrido durante la anterior tarde. La acumulación de enormes icebergs, algunos con más de 800 metros de calado, forma un gran tapón, que retiene los hielos que se van desprendiendo del Sermeq Kujalleq. El glaciar más prolífico del hemisferio norte, responsable del 10% de los icebergs que Groenlandia expulsa cada año al mar. Su frente, ubicado unos 50 kilómetros al este del lugar en el que nos encontrábamos, permanecía oculto a nuestra vista. Tan solo es accesible volando en helicóptero.

En la senda azul

En la senda azul.

Tras casi dos horas en el lugar, decidimos comenzar el regreso. Las condiciones de luz eran nefastas para la fotografía y el grado de luminosidad era tan alto que comenzaba a resultar molesto. Además, aquella excursión no era más que una primera exploración, destinada a familiarizarnos con el entorno y sus posibilidades. En este sentido, decidimos volver dando un rodeo. En lugar de la ruta directa, por el camino de tablones, tomaríamos la senda azul hacia el este, para luego regresar hacia Ilulissat por la senda roja. De camino, disfrutaríamos de otras vistas sobre el fiordo y, con suerte, encontraríamos algún lugar más interesante y tranquilo que el mirador.

El Kangia desde la senda azul

El Kangia desde la senda azul.

Tranquilidad no nos faltó. En todo el camino, no vimos a ninguna otra persona. Y las vistas seguían siendo deslumbrantes en todos los sentidos, pero no mejores que donde habíamos estado inicialmente. En cualquier caso, cerca del cruce entre las sendas azul y roja, hicimos una larga pausa. Sergio aprovechó para volar el dron. Yo acabé imitándole. Más por desentumecer los dedos, pues en España no suelo volar, que por el interés de las posibles tomas. La luz seguía siendo extraordinariamente dura.

Coronando la senda roja

Coronando la senda roja.

Al filo de las cuatro de la tarde, coronábamos el punto más alto de la senda roja y volvíamos a tener a la vista el Icefjord Centre. El desvío había sido interesante, pero no tanto como para repetirlo por la tarde. El paisaje no mejoraba y la caminata, por el irregular campo groenlandés, resultó ser bastante más dura. En otra media hora, estaba de vuelta al hotel.

Comienza el atardecer en Sermermiut

Comienza el atardecer en Sermermiut.

Después de una ducha, un plato de pasta y una siesta, comenzó la segunda caminata del día. Esta vez, se nos habían unido Iñigo y Josean. Dos donostiarras que subieron al Sarfaq Ittuk durante la escala en Narsaq. A las nueve estábamos de nuevo frente a Sermermiut. Ahora bajo una luz suave, al comienzo de lo que prometía ser un hermoso crepúsculo ártico. Quizá no llegara a ser tan mágico como el de la tarde anterior, pero el contraste con la escena excesivamente iluminada de esa misma mañana era notable.

Un gran iceberg en el Kangia

Un gran iceberg en el Kangia.

Suponiendo que la luz iba a ser más propicia y el paseo más tranquilo que el matutino, me había llevado el 70-300 mm. Lo que me permitió fotografiar tanto varios detalles del muro de hielo como algunos de los grandes icebergs que flotaban por el interior del fiordo. Icebergs que se van deslizando lentamente hacia el oeste, hasta chocar con la morrena sumergida que hay en la boca del fiordo y quedar allí embarrancados, a veces durante años, como parte de la colosal muralla de hielo que está en la raíz de la singularidad del Kangia de Ilulissat.

Un canal en el muro de hielo

Un canal en el muro de hielo.

Pero mi auténtico interés era volar el dron. No tardé mucho en despegarlo y comenzar a explorar aquel extraño mundo desde las alturas. El dron me permitió observar de cerca varios icebergs, las peculiaridades de la mezcla entre hielo y agua que los rodeaba o alguno de los recovecos del muro de hielo.

Una laguna sobre el iceberg

Una laguna sobre el iceberg.

Aunque lo que más me llamó la atención fue una extraña laguna, en la parte superior de uno de los grandes icebergs de la zona del muro. Lo que inicialmente parecía el clásico lago color turquesa, sobre la superficie helada, resultó ser asombrosamente profundo. Tanto, que era imposible adivinar su fondo, horadando el corazón mismo de la montaña de hielo. ¿Cómo habría podido formarse?

El Nukariit III faenando en el Kangia

El Nukariit III faenando en el Kangia.

Entre vuelo y vuelo, vino la segunda sorpresa de la tarde. En medio de aquel caos de hielo, había una embarcación. Resultó ser el mismo Nukariit III que había visto la tarde anterior, mientras daba un primer paseo por las calles de Ilulissat. A pesar de contar con protección especial desde 2003, la pesca está permitida dentro del fiordo. En parte, por formar parte de las costumbres ancestrales de los inuit. Aunque también debe ayudar la escasa presión turística que, de momento, recibe la zona. Cuánto tiempo permanecerá así, sobre todo después de la futura ampliación del aeropuerto de Ilulissat, es algo que difícilmente podemos predecir.

A tres minutos de la medianoche

A tres minutos de la medianoche.

Dos horas y tres vuelos más tarde, llegó el momento de regresar al hotel. Todos acusábamos el cansancio de una larga jornada y tanto Sergio como yo habíamos agotado todas las baterías de nuestros respectivos drones. Al contrario que la excursión matinal, la tarde había sido asombrosamente fructífera. Ahora, solo quedaba volver al centro de Ilulissat dando un tranquilo paseo. Bajo un hermoso atardecer ártico, en otra jornada sin noche.

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Para ampliar la información.

En Wikiloc describen las distintas rutas de senderismo por la zona: https://es.wikiloc.com/rutas/senderismo/groenlandia/avannaata/ilulissat.

Viaje al Patrimonio tiene una entrada sobre el fiordo: https://viajealpatrimonio.com/listing/fiordo-helado-de-ilulissat/.

En inglés, la web oficial del Ilulissat Kangerlua, con información sobre el centro de visitantes y el acceso por las sendas, está en https://kangia.gl/en.

En Atlas & Boots encontrarás una descripción de las principales rutas al fiordo: https://www.atlasandboots.com/travel-blog/hiking-around-ilulissat-greenland/.

También es interesante la entrada de Short Girl on Tour: https://shortgirlontour.com/a-complete-guide-to-hiking-in-ilulissat-greenland/.