Llevaba tiempo queriendo conocer Möðrudalsleið. Siendo sincero, no tenía ningún motivo especial, más allá de la mera curiosidad. Apenas tenía referencias de una ruta que había quedado olvidada, junto a uno de los rincones menos transitados de la Ring Road. Tan solo sabía que no tiene servicio invernal, por lo que nunca había podido recorrerla durante mis viajes en dicha estación del año. También suponía que, habiendo sido parte de la Ring Road, tendría un trazado y un ancho razonables. Aunque desconocía completamente su grado de mantenimiento. En cualquier caso, la carretera era uno de los objetivos secundarios de mi segundo viaje otoñal a la Tierra de Hielo. Cuando el mal tiempo hizo saltar por los aires mi plan para la cuarta jornada en la isla, Möðrudalsleið pasó a ser el último componente de mi plan B. En lugar de regresar desde Stuðlagil a Möðrudalur por la F910 y la F905, daría un rodeo por la 901.
Tomé el desvío de Möðrudalsleið diez minutos antes de las cinco de una tarde que parecía haberse torcido definitivamente. Cada vez llovía más y, al frente, el cielo era de un gris plomizo que no traía buenos augurios. En cualquier caso, la distancia a Möðrudalur era de apenas 32 kilómetros. Si el día o la carretera empeoraban mucho, siempre tendría la opción de dar media vuelta. Aunque, de momento, me alegré de dejar atrás el tráfico de la Ring Road, por escaso que este fuera, y cambiarlo por otro inexistente.
Mi suerte no tardó en mejorar. En menos de diez minutos, tras cruzarme con el único vehículo que vi en toda la ruta, enfilaba una larga recta. Había dejado de llover, en el horizonte comenzaban a adivinarse algunos claros y la carretera, a pesar de no estar asfaltada, tenía un estado bastante aceptable. Parecía que el desvío había sido todo un acierto.
Seguí avanzando lentamente. No tenía la menor prisa y, al ir solo por la carretera, podía detenerme sin mayor problema. Si venía algún otro vehículo, lo escucharía varios minutos antes de que me alcanzara. Aún caía algún que otro chaparrón, pero la tarde continuaba mejorando, al igual que el paisaje. Más allá de los ásperos páramos de las Tierras Altas nororientales podía entrever el Snæfell, elevando sus 1.833 metros de roca hasta las nubes. Situado en el extremo septentrional del cinturón volcánico de Öræfi, es el mayor estratovolcán subaéreo de Islandia.
La carretera avanzaba en perpendicular a los valles, saltando algún pequeño puerto, que incrementaba el interés de la ruta. De momento, resultaba más atractiva que la mucho más monótona llanura de Möðrudalsöræfum, por donde avanza la Ring Road. El paisaje, si cabe más descarnado, se veía ensalzado por la absoluta soledad en la que lo recorría.
Aunque, en el imaginario colectivo, asociamos la palabra desierto a calor y arena, en realidad las Tierras Altas del norte de Islandia componen el mayor desierto de Europa. Una enorme sucesión de páramos desolados, en los que no habita ningún humano y la vegetación es tan escasa como en algunos de los desiertos más afamados del planeta. El clima, extraordinariamente duro por la altitud y la proximidad al Ártico, crea un entorno asombrosamente yermo, en el que muchas veces resulta complicado encontrar el más mínimo vestigio de vegetación.
Casi una hora después de haber tomado el desvío, me aproximaba al que parecía ser último paso de montaña de la ruta. Hasta ese momento, mi avance había sido tan lento como satisfactorio. Avanzaba contento de haber descubierto una pequeña joya escondida. Uno de esos lugares de Islandia, totalmente ignorados por el turismo, en los que puedes disfrutar tranquilamente de la naturaleza primigenia de la isla. Al frente, más allá de la recta, la carretera zigzagueaba remontando las montañas que me separaban del amplio valle donde se asienta Möðrudalur. La granja a mayor altitud de Islandia y el lugar donde pasaría la siguiente noche.
Me detuve unos metros antes de coronar el paso. Echando la vista atrás, podía ver el pequeño valle que acababa de atravesar y, más allá, el sinuoso trazado de la carretera perdiéndose entre los pliegues del terreno. Solo entonces, avancé los escasos metros que me separaban de la vista hacia el oeste.
Y la vista me dejó, literalmente, sin palabras. Mirando hacia el noreste, el paisaje me resultaba familiar. A pesar de que no podía distinguirla, allí debía estar la Ring Road, atravesando uno de los tramos más hermosos de su sección septentrional. Las inconfundibles siluetas de los montes Vegahnjúkur y Sauðahnjúkur, entre los que pasa la carretera, delataban su presencia. Aunque la perspectiva era distinta y, si cabe, más hermosa y limpia, al no estar «rota» por la cinta negra de la carretera.
Aún más mágica y enigmática resultaba la vista hacia el suroeste, donde una infinita sucesión de lagunas salpicaba el amplio valle en el que se asienta Möðrudalur. Más allá de Kjalfell, podía entrever el Jökulsá á Fjöllum, zigzagueando hacia el norte, rumbo a Dettifoss y la costa ártica de Islandia. Y, aún más allá, una interminable sucesión de montañas, difuminándose en el horizonte.
Pasé un buen rato en el lugar. Haciendo uso del teleobjetivo, mientras captaba los detalles de aquel impresionante paisaje, que además había tenido la suerte de alcanzar coincidiendo con los primeros compases de un mágico atardecer subártico. Solo por aquellas vistas, habría merecido recorrer la carretera 901.
Finalmente, logré hacer suficiente acopio de fuerza de voluntad para reanudar mi ruta. No llegué muy lejos. Según descendía, el sol comenzó a iluminar el paisaje a mi derecha, creando interesantes contrastes. Nueva pausa fotográfica.
Volví a ponerme en marcha. Esta vez, fueron los tonos cálidos sobre la llanura que tenía al frente los que me detuvieron. Aunque acabó siendo más interesante la sucesión de grisáceas montañas, perdiéndose en el horizonte, que ahora observaba con una perspectiva algo más baja.
El tercer intento se vio frustrado por un rayo de sol, incidiendo directamente sobre Möðrudalur. Aunque, una vez más, acabé haciendo toda una serie de fotografías, espoleado por una luz cada vez más suave y cálida.
Finalmente, al cuarto intento, logré llegar a la llanura. Aunque todavía hice alguna breve pausa. Esta vez, para fotografiar a Herðubreið, la reina de las montañas de Islandia, recortándose contra el cielo más allá del páramo.
Llegué a Möðrudalur pasadas las seis y media de la tarde. Casi dos horas para recorrer 32 kilómetros. Y en realidad, de haber seguido avanzando hacia el oeste, aún faltaban otros 8 kilómetros de pista hasta la reincorporación a la Ring Road, elevando el total a 40 kilómetros. Distancia que es similar a la de la ruta principal, por Þjóðvegur 1. Aunque, según Google, en este caso solo tardarías unos 30 minutos, seguramente serán algunos más, pues con toda probabilidad te detendrás en el mirador que hay según la Ring Road desciende de Möðrudalsöræfum, con Vegahnjúkur y Sauðahnjúkur al frente.
Si eres de los que pretenden recorrer la Ring Road en cuatro o cinco días, claramente Möðrudalsleið no es para ti. Por contra, si te encuentras entre los que, como yo, disfrutan avanzando lentamente por Islandia, recreándose sin prisas en sus deslumbrantes paisajes, la carretera 901 es una auténtica maravilla. Poco transitada, con un firme y un trazado razonables, atravesando una hermosa sección del noreste de las Tierras Altas. Si tienes la suerte de acertar con una luz casi perfecta, será una experiencia memorable. En caso contrario, al menos habrás conocido un pedazo de la historia viaria de Islandia. Una muestra de cómo eran sus carreteras, antes de que los 1.321 kilómetros de Þjóðvegur 1 estuvieran completamente asfaltados.
Para ampliar la información.
SI no tienes experiencia conduciendo por las carreteras de Islandia, puede venirte bien esta otra entrada: https://depuertoenpuerto.com/conducir-en-islandia-la-guia-completa/.
En inglés, la web de Möðrudalur está en https://fjalladyrd.is/.
También hay un buen artículo sobre el lugar en Guide to Iceland: https://guidetoiceland.is/connect-with-locals/regina/modrudalur-the-highest-located-farm-in-iceland.

















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