Había visitado brevemente Vopnafjörður durante mi segundo viaje invernal por Islandia. Aunque sabía que Hellisheiði Eystri estaba cerrada al tráfico, intenté llegar hasta Ljósastapi, en Skjólfjörur, recorriendo una carretera sin asfaltar que, en safetravel.is, aparecía en negro. La última calificación antes del rojo (carretera intransitable). No lo logré. El mal estado de la pista y la inminente llegada de un nuevo temporal invernal me hicieron dar media vuelta en Gljúfursárfoss. Por supuesto, intentar atravesar Hellisheiði Eystri, una de las carreteras con fama de encontrarse entre las más hermosas de Islandia, estaba descartado desde el principio. Sus 665 metros de altitud máxima y la falta de servicio invernal hacen que sea intransitable durante el largo invierno islandés. Ambos lugares quedaron aparcados en mi larga lista de tareas pendientes, para un futuro viaje otoñal.
Regresé a principios del otoño de 2025, en una mañana brumosa y gris. A pesar de remontar sus orígenes a la lejana era del landnámsöld, Vopnafjörður apenas tiene vestigios históricos. Antes de la construcción, en 1903, de la actual iglesia, no existía ningún templo en el lugar. También hay algún edificio de finales del XIX, y poco más. Actualmente, su principal fuente de ingresos es la factoría de procesado de pescado que hay junto a su puerto. En cualquier caso, no había ido a Vopnafjörður a disfrutar de su arquitectura. Me detuve el tiempo justo para llenar a rebosar el depósito de gasolina y seguí mi camino por la costa, recorriendo la carretera 917 hacia la desembocadura del Hofsá.
Al contrario que el núcleo urbano de Vopnafjörður, su fiordo homónimo transmitía una serena belleza. Smjörfjöll («las Montañas de Mantequilla») se reflejaban en una pequeña laguna junto a Sandvik y Syðrivikursandur, las grandes barras arenosas que ocupan el fondo del fiordo. Al otro lado de esas montañas, que cruzaría por el paso de Hellisheiði, estaba el amplio valle formado por los ríos Jökulsá á Dal y Fljótið, que se unen justo antes de desembocar en Héraðsflói. La sensación de paz, con las nubes flotando sobre las cimas y las granjas desperdigadas por las laderas, se veía incrementada por la ausencia de viento.
Hacia el noreste, podía ver la costa oriental del fiordo, perdiéndose en la distancia. La misma costa en la que había fracasado en 2022. Ahora, la nieve se había retirado a unas cuantas umbrías, en la parte alta de las montañas. Sin embargo, una gran nube permanecía aferrada al extremo nororiental de la península. De momento, tan solo contribuía a incrementar la belleza del paisaje, pero también podía ser un presagio de futuros problemas.
Atravesé el Hofsá, sin detenerme hasta llegar a Gljúfursárfoss. Como era de esperar, me encontré una cascada muy distinta a la que había conocido en invierno. Mucha más agua y ni el menor rastro de los carámbanos que la adornaban en febrero. Lo que no habían cambiado eran las aves, revoloteando continuamente por el pequeño barranco, y que acabaron entreteniéndome más de lo que había planeado.
Sin ser nada especial, sobre todo en un país como Islandia, el salto, de 45 metros de altura, tenía su interés. Al contrario que en mi visita invernal, no me habría resultado difícil acercarme hasta la cercana costa. Pero me preocupaba la nube baja, aferrada al extremo de Kollumúli. Además, el plan era intentar recorrer la costa en la siguiente parada. No tardé en reanudar mi ruta.
La siguiente escala era Skjólfjörur. Un lugar poco conocido pero muy interesante. La extraña costa se extiende justo donde la carretera gira hacia el interior, rumbo a Hellisheiði Eystri. Curiosas formaciones de roca, una hermosa perspectiva sobre la costa del fiordo y pájaros revoloteando por el lugar. Suficiente para mantenerme entretenido un buen rato, mientras recorría el tortuoso sendero que va en paralelo a los pequeños acantilados.
Aunque la estrella del lugar es Ljósastapi. Un peñasco, también conocido entre los islandeses como “Fíllinn”, que se levanta mar adentro, a unos 20 metros de la orilla. Entre los turistas, es conocido como «Roca Elefante», por su supuesta similitud con la forma de un paquidermo. No debemos confundirla con la otra «Roca Elefante» situada en Heimaey, prácticamente en el extremo opuesto de Islandia.
La falta de viento y la absoluta soledad en que me encontraba acabaron animándome a volar el dron. Apenas hice un vuelo de cinco minutos, recorriendo la costa y recreándome en Ljósastapi. Seguían preocupándome las nubes, cada vez más bajas y cada vez más cercanas.
Mientras recogía el dron, mis peores presagios se materializaron. Una niebla cada vez más densa flotaba a escasos metros de la pista y comenzó a lloviznar. En cualquier caso, tenía un plan trazado. Aunque la carretera estuviera en malas condiciones, era transitable. Como si quisieran aclarar mis escasas dudas, según consultaba el estado de la ruta en umferdin.is aparecieron dos coches, procedentes del este. Quizá, con algo de suerte, las nubes estuvieran a ras de suelo y podría disfrutar de las vistas desde las alturas. O quizá, en uno de los clásicos giros del clima de Islandia, el lado oriental del puerto estuviera despejado. Solo había una forma de comprobarlo.
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Para ampliar la información.
Islandia 24 tiene un breve artículo sobre Vopnafjörður: https://www.islandia24.com/vopnafjordur-la-islandia-sin-turistas/.
En inglés, hay una entrada en Guide to Iceland: https://guidetoiceland.is/travel-iceland/drive/vopnafjordur.
En Iceland the Beautiful encontraremos información sobre Gljúfursárfoss: https://icelandthebeautiful.com/gljufurarfoss-gljufursarfoss-waterfall-gljufursa-vopnafjordur-nordurland-north-east-iceland/.
Iceland Dream tiene una entrada sobre Skjólfjörur y la roca de Ljósastapi: https://www.iceland-dream.com/guide/east/ljosastapi-skjolfjorur.









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