Nuestro plan inicial en Longyearbyen consistía en conseguir algún medio de transporte, terrestre o acuático, que nos permitiera hacer un pequeño recorrido por sus alrededores. Fue totalmente imposible, por lo que la mejor opción que nos quedó fue improvisar alguna excursión andando.

Longyearbyen y sus dos glaciares

Longyearbyen está situada en un valle, atravesado por un río que se origina en dos pequeños glaciares, separados por el monte Sarkofagen. Ambos son perfectamente visibles desde el centro de la población: el Longyearbreen a la derecha y el Larsbreen a la izquierda, en un valle algo mas elevado. El Longyearbreen parecía el mas accesible, relativamente cerca de nuestra ubicación, por lo que decidimos encaminarnos hacia el y probar suerte.

Casa en reparacion

La primera parte del recorrido transcurría por las “calles” de Longyearbyen, lo que nos permitió apreciar la peculiar forma de construcción de las casas, casi todas iguales y muchas de ellas colocadas encima de altas pilas de maderos. La finalidad de estas pilas es doble. Por una parte, permiten acceder a la casa en invierno, cuando la nieve se acumula. En verano, sirven para aislar las casas del permafrost sobre el que se encuentran, evitando que éste se descongele y la casa se hunda en el terreno blando. Esta peculiaridad constructiva se puede apreciar cuando realizan trabajos de mantenimiento, pues retiran las tablas que normalmente cubren la parte baja de las casas.

Finalmente, se acabaron las casas y llegamos a campo abierto, donde se nos planteó un dilema: seguimos adelante, ignorando las advertencias de no salir de Longyearbyen sin armas, arriesgándonos a ser devorados por un oso polar, o damos media vuelta. Pero no éramos los únicos que se dirigían al glaciar: vimos otro pequeño grupo de personas delante nuestro, aparentemente andando sin guía. Pero lo que nos despejó las dudas fue el grupo que nos alcanzó en ese momento, escoltado por un jovencito imberbe, con cara de no haber roto un plato en su vida, armado con una carabina vieja y oxidada. Si les atacaba un oso y esa era su defensa, mas les valía tener suerte.

Sarkofagen

Resuelta esta duda, la siguiente era como llegar al glaciar. No teníamos ningún mapa detallado ni nos habíamos documentado previamente, pero observamos por dónde iban los otros grupos y nos limitamos a seguirlos. Hasta ese momento nos habíamos limitado a ir cuesta arriba por la carretera Veg 100, dejando siempre el cauce del río a nuestra derecha. El problema vino cuando se acabó el asfalto: la carretera desaparecía en una pista y ésta un terraplén, en el que se podía adivinar un camino de tierra. Cuando llegamos al fondo, nos encontramos con que debíamos cruzar un riachuelo procedente del Larsbreen. Aquí desaparecía el camino, en medio de un pedregal atravesado por varios brazos del riachuelo. Un pequeño laberinto. Los guías que escoltan a los grupos suelen tender “puentes” improvisados con tablones o palets de madera. Si encuentras alguno, perfecto. Si no, a saltar por las piedras.

Mina abandonada en Sarkofagen

Superado el escollo del río, reapareció una amplia pista ascendente. Mientras avanzábamos, podíamos ver a un par de renos, pastando tranquilamente en las escasas hierbas que había junto al río. Mas allá, en la ladera de la montaña, un reno solitario observaba con indiferencia a un grupo de excursionistas que pasaba cerca de el. Seguimos hasta llegar a una pequeña meseta artificial, junto a la entrada a una mina abandonada. Tras atravesar la meseta, empezó la parte mas difícil. Primero tuvimos que descender por un camino angosto y lleno de piedras sueltas. Luego, había una pequeña cañada al abrigo del sol, con una pendiente pronunciada, en la que no se había fundido la nieve.

Longyearbyen desde la morrena

Tras superar el tramo nevado, nos encontramos en lo alto de una antigua morrena glaciar. La vista compensó nuestros esfuerzos. Mirando hacia atrás podíamos ver, por encima de las rocas, Longyearbyen, con el Adventfjord al fondo. Frente a nosotros, el glaciar se perdía entre las montañas y las nubes. Una suave brisa, fría como el hielo, descendía por el valle. A ambos lados, las laderas de las montañas, vistas mas de cerca y a mayor altura, tenían un aspecto todavía mas desolado que desde el barco. No se podía ver la mas mínima brizna de hierba intentando crecer entre las rocas sueltas, que parecían dispuestas a deslizarse ladera abajo en cualquier momento. Manchas de nieve, mas abundantes con la altitud, contrastaban con el color del terreno, entre ocre y grisáceo. Parecía un paisaje postapocalíptico, mas propio de una novela de Lovecraft que del mundo real.

Camino al Larsbreen

Regresando hacia Longyearbyen, vimos un camino que salía a nuestra derecha. Parecía ir hacia el glaciar Larsbreen, por lo que decidimos explorarlo. El camino se fue haciendo mas estrecho según ascendía por la ladera de la montaña, hasta convertirse en una senda, desde la que se veía todo el valle de Longyearbyen. Un poco mas adelante, comenzamos a oír un ruido extraño, que no sabíamos identificar. Seguimos andando, hasta superar una cresta rocosa, desde la que pudimos averiguar el origen del sonido. El río que manaba del glaciar iba erosionando la parte baja del valle, socavando las laderas pedregosas. Lo que llevábamos un rato escuchando era el ruido que hacían las piedras al precipitarse desde lo alto de las laderas. El sendero seguía avanzando, pasando por encima de una de estas laderas de piedras sueltas, en las que además se podían apreciar varias grietas. Nos pareció un peligro mucho mas real que el de los osos, por lo que decidimos no continuar y regresar a Longyearbyen.

Vegetaciónde Svalbard

Volvimos atajando, atravesando una de las escasas manchas de vegetación que podíamos ver. Resulto ser una zona en la que el terreno se había descongelado y tenía poca consistencia. Había que andar con cuidado para no hundirte en el suelo blando, que rezumaba agua bajo la presión de las pisadas. Musgos, líquenes y hierbas de apenas unos centímetros tapizaban el suelo esponjoso. Pequeñas manchas de una variante de hierba algodonera adaptada al ártico salpicaban la pradera.

Cuando llegamos al fondo del valle, tuvimos peor suerte que a la ida. En el brazo principal del pequeño río que venía del Larsbreen no pudimos encontrar ningún punto en el que cruzar. Además, la temperatura había subido y el caudal era bastante mayor que el de la mañana. No nos quedó mas remedio que vadear como pudimos el cauce principal, para lo que tuvimos que meternos en el agua hasta los tobillos. Afortunadamente no nos entró agua en las botas, por lo que pudimos seguir andando cómodamente.

Tras superar el obstáculo, volvimos a la civilización, primero en forma de pista y poco después de carretera asfaltada. Aunque el paseo duró apenas seis horas, la sensación de soledad que habíamos tenido había sido intensa, sobre todo en el tramo final. Una de las primeras casas que nos encontramos resultó ser un lugar muy agradable, el Coal Miners` Cabin, una especie de hotel construido aprovechando antiguos barracones de mineros. Tiene un bar muy acogedor, en el que también se puede comer algo, con una wifi mas que aceptable y una cerveza que nos supo a gloria. Ahora si que habíamos regresado a la civilización.

Longyearbreen

Longyearbreen

Algunos vínculos útiles:

En http://www.gpsies.com/map.do?fileId=ibeaedvhhdvsfewz&language=es&client=summit se pueden descargar coordenadas de la ruta hasta el Longyearbreen en diversos formatos.

El Instituto Polar de Noruega tiene una página (en inglés) desde la que se puede acceder a numerosos recursos topográficos del archipiélago: http://www.npolar.no/en/services/maps/interactive/

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