Llegamos a Longyearbyen sobre las 8 de la mañana, tras varias horas de navegación por el Isfjorden. Atracamos en el muelle de Bykaia, situado en una zona industrial a unos dos kilómetros del centro de la población. Al asomarnos a cubierta, nuestra primera sensación era la de haber llegado a un lugar un tanto destartalado. La aridez del paisaje, los caminos sin asfaltar y las instalaciones mineras abandonadas acentuaban esta sensación de desolación.

Adventfjorden desde Bykaia

Nuestra idea inicial era buscar algún tipo de transporte y dar una vuelta por la inmediaciones. No encontramos nada atractivo. Era evidente que, desde el punto de vista turístico, Longyearyen estaba totalmente desbordada: habíamos llegado de golpe unos cuatro mil pasajeros a un lugar con una población de poco mas de dos mil habitantes.

Así que, un tanto desalentados, decidimos pasar al plan B: recorrer la zona a pie. Empleamos la mañana en hacer una excursión hasta el glaciar Longyearbreen, que se encuentra muy cerca del centro de la población.

Casas de Longyearbyen

De vuelta de esta excursión, dimos una vuelta por las calles de Longyearbyen, aunque hablar de calles sea un eufemismo. Las casas se organizan en pequeños grupos, separados por pequeñas praderas. Varios caminos, no siempre asfaltados, intentan vertebrar la ciudad.

Kroa Longyearbyen

Tras dar una vuelta por la plaza principal, en la que hay una especie de pequeña galería comercial, estuvimos reponiendo fuerzas en el Kroa, un acogedor bar restaurante bastante popular.

Cerca del Kroa estaba el Museo de Svalbard. ¿Entrábamos al museo, o seguíamos viendo el “mundo real”? Nos decidimos por la segunda opción. Seguimos una carretera asfaltada que salía a nuestra derecha y se dirigía al Adventdalen, un amplio valle que es la continuación del fiordo.

Señal peligro osos

Poco después, alcanzamos una especie de corral, donde guardaban los perros que tiraban de los trineos. Se podía visitar, pero no nos pareció un lugar agradable, por lo que pasamos de largo. Al rato, llegamos a un cruce, en el que se acababa el asfalto. Decidimos coger la pista de la izquierda, construida sobre el dique artificial que crea el pequeño embalse de Isdammen, utilizado como reserva de agua durante el invierno, cuando se congelan los manantiales naturales.

Adventelva

La pista discurría, totalmente llana, entre el lago artificial y el río Adventelva. Comparado con el de la mañana, era un paseo tranquilo y relajado. El escaso tráfico se limitaba a algún vehículo 4×4, un grupo de quads y un par de trineos con ruedas, tirados por perros. El paisaje, duro y áspero, era de una extraña belleza.

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Aves en Adventdalen
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En la zona pantanosa junto al río había numerosas aves salvajes, que no parecían preocuparse por nuestra presencia. Hicimos un recorrido de unos tres kilómetros desde el cruce. La pista llevaba a varias minas abandonadas, pero estaban demasiado lejos como para llegar a pie. Había unos siete kilómetros hasta el muelle y llevábamos todo el día caminando, por lo que nos pareció que lo mas razonable era regresar al barco, cenar algo antes de zarpar y tener tiempo para disfrutar de la navegación por el Isfjorden. Con cierta pena, iniciamos el camino de regreso.

Longyearbyen

Estaba comenzando esa especie de eterno atardecer de los veranos árticos. Las hileras de coloridas casas de Longyearbyen apenas destacaban sobre la hierba oscura que las rodeaba. Dispersos entre las casas había numerosos grupos de motos de nieve, totalmente inútiles en verano. Pero su abundancia, muy superior a la de los pocos coches que pudimos ver, generalmente polvorientos y desvencijados, evidenciaba la dureza del largo invierno ártico. Tras dejar atrás las casas y atravesar la zona industrial, llegamos de nuevo al muelle.

Longyearbyen desde Bykaia

Tomamos una cena rápida, por lo que nos sobró tiempo para subir a cubierta antes de zarpar. En popa, mientras nos alejábamos lentamente del puerto, no pude evitar pensar en lo extrañas que pueden llegar a ser nuestras emociones. Tenía delante un puerto con el agua llena de lodo, rodeado de un destartalado polígono industrial. Mas allá, podía ver las casas de Longyearbyen, con aspecto de barracones prefabricados, repartidas un tanto anárquicamente por el pequeño valle. Rodeándolo todo, una sucesión de montañas peladas, salpicadas por los restos herrumbrosos y decadentes de una minería que había desaparecido hace décadas. Y sin embargo, la enigmática belleza del entorno me tenía hipnotizado.

Sería por el aspecto salvajemente primitivo del paisaje, por la extraña sensación de estar en la frontera de la civilización o, quizás, por la naturaleza virgen, que apenas habíamos logrado entrever, pero sabíamos que estaba allí, prácticamente al alcance de la mano. Pero de todo el viaje por Noruega, en el que vimos innumerables paisajes “de postal”, el largo día en Longyearbyen es el que me trae recuerdos mas evocadores.

Vínculos de interés:

Información sobre el puerto en la página de Cruise Norway: http://www.cruise-norway.no/Ports/Longyearbyen/Default.aspx

Es difícil encontrar información práctica en español. De lo poco que he visto, lo mas útil está en http://www.borealtravel.com/guia-de-viaje-svalbard

También merece la pena la entrada en TuBlogdeViajes: http://tublogdeviajes.org/svalbard-el-extremo-del-planeta/

En inglés, la página mas completa que he encontrado es http://www.visitsvalbard.com/en/Frontpage/?News=166

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