Aunque Kobe fue oficialmente fundada en fecha tan reciente como 1889, sus orígenes son mucho más antiguos. Como poco, el área estuvo poblada desde el período Jōmon. Al menos desde el período Nara se sabe de la existencia de un puerto, entonces conocido como Ōwada-no-tomari, desde el que partieron las diversas misiones japonesas a China de los años 607 a 839. Incluso fue brevemente la capital de Japón, cuando en 1180 el emperador niño Antoku Tennō residió durante unos meses en el actual distrito de Hyōgo-ku. En el siglo XIII el puerto, convertido en centro del comercio japonés con China, era conocido como Hyōgo-tsu. Tras su apertura al comercio internacional en 1868, comenzó a establecerse una próspera comunidad occidental, congregada en el distrito de Kitano-chō. Por contra el siglo XX castigó duramente a la pujante ciudad. Fue una de las primeras en ser bombardeadas por la fuerza aérea de los Estados Unidos, en fecha tan temprana como Abril de 1942, durante el célebre Raid Doolittle. Un nuevo bombardeo, en marzo de 1945, destruyó una quinta parte de la ciudad. Por último, el terremoto de Kobe de 1995 acabó con buena parte de la infraestructura vial y portuaria. El golpe relegó su puerto desde el primer hasta el cuarto lugar en el tráfico de contenedores de Japón.

Entrando en la bahía de Osaka

Entrando en la bahía de Osaka.

Despertamos mientras el Maasdam abandonaba la bahía de Wakayama, adentrándose en la de Osaka. Hacia el este, la bruma desdibujaba las islas de Jino y Tomoga, que separan ambas bahías. Por el mar se diseminaban varias barcas de pesca, entremezcladas con los mercantes que iban y venían de los grandes puertos de la bahía de Osaka. Hacia el oeste, la bruma era todavía más intensa. La isla de Awaji era poco más que una difusa mancha oscura, en la que apenas pudimos distinguir la gran estatua de Kannon, de 80 metros de altura, que se levanta en su costa nororiental. Era evidente que la hora larga que nos quedaba de navegación hasta Kobe no iba a ser memorable. Nos fuimos tranquilamente a desayunar.

Llegando a Kobe

Llegando a Kobe.

La situación no mejoró mucho cuando, sobre las nueve de la mañana, nos aproximábamos al puerto de Kobe. El sol estaba ya alto en el cielo. Había más luz y la atmósfera parecía algo más clara. Simultáneamente, el calor húmedo que nos había acompañado desde que llegamos a Japón comenzaba a adueñarse del ambiente. Nos esperaba otro día de bochorno. Más allá del puerto, la difusa silueta de los edificios de Kobe se recortaba contra el verde oscuro de los montes Rokkō, que abrazan la ciudad por el norte. En algún lugar había leído que Kobe era uno de los puertos más hermosos de Japón. He de confesar que me decepcionó.

Estación de la Port Island Line

Estación de la Port Island Line.

La escala en Kobe era la más larga de todo el crucero por Extremo Oriente. Disponíamos de casi catorce horas hasta que el Maasdam volviera a zarpar. Lo cual nos había generado varias dudas al planificar la jornada. Básicamente teníamos tres opciones: quedarnos todo el día en Kobe, visitar la cercana Osaka o ir hasta Kioto. Rápidamente descartamos la primera. Kobe ha sufrido tanta destrucción en el siglo XX que apenas quedan lugares de interés. Entre Osaka y Kioto, la decisión fue sencilla, aún más contando con el eficiente sistema de transporte público de Japón. Decididos a visitar la antigua capital imperial, nos surgió la segunda duda. Teníamos claro que haríamos el trayecto de unos 70 kilómetros en ferrocarril, pero podíamos elegir entre tres diferentes: el Shinkasen, el ferrocarril Hankyu o la linea de Japan Rail. Optamos por esta última. La cercanía de la estación a la terminal de cruceros y la frecuencia de paso de los trenes hacían que fuera la más rápida y segura. Además de la más barata. Un breve trayecto en tren elevado nos llevó de la terminal de cruceros a la estación de Sannomiya. Una hora después, llegábamos a la estación central de Kioto.

De Kobe a Kioto

De Kobe a Kioto.

Por pura ignorancia, antes de planificar el viaje imaginaba Kioto como una especie de Toledo a la japonesa. Una ciudad más bien pequeña, en la que buena parte de sus edificios históricos estarían apiñados en su zona central. La realidad no podía ser más distinta. Kioto es una extensa ciudad de casi un millón y medio de habitantes, en la que la mayoría de los puntos de interés están a los pies de las colinas periféricas, en un amplio semicírculo que rodea la ciudad por el norte. Además, el patrimonio cultural de Kioto resultó ser abrumadoramente extenso. Huyendo de la típica imagen del turista que quiere ver «toda Roma» en un día, decidimos centrar nuestra visita en una zona muy concreta de la ciudad.

Entre los torii de Fushimi Inari.

El santuario de Fushimi Inari Taisha es uno de los más populares de Japón. Quizá sea por estar dedicado a Inari, inicialmente el kami del arroz y la agricultura. Según Japón se fue desarrollando, también fue adoptado como el protector de los negocios y la prosperidad, motivo por el que el santuario ha recibido miles de torii como ofrenda de empresas japonesas.

Un breve trayecto en metro nos llevó de Fushimi Inari al distrito de Higashiyama, nuestra siguiente visita.

Un paseo por Higashiyama.

Higashiyama-ku es uno de los once distritos en los que se divide Kioto. Comprende una parte de la ciudad entre el río Kamo y las colinas Higashiyama, de las que recibe el nombre. A pesar de no formar parte del núcleo original de Kioto, entre sus límites se encuentran varios santuarios de gran importancia histórica y el barrio de Gion, uno de los mejor preservados de la ciudad.

Terminado el recorrido por Higashiyama, emprendimos el regreso a la estación central de Kioto. La visita a la capital cultural de Japón nos dejó un sabor agridulce. Su patrimonio artístico es apabullante y algunas de nuestras visitas, como Fushimi Inari, Kōdai-ji y las calles peatonales que rodean Hokan-ji, superaron ampliamente nuestras expectativas. Por contra, los barrios modernos que se extienden entre los distritos históricos tenían un aspecto destartalado, que restaba encanto al conjunto. Y el calor fue insufrible. Dicho lo cual, la visita fue interesantísima y, si volviera a hacer escala en Kobe, sin duda regresaría a Kioto. Pero restringiría todavía más el alcance del itinerario, limitándolo a un máximo de dos o tres templos, que además formen un grupo lo más compacto posible.

En el puerto de Kobe

En el puerto de Kobe.

Cuando regresamos a Kobe teníamos casi dos horas libres antes de zarpar. Habíamos pensado hacer un breve recorrido por la ciudad, acercándonos hasta el santuario de Ikuta, muy próximo a la estación de Sannomiya, o dando un paseo hasta el puerto. Al final, ni lo uno ni lo otro. Llegamos a Kobe tan cansados que nos fuimos directamente al barco en el ferrocarril elevado. Después de ducharnos y cenar, ni tan siquiera nos quedaron fuerzas para esperar a que el Maasdam zarpara a media noche. Creo que es la única ocasión en la cual, durante un crucero, me he ido a dormir con el barco todavía amarrado al muelle.

Terminal de cruceros

Port Island Line

Estación de Sannomiya

Para ampliar la información:

La web Japonismo tiene una buena entrada sobre Kobe: https://japonismo.com/blog/que-ver-y-hacer-en-kobe-guia-basica-de-viaje.

En la misma web, recomiendan restaurantes en los que degustar la carne que ha hecho famosa a la ciudad: https://japonismo.com/blog/5-restaurantes-en-kobe-donde-comer-carne-de-kobe.

En inglés, la página oficial de turismo de Kobe está en https://plus.feel-kobe.jp/en/.

La web oficial del puerto está en http://www.kobe-meriken.or.jp/english/html/terminal/index.html.

También es recomendable visitar la página sobre Kobe en Cruise Port Guide of Japan: https://www.mlit.go.jp/kankocho/cruise/detail/031/index.html.

La web de la Port Island Line está en https://www.knt-liner.co.jp/en/.

El Ferrocarril Hankyu tiene su página en https://www.hankyu.co.jp/global/en/.

La web oficial de Japan Rail está en https://global.jr-central.co.jp/en/.

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