El templo de Hōkoku-ji, en Kamakura, se edificó en 1334. Pertenece a la escuela Rinzai del budismo zen y fue templo familiar de dos clanes samurai, los Ashikaga y los Uesugi. Sufrió graves desperfectos durante el gran terremoto de Kanto, en 1923, tras el cual fue necesario reconstruir todos sus edificios. Sin embargo, Hōkoku-ji no es famoso por su arquitectura. Su popularidad viene de alojar uno de los mejores bosques de bambú de Japón, con más de dos millares de plantas repartidas en una superficie que ronda los 2.000 metros cuadrados.

Entrada al templo Hōkoku-ji

Entrada al templo Hōkoku-ji.

Habíamos ido hasta Kamakura para visitar Hōkoku-ji, por lo que, nada más bajar del tren, nos dirigimos directamente hacia el templo. Éste se encuentra a poco más de 2 kilómetros de la estación de tren. Podíamos haber utilizado el autobús de la linea 23 pero, consultando la duración del trayecto y la espera, vimos que nos iba a llevar el mismo tiempo ir dando un paseo. Aún no hacía calor, por lo que nos decidimos por esta opción, recorriendo un barrio residencial que resultó tener escaso interés. Al filo de las 9:30 llegábamos a la puerta del templo.

Campana del templo Hōkoku-ji

Campana del templo Hōkoku-ji.

Los edificios de Hōkoku-ji son relativamente modernos. A pesar de formar un conjunto armonioso, no me parecieron especialmente interesantes. Quizá la única excepción sea el shōrō (torre de la campana), con su techo tradicional de paja. Además, los cimientos sobre los que se asienta parecían ser los originales, aunque no he encontrado ninguna referencia al respecto. Tras la breve pausa en el patio exterior, de acceso libre, abonamos la entrada y nos dirigimos al bosque de bambú.

Linterna entre los tallos de bambú

Linterna entre los tallos de bambú.

No voy a decir que el bosque me sorprendiera, al fin y al cabo había visto innumerables fotos del mismo. Tampoco me decepcionó. Al contrario, me llamó la atención que, pese a sus reducidas dimensiones, la densidad de los tallos de bambú era tan elevada que lograba crear una sensación inmersiva. Al adentrarnos entre sus tallos, apenas era posible distinguir algo situado más allá de sus límites, creando la apariencia de tener un tamaño mucho mayor del real. Su densidad también ayudaba a mitigar la intensa luz del sol, que brillaba cada vez con más fuerza sobre un inmaculado cielo azul. La sensación de avanzar por los estrechos pasillos, entre un laberinto de esbeltos tallos de bambú, parecía sacada de un sueño.

Tomando té en Hōkoku-ji

Tomando té en Hōkoku-ji.

Llegamos frente a la casa de té situada en las inmediaciones de unas rocas, en uno de los extremos del bosque. Aprovechamos para hacer una pausa, mientras disfrutábamos nuestro primer té tradicional japonés. Una experiencia que me fascinó, tanto por la sensación de paz que irradiaba el lugar como por la parsimonia y ceremonial con el que prepararon y sirvieron el té. Todo un contraste con el frenético ritmo que suele imperar en el país.

Yagura en Hōkoku-ji

Yagura en Hōkoku-ji.

Tras tomar el té, seguimos explorando el bosque. En su interior, encontramos algunas linternas de piedra, estatuas de Buda, estelas y las características estupas budistas conocidas como gorintō. En una pared rocosa aledaña al jardín se conserva un conjunto de yagura, cuevas artificiales utilizadas antiguamente como tumbas. Por último, en la parte trasera del templo principal hay un pequeño jardín de estilo Zen. En resumen, una visita muy interesante que, por si misma, justificó el breve trayecto en tren desde Yokohama. Aunque Kamakura tenía mucho más que ofrecernos.

Hōkoku-ji

Para ampliar la información:

La web Matcha tiene una entrada sobre el bosque: https://matcha-jp.com/es/260.

En Japón 1 minuto también hay una breve reseña: https://www.japon1minuto.com/kamakura-hokokuji.

En inglés, la web oficial del templo está en https://houkokuji.or.jp/?page_id=215/.

Por último, es interesante visitar la página Real Japanese Gardens: http://www.japanesegardens.jp/gardens/famous/hokoku-ji.php.

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