Uno de los mayores alicientes de cualquier crucero que pase por Venecia es la navegación por sus aguas. No conozco ninguna otra ciudad en la que llegar a puerto sea tan fascinante. Durante un crucero con origen y final en Venecia, en julio de 2016, habíamos podido disfrutar de una hermosa salida y, sobre todo, de una espectacular llegada a Venecia con las primeras luces del alba. Dos años después esperaba repetir la experiencia, al finalizar un crucero entre Atenas y la ciudad de la laguna. Estaba previsto desembarcar en Venecia a las 8 de la mañana. No quería que me ocurriera como en mi anterior viaje, en el cual desperté cuando habíamos superado el Forte Sant’Andrea. Esta vez, a las 5:30 ya estaba levantado. Pero si en la ocasión anterior me quedé corto, ahora pequé de lo contrario. Además de estar previsto llegar una hora mas tarde que en 2016, llevábamos cierto retraso, causado por la tormenta del día anterior frente a Hvar. Cuando salí a cubierta, todavía navegábamos por mar abierto. La costa era poco mas que una linea rugosa en el horizonte y, lo que era peor, para cuando quisiéramos llegar a Venecia la mañana estaría bastante avanzada. Me podía ir despidiendo de las fotos a la luz del amanecer. No pude evitar un sentimiento de frustración.

Los Dolomitas al amanecer

Los Dolomitas al amanecer.

Según nos acercábamos al faro de Punta Sabbioni y las torres de Venecia comenzaban a despuntar sobre el horizonte, el paisaje hacia el noroeste hizo que recuperara el ánimo. El sol iluminaba oblicuamente las cumbres de los Dolomitas, realzando sus abruptas laderas. La niebla se agolpaba en el valle del Piave, apenas contenida por las cumbres de los Prealpes de Belluno. Mientras entrábamos a la laguna, al filo de las siete y media, la niebla comenzó a rebosar entre las cumbres, deslizándose hacia la llanura véneta.

Llegando al Forte Sant'Andrea

Llegando al Forte Sant’Andrea.

Embelesados con los Dolomitas, cuando quisimos darnos cuenta estábamos llegando al Forte Sant’Andrea. Algo mas allá nos esperaba un remolcador, para escoltarnos durante el trayecto por el «bacino di San Marco» y el canal de Giudecca. Al contrario que durante nuestra travesía por las mismas aguas a bordo del Eurodam, que hicimos amarrados a dos remolcadores, uno a proa y otro a popa, en esta ocasión un único remolcador se limitó a navegar vigilante a nuestra popa.

San Giorgio Maggiore al amanecer

San San Giorgio Maggiore al amanecer.

Poco después, virábamos entre las islas de Sant’Elena y San Servolo. Venecia se desplegaba ante nosotros en todo su esplendor. Las cúpulas y las torres de San Giorgio Maggiore, San Marco, la Punta de la Aduana y Santa María de la Salute se entremezclaban, formando una escena tan bella como armoniosa. Todavía no eran las ocho de la mañana y la ciudad comenzaba a despertar de su letargo nocturno, antes de su invasión diaria por hordas de turistas. A pesar de que el amanecer había terminado hacía tiempo, la luz era increíblemente hermosa. Una capa discontinua de nubes la tamizaba, a la vez que creaba interesantes patrones en el cielo. Al final, la navegación por Venecia superó nuestras expectativas.

Palacio Ducal y biblioteca

Palacio Ducal y biblioteca.

¿Deben atravesar los cruceros el centro de Venecia?

He tenido la suerte de navegar tres veces por sus aguas a bordo de un crucero. Cada una de ellas fue una experiencia maravillosa. De las mejores que he vivido a bordo de un gran buque. No tiene nada que ver con recorrer el mismo trayecto en un vaporetto o una lancha. La parsimonia y la suavidad con las que se mueve un crucero por las aguas de Venecia y la perspectiva que dan sus cubiertas superiores crean una sensación etérea, casi mágica, muy alejada del ruido y los movimientos bruscos que se experimentan en embarcaciones menores.

Dicho lo cual, creo que es una práctica a erradicar. Y no porque los cruceros atravesando el «bacino di San Marco» estropeen la boda de un actor famoso, como pasó hace años. Tampoco creo que un crucero, moviéndose a una velocidad ridícula, genere mas oleaje y erosión que los miles de barcos que atraviesan el canal todos los días. El auténtico problema, como pudimos comprobar hace unos meses, es una mole de decenas de miles de toneladas fuera de control. ¿Qué hubiera pasado si el MSC Opera hubiera sufrido la avería veinte minutos antes, navegando frente al Palacio Ducal? Con mucha probabilidad, las pérdidas humanas y los daños al patrimonio artístico hubieran sido intolerables. Es un riesgo que no se debe correr.

Tardamos unos 25 minutos en atravesar el canal de Giudecca, desde la Punta de la Aduana a San Basilio, el destino final del crucero. Un trayecto que, precisamente por sernos conocido, pudimos disfrutar plenamente, anticipándonos a los lugares mas interesantes en cada una de sus orillas.

El Sea Cloud en San Basilio

El Sea Cloud en San Basilio.

Al final, llegamos al muelle de San Basilio con tan solo cuarenta minutos de retraso. Nos recibió la esbelta silueta del Sea Cloud, al que llevábamos toda la mañana viendo navegar unas pocas millas por delante de Le Lyrial. Terminaba así nuestro crucero por el Adriático, pero no nuestras vacaciones. Aún teníamos por delante tres días en la laguna veneciana.

Forte Sant’Andrea

Punta Sabbioni

San Giorgio Maggiore

Punta de la Aduana

Palacio Ducal

Muelle de San Basilio

Algunos vínculos útiles:

En inglés, la página de la terminal de cruceros de Venecia está en http://www.vtp.it/en/operators/cruises/.

Quien busque indicaciones sobre como llegar a la terminal de cruceros, puede visitar https://europeforvisitors.com/venice/articles/transportation-from-stazione-marittima.htm (Stazione Marittima) o https://europeforvisitors.com/venice/articles/transportation-from-san-basilio.htm (muelle de San Basilio).

La polémica sobre los cruceros en Venecia tiene ya sus años, como se puede comprobar en https://www.diariodelviajero.com/europa/el-conflicto-de-venecia-y-los-cruceros.

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