Llegamos al puerto de El Pireo sobre las 15:30, con el tiempo justo de tomar un café en el destartalado bar de la terminal de cruceros antes de que comenzara el embarque en Le Lyrial, el flamante buque de Ponant en el que haríamos un crucero hasta Venecia. La capacidad del barco es de 260 pasajeros, por lo que el proceso de embarque apenas duró unos minutos. A las cuatro de la tarde, minuto arriba o abajo, accedíamos al que iba a ser nuestro camarote durante las ocho siguientes noches. Teníamos tres horas por delante antes de zarpar, que empleamos en deshacer el equipaje, familiarizarnos con el barco y asistir al «muster drill», el ejercicio de seguridad al que debe acudir toda persona que viaja en un crucero. A riesgo de ser desembarcado antes de zarpar en caso de no presentarse. El tiempo que nos sobró lo pasamos disfrutando del siempre animado tráfico naval de El Pireo.

El Pireo desde la proa de Le Lyrial

El Pireo desde la proa de Le Lyrial.

Era la segunda vez que estábamos en el puerto de Atenas a bordo de un crucero. A diferencia de la anterior ocasión, cuando llegamos de madrugada y zarpamos después del anochecer, esta vez nos haríamos a la mar a la luz del atardecer. Lo que no había cambiado era la intensa actividad del puerto. Sin llegar al frenético tráfico marítimo del que habíamos disfrutado mientras desayunábamos en nuestra estancia un par de años antes, el trajín de barcos era incesante. A la par que muy entretenido de ver. En ocasiones parecía la coreografía de un ballet, formado por buques de diversos tamaños danzando en las congestionadas aguas mientras buscaban un equilibrio entre mantener el rumbo y evitar las colisiones.

Atardecer sobre el estrecho de Salamina

Atardecer sobre el estrecho de Salamina.

A las siete de la tarde nos llegó el turno de incorporarnos a la danza, en un momento en el que parecía que el tráfico marítimo iba descendiendo poco a poco. A la par que el sol, cada vez mas cercano al horizonte, mas allá del estrecho de Salamina. Mientras nos acercábamos a la bocana, intenté evocar mentalmente la célebre batalla naval, en la que se dirimió el destino de la civilización occidental. Imposible. Un mar de grúas e instalaciones portuarias cubre la zona, privándola de cualquier posible connotación histórica. Me dije a mi mismo que era el precio del progreso.

Atardecer frente a Salamina

Atardecer frente a Salamina.

En unos minutos estábamos en mar abierto, donde seguía el intenso tráfico naval. A babor, entre nosotros y la ciudad de El Pireo, pasó un gran ferry de la naviera Blue Star. A estribor, pudimos ver un rápido hydrofoil de Aegean. Mas allá del hydrofoil, la silueta de la isla de Salamina dominaba el horizonte. Justo entonces, nos llevamos la primera sorpresa del crucero. Le Lyrial redujo la marcha, hasta quedar prácticamente inmóvil en medio del mar. Hydra y Atenas están separadas por el golfo Sarónico. Para llegar a nuestro destino, apenas teníamos que recorrer unas 40 millas náuticas. Con catorce horas por delante, no había ninguna necesidad de apresurarse.

Cena en la popa de Le Lyrial

Cena en la popa de Le Lyrial.

He de reconocer que inicialmente me sentí un poco molesto. ¿No podíamos haber zarpado mas tarde? De haberlo hecho, hubiéramos aprovechado algo mas la tarde en Atenas. Tras pensarlo con mas calma, no tardé en cambiar de idea. Alargar la estancia en Atenas tres o cuatro horas, en lo mas caluroso del día, quizá no hubiera sido tan buena idea. Por contra, la sincronización había sido perfecta. Después de comer, al puerto. Allí, una vez embarcados, tiempo suficiente para acomodarnos en el barco, que zarpó puntualmente al comienzo del atardecer. Ahora, fuera del puerto, navegando a la velocidad de un bote de remos, el sol nos regalaba un hermoso y sereno ocaso sobre las colinas de la isla de Salamina. Una vez se puso el sol y comenzó a remitir el calor, pudimos disfrutar de una magnífica cena al aire libre, en la cubierta de popa, mientras el día se iba apagando lentamente. Fue un anticipo del resto del viaje. En lugar de largas singladuras, en las que los buques pasan horas, a veces días enteros, devorando sin cesar millas náuticas para intentar llegar puntualmente a su lejano destino, Ponant había diseñado un crucero con puertos muy próximos entre si. En ocasiones, tan próximos que se podía ir en bicicleta de uno a otro y llegar antes que el barco.

Navegando hacia Hydra al amanecer

Navegando hacia Hydra al amanecer.

Al día siguiente me desperté muy temprano, como suele ocurrirme siempre que viajo en barco. Salí a cubierta sobre las 4:30, con las primeras luces del alba. Le Lyrial seguía navegando muy lentamente, con la proa enfilada a la cada vez mas cercana isla de Hydra. El mar estaba tan vacío como el interior del barco, en el que no se veía un alma. La sensación de quietud era increíble. Una hora mas tarde, el sol comenzó a levantar sobre el horizonte, al norte de la pequeña isla de Agios Georgios. La isla está actualmente deshabitada, aunque parece que durante un tiempo fue propiedad de los agricultores de Hydra, que llevaban allí sus rebaños de cabras.

Agia Matrona y Agias Triadas

Agia Matrona y Agias Triadas.

Sobre las siete estábamos navegando frente al extremo oriental de Hydra. Había llegado la hora del desayuno y el barco comenzaba a despertar de su letargo nocturno. Desayunamos, de nuevo en la cubierta de popa, mientras las resecas montañas de Hydra desfilaban lentamente ante nuestros ojos. Lo primero que nos llamó la atención, mas allá de lo áspero del terreno, fue la profusión de iglesias y monasterios repartidos por sus laderas. Los mas destacados eran Agia Matrona y Agias Triadas, encaramados sobre el diminuto puerto de Mandraki. Pero, observando con mas detalle, se apreciaban otros edificios desparramados por las laderas. Hydra tiene siete monasterios, además de unas trescientas iglesias y capillas. Una cifra asombrosa para una isla de apenas 64 kilómetros cuadrados, habitada por menos de 3.000 personas.

Veinte minutos antes de las ocho fondeábamos frente al puerto de Hydra, la pequeña capital de la isla. A la hora en punto, comenzó un ritual que se repetiría escala tras escala a lo largo de todo el crucero. Tras botar una de las lanchas de emergencia, ésta se dirigió a puerto. Regresó unos minutos después, dejando en los muelles un pequeño retén de la tripulación, afanado en instalar una pequeña carpa, equipada con agua fresca, toallas húmedas y alguna silla. A partir de ese momento, la lancha pasó todo el día yendo y viniendo entre Hydra y Le Lyrial, con una frecuencia de 30 minutos. Nosotros subimos en la segunda, a las nueve en punto, rumbo a los muelles de nuestra primera escala del crucero.

El Pireo

Hydra

Algunos vínculos útiles:

En este mismo blog, hay una entrada sobre nuestra anterior escala en El Pireo: http://depuertoenpuerto.com/wordpress/?p=2460.

La página de civitatis dedicada a Atenas tiene algo de información práctica sobre su puerto: https://www.atenas.net/el-pireo.

El blog los traveleros da consejos sobre cómo llegar de Atenas a El Pireo: https://lostraveleros.com/como-ir-de-atenas-al-puerto-del-pireo/.

La web espírituviajero.com tiene un artículo describiendo un viaje entre El Pireo e Hydra: http://espirituviajero.com/hydra-grecia-reina-del-sol-y-la-luz-2/.

Una posibilidad para visitar la isla es haciendo un «crucero» desde Atenas. Lo ofrecen varias compañías, de la cuales un par tienen web en español: https://www.athensonedaycruise.com/es/ y https://www.keytours.gr/es/crucero-a-poros-hidra-y-egina.

En inglés, la página oficial del puerto de El Pireo, con información específica sobre la terminal de cruceros, está en http://www.olp.gr/en/cruise-greece/cruise-info.

La única forma de llegar a Hydra es en barco. Hay una linea regular operada por Hellenic Seaways, con varias salidas diarias, que cubre el trayecto desde El Pireo: https://hellenicseaways.gr/en/routes/view/112.

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